Para terminar el primer mes de singladura de nuestro navío, una reflexión epistémico-teológica cogida por los pelos con la noticia de hoy (la megasentencia):
siempre añadirán la pregunta.....
Para terminar el primer mes de singladura de nuestro navío, una reflexión epistémico-teológica cogida por los pelos con la noticia de hoy (la megasentencia):
siempre añadirán la pregunta.....
("aunque para croissants,
Una crítica al Gobierno muy frecuente estos días es la de que la visita de Zapatero a las obras del Ave en Barcelona ha sido "electoralista". Hay entre nosotros un prejuicio completamente irracional con eso del electoralismo. En realidad, los buenos políticos deben ser "electoralistas", es decir, deben utilizar todos los argumentos que puedan (dentro de la ley) para ganar las elecciones. No es sólo que deban hacerlo "porque si no lo hacen, perderán las elecciones" (en este caso, el "deben" significa que "es lo que les conviene"). Lo importante es que es bueno para los ciudadanos que los políticos se comporten así, como comprobará cualquiera que lo piense un momento.
Veamos: los políticos prometen que van a hacer cosas, como los fabricantes de coches "prometen" que sus automóviles tienen tales y cuales características (por muy subjetivas que éstas sean, a la vista de los anuncios); estas promesas pueden ser cumplidas o no (tanto las de los políticos, como las de los fabricantes de coches); en las elecciones, los ciudadanos votarán teniendo en cuenta qué promesas les gustan más, y cuánta credibilidad les merecen las de cada partido (según cómo de frecuentemente las hayan cumplido éstos en el pasado).
Para un fabricante de coches no sería rentable hacer una publicidad maravillosa y que luego sus vehículos se estropearan a las primeras de cambio, porque la gente no es tonta, y dejaría de comprarlos. En realidad, toda publicidad tiende a exagerar, pero la gente da por descontada la exageración, y a la larga se hace una idea bastante precisa de la "calidad real" de los productos.
Lo mismo sucede con los políticos: sus promesas tienen una composición en la que entran (en proporciones variables) la realidad de lo que piensan cumplir, lo que exageran, lo que es mera decoración o retórica subjetiva (como en los anuncios de coches), y algo muy importante: la capacidad que tendrán de cumplir las promesas, llegado el caso, teniendo en cuenta las circunstancias imprevisibles y las negociaciones con otros partidos que también han hecho sus propias promesas (este problema no lo tienen los fabricantes de coches, o no en tanta medida). Los ciudadanos nos damos cuenta bastante pronto de que en las promesas hay todos estos componentes, y los damos por descontados.
Así pues, lo que hemos de exigir no es que los políticos no sean "electoralistas", sino que el sistema electoral funcione de tal manera que sea lo menos rentable posible hacer promesas con la intención de no cumplirlas. Esto sólo puede conseguirse con la misma receta que en el mercado: aumentando la competencia. Si sólo tenemos dos marcas de coches para elegir, a ninguna le interesará mucho hacer los coches buenos, y preferirán gastar en propaganda en lugar de en invertir en mejores fábricas. Y si además el coche te lo regalan siempre con la casa, y no hay ninguna otra manera de adquirirlo (y además tú no lo puedes elegir, sino que lo elige el constructor de la vivienda), entonces los fabricantes de coches tendrán aún menos interés en hacerlos buenos. Aqui también sucede lo mismo con los políticos: si no tenemos más remedio que "comprar" un partido político "en bloque", más que "por piezas", ¿qué pasa si la política de vivienda que te gusta es la de un partido, pero la de seguridad es la de otro, y la de educación la de un tercero?
Me temo que nuestro vigente sistema electoral se parece demasiado a lo que hemos descrito en el último párrafo. Ya que tenemos movimientos para cambiar la constitución, en vez de otras cuestiones menos relevantes para la repercusión que la política tenga en nuestras vidas, pienso que éste es el tema que habría que debatir antes que nada.
Claro, que la crítica de "electoralismo" también tiene una carga que debe darse por descontada: en el fondo, lo que se quiere decir de verdad a un político cuando se dice que es "electoralista", es simple y llanamente que está engañando a los ciudadanos. ¿O no?

¿Os acordáis de la reflexión sobre que todo lo que percibimos está en nuestro cerebro? Este maravilloso dragón móvil lo muestra de manera asombrosa. Podéis imprimiros la hoja de la derecha para fabricarlo vosotros mismos y que alucinen vuestros nenes. La semana que viene sacaremos la moraleja epistemológica.
Feliz fin de semana.


Desde una perspectiva que tome como valor supremo el de la libertad -valor éste que presupone la posesión de los medios imprescindibles para ejercerla, todo lo cual no puedo justificarlo aquí con mucho detalle, aunque me temo que mi perspectiva será tachada de eurocéntrica y prepostmoderna-, desde una perspectiva liberal, decía, hay que tomar como hipótesis de partida la de que nadie puede ser obligado a aceptar aquello que no quiera creer. Curiosamente, este mismo principio es la base moral sobre la que se asientan en nuestros días las posiciones irracionalistas: "puesto que uno tiene derecho a pensar lo que quiera", escuchamos a menudo, "nadie puede obligarme a abandonar mi creencia de que el relato del Génesis es literalmente verdadero, o de que las personas de ciertas razas son moral e intelectualmente inferiores a las de la mía, o de que los hechizos amorosos son efectivos, o de que la humanidad es visitada por extraterrestres, o de que la libertad en el mercado mundial de capitales favorece a los pobres, o de que el ser humano es bueno por naturaleza". Hay que reconocer que este hecho -el de que, para justificar que alguien insista en mantener creencias tan manifiestamente absurdas, se acuda al derecho a creer lo que uno quiera- es claro síntoma del progreso habido en la sociedad occidental, pues, hasta no hace mucho, lo que faltaba era el derecho a oponerse a ciertas creencias. En realidad, la ciencia y la tecnología modernas proceden de una inacabada revolución cultural que ha permitido, por primera vez en la historia, que el ser humano tuviese la libertad, no siempre ejercida, de pensar lo que le pareciera, sin tener que aceptar obligatoriamente las mitologías impuestas por su sociedad. Ahora bien, ¿cómo es posible que dos cosas tan contrapuestas, como el crecimiento explosivo de nuestros conocimientos sobre la realidad, por un lado, y el mantenimiento imperturbable de supinas estupideces, por el otro, sean ambos fruto de una misma causa?
Además de confundir el tiempo con el clima (mi hija lo estudió
precisamente ayer en 5º de primaria; ¡cuidado como vaya Mariano al concurso de Ramontxu!), y de manifestar bastante ignorancia por la naturaleza de las predicciones científicas, el argumento ad matruelum de Rajoy sobre el cambio climático tiene al menos la virtud de poner en duda el "pensamiento único ecologista". No cabe ninguna duda de que estamos experimentando un cambio climático muy brusco en las tres últimas décadas, y caben pocas (aunque aún algunas) sobre si el detonante principal de este cambio está siendo exclusivamente la actividad humana. Pero hay un salto demasiado grande desde estos dos hechos a la conclusión de que nuestro futuro climático a corto y medio plazo va a ser apocalíptico. Teniendo en cuenta que las predicciones catastrofistas son como una droga para la opinión pública, y un chollo para los medios de comunicación, y sabiendo como sabemos que el fin del mundo ha sido anunciado muchas veces (con razones "científicas" en la mano) sin que haya llegado a ocurrir, no está mal escuchar alguna voz escéptica de vez en cuando.
Otra voz es la que se puede oir en la entrevista en El País de ayer al premio Nobel de economía Robert Mundell (que, como el primo de zumosol, digo de Rajoy, tampoco es experto en climatología, pero sí en predicciones); la entrevista sólo trata el tema del cambio climático al final, pero viene a decir que, bueno, "que nos quiten lo bailao".

Llevamos tres semanas a bordo del Otto Neurath, nuestro navío positivista, y, entre sortear arrecifes y capear temporales, no hemos tenido tiempo de ponernos a discutir tranquilamente qué es eso del positivismo y por qué nos parece tan importante defender la postura positivista ante la ciencia y la sociedad. La mejor manera de hacerlo que se me ocurre es rescatar de mis polvorientas bitácoras un texto que publiqué hace unos años en la revista Claves, y que luego fue incluido como capítulo tercero del libro Ciencia pública - ciencia privada. Se titula "El positivismo es un humanismo", y en él expongo las principales características de esa corriente filosófica (en especial el llamado "neopositivismo" o "positivismo lógico", a la que se asocia convencionalmente a Otto Neurath), las críticas a que ha sido sometido, y de qué modo pueden responderse estas críticas, construyendo con su ayuda un "positivismo reflexivo" o "sensato".
Como es un texto un poco largo, lo iré colgando por entregas, como los folletones.
EL POSITIVISMO ES UN HUMANISMO.
Jesús Zamora Bonilla
El siglo XX ha sido, por encima de muchas otras cosas, el siglo de la ciencia. Para bien o para mal, nuestra tecnificada sociedad se distingue de todas las otras casi en mayor medida que lo que cualesquiera de las demás se hayan diferenciado nunca entre sí, y, sin olvidar las importantes transformaciones acontecidas en materia política, ello se debe sobre todo a las capacidades científicas e industriales que hemos acumulado en la historia reciente. Es totalmente absurdo, por tanto, intentar comprender la sociedad contemporánea pretendiendo ignorar simultáneamente los mecanismos capilares mediante los que la investigación y el conocimiento científicos se interconectan con el resto de ámbitos económicos, políticos y culturales, y esto exige alcanzar una comprensión razonable de los procedimientos y resultados de la investigación científica. Por fortuna, no andamos escasos de estudios acerca de estos temas, pero hay que reconocer también que mucho de lo que se escribe en los últimos años sobre la ciencia parece ser más bien el resultado de una profunda incomprensión de sus aspectos más fundamentales. Las fuentes de dicha incomprensión son muchas, y en ocasiones se multiplican alimentándose unas a otras, aunque frecuentemente se trata sólo de interpretaciones descabelladas, exageradas, o meramente precipitadas, de algunos hechos que se dan efectivamente en el terreno de la ciencia y de sus relaciones con la sociedad: hechos tales como la frecuente falta de consenso entre los científicos, la magnitud de los problemas importantes para los que la ciencia no encuentra solución, la creciente simbiosis entre la investigación científica y el capital privado, la persistencia de astronómicas desigualdades económicas junto con muy sofisticados desarrollos tecnológicos, o la enorme distancia que media entre el contenido abstracto de muchos descubrimientos y la visiones hogareñas y llenas de sentido en cuyo marco transcurre la vida de casi todos nosotros. Estos hechos son indiscutibles, y una adecuada comprensión de la ciencia debe siempre tenerlos en cuenta en su justa medida e intentar explicarlos, pero de ninguna manera para justificar un rechazo absoluto de la validez del conocimiento científico, pues es precisamente dicha validez la que ha permitido que la investigación científica y tecnológica haya contribuido a transformar tan intensamente nuestra sociedad. No por mil veces repetido es menos cierto el argumento de que, si la aerodinámica y la electrónica poseyeran más o menos la misma objetividad que las prácticas mágicas o la meditación transcendental, los intelectuales que se dedican a criticar la "racionalidad tecnocientífica-instrumental-capitalista" no acudirían a dar sus bien pagadas conferencias viajando en avión, sino tal vez volando en una escoba, y no discutirían con sus editores a través del teléfono móvil o del correo electrónico, sino mediante la telepatía o el tam-tam.
Tras cuatro décadas de creciente desarrollo de las actitudes antiobjetivistas hacia la ciencia (estimuladas en parte por la difusión de la maravillosa obrita de Thomas Kuhn La estructura de las revoluciones científicas, cuyo cuadragésimo aniversario se cumple ahora, y que es en gran medida inocente de las interpretaciones más radicales que ha servido para justificar a posteriori), parece llegada la hora de plantearnos la cuestión de si la imagen más tradicional de la ciencia a la que dicha obra se oponía no habrá sido criticada de forma demasiado injusta, y si no ganaríamos algo intentando recuperar algunos aspectos, tremendamente sensatos, de las concepciones sobre el conocimiento científico que proponían los defensores del llamado "neopositivismo" (expresión esta última que, por cierto, ha terminado convirtiéndose casi en un insulto entre los filósofos). En este capítulo voy a indicar algunas de las ideas de esta corriente que han sido más severamente criticadas durante las últimas décadas, intentando justificar por qué los aspectos fundamentales del positivismo no sólo no se ven afectados por estas críticas, sino que
ellas apuntan más bien hacia tesis que cualquier positivista sensato incluiría dentro de sus propias posiciones, y argumentaré también que este positivismo reflexivo (o, en la acertada expresión que me sugirió Javier Muguerza, este "positivismo sensato") no tendría que tomarse como una concepción epistemológica para consumo interno de los filósofos, sino más bien como una parte fundamental de la visión que los seres humanos podemos tener de nosotros mismos a estas alturas de la historia.
Si andáis por Bilbao el próximo 6 de noviembre, no os perdáis la jornada sobre "Misterios a la luz de la ciencia".

La noticia científica del día es el descubrimiento de que los neandertales del Sidrón tenían "el gen del habla". Es un descubrimiento importante, sin duda, aunque, con lo precario y escaso de las muestras genéticas, las dudas sobre su validez, y sobre todo sobre sus implicaciones, son más que razonables. Anima, eso sí, el que la participación española esté en los más altos niveles internacionales (pace Pío Moa, uno de nuestros más insignes "oscuros", que ahora también ha llevado su nacionalismo al terreno de la ciencia).
Lo que más me preocupa de la noticia, de todas formas, es la forma en la que se ha publicado, sobre todo los titulares. Se da a los lectores la impresión de que se ha descubierto mucho más de lo que realmente ha podido establecerse. Se sacan conclusiones excesivas. Aun asumiendo, con todas las reservas, que sea verdad que el gen en cuestión es bastante antiguo (procedería al menos del antepasado común de neandertales y hombres modernos), de ahí no se sigue que los neandertales hablaran como nosotros, o cantaran como Pavarotti (como sugiere una de las noticias). Tal vez hagan falta muchas más cosas para que el gen dichoso cumpla su función, y esas cosas sean más recientes y exclusivas de nuestra propia línea evolutiva. Si no fuese así, ¿cómo se explicaría que los neandertales poseyeran un lenguaje tan versátil y sofisticado como el nuestro, pero que no hayan dejado muestra de un profundo pensamiento simbólico, como hicieron los okupas de Altamira unos milenios después? Tal vez los neandertales tuvieran la facultad del lenguaje, pero aún no habían encontrado nada de lo que hablar (ni un mal julianmuñoz que echarse a la boca, o sacar de ella, mejor dicho).
Los medios deberían aprovechar la noticia para presentarla como un ejemplo de controversia, dando las razones a favor y en contra, y "el estado del marcador" (vamos, el "minuto y resultado" científico). Una de mis obsesiones filosóficas es la de describir la ciencia como un juego o deporte, en el que cada científico está atento a su marcador (o sea, al registro de cuántas cosas de las que él ha propuesto son admitidas por sus colegas), y al de los demás; las reglas del juego deben fomentar el juego limpio y que se recompense a los mejores... pero bueno, eso ahora es un rollo y lo comentaré otro día. La cuestión es que estaría bien que la noticia mostrase mejor este aspecto "competitivo" de la ciencia. Seguro que enganchaba a más gente.
Por fín he encontrado los resultados de la votación la enseñanza del creacionismo en el Consejo de Europa (pinchar en "resolution"; v. texto de la resolución). El link lo he encontrado en Evolucionarios, que muy justamente advierte de que los votos negativos no deben tomarse necesariamente como favorables al creacionismo, sino que puede haber otras razones para oponerse a la resolución (p.ej. que invada competencias nacionales).
Todos los hombres desean por naturaleza saber. Así lo indica el amor a los sentidos, pues, al margen de su utilidad, son amados a causa de sí mismos, y el que más de todos, el de la vista. Y la causa es que, de los sentidos, éste es el que nos hace conocer más, y nos muestra muchas diferencias.
No llevamos un mes navegando, y ya parece que se nos avecina la primera galerna. Esta vez la borrasca no la ha producido una pequeña mariposa agitando sus alas en las antípodas, sino más bien un enorme elefante enloquecido chapoteando en una charca: el tan genial como polémico James Watson. Jim ya la lió a finales de los 70 cuando escribió La doble hélice, novelita inmejorable donde se ve la ciencia por dentro, como algo demasiado humano. Ahora, sin que sepamos muy bien por qué, ha vuelto a montar el pollo con unas declaraciones a The Sunday Times, en las que afirma que los africanos son genéticamente menos inteligentes que los blancos (no especifica blancos de dónde). Esto parecería probarlo la experiencia cotidiana de mucha gente (?), y lo podría justificar (?) el hecho de que las poblaciones no africanas hayamos evolucionado separadas de las africanas los últimos 40.000 años.
El revuelo que han causado estas declaraciones era previsible: han tocado uno de los puntos más protegidos por la corrección política. Pero un blog positivista como el nuestro no puede dejar de comentarlo, a ver si conseguimos achicar un poco del agua que nos entra por la bodega.
En primer lugar, lo que dice Watson probablemente sea una falsedad. El hecho de ser un genetista de los más importantes no implica que Jim sepa más que la gente normal sobre este asunto de las razas (o las poblaciones) y la inteligencia. Segundo, sea verdadero o falso, ello no tendría ninguna implicación respecto a los derechos o a la dignidad moral de negros y blancos: aunque la inteligencia estuviera repartida por igual en todas las poblaciones, los habríamos más tontos y más listos, y no por eso los más cortitos íbamos a tener menos derecho a la vida, a la vivienda (?), a la libertad de expresión, etc., que los más talentosos. Eso sí, los menos espabilados tenderíamos a aprovechar peor esos derechos que los listillos, porque básicamente en eso consiste el ser más tonto. Por otro lado, la inteligencia es sólo uno de los factores que hacen que a uno le vaya mejor o peor en la vida: algunos tontos heredan fortunas y les va muy bien.
¿Son racistas las afirmaciones de Watson? Sin duda muchos pueden interpretarlas así, sobre todo porque pueden servir de excusa para tratar de modo denigratorio a ciertas personas. Pero, como éste es un blog de filosofía, más que de otra cosa, quiero formular unas preguntas sobre las que tendríamos que pensar antes de responder al tema del racismo.
Primero, si el cociente intelectual -CI- de una persona es una medida objetiva (es decir, si se puede medir el de una persona con varios procedimientos y el resultado siempre es muy parecido, en lo cual los psicólogos parecen estar de acuerdo), entonces serán cuestiones puramente fácticas las siguientes:
a) ¿cómo está distribuido el CI en cada población? ¿tienen algunas poblaciones un CI medio más alto que otras? ¿tienen algunas poblaciones un porcentaje especialmente alto de CIs muy elevados?
b) ¿es hereditario el CI? ¿cómo influyen los factores genéticos en su distribución? (nadie discute que el color de los ojos se hereda genéticamente por completo, y que el idioma, en cambio, no se hereda genéticamente en absoluto; ¿entre qué extremos está el CI?)
Cada una de estas preguntas tendrá una respuesta que esté en la propia realidad, es decir, que no dependerá de nuestros (buenos o malos) deseos. Por supuesto, podemos decidir que es pernicioso investigarlo, igual que podemos prohibir investigar el número de pelos del pubis de una persona que no se deje, pero el hecho de que decidamos no investigarlo (por sus posibles consecuencias políticas), no equivale a asumir que aquellas preguntas no tienen una respuesta definida, ni que averiguar la respuesta empíricamente tenga por qué ser difícil.
Un ejemplo de los errores en que se puede caer si no se tiene en cuenta esto, son muchos de los comentarios que pueden leerse en internet a las declaraciones de Watson. Tomo uno al azar: "las afirmaciones del Sr. Jaimito Watson y las suyas sólo tienen sentido si de las diferencias que afirman existen entre las distintas razas se deriva alguna consecuencia en lo atinente a la igualdad. Si esas diferencias no tienen ningún tipo de consecuencia, entonces son irrelevantes y cualquier estudio "científico" al respecto es poco menos que absurdo" (en el diario Público). Si hacemos caso a este modo de pensar, ¿también sería "irrelevante" o "absurdo" estudiar las diferencias
que pueda haber entre distintas poblaciones respecto a cómo reaccionan ante ciertas medicinas? Si se descubren diferencias, está claro que de ahí "se deriva alguna consecuencia en lo atinente a la igualdad", pero la falacia está en suponer que una desigualdad en características físicas o psíquicas tiene que implicar una desigualdad en derechos.
Por supuesto, lo que es muy dudoso es que las diferencias en inteligencia tengan alguna repercusión relevante en la estructura política que sea mejor en cada país. Puesto que en no todos tenemos el mismo CI, ¿debería haber en un mismo país unas leyes para los que están por encima de la media, y otras para los que están por debajo? Los derechos fundamentales, en particular, no están inventados para listos ni para tontos, sino para todos. África, desde luego, tiene muchos problemas, pero no creo que "una política pensada (¿por quién?) para más tontos" fuera la solución, ni es probable que la causa de los problemas sea la (supuesta) menor inteligencia genética media de la población. Y aun si lo fuera, hay que tener en cuenta que una persona con un CI más bajo que otra puede alcanzar resultados intelectuales superiores a la segunda gracias a una mejor educación: tal vez la moraleja de las declaraciones de Watson sería justamente que Africa necesita por encima de todo ayuda educativa (y el fomento de condiciones para mantenerla). Con una mejor educación que la nuestra (y al paso que vamos, eso no será difícil), África podría empezar a producir doctores e ingenieros de altísima calidad.
Pero, en fin, lo que no me resisto a añadir es otra tesis positivista sobre el particular: puede ser más o menos dudoso que los europeos sean más inteligentes genéticamente que los africanos, pero hay un argumento demoledor que muestra que ambos tienen exactamente los mismos derechos, a saber, ninguno. Nada puede estar más claro: europeos y africanos tenemos ojos, hígado, estómago, cerebro, piel (unos más oscura
y otros más clara), pelo (unos más rizado y otros menos), pero lo que ninguno de nosotros tenemos son derechos, sencillamente porque los derechos no existen, son un puro invento, como Papá Noel o las siete cabritillas parlanchinas. Nosotros (los occidentales post-ilustrados) nos hemos inventado un juego que consiste en imaginarnos que todos los seres humanos tenemos ciertos derechos, y resulta que jugar a ese juego es más chupi que jugar al juego del feudalismo o del esclavismo (donde se habían imaginado derechos distintos y no iguales para todos). Así que los derechos, aunque son un invento, son claramente un buen invento. Imaginarse un juego en el que los ciudadanos de ciertos países tienen más derechos que los de otros, es algo que se ha hecho muchas veces en la historia, con resultados lamentables, así que es mejor no volver a jugar a eso. Pero jugar a que ciertas cosas no pueden ser investigadas también se inventó en otras épocas, y no me gustaría que se repitiera.
Pero las nubes más negras se van aproximando a nuestro barco. Habrá que sujetarse.

Dicen que la economía es la única ciencia en la que pueden dar dos premios Nobel por haber inventado teorías totalmente contradictorias entre sí. Seguro que es una exageración (y en otras ciencias también puede pasar, pero no hay tanto dinero en juego). En todo caso, esto le da vidilla al premio, porque te permite ser un poco más partidista.
En el de este año, me siento como si lo hubeira ganado mi equipo de fútbol. Hurwicz, Maskin y Myerson no sólo representan ideas con las que simpatizo, sino que el premio se les concede por inventar la concepción de la ciencia económica (e incluso de las ciencias sociales) que me parece más acertada. ¿De qué está hecha la sociedad? Hay mucha polémica al respecto. Unos piensan que de "entes sociales" (grupos, comunidades, etc.), que en algún sentido ontológico van más allá de los individuos. Otros pensamos que lo que existen son individuos y relaciones entre ellos. De entre estas relaciones, las más interesantes son lo que, desde Hurwicz, llamamos "mecanismos", conjuntos de reglas o prácticas que encauzan nuestras decisiones, básicamente dejándonos sólo unas cuantas opciones a la vista y ayudándonos a descartar las demás. Muchos mecanismos vienen dados (por la historia, las costumbres, la
biología...), pero muchos otros pueden ser diseñados, puestos a prueba, sujetos a experimentación. El mercado, por ejemplo, no es una estructura homogénea, sino que conviven en él muchas maneras distintas de realizar los negocios e intercambios (no se compran igual camisas en un híper que en un mercadillo, ni que acciones en la bolsa). Cada una de ellas es un "mecanismo". Los premiados este año abrieron la posibilidad de estudiar los mecanismos con las herramientas de la teoría de juegos, con el fin de corregir los mercados, hacerles funcionar bien donde no podían, o sustituirlos con otras instituciones donde fuera necesario. Una buena introducción divulgativa a esta teoría la ofrece la fundación Nobel.
Desde luego, esto no se limita sólo al estudio del mercado, ni al de la economía. Se trata de comprender la sociedad como un conjunto de "juegos" (interconectados entre sí, aunque a menudo pueden estudiarse por separado). Personalmente, me he dedicado a intentar comprender la propia ciencia como un conjunto de mecanismos: un conjunto de sistemas de reglas que dicen a cada investigador qué puede o debe hacer en cada circunstancia, y cómo debe "recompensar" o "castigar" a sus colegas según lo que hayan hecho éstos. La ciencia es, pues, un juego, o mejor, un batiburrillo de juegos interrelacionados (como el deporte). Los científicos compiten (y cooperan) por alcanzar los "premios", y como resultado, las reglas de sus disciplinas, si están bien diseñadas, les llevan a hacer descubrimientos válidos e importantes. Muchos aspectos importantes de la ciencia y de su relación con la sociedad pueden entenderse gracias a la teoría de los mecanismos. Hablaremos mucho de este tema en el Otto Neurath.
Veinte euros por copia es lo que vamos a pagar entre todos a la Paramount y a Al Gore por comprar 30.000 copias del famoso documental del último Nóbel de la Paz.
Lo ha decidido la ministra de medio ambiente, Sra. Narbona, que por lo visto no tenía nada mejor que hacer con la parte que le tocaba del superávit. Son nada menos que cien millones de pesetas (aproximadamente), ¡y los tíos de la Paramount no nos han hecho ni un miserable descuentillo! Que si te compras en la tienda muchas pelis a la vez, te las dejan a mitad de precio, digo yo. Y además, seguro que en casi todos los institutos alguien tiene la peli bajada de internet (o incluso comprada legalmente).
Para más inri, la decisión de repartir los vídeos, o no, será de las comunidades autónomas, y como Gore se lleva muy mal con Bush, y los enemigos de mis amigos son mis enemigos, parece probable que gente como Esperanza Aguirre decida que el DVD lo va a repartir Rita, o que, en todo caso, lo pondrán cuando no haya elecciones a la vista. Así que será dinero doblemente tirado.![]()
La Narbona me recuerda al chiste de la mujer de un alcalde de pueblo, que era muy basta, y que una vez tuvo que acompañar a su marido a un acto de postín. "Pascasia", le decía él, "que te conozco; tú, disimula". En mitad del acto, la alcaldesa (antes se las llamaba así) empieza rascarse el sobaco con grande ostentación, y el marido "disimula, disimula". "Ya disimulo", responde ella, "si lo que de verdad me pica es el coño". Pues la Narbona tampoco se ha dado cuenta de que estas cosas hay que hacerlas disimulando: que no se note que aprovechas el tirón del premio Nobel (aunque no se haya hecho, porque seguramente la negociación venía de antes), que no se note que Gore es más bien rojillo (es un decir), que no se note que aprovechamos el período preelectoral, que no se note que no tenemos ni idea de lo que hacer con la educación, etc., etc. Pero, en fin, se conoce que la ministra tenía muchos picores.
Y es que hay días en que uno casi se arrepiente de ser de izquierdas...
Posiblemente muchos lo sepáis ya, pues ocurrió este verano, antes de que el Otto Neurath se echase al mar. El caso es que un juez de Bilbao ha condenado al periodista del Correo Luis Alfonso Gámez a pagar una indemnización a Juan José Benítez (uno de los oscuros más influyentes de nuestro país) por "atentar contra su honor".
Más información en Magonia.
Vaya desde aquí la solidaridad de toda nuestra tripulación con el amigo Gámez, y ánimo en su lucha contra el oscurantismo. Sabe que siempre habrá un camarote a su disposición en el Otto Neurath.
Resultado de la votación del Documento "Los peligros del creacionismo en la educación", en el Consejo de Europa.
Ver el texto en: http://assembly.coe.int/main.asp?Link=/documents/workingdocs/
doc07/edoc11375.htm
Creo que ha habido una votación a otro nivel, que ha salido mucho más ajustada. ¿Alguien tiene los resultados de esa otra votación, para saber qué votó cada miembro?
| 04/10/2007 | |
| Members participating in the vote on : | The dangers of creationism in education (Doc. 11375) |
| In favour | 67 |
| Against | 3 |
| Abstention | 3 |
| Mrs Tina ACKETOFT | SE | ALDE | In favour |
| Mr Miloš ALIGRUDIĆ | RS | EPP/CD | In favour |
| Mr Abdülkadir ATEŞ | TR | SOC | In favour |
| M. Claudio AZZOLINI | IT | EPP/CD | In favour |
| Mrs Doris BARNETT | DE | SOC | Abstention |
| M. Walter BARTOŠ | CZ | EDG | Against |
| Mrs Marie-Louise BEMELMANS-VIDEC | NL | EPP/CD | In favour |
| Mme Gülsün BİLGEHAN | TR | SOC | In favour |
| Ms Guðfinna S. BJARNADÓTTIR | IS | EDG | In favour |
| M. Luc Van den BRANDE | BE | EPP/CD | In favour |
| Mme Anne BRASSEUR | LU | ALDE | In favour |
| M. Lorenzo CESA | IT | EPP/CD | In favour |
| Mr Valeriu COSARCIUC | MD | ALDE | In favour |
| M. Vlad CUBREACOV | MD | EPP/CD | In favour |
| Mrs. Anna ČURDOVÁ | CZ | SOC | In favour |
| M. Michel DREYFUS-SCHMIDT | FR | SOC | In favour |
| Ms Åse Gunhild Woie DUESUND | NO | EPP/CD | In favour |
| M. John DUPRAZ | CH | ALDE | In favour |
| Mr Mátyás EÖRSI | HU | ALDE | In favour |
| Mme Lydie ERR | LU | SOC | In favour |
| Mr Iván FARKAS | SK | EPP/CD | In favour |
| Mr Valeriy FEDOROV | RU | EDG | Abstention |
| Mr Axel FISCHER | DE | EPP/CD | In favour |
| Mrs Doris FROMMELT | LI | EPP/CD | In favour |
| Mrs Alena GAJDŮŠKOVÁ | CZ | SOC | In favour |
| Ms Gunn Karin GJUL | NO | SOC | In favour |
| Mrs Angelika GRAF | DE | SOC | In favour |
| M. Francis GRIGNON | FR | EPP/CD | In favour |
| M. Andreas GROSS | CH | SOC | In favour |
| Mr Holger HAIBACH | DE | EPP/CD | In favour |
| Mr Davit HARUTIUNYAN | AM | NR | In favour |
| Baroness Gloria HOOPER | UK | EDG | In favour |
| Mrs Danuta JAZŁOWIECKA | PL | EPP/CD | In favour |
| Mr Tomáš JIRSA | CZ | EDG | In favour |
| Mr Morgan JOHANSSON | SE | SOC | In favour |
| Mr Erik JURGENS | NL | SOC | In favour |
| Mr Marek KAWA | PL | EDG | Against |
| Mrs Krista KIURU | FI | SOC | In favour |
| Mr Albrecht KONEČNÝ | AT | SOC | In favour |
| Mr Tiny KOX | NL | UEL | In favour |
| Mr Eduard KUKAN | SK | EPP/CD | In favour |
| Mr Geert LAMBERT | BE | SOC | In favour |
| M. Jean-Paul LECOQ | FR | UEL | In favour |
| Mr Jacques LEGENDRE | FR | EPP/CD | In favour |
| Mr Göran LINDBLAD | SE | EPP/CD | In favour |
| Mr Eduard LINTNER | DE | EPP/CD | In favour |
| Mr Aleksei LOTMAN | EE | UEL | In favour |
| Mr Alan MEALE | UK | SOC | In favour |
| Mme Maria Manuela MELO | PT | SOC | In favour |
| Mme Ana Catarina MENDONÇA | PT | SOC | In favour |
| Mr Morten MESSERSCHMIDT | DK | EDG | In favour |
| Mr Jean-Claude MIGNON | FR | EPP/CD | In favour |
| Mr João Bosco MOTA AMARAL | PT | EPP/CD | In favour |
| Mrs Oľga NACHTMANNOVÁ | SK | SOC | In favour |
| Mr Gebhard NEGELE | LI | EPP/CD | In favour |
| Mrs Carina OHLSSON | SE | SOC | In favour |
| Mr Leo PLATVOET | NL | UEL | In favour |
| Mr Azis POLLOZHANI | MK | SOC | In favour |
| M. Lluís Maria de PUIG | ES | SOC | In favour |
| Mr Zbigniew RAU | PL | EDG | Against |
| Mr Andrea RIGONI | IT | ALDE | In favour |
| M. Dario RIVOLTA | IT | EPP/CD | In favour |
| Mr Alessandro ROSSI | SM | UEL | In favour |
| Lord RUSSELL-JOHNSTON | UK | ALDE | In favour |
| M. Walter SCHMIED | CH | ALDE | In favour |
| Mrs Hanne SEVERINSEN | DK | ALDE | In favour |
| Mr Björn von SYDOW | SE | SOC | In favour |
| Mr Mehmet TEKELİOĞLU | TR | EPP/CD | In favour |
| Mr Egidijus VAREIKIS | LT | EPP/CD | Abstention |
| Mr Rudi VIS | UK | SOC | In favour |
| Mr Piotr WACH | PL | EPP/CD | In favour |
| Mr Paul WILLE | BE | ALDE | In favour |
| Ms Karin S. WOLDSETH | NO | EDG | In favour |
Uno de los problemas que tenemos a bordo del Otto Neurath es que la tripulación forma una especie de torre de Babel, en la que cada uno habla un idioma (y a veces, aunque hablen el mismo, lo entienden de otra manera), y así no hay quien se entienda para andar reconstruyendo el barco. En El País de ayer, Javier López Facal, investigador del CSIC, protestaba porque los trámites administrativos necesarios para nuestros científicos deban ser obligatoriamente en castellano, cuando el inglés es el idioma en el que la mayoría (al menos, la mayoría que pretende homologarse con el resto de los países) tiene que elaborar sus trabajos, memorias, etc. [Ver el artículo en http://www.elpais.com/articulo/futuro/lengua/ciencia/elpepufut/20071010elpepifut_6/Tes]
Yo iría un poco más lejos. Ahora que estamos metidos en el proceso armonizador de Bolonia, que pretende facilitar la movilidad de los estudiantes universitarios por toda la Unión Europea, y teniendo en cuenta que de lo que se trata, en parte, es de fomentar la competencia de las universidades por los buenos estudiantes, no estaría de más que se generalizara la práctica iniciada por algunas universidades, de ofrecer titulaciones en inglés.
La administración podría incluso fomentar un plan por el que, de todo el catálogo de estudios universitarios oficiales, al menos tres o cuatro universidades del país ofrecieran la carrera en inglés, y becaran generosamente a alumnos de toda la Unión Europea (y también de otros países) para desplazarse a esas universidades a estudiar. Y si las Comunidades Autónomas ofrecen buenas becas a sus estudiantes mejores para que se vayan a estudiar a donde les dé la gana, mejor todavía.
[ES CONTINUACIÓN DE LA ENTRADA DE AYER]
Una posible reacción ante el experimento del doble dedo es la de afirmar que "yo no SOY esa imagen" (o "esa imagen no es parte de mí"), sino que "yo PERCIBO esa imagen". Naturalmente lo segundo también es correcto, pero no es contradictorio con lo primero. Lo que ocurre es que nuestro mecanismo de percepción nos hace sentir que "lo percibido" y "quien percibe" son dos cosas diferentes (es probable que la mayoría de los animales no puedan hacer esta distinción), pero esto es por que "quien percibe", es decir, el "yo" que sentimos que está percibiendo el dedo, TAMBIÉN ES UNA IMAGEN CONSTRUÍDA POR NUESTRO CEREBRO. Es decir, al percibir lo que tenemos alrededor, el cerebro no construye una imagen de ello, y luego "nosotros" (¿quién?) "vemos" esa imagen, sino que construye una imagen en la que aparecen simultáneamente nuestro alrededor Y EL YO. No hay nadie, un agente (¿el alma?) en el cerebro, dispuesto a ser el espectador de nuestras representaciones mentales, sino que el cerebro construye a la vez el espectáculo y al espectador.
Así pues, nuestro yo es tan falso (o tan verdadero) como el dedo doble del que hablábamos ayer...........
Algunos empezamos a marearnos. Quizá el mar se está picando a nuestro alrededor, y aquí, junto al casco, nos sentimos cada vez menos separados del agua que nos rodea. Va a ser hora de subir a cubierta.
He aquí un curioso experimento para comprobar la firmeza de las cuadernas de nuestro barco, las planchas (muy débiles, una por una) que nos separan del océano que nos rodea y amenaza con devorarnos.
Mientras estás leyendo este texto, coloca el dedo índice a unos cinco centímetros delante de tu nariz, y apuntando hacia el techo. Sin dejar de mirar este texto, ¿cuántos dedos ves? Dos, ¿verdad? Según acercas el dedo a la pantalla del ordenador (manteniéndolo siempre en vertical), los "dos" dedos que ves se van aproximando. Si guiñas un ojo, sólo verás un dedo. Y si enfocas tu mirada a la punta del dedo, lo que ves son dos pantallas al fondo.
La cuestión es: obviamente sólo hay un dedo (no cuentan los otros cuatro de la mano; sólo el índice extendido); pero tú ves dos "cosas". Cada una de esas "cosas", ¿ES tu dedo? No, porque el dedo es uno, y las "cosas" son dos.
Entonces, ¿qué SON esas "cosas"? La respuesa es sencilla: son IMÁGENES del dedo, no el dedo real.
Ahora bien, nos da la impresión de que, cuando enfocamos la mirada al dedo, entonces sí que vemos el dedo, no su imagen. Pero esto es falso: lo que ocurre es que, al enfocar, las dos imágenes SE FUNDEN (p.ej., según se van aproximando a medida que alejas el dedo hacia el ordenador), aunque lo hacen de manera imperfecta (p.ej., si has levantado el índice derecho, con el ojo derecho ves parte del nudillo, pero con el izquierdo no, o no tanta).
Conclusión: lo que ves no es tu dedo, sino una imagen de él. Ahora bien, ¿"dónde" está esa imagen? No puede estar "entre tu cabeza y la pantalla del ordenador": ahí no hay ninguna imagen, ahí lo que está es tu dedo real. Así que la imagen está en tu cerebro. Pero eso quiere decir que lo que estás viendo no es el dedo: es tu cerebro (la parte de él que ha "construido" las imágenes del dedo).
[ADVERTENCIA: Esta prueba puede ser peligrosa. Mirad cómo se quedó el amigo de la izquierda tras intentar hacerla muchas veces; el amigo de la derecha todavía lo está pensando]
Ya se han fallado el de medicina y el de física; mañana el de química; dentro de poco el de economía. ¿Para cuándo tendremos un nuevo premio Nobel de ciencias español? Nuestros investigadores "estrella" son hoy día del mismo nivel de calidad que los mejores del mundo. ¿Por qué no ganan un Nobel? ¿Hay alguna mano negra en Estocolmo que "nos tiene manía", como en la Fórmula 1, o peor aún, como en el fútbol?
(Bueno, en el caso del fútbol nos tenemos bastante merecido lo de no pasar nunca de cuartos).
Es sabido que los tripulantes del "Otto Neurath" tenemos nuestras necesidades fisiológicas; en particular, tenemos que comer. Así que me permito poner un anuncio publicitario en el velamen, para que sea vea bien. Como puede comprobarse, no es más que autopublicidad.
NUEVA EDICIÓN DEL CURSO “PERIODISMO Y COMUNICACIÓN CIENTÍFICA” EN LA UNED
La Universidad Nacional de Educación a Distancia ha puesto en marcha la tercera edición del Programa Modular “Periodismo Científico y Comunicación Científica”. El Programa incluye modalidades de Máster, Especialista Universitario, y Experto universitario. Sus principales objetivos son formar a profesionales especializados en la comunicación de la ciencia y la tecnología, y ayudar al fomento de la cultura científica, y cuenta con la experiencia de dos años.
La experiencia de las dos ediciones anteriores ha certificado la calidad y el prestigio de este Programa. Este progama pionero es el único curso virtual sobre periodismo, cultura y comunicación científica que se ofrece en España. Cuenta con un amplio equipo docente, formado por profesores especialistas en periodismo y comunicación, periodistas en activo, y profesores e investigadores especialistas en diversas materias científicas. El equipo está coordinado por Jesús Zamora Bonilla, profesor titular de filosofía de la ciencia en la UNED.
El Programa está dividido en 16 módulos o asignaturas. Entre éstas se incluyen varias materias de comunicación, como “Introducción al periodismo científico”, “Fuentes para el periodismo científico”, “Gabinetes de prensa y comunicación científico-tecnológica”, “Periodismo científico en radio y televisión”, “Periodismo científico en internet”, etc. También hay numerosas asignaturas que introducen al alumno en los conceptos, datos y teorías más importantes de las principales ramas de la ciencia: física, biología, historia de la ciencia, etc. Finalmente, un tercer grupo de materias proporciona una visión sistemática y crítica de los aspectos sociales, filosóficos y éticos de la ciencia moderna. La formación teórica se complementa con módulos de prácticas, para las cuales la dirección del Programa pondrá en contacto a los alumnos con instituciones, empresas o medios comunicación cercanos a su lugar de residencia. Aquellos alumnos que desarrollen su actividad profesional en algún campo relacionado con la comunicación o difusión de la ciencia (periodistas, profesores, miembros de gabinetes de comunicación, trabajadores de museos, etc.), cuentan la posibilidad de realizar las prácticas del curso en su propio lugar de trabajo.
Ciencias para el mundo contemporáneo
El curso es de gran interés también para aquellos profesores que desean obtener una visión global y crítica de la ciencia moderna y su importancia en el mundo actual, en particular aquellos interesados en impartir la asignatura de “Ciencias para el Mundo Contemporáneo” en el nuevo Bachillerato, ya que esta asignatura demandará un planteamiento eminentemente interdisciplinar, en el que la comunicación y la divulgación científica tienen un papel básico.
Para más información:
http://www.fundacion.uned.es/cursos/ciencia-ingenieria/modular/periodismo-comunicacion-cientifica/
jpzb@fsof.uned.es
Hacemos una pausa en nuestro barco para comer. Hoy nos sirven en la cantina un sabroso debate sobre las relaciones entre la física y la astronomía, cuyo aperitivo (y esperamos que no único plato) ha sido un artículo en El País del 3-10-07 del astrofísico Simon White (http://www.mpa-garching.mpg.de/~swhite/; el artículo en la edición digital está accesible sólo para suscriptores, gracias a la política pesetera de Prisa) .
El debate se
refiere a cuáles deben ser las motivaciones que guían la investigación astronómica. En general, según White, en la ciencia predominan dos tipos de motivaciones: la de hallar la "explicación profunda" de los fenómenos, y la de simplemente encontrar y describir con detalle fenómenos maravillosos o interesantes (White "olvida" mencionar otras dos motivaciones habituales: primera, la de obtener resultados que puedan servir para solucionar problemas prácticos, para facilitarnos la vida, o sencillamente para ganar dinero; y segunda, la de obtener la "gloria" científica, el aplauso de los colegas y del público; pero centrémonos en las que cita White).
El problema en el caso que denuncia este científico consiste en que, mientras que hasta ahora la relación normal entre la física y la astronomía ha sido que la segunda utilizaba los resultados de la primera (leyes, modelos, datos sobre constantes, etc.), pero la astronomía le "devolvía" poco a la física (salvo alguna contrastación empírica de alguna teoría física, de vez en cuando), ahora existe el "riesgo" de que suceda lo contrario: que la astronomía, por estudiar el único campo en el que -de momento- pueden ser "observables" los efectos de la materia oscura, sea colonizada por los físicos de altas energías a golpe de talonario, convirtiéndola, mediante costosísimas inversiones en sistemas terrestres y espaciales de observación, en una disciplina casi puramente al servicio de los proyectos de investigación de la física. El problema no es sólo que el flujo de recursos hacia grandes proyectos astrofísicos relacionados con la materia oscura puede frenar otras áreas de investigación en astronomía, mucho más interesantes y comprensibles para la sociedad (según White): también hay que contar con el riesgo de que los datos acumulados gracias a aquellas costosas inversiones no nos sirvieran al final para resolver los enigmas sobre las leyes últimas de la naturaleza.
El artículo me ha parecido sumamente interesante porque muestra cómo en la raíz de las decisiones científicas hay siempre un "toma y daca": conseguir más de alguna cosa, satisfacer más algún determinado valor u objetivo, implica tener menos oportunidades de satisfacer las otras cosas que deseamos. La cuestión es quién tiene que tomar estas decisiones, y basándose en qué criterios. La respuesta tradicional era "los científicos", pero éstos no son un cuerpo único, sino que pueden tener intereses contrapuestos.
Algo muy parecido ocurrió en el caso de la biología: en los últimos lustros se ha dedicado una cantidad enorme de recursos a la genómica, vendida como una especie de "teoría final" sobre los seres vivos, por lo que numerosos biólogos en otras áreas se quejaron de que su apoyo financiero disminuía, cuando en realidad saber leer un genoma no sirve prácticamente de nada en esas otras áreas. Por supuesto, los "genomistas" se defendían asegurando que, a largo plazo, la contribución a largo plazo del proyecto Genoma al desarrollo de la biología será fundamental (pero esto, más que una predicción, es de momento sólo una profecía bienintencionada).
La cuestión, entonces, es la siguiente: ¿hemos de leer el artículo de Simon White como una advertencia sobre los riesgos "reales" de convertir la astronomía en una mera provincia de la física de altas energías?, ¿o es una reacción provocada por el miedo de los astrónomos a perder su parte de poder dentro del barco de la ciencia? ¿Tendrá algún efecto sobre la navegabilidad del "Otto Neurath" esta disputa entre los cocineros?
Vamos a hacer la primera visita a las bodegas de nuestro barco, donde la tripulación del Otto Neurath se afana porque sigamos a flote y avanzando.
El ministro de Sanidad, Bernat Soria, ha denunciado ayer la falta de médicos, debida a la existencia de un numerus clausus en nuestras facultades de medicina en las últimas dos décadas, o sea, mientras el número de ambulatorios y hospitales, públicos y privados, no hacía más que crecer. También lo hizo el número de universidades, pero ni una sola de las nuevas (que yo sepa) instauró la carrera de medicina. Desde luego, dicho en términos económicos, estamos ante un caso paradigmático de restricción de la oferta para favorecer a "los de dentro", pues la falta de médicos hace que los que existen ganen más, y puedan presionar mejores condiciones de trabajo.
Lo que no me ha parecido leer todavía es que Bernat Soria se haya reunido con su colega gabinete, Mercedes Cabrera, y con la conferencia de rectores, para negociar un plan de apertura de nuevas facultades de medicina. ¿Lo veremos? Esperemos que sí.
También faltan científicos: parece que cada vez hay menos estudiantes de talento que opten por la carrera investigadora, que es una auténtica carrera de obstáculos, y, además, eso de la "sociedad del conocimiento" nuestras empresas no se lo han creído mucho, y seguimos teniendo pocos laboratorios de investigación en la industria española. La apertura de nuevas facultades de medicina tendría que tomarse como un incentivo para apoyar la creación de nuevos centros de investigación, tanto en las propias universidades, donde serán imprescindibles (¿o se querrán hacer las nuevas facultades como simples "academias", donde los profesores irán nada más que a ganarse unas perrillas en las horas muertas?), como en los centros de desarrollo tecnológico que habrían de emerger en torno a ellas. Al menos, la biotecnología española tendría que salir airosa de este trance, lo que no sería poco.
Claro, que puestos a quejarnos de la falta de profesionales, también podemos lamentarnos de la falta de (buenos) profesores de enseñanza primaria y secundaria. Al fin y al cabo, una de las razones por las que la universalización de la enseñanza ha hecho disminuir su calidad, es simplemente que es difícil encontrar buenos profesores para tantos alumnos (y no sólo porque ahora haya más alumnos "malos" que antes). Ya sé que ésta no es una afirmación políticamente correcta, pero me ha animado a hacerla el encontrar una denuncia similar en el New York Times de ayer (http://www.nytimes.com/2007/10/02/
opinion/02herbert.html?_r=1). El autor de ese artículo propone un sistema de selección de los docentes en el que los dos o tres primeros años de prácticas de un profesor, antes de concederle la plaza de por vida, se utilicen para monitorizar cuidadosamente la "calidad" de cada uno. Yo añadiría que esto habrá de compensarse con un mejor reconocimiento económico y profesional cuando el puesto se obtenga. Pero la idea, en todo caso, me parece muy bien. La "monitorización" de los docentes también serviría, de paso, para verificar el aprendizaje de los chavales.
Y esto me permite volver al principio de mi charla. La imagen que proponían en el NYT es, al fin y al cabo, la de hacer que los colegios e institutos (¿y por qué no las propias universidades?) funcionen de una manera parecida a como lo hace el MIR en la medicina: si tú quieres ser profe, pues sacas una plaza de "residente" en un colegio, y te pasas tres años allí bajo la bota de los permanentes y de la directiva, supervisado minuto a minuto por un colega de más experiencia, y mostrando periódicamente con luz y taquígrafos los avances reales de tus alumnos. Y al que no les haga avanzar, se le sugieren otras "salidas profesionales".
¡Ah!, y una última ventaja: las facultades de pedagogía (o "ciencias de la educación") podrían cerrarse, ya que sus profesores se dedicarían a mostrar in situ a los jóvenes "docentes residentes" cómo se dan las clases, cómo se maneja a una manada de adolescentes bañados en adrenalina, etc., etc. Esto es lo que hacen los MIR en los hospitales: ver cómo sus profesores curan a los pacientes. ¿Por qué no podríamos hacer algo así con los pedagogos? Los maestros deberían aprender en la universidad matemáticas, lengua, historia, biología, y ya tendrían su período de prácticas tutorizado para aprender didáctica in the making.
Y no sigo, porque me va a caer una...
Acabáis de subir al barco más famoso de la Filosofía de la Ciencia: el barco de Otto Neurath.
Neurath, economista de profesión, fue uno de los fundadores del llamado "Círculo de Viena"... Sí, has oído bien, aquellos personajes maliiiignos que infectaron el mundo con su "positivismo lógico", decretaron la falta de sentido de la metafísica, y separaron a rajatabla los hechos y los valores. Eso sí, como muestra de que el positivismo es un movimiento esencialmente progresista, además de que a otro de sus fundadores (Moritz Schlick) lo mató un alumno nazi de un tiro en las escaleras de la Universidad de Viena, hay que mencionar el hecho de que Otto Neurath había sido unos años antes un alto cargo en el gobierno socialista de Baviera (la República Espartaquista, 1919), donde fue el encargado de "socializar la economía".
Tal vez por esta experiencia de la vida y la sociedad como algo radicalmente inestable, Neurath ha pasado a la posteridad como el creador de una de las más bellas imágenes de la Historia de la Filosofía, en el mismo nivel que la caverna de Platón, el genio maligno de Descartes, o la paloma de Kant. Nuestro autor propone que el conocimiento científico (o más bien el conocimiento en general) no tiene fundamentos firmes, no se basa en certezas absolutas, como habían pretendido la mayoría de los filósofos, y aún deseaban sus compañeros positivistas. Ni la evidencia racional, ni los datos de los sentidos, son algo que podamos considerar como "fuera de toda duda". Al contrario, Neurath sugiere que todos los elementos del conocimiento científico pueden, en principio, entrar en contradicción con otros, y, cuando esta contradicción se da, somos nosotros quienes tenemos que tomar la decisión de qué elementos conservar en la nave de la ciencia, y cuáles eliminar.
En la ciencia nos hallamos, por tanto, como los marineros de un navío que tuvieran que reconstruirlo continuamente, cambiando sus piezas una por una (¡no todas a la vez, por supuesto!), pero siempre a flote, nunca en un puerto seco. En la ciencia siempre permanecemos en altamar, no estamos anclados ni sujetos al fondo, y no pisamos nunca tierra firme. La roca madre de las certidumbres, la que permite excavar cimientos propiamente dichos, no es para los científicos, sino sólo para los creyentes. Quien desee estar seguro de algo, no tiene más que apuntarse a una iglesia, oratorio, mezquita o sinagoga (si le dejan), o comprarse las obras completas de Juan José Benítez, y dejarse petrificar la mente por las melodiosas pláticas que en esos respetables foros escuchará.
Ahora bien, en una construcción con cimientos bien clavados en la tierra, uno tan sólo puede guarecerse, esconderse. Para llegar muy lejos, en cambio, sólo podemos navegar, echar nuestro barco al infinito océano de las preguntas, dejarnos mecer (y a veces zozobrar) por el oleaje de la incertidumbre, y aprovechar el viento favorable de las respuestas siempre provisionales.
(Eso sí, llevamos salvavidas: el del humor).
Por todo esto, me ha parecido justo bautizar el navío del que da cuenta esta bitácora con el nombre de Otto Neurath. Os invito a que me acompañéis a ver cómo se cambian las cuadernas del fondo de la quilla... ¡cuidado, que nos vamos a mojar!
Para saber más sobre Otto Neurath en la red:
http://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%ADrculo_de_Viena
(¡cómo es que no está en la wiskipedia castellana la bio de Otto?)
http://www.terremoto.net/x/archivos/000014.html
http://www.cibernous.com/glosario/alaz/neopositivismo.html
en inglés:
http://wapedia.mobi/en/Otto_Neurath
http://en.wikipedia.org/wiki/Otto_Neurath http://www.cscs.umich.edu/~crshalizi/notebooks/neurath.html
Comentario sobre el libro de Richard Dawkins, El Espejismo de Dios, Madrid, Espasa, 2006.
Bien conocido por sus obras de divulgación científica en el campo de la biología, y más especialmente en la teoría de la evolución (El gen egoísta, Destejiendo el arco iris...), el catedrático de “Comprensión Pública de la Ciencia” en la Universidad de Oxford, Richard Dawkins, ha tomado una decisión arriesgada al escribir su última obra. El espejismo de Dios no es un libro ciencia, aunque el conocimiento científico desempeña un papel importante en buena parte de sus argumentos, y por supuesto en la visión general sobre la realidad que subyace en toda la obra. En cierta medida, este menor protagonismo de la ciencia hace que el libro sea más accesible para el lector medio que otros títulos de Dawkins (quien, por otro lado, es un maestro consumado de la comunicación científica, tal vez, tras la muerte de Stephen Gould, el mayor divulgador vivo de la biología), pero también ha tenido la consecuencia no tan favorable de que su virtuosismo argumental “marca de la casa” se echa bastantes veces de menos en el nuevo libro. Ocurre un poco como cuando un gran intérprete de un instrumento musical se mete a director de orquesta: el resultado puede ser agradable, pero resulta un tanto desigual, pues el artista acusa la falta de familiaridad con algunos matices y del dominio de ciertas técnicas. Con todo (y con algunos otros problemillas de los que hablaré pronto), El espejismo de Dios es simplemente una de esas obras que se necesitaban, cuyo éxito editorial es tan comprensible como deseable, y cuya recepción enfurecida por parte de los medios creyentes y tradicionalistas no deja de ser síntoma de su vigor intelectual. Lástima, dicho sea de paso, que la traducción encargada por Espasa-Calpe haya hecho tan poca justicia a la prosa fluida del autor, hasta hacerle decir en algunos puntos lo contrario de lo que dice.
Pero vayamos al contenido de la obra. Richard Dawkins no ha escrito un libro para los profesionales de la argumentación religiosa (teólogos y filósofos), sino para el gran público, para esa masa de personas que, en muchos casos, profesan una religión por el mero hecho de haber sido educados así, y porque nunca han considerado la idea de que podía ser factible (e incluso saludable) el rechazar esas creencias. Es, sobre todo, un libro para quienes el argumento teólogico fundamental ha sido siempre el campechano “¡Algo tiene que haber!” que estamos tan acostumbrados a oir cuando nos ponemos metafísicos en una charla de café. Por supuesto, las multinacionales religiosas (sobre todo las de Occidente, con sus sofisticados departamentos de investigación, también llamados “facultades de teología”, y sus múltiples concesionarios –con ce, no efe–), han ensamblado argumentos dialécticos enormemente sofisticados para demostrar que es razonable creer en Dios, en la resurrección, y en la perversidad moral de la masturbación; pero, puesto que la mayoría de los mortales no creen en estas cosas porque hayan sido convencidos mediante tales argumentos de teólogo profesional, sino más bien por razonamientos o intuiciones de amateur, un libro dirigido al gran público tiene que concentrarse en debates mucho más a ras de tierra.
A este nivel, la primera y fundamental cuestión es la de si Dios existe. La estrategia de Dawkins es la de mostrar que no se trata de una cuestión ante la que sólo quepan tres posturas: la del creyente, la del ateo y la del agnóstico, sino que, como con cualquier otra afirmación sobre la existencia de cierta entidad o fenómeno, lo que tenemos es un amplio abanico de posibilidades: uno puede estar totalmente convencido de que Dios existe, o de que Dios no existe, pero entre ambas convicciones extremas caben muchos matices. Por ejemplo, uno puede decir, “yo no sé si Dios existe, pero creo que es más probale que exista que lo contrario”, y por supuesto también puede dudar de su existencia con la misma intensidad. En realidad, si uno lo hace pensar un poco a sus compañeros de charla de café, ¿por qué van a ser exactamente igual de probables ambas posibilidades? Al fin y al cabo, yo no sé si algún barco del Antiguo Egipto navegó alguna vez hasta América del Sur, pero pienso que probablemente no; en cambio, pienso que es más probable que alguno viajase hasta España, aunque tampoco lo sé. Esta precisión le sirve a Dawkins para sugerir que ser ateo no equivale a “negar” a secas la existencia de Dios, sino sólo a pensar que es bastante improbable. Dawkins dedica un capítulo a ridiculizar la mayoría de los argumentos teístas habituales (no todos “filosóficos”), mostrando que no garantizan en ningún caso una alta probabilidad a la existencia de Dios, lo que no es muy nuevo, por otra parte.
En cambio, el capítulo central de la obra ofrece un argumento más original, aunque el mismo Dawkins reconoce que consiste ni más ni menos que en tomarse en serio la eterna pregunta infantil de “¿quién creó a Dios?”. Muchos teólogos (sin ir más lejos, el bueno de Hans Küng en su muy reciente El principio de todas las cosas) afirman que la hipótesis de Dios es la mejor explicación “científica” de la existencia del mundo y de su sorprendente orden. Dawkins muestra, en cambio, que esta hipótesis no explica nada, si por “explicar” entendemos lo que hacen las teorías científicas cuando explican correctamente ciertos fenómenos (hurgaré en los detalles en otra ocasión, si me dejan), y lo que es más importante, que esta hipótesis requiere un Creador al menos tan complejo como el mundo que ha creado. Pensemos en el viejo argumento del reloj encontrado en una playa desierta, el cual nos lleva lógicamente a la conclusión de que alguien lo fabricó; imaginemos que lo que hallamos es un hacha prehistórica, mucho más simple que un reloj. La conclusión a la que llegaremos es que la sociedad que ha construido el reloj es más sofisticada que la que ha fabricado el hacha (pues necesita una división social del trabajo mucho más extensa); y si lo que encontramos es un ordenador, pensaremos correctamente que ha sido creado por una sociedad aún más compleja. Pues bien: si el universo hubiera sido creado por alguien, ese “alguien” debería ser muchísimo más complejo que quien ha creado el hacha, el reloj, o el ordenador. Hasta aquí, no hay problema; de hecho, muchos teólogos de café, como usted y como yo, tendrán la intuición de que Dios es un ser bastante complicado, y no el intelecto simplísimo que postulan algunos teólogos, tan simple que no necesita de nada que lo haya creado. Pero fijémonos en que queríamos un Dios porque el mundo nos parecía tan complejo que necesitaba un creador. Por tanto, la misma razón que nos llevó a pensar que debía existir un creador del mundo, nos llevará también a exigir que este creador haya sido creado... por otro creador aún más complejo, y así sucesivamente. Y esta cadena de creadores cada vez más complejos es todo menos simple, que es la virtud que deben tener las buenas explicaciones científicas.
Tras los capítulos de teología de café, Dawkins dedica más de la mitad del libro a defender una tesis que es la que sin duda ha suscitado la intensa animadversión a la que nos referíamos. La tesis de que la religión es básicamente perjudicial. Es justo indicar que la mayoría de los creyentes no son como los terroristas islámicos del 11-M o los “talibanes cristianos” de la América profunda. Dawkins lo reconoce, pero insiste en que el fundamentalismo es la consecuencia natural de la propia esencia de la fe religiosa, pues al fin y al cabo la fe consiste en la voluntad de creer cosas irracionales sencillamente por la autoridad de quien nos las enseña. Cuando la fe no ha desembocado en el fundamentalismo, ha sido porque otras convicciones individuales y otras fuerzas legales se lo han impedido. Entre los muchos ejemplos que pone Dawkins, destaca el de la fuerza moral de las Escrituras: cualquiera que lea hoy la Biblia con la sensibilidad ética de nuestros días, sentirá repugnancia por la crueldad que Yahvé y sus muestran en la mayor parte del Antiguo Testamento, y no menos por el capricho divino de someter a su propio Hijo a una tortura terrible en el prime time del Nuevo. La Biblia misma no puede ser tomada, por tanto, como una guía moral en sentido primario, pues empleamos nuestra moral para decidir qué interpretación ética tenemos que dar de los mensajes que la Biblia contiene. Por tanto, es nuestra moral (nuestra moral laica, diríamos) la que forma el dique de contención que impide que las creencias religiosas “respetables” se desborden hacia un fundamentalismo “criminal”, como harían si sólo obedecieran sus propias fuerzas.
Hay muchas otras tesis igual de interesantes y provocadoras en El espejismo de Dios, esperando a la curiosidad de los lectores. No puedo comentarlas todas, pero no me resisto a mencionar las dos que pueden tener una mayor repercusión política, y que ojalá propicien un debate social sosegado pero intenso. La primera es la de que las creencias religiosas no deberían merecer más respeto que cualesquiera otras opiniones. Se trata, en el fondo, de que una persona religiosa no debe tener más derechos que una no religiosa (por ejemplo, el derecho a que no se discuta la verdad de sus creencias, el derecho a aducirlas como justificación de sus actos, por muy poco razonables que estos sean, etc.). La segunda tesis es la de que los niños tienen derecho a no ser adoctrinados, ni siquiera por sus familias, y por lo tanto no deberían sufrir una educación religiosa tendenciosa, al menos hasta alcanzar el debido uso de razón gracias a una enseñanza basada en el fomento de la capacidad crítica y en la valoración del conocimiento racional. ¿Alguien se atreve a llevar estas propuestas al debate político español?
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