11 de mayo de 2008

LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (6)

Porque está claro que los filósofos de todos los tiempos han, hemos, cometido errores, en nuestras vidas y en nuestros pensamientos, y los de nuestra época tal vez más que los de ninguna otra, y no sólo porque haya más “filósofos” vivos ahora que los que han existido hasta hace medio siglo, sino sobre todo porque, al haber explotado la filosofía en miles de fragmentos y pasadizos, desde los que es casi imposible conversar con quienes deambulaban por otros senderos, se ha perdido casi definitivamente la convicción de que los filósofos teníamos un terreno común de problemas, sobre cuyas imaginarias soluciones podíamos estar más o menos en desacuerdo, pero a pesar de todo aún nos reconocíamos en las preocupaciones de los otros autores, y sabíamos que cualquier pensamiento que consiguiéramos articular tenía que ser capaz de mostrar su valor ante un tribunal constituido por toda la república de los filósofos, vivos, muertos y por nacer. Ahora, en cambio, tras el naufragio de la gran filosofía clásica, parece que cada uno de nosotros está embarcado en un pequeño bote con a lo sumo una docena de supervivientes, cuyos recuerdos de lo que había en el barco hundido son muy similares a los nuestros, porque estaban en camarotes cercanos, pero que no son capaces de pasear su memoria con libertad por la estructura toda del buque. Mantenemos una conversación que se limita a retorcer en nudos cada vez más sofisticados los temas de los que estábamos hablando cuando la nave se fue a pique, pero no alcanzamos a escuchar, ni a entender, la plática de cuantos náufragos se afanan en los otros botes, y mientras, intentamos casi de manera ridícula llamar la atención de los rescatadores sobre nuestra pequeña embarcación, aunque sea a costa de abandonar a la deriva a todos los demás (“al fin y al cabo, ¿no se hundió el barco por su culpa?”). Pero ahora que estamos, como siempre, a punto de ser tragados por el océano, lo que menos importa de todo es defender los restos de nuestra pequeña fortaleza. Es, en cambio, mucho más necesario que nunca comprender lo que la historia de la filosofía nos ha enseñado, enriquecernos con todas las formas de ver el mundo que hemos sido capaces de inventar y de justificar con el razonamiento y la imaginación, guardar como un tesoro todas las joyas que los filósofos han elaborado, y sólo de las cuales podrá nacer el fruto que nos salve en este porvenir terrible que hemos inaugurado hace, quién sabe, ¿un cuarto de hora?

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Se me derrama por el teclado, como una avalancha salvaje de fango y piedras, la retahíla que acabo de escribir como aviso contra todo tipo de historiadores-titiriteros (o traicioneros) de la filosofía, porque mi espíritu está encendido de indignación desde que comencé la lectura de un libro ignominioso que ejemplifica perfectamente los vicios que acabo de exponer, si bien es una composición espléndida en su nefasto género criminal (¡haya al menos honor entre los delincuentes!). Se trata de una obra recientemente publicada, que se cobija bajo el chulesco título de La caverna de Platón y los cuarenta ladrones, y cuyo perpetrador responde al nombre (aunque no sé lo que responderá) de Silvestre Guzmán. Por supuesto, los “ladrones” a los que se refiere el título son la inmensa mayoría de los grandes filósofos occidentales (de los orientales ni siquiera se habla, aunque no creo que porque sus teorías le parezcan más convincentes al profesor Guzmán, sino por simples ignorancia y desprecio), quienes habrían utilizado la caverna platónica como un antro en el que planear sus fechorías, acumular su botín, refugiarse de la persecución de la justicia (representada, según la mitografía guzmaniana, por el sano sentido común y por la moderna ciencia experimental), y también dirimir sus disputas fuera de la vista de los curiosos. La historia de estos cuarenta ladrones (más o menos cuarenta: Guzmán toma esa cantidad sólo como sinónima de multitud, y hace bien: sólo faltaría que hubiera tenido que seleccionar o eliminar a algunos filósofos para que le cuadrara el número; en realidad, el autor del cuento de Las mil y unas noches seguro que vino a hacer lo mismo al contabilizar a los ladrones); esta historia, decía, está organizada bajo un difuso esquema cronológico, y ello sólo en su segunda parte, la más extensa (perversamente titulada “Cuatro formas de desvariar en filosofía”), pues predomina en el relato una estructuración conceptual, en la que los autores son clasificados según el estilo, o estilos, en los que cada uno de ellos “desvaría”, dentro de un esquema con cuatro variedades posibles, inspiradas, bien poco imaginativamente, en las de la natación: “crawl” (o “estilo directo”), “espalda”, “mariposa” y “braza”. Más abajo describiré con detalle en qué consisten, de acuerdo con Guzmán, todos estos “estilos”, y explicaré, espero que con la claridad de la luz del día, por qué el calificar como desvaríos (y especialmente como ese tipo de desvaríos) las estrategias fundamentales de la especulación filosófica equivale ni más ni menos que a no haber comprendido ni un ápice a los geniales pensadores que las han concebido y utilizado, y a insultar a la inteligencia de cualquier persona con dos dedos de frente que cometa el error de tomar medianamente en serio esa parodia de racionalidad que es el libro que estoy recensionando. Antes, aunque sea sólo por la vieja y sana costumbre de comenzar por el principio, me debo referir a su primera parte, titulada “Cerebros en una caverna”, a lo largo de cuyos tres capítulos Guzmán formula los elementos y los fundamentos de su insípida imagen del ser humano. Terminaré, como hace él, aunque con un resultado bien diferente, contrastando sus tesis burdamente cientificistas con la teoría, mucho más enjundiosa y brillante, del filósofo español más significado de nuestro siglo, y quién sabe si de todos los anteriores y de los por venir: el muy llorado maestro Juan Pablo Salamanca, cuyo magnífico intento de síntesis y armonización de las corrientes filosóficas más influyentes y certeras es ridiculizado por Guzmán como la simple floritura de “pretender desvariar en los cuatro estilos a la vez”.

[CONTINUARÁ]