Las dificultades para Jesús serían mayores si, por su propia voluntad, decidiera abstenerse de obrar milagros. Razones tendría para ello, y poderosas. Por lo menos aquí, en la Europa Unida, si por un azar se le ocurriese convertir de nuevo el agua en vino, o multiplicar los panes y los peces, tendría bastantes dificultades con las autoridades alimentarias, por no hablar de las organizaciones de productores vitivinícolas, de panaderos y de pescadores ―por mucho menos de eso los agricultores franceses preparan un bloqueo de las autopistas ―. Se cuidaría mucho, también, de lanzar a los cerdos los demonios que resultaren como productos de desecho en algún exorcismo, pues sumiría con ello en una irremediable crisis a toda la industria porcina; sólo nos faltaban, después de las vacas locas y los pollos griposos, los cerdos poseídos. Aunque pienso que el principal argumento que tendría para no utilizar los milagros sería que ya se hartó de hacerlos la otra vez, que entonces la humanidad era ignorante y supersticiosa (no como en nuestros días), y que aquélla había sido la única manera de hacerse con un grupo lo suficientemente numeroso de seguidores incondicionales en el poco tiempo que tenía. Pero ahora, en cambio, en esta civilización racionalista, ilustrada, culta y bien servida por incontables medios de comunicación, hay muchas otras formas de ganarse la atención y el respeto de las muchedumbres. Es evidente que en nuestros tiempos Jesús tendría que comenzar su predicación a través de internet y de mensajes SMS, sin perjuicio de que, una vez ganada mayor notoriedad, acudiese a las televisiones, a las cadenas de radio, y a la prensa tradicional, y después de ello, creara directamente libros y películas para su comercialización a gran escala.
Sí. El primer y decisivo asalto a la atención de una gran parte de la humanidad tendría que ser a través del medio más simple: un “mensaje basura” en el correo electrónico, con la capacidad de replicarse de modo exponencial, que infectase con un virus millones de ordenadores de todo el mundo, y que, tal vez sólo a partir de la novena o décima oleada de tales mensajes comenzase a dirigir a sus receptores a una página web en la que se anunciara la Buena Nueva. Los primeros en sospechar del origen posiblemente sobrehumano de aquella invasión serían los encargados de seguridad informática, hackers y especímenes semejantes, pues el programa debería ser cualitativamente distinto de todo lo que hubieran conocido con anterioridad: sencillísimo, pero muy potente; capaz de entrometerse en cualquier elemento del disco duro, pero completamente inofensivo; incluso podría proporcionar una cura automática para muchos o la mayoría de los problemas a los que los usuarios de ordenadores estamos acostumbrados, una especie de antivirus universal, un spam que acabara con la lepra informática. Ello no significaría que su naturaleza fuera milagrosa, literalmente hablando, sino sólo que su creación habría requerido un talento matemático especial, para dar con una combinación de órdenes que funcionara de ese modo maravilloso. Desde el principio surgiría un tremendo revuelo en la red acerca del origen y las propiedades de aquellos mensajes salutíferos (me refiero a la salud informática), pues no hay en nuestros días otro modo más rápido de que millones y millones de personas en todos los países hablen y se preocupen a la vez sobre el mismo asunto. Las interpretaciones que legos, expertos y exaltados darían de aquel curiosísimo fenómeno serían tan numerosas y variadas como sobre cualquier otra rareza que se pone de moda, pero la inteligencia del Salvador se guardaría de permitir que las primeras especulaciones apuntaran justo en la dirección de un fenómeno religioso, para lo que tendría que evitar especialmente cualquier referencia al Apocalipsis o a la Parusía ―no se le iba a ocurrir dar al programa un nombre como maran.atha, o algo así (1 Corintios 16, 22). Los falsos profetas y aspirantes a iluminados son tan habituales en la red como fuera de ella, si es que no más, y por su propia naturaleza, sus mensajes son escuchados y creídos sobre todo por las personas con menos seso, lo que hace que la gente más razonable tienda a borrarlos de manera automática. Por ello, es seguro que Cristo intentaría que su evangelio digital no fuera confundido, al menos a las primeras de cambio, con uno más de los que anuncian falsamente la salvación y esas pamplinas, aunque no podría evitar que algunos le asociaran un significado religioso y sobrenatural, pero serían los menos. Tampoco querría que sus correos fueran asimilados sin más con los famosos envíos pseudocomerciales, algunas veces benignos, pero otras muchas fraudes puros y duros a la caza de los incautos. Ya tendría tiempo más adelante de empezar a tener problemas con la justicia. Así, el tema y el contenido de los mensajes habrían de estar elegidos tan cuidadosa y genialmente como el mismo programa informático que los reprodujera. Quizás algo relacionado con la anunciación, pero no demasiado llamativo, para lo cual posiblemente disimularía su primer mensaje entre los cientos de millones que circulan por la red en los días previos a la navidad.
)))




0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada