21 de julio de 2008

LA BIBLIA EN DVD - EL MONTAJE DEL DIRECTOR (9)

Ya he sugerido que la primera comunidad de seguidores del retornado Mesías habría de surgir de entre los expertos en virus informáticos. Ellos serían los nuevos pastores, los nuevos reyes magos. “Hemos visto su estrella en la línea 1.260 del programa Goodnews, y venimos a darle adoración”. Pero es harto probable que las comunidades cristianas, y entre ellas muy principalmente la jerarquía católica, fueran de una u otra manera los destinatarios más importantes de los mensajes, pues no en vano llevan ya cerca de dos milenios de plantón. Para ellas, el aviso tendría que ser muy claro: “no temáis, ya estoy aquí, la dominación de Satanás, las plagas, las guerras y toda la inmundicia que habéis tenido que soportar mientras me aguardabais pacientemente, y que con tanta eficacia habéis contribuido a reducir en estos dos mil años, ya están a punto de terminar, ¡gloria a Mí, Aleluya!”, bien que con palabras escogidas con un espíritu más evangélico, o al menos más lírico. No puedo negar que me muero de ganas de saber de qué forma anunciaría el Vaticano la certeza de que Cristo había vuelto por fin. ¡Bienaventurado el jefe de prensa que tuviera que redactar esa maravillosa nota informativa, la Última Buena Nueva! Pero antes de que ocurriese esto, antes de que el Papa proclamara la llegada del Jefe, y, como es de suponer, le cediera el despacho, el sello, y demás símbolos e instrumentos del poder en la Iglesia, antes de que el propio Jesús apareciera sonriente en el balcón de la Plaza de San Pedro para saludar a los millones de peregrinos que se agolparían por todas las calles de Roma, antes de que las televisiones de todo el mundo desconectasen sus emisiones para transmitir la Noticia Final, antes de todo ello habría tenido que ocurrir un extenso proceso mediante el que la Iglesia, o las iglesias, o las confesiones, o la humanidad, reconocieran plenamente que el autor de aquellos mensajes, el creador de aquella página web en la que se nos darían las instrucciones pertinentes para acomodarnos de manera definitiva en el seno del Padre (a los que les tocara), el director de aquellos audiovisuales en los que se contaba la Verdad sobre las Santas Escrituras y sobre la vida en general, era realmente quien decía ser.

Y, claro está, ese proceso no habría de ser fácil, por dos motivos. En primer lugar, porque la Iglesia, al menos desde los tiempos del emperador Constantino, y con ella casi todas las grandes religiones, no había tenido más remedio que adaptarse a las necesidades derivadas de ser una empresa temporal, terrenal, comercial, en la que los planes no se hacían para meses o años, los pocos años que, según los primeros cristianos, faltaban para el retorno del Mesías, sino para décadas y décadas, para siglos y siglos, amén. Ser una institución con dos mil años a las espaldas sólo otorga prestigio y legitimidad cuando el futuro se extiende indefinido ante nosotros. En cambio, si todo, incluido el tiempo mismo, va a llegar a su fin, ¿qué hacer con todas las posesiones, títulos, inmuebles, bibliotecas, museos, congregaciones, acciones, comités, atesorados por la Iglesia? Habría muchos de sus miembros, clérigos o seglares, que con la mano en el corazón preferirían que la venida de Jesús, si es que era cierta, fuera al menos tan sólo una visita protocolaria, como para recordar que no se ha olvidado de nosotros, y que dejemos de una vez de hacernos mutuamente la vida imposible, porque un día de estos va a regresar definitivamente para juzgar a vivos y muertos, y entonces, dentro de otros mil años más o menos, o pongamos diez mil, que tampoco hace falta agobiar, entonces sí que nos enteraremos bien de lo que vale un peine. A los cristianos de nuestros días les pasaría lo mismo que a los judíos de tiempos de Jesús: tantos siglos esperando la llegada del Mesías, y cuando viene de verdad, van y no se lo creen, porque la promesa se ha postergado tanto que, como era de esperar, la espera misma se ha hecho más importante que lo esperado; el viaje, y no el destino, se ha convertido en lo esencial. Y es que hay veces que Dios da la impresión de no saber muy bien con quién está jugando.

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