Ya podéis descargar el texto completo del artículo "¿Es la ciencia un mercado de ideas?".
.
Está bien esto de Google Docs, aunque agradecería que los textos pudieran editarse mejor (no he sabido insertar la imagen en el documento, por ejemplo).
.
31 de mayo de 2008
EL MERCADO DE LAS IDEAS (TEXTO COMPLETO)
30 de mayo de 2008
EL MERCADO DE LAS IDEAS (4)
[Aviso para navegantes: esto es droga dura, no apto para grumetes de tres al cuarto. Si a alguien le parece demasiado complicado, le recuerdo que en este barco nadie tiene ninguna obligación de leerse lo que escribo, y harán muy bien, aunque se perderán una bonita refutación del relativismo]
.
En este último apartado de la serie sobre el mercado de las ideas describiré con algo más de detalle un sencillo modelo económico que puede aplicarse a otro de los procesos fundamentales de la ciencia: la decisión acerca de cómo interpretar los resultados de un experimento u observación; un análisis más elaborado se ofrece en el artículo “Rhetoric, induction, and the free speach dilema” (Zamora Bonilla (2006)). Este es un caso en el que podemos ver muy claramente la pertinencia del análisis económico en relación con problemas epistemológicos. En el fondo, de lo que se trata es del viejo problema de la “construcción social de los hechos científicos”. Uno de los pilares de los enfoques constructivistas (p.ej., Latour y Woolgar (1977), Latour (1986), Hacking (1999)) es la tesis de que la ciencia no “descubre” hechos y leyes que tuvieran una existencia previa e independiente de nuestra actividad de investigación, sino que los “construye” (lo que está peligrosamente muy cerca de significar que “se los inventa”, de modo que no habría diferencias ontológicas o epistemológicas fundamentales entre la investigación científica y la ficción literaria, por ejemplo). Como “base empírica” para sostener esta afirmación, los constructivistas presentan el hecho de que la interpretación de un experimento o de una observación siempre está abierta: diferentes investigadores interpretan los resultados de maneras distintas (en función de sus sesgos y de sus intereses), y la interpretación que finalmente acaba adoptando consensualmente la comunidad científica (si es que se llega a adoptar una) es el resultado de una negociación en la que las diferencias de opinión y de interés son un factor tan fundamental como ineliminable. Lo que voy a mostrar en este apartado es que, desde la perspectiva de un análisis económico (o sea, basado en la teoría de la elección racional y de los juegos), podemos concluir dos cosas: que esto es efectivamente así, y que no puede derivarse a partir de ahí la conclusión de que la interpretación adoptada por la comunidad científica tenga un valor epistémico reducido.
Naturalmente, como en todo análisis económico, tenemos que comenzar por la construcción de un modelo muy simplificado, pero que espero que capturará los aspectos esenciales del proceso de “construcción” de un hecho científico. Para empezar, si es cierto que los experimentos pueden interpretarse de muchas maneras, esto no implica que cualquier experimento pueda ser interpretado de cualquier manera. El conjunto de interpretaciones factibles, es decir, que de hecho sea capaz de proponer un científico para el experimento que ha hecho (nos centraremos en el caso de la realización de un experimento, peo el argumento es igual de válido para cualquier otro modo de obtener evidencias de algún hecho), este conjunto será limitado. Tal vez el límite sea la propia imaginación, pero ésta es de hecho limitada; si reducimos el significado de “factible” a “mínimamente razonable”, el conjunto se limitará todavía más.
En segundo lugar, el que haya muchas interpretaciones posibles no puede identificarse en ningún modo con la tesis de que todas las interpretaciones tienen el mismo valor. Habrá interpretaciones “mejores” y “peores”. Las manos del principio se han vuelto a levantar y ya están preguntando, “¿mejores y peores para qué, o para quién?”. Pues, obviamente, para cualquiera cuya opinión nos interese tener en cuenta en nuestro análisis. Por ejemplo, si el experimento ha sido realizado por un equipo, los diferentes miembros pueden tener distintas preferencias sobre cuál interpretación se debería adoptar. Aquí voy a centrarme en un caso algo más simple: supongamos un único autor del experimento y del artículo en el que va a dar cuenta de él (formulando su propia interpretación), y un único lector que representa la “audiencia” de ese artículo, y que tomaremos como un representante de la comunidad científica a la que pertenece el autor. La gracia del constructivismo está, naturalmente, en que el autor y el lector no coincidirán en sus ideas acerca de cuál es la mejor interpretación posible. Pero esto no nos debe cegar ante el hecho de que cada interpretación tiene un determinado valor (más pequeño o más grande) para cada uno de los agentes. Muchos filósofos cegados por el vicio del relativismo ven en la tesis de que cada interpretación puede ser valorada de manera distinta por cada individuo la conclusión (errónea) de que las interpretaciones son en sí mismas igual de buenas o de malas. Analizar la situación mediante la teoría económica nos muestra que, en realidad, importa un comino cómo de buenas sean esas interpretaciones “en sí mismas”, porque “bueno” siempre significa “bueno para alguien”: ¿a quién le puede importar cómo de bueno es un bocadillo de jamón en sí mismo?; lo único que tiene importancia para mí es cómo de bueno es para mí el que me lo coma yo (o cómo de bueno es para mi concepción moral de la vida, el que se lo dé a un pobre). Hay en economía un principio normativo básico que es el de que de gustibus non est disputandum: el economista no debe hacer una valoración “desde el punto de vista de Dios” de la situación económica o social, sino que debe valorarla desde el punto de vista de los valores de quienes le han encargado el análisis, y éstos tienen derecho a tener los valores que les parezca. Pues bien, en el caso que nos ocupa, todo nuestro análisis se basará en las preferencias de los personajillos que hemos llamado “el autor” y “el lector”.
Así que, ¿qué interpretación preferirá cada uno de estos agentes? Para que una interpretación sea mejor que otra, es necesario que sea mejor en algo, y por ello debemos hacer algún supuesto acerca de qué propiedades pueden tener las diversas interpretaciones, propiedades en cuya posesión en mayor o menor grado puedan ser distinguidas. De nuevo para simplificar, asumiré que cada interpretación o hipótesis (que llamaré H) se caracteriza por dos cualidades: lo “innovadora” que sería –caso de ser aceptada–, y lo “bien confirmada” que esté. Lo primero, a su vez, lo podemos representar como una medida de lo improbable que resulte a priori ese hecho (es decir, teniendo en cuenta el conocimiento previamente aceptado). Lo segundo, consiste en la fuerza con la que los resultados experimentales obtenidos por el autor apoyan la aceptabilidad de esa interpretación en particular. Llamaré a lo primero con la variable I (innovación) y a lo segundo con la C (confirmación). Me centraré en el análisis de estas dos variables, no porque suponga que no haya otras cualidades que pueden afectar al valor de cada H para un científico, sino porque tomaré esos otros valores como fijos, mostrando cómo la sola consideración de aquellos dos factores epistémicos ya nos permite observar el “proceso de construcción” del conocimiento científico.
La cuestión es que el autor ha obtenido ciertos resultados, ha sido capaz de vislumbrar varias interpretaciones interesantes, y está eligiendo una interpretación para presentarla como el “hecho” que su investigación ha descubierto. Ese conjunto de interpretaciones está representado en la figura 1 como la nube de pequeñas haches (cada una es una hipótesis). [Recomiendo que descarguéis la imagen y la ampliéis en otra ventana, para poder ir mirándola a la vez que el texto]. Insisto en que lo que se ha llamdo la “construcción del hecho científico” consiste en la elección de alguna de estas hipótesis, y lo que el análisis económico nos permite preguntarnos es: ¿de qué dependerá que la comunidad científica –en nuestro caso, el autor y el lector– elija precisamente una de estas hipótesis, en vez de cualquier otra?, y ¿cómo de buena será para ellos la elección que finalmente hagan? Pasemos a ver la situación desde el punto de vista nuestros dos protagonistas: como hemos dicho, la tesis de que “hay varias interpretaciones posibles” (como la llamada “tesis de Duhem”, según la cual que hay siempre muchas teorías compatibles con los datos), no debe confundirse con la idea de que “todas esas interpretaciones posibles son igual de buenas”. Lo que queremos ahora, precisamente, es ver cuál es la interpretación mejor para el autor y para el lector. Un punto importante a destacar tiene que ver con la frontera del conjunto de interpretaciones posibles (la línea gruesa que las rodea): es razonable suponer que esa frontera es decreciente y convexa por el lado superior derecho del gráfico, lo que quiere decir, simplemente, que encontrar interpretaciones mejor confirmadas es cada vez más difícil. Es decir, el autor se enfrenta ante un dilema (de ahí la pertinencia de la teoría de la elección): si está pensando en una hipótesis que se halla justo sobre la frontera del conjunto, entonces sólo podrá encontrar una hipótesis que sea mejor en una las cualidades (innovación o confirmación) a costa de que esa otra hipótesis sea peor en términos de la otra cualidad (eso es lo que quiere decir que la frontera sea descendente); y además, a medida que va renunciado al grado de innovación para encontrar hipótesis mejor confirmadas, tiene que renunciar a más innovación para un aumento igual de confirmación (y viceversa), o sea, mejorar en cualquier cualidad es cada vez más difícil (eso es lo que significa que la frontera sea convexa).
El autor desea que el lector acepte la interpretación finalmente elegida, así que él mismo tiene que considerar las preferencias del lector; reflexionemos sobre ellas nosotros también, por tanto. Es obvio que el lector desea aceptar una hipótesis que sea lo más innovadora y lo mejor confirmada posible (sobre lo primero tal vez haya algunas dudas, pero no lo pongamos en cuestión en este modelo tan simplito; más adelante se podrá modificar el análisis si hace falta). A él le gustaría que la hipótesis que va a “comprarse” tuviera el grado de calidad de K, en la figura 2, pero el “vendedor”, digo el autor, no tiene una hipótesis así de buena, bonita y barata en su almacén, qué le vamos a hacer. Si el lector quiere alguna hipótesis, tiene que ser de las del conjunto. Para determinar cuál de estas es “la mejor”, debemos tener en cuenta lo que los economistas llaman “curvas de indiferencia”: las líneas que representan aquellos puntos del diagrama que al autor le parecen igual de valiosos entre sí. Estas líneas deben ser decrecientes y cóncavas: lo primero, porque para que una hipótesis h le parezca igual de buena que otra h’, cada una de ellas debe ser peor que la otra en alguna de las dos cualidades (si h fuera mejor que h’ en ambas cosas, entonces no le darían igual); y lo segundo, porque para renunciar a una misma cantidad de una de las cualidades, exige en compensación cada vez mayores cantidades de la otra. Naturalmente, entre dos curvas de indiferencia, el autor preferirá los puntos de aquella que está más alejada del origen del gráfico, a los puntos de la que está más próxima.
Teniendo esto en cuenta, hay dos curvas de especial importancia, representadas también en la figura 2. La curva de indiferencia R indica la “utilidad de reserva” del lector: si se le ofrece una hipótesis peor que las que caen encima de, o sobre esa curva, simplemente preferirá no aceptarla. Así que el autor tiene una cosa clara: debe ofrecer alguna hipótesis que esté por encima de, o sobre R. Por su parte, la curva de indiferencia M toca a la frontera del conjunto de hipótesis en un único punto, lo que quiere decir que ese punto (h*) representa la mejor hipótesis posible para el lector: cualquier otra hipótesis que pueda presentar el autor es peor desde el punto de vista del lector que h*. La pregunta es, ¿“ofrecerá” el autor esa hipótesis al lector –quien, en principio, ignora qué otras hipótesis contiene el conjunto H además de la que el autor publica? Esto depende de las preferencias del autor, las cuales pasamos a considerar a continuación. Un supuesto razonable es que el autor desea, por encima de todo, que su hipótesis sea aceptada, y que se considere una hipótesis lo más “importante” posible. No le importa, tal vez, que su hipótesis tenga un grado de confirmación mayor o menor, con tal de que sus colegas la acepten. Por tanto, si interpretamos que una hipótesis es tanto más “importante” cuanto más “innovadora” sea, entonces la elección para el autor está claro: él propondrá la hipótesis h’, pues ninguna otra de entre las que él puede proponer (y que serían aceptadas) le garantiza tanta “importancia”. Pero, desde el punto de vista del lector, h’ es una hipótesis bastante mala; de hecho, no sólo es mala, es que dentro de las hipótesis que estaría dispuesto a aceptar, ¡h’ es lo peor posible para él! (o sea, tan mala como cualquier otra hipótesis que esté en R, pero peor que cualquier hipótesis que esté por encima de R).
Este es el conflicto fundamental entre el autor y el lector, entre el investigador científico y sus colegas: al valorar los resultados de cada científico por su “importancia”, lo que se consigue es que los autores tiendan a proponer interpretaciones demasiado innovadoras y demasiado poco confirmadas, no desde el punto de vista de un filósofo-epistemólogo-observador-imparcial, ¡sino desde el punto de vista de los propios miembros de la comunidad científica!
Como conclusión de este argumento, podemos lanzar la hipótesis de que, al ser conscientes de este problema, los científicos inventarán (o habrán inventado) mecanismos institucionales para impedir que surja, o para mitigar sus consecuencias negativas. Por ejemplo, pueden insistir en que el proceso de interpretación de los datos sea lo más transparente posible, haciendo de este modo que el autor pueda hacerse una idea de la forma y el tamaño de H, por así decir, o sea, que su conocimiento de las interpretaciones factibles no dependa sólo de qué interpretación sea la que da el autor; un mecanismo que fomenta esta transparencia es, por supuesto, la competencia, la discusión por pares y el fomento de la replicación (que no debe ser “exacta”, desde luego: sólo lo suficientemente aproximada para iluminar un poco el territorio de H). Otro mecanismo es instituir un tipo de reconocimiento científico que valore no sólo la “innovación” de las ideas presentadas, sino la maestría técnica en desarrollar o aplicar procedimientos de contrastación lo más seguros posible (es decir, valorar a los “buenos experimentadores” y no sólo a los “buenos teóricos”), lo que contribuye a desplazar el conjunto H hacia la derecha de la figura. Finalmente, estarán aquellos mecanismos que permitan a la comunidad tener una “utilidad de reserva” mayor (desplazar la curva R hacia arriba), es decir, aquellas formas mediante las cuales los científicos puedan obtener, sin necesidad de aceptar ninguna hipótesis de las de H, aquello para lo que querían esa hipótesis (o algo que sirva más o menos igual): p.ej., si la hipótesis en cuestión (o sea, la solución del problema a la que el experimento orginal daba respuesta) se necesitaba como un argumento a favor o en contra de una cierta teoría, o como una forma de medir una determinada constante natural, entonces, si los científicos disponen de otras formas de contrastar la teoría o de medir el alor de la constante, no será tan importante para ellos considrar qué pasa con las hipótesis ofrecidas por el autor. En este caso, la curva R se desplaza un poco hacia arriba, forzando al autor a proponer alguna hipótesis más cercana a h*.
COSAS DE LA ENSEÑANZA DE IDIOMAS
Una frase muy buena de mi sobrina Alicia (4 años). Le pregunto qué hace en las clases de inglés de su colegio (1º de Infantil), y me dice:
"Pinto en inglés".
.
^^
NO OS PERDÁIS HOY "LA VENTANA", EN LA SER
No hay que perderse esta tarde "La Ventana", el programa de Gemma Nierga en la Cadena Ser, pues se emite desde el Pamplonetario, oficiando como anfitrión uno de nuestros divulgadores más ilustres: Javier Armentia, el director de ese antro de vicio y perdición racionalista.
CÓMO INVESTIGAR EN ASTROLOGÍA (2)
[Tras la discusión a que dio pie la entrada anterior, éstas son mis conclusiones más importantes]
.
Óscar:
.
¡POR FAVOR, no insistas más con lo de que "no me quieren dar los datos"! Hay MILLONES de personas en el mundo (y cientos de miles en España) que estarían ENCANTADAS de daros todos los datos que queráis a los astrólogos (de hecho, los dan todos los días, en las "consultas" privadas).
.
El problema, o los problemas, son:
.
1) no existe un control serio de que esos datos sean correctos
.
(SOLUCIÓN: la asociación "seria" que propongo garantizaría que los datos son "fiables"; lo importante es que ofrezcáis como garantía el estar dispuestos a VERIFICAR ANTE NOTARIO, p.ej.,los datos dudosos)
.
2) los mismos astrólogos no facilitan esos datos a sus colegas
.
(SOLUCIÓN: con la asociación "seria", los datos pasarían automáticamente a un banco regulado por ella)
.
3) la interpretación que haga un astrólogo de esos datos no se sabe si coincide con la que harían otros
.
(SOLUCIÓN: la asociación se encargaría de que los datos de una persona, ciudad, etc., fueran estudiados por VARIOS astrólogos de manera TOTALMENTE INDEPENDIENTE, y de que se pusieran PÚBLICAMENTE de manifiesto las diferencias y coincidencias en las interpretaciones de cada uno. [Por cierto, tengo curiosidad por ver cómo puede hacerse una interpretación astrológica de una CIUDAD; ¿hace falta su fecha de nacimiento, o qué? ¿Y es distinta para cada barrio?])
.
De hecho, LLEVÁIS TRES MIL AÑOS (lo menos) recopilando datos. Aplica tu lucidez mental, por favor: ¿es que no te levanta la más mínima sospecha el que ESOS datos (los datos que han ido recopilando los astrólogos) no estén disponibles EN NINGÚN LADO público y manifiesto?
.
¿No te hace sospechar ni un poquito el hecho de que, mientras en un libro de historia de la ciencia te muestran MEDIANTE QUÉ EXPERIMENTOS Y RAZONAMIENTOS SE LLEGÓ A DESCUBRIR TAL COSA (y, por supuesto, también te muestran los debates que hubo acerca de ello, y, si llega el caso, cómo se abandonó tal teoría), en cambio los libros de astrología no dediquen ni una línea a DESCRIBIR CÓMO SE LLEGÓ A AVERIGUAR QUE TAL COMBINACIÓN DE PLANETAS AFECTA DE TAL Y CUAL MANERA A UNA PERSONA QUE TENGA TALES Y CUALES CARACTERÍSTICAS?
.
ESA es la razón por la que nosotros no creemos en la astrología, porque el COLECTIVO de la "profesión astrológica" se comporta de manera ABSOLUTAMENTE OSCURANTISTA. Así que no te quejes de lo malos que son los gerentes de los hospitales por no quererle dar a un pobre astrólogo discriminado esos inocentes datos.
.
La solución la tienes (la tenéis) en esta entrada y los comentarios a la anterior: CREAR UNA ASOCIACIÓN SERIA Y TRANSPARENTE, en la que pongáis vuestro propio dinero (y que, si vuestro saber fuera realmente válido, tendría que permitir recuperar vuestra inversión en poco tiempo, sólo a base de vender cartas astrales; los medios de comunicación se os rifarían, también).
.
Si no os sale de las narices hacerlo, la interpretación más razonable para mí es PORQUE EN EL FONDO TENÉIS LA CONVICCIÓN DE QUE HACERLO ASÍ MOSTRARÁ QUE LA ASTROLOGÍA ES UNA GILIPOLLEZ.
.
(Claro, que otra hipótesis razonable es que hayas hecho la carta astral de esa asociación, y hayas llegado a la conclusión de que no funcionaría; por cierto, ¿cómo se puede hacer la carta astral, o un diagnóstico astrológico, de una POSIBLE asociación, que no está todavía ni siquiera fundada, y que no sabemos quién la fundará, si es que se va a fundar?)
.
>>
29 de mayo de 2008
LAS PREGUNTAS DEL CHE (IBARRE-TXE)
Pues hombre, sí, pero déjeme usted que yo decida cuándo esa volutad ha sido "inequívoca" y "para siempre". Aunque, bien pensado, si ya han renunciado a la violencia para siempre, ya tenemos el final de la violencia, y no hay nada que negociar. Digo yo. A no ser que primero se "manifieste" la voluntad de no asesinar a más gente, y luego, mientras se sigue asesinando, se dialogue. En fin, que no se arrimen mucho los negociadores, no tengan que decir aquello de "¿eso que llevas en el bolsillo del pantalón es una pistola, o es que te alegras de verme?".
* ¿Está usted de acuerdo en que los partidos vascos, sin exclusiones, inicien un proceso de negociación para alcanzar un acuerdo democrático sobre el ejercicio del derecho a decidir del pueblo vasco y que dicho acuerdo sea sometido a referéndum antes de que finalice el año 2010?
¡Ay, Juanjo! ¿Pero por qué te empeñas en querer pasar a la historia como poeta, si nunca podrás igualar el talento de un Serrat para decir lo mismo?
"Pero, eso sí, los sicarios no pierden ocasión
de declarar públicamente su empeño
en propiciar un diálogo de franca distensión
que les permita hallar un marco previo
que garantice unas premisas mínimas
que faciliten crear los resortes
que impulsen un punto de partida sólido y capaz
de este a oeste y de sur a norte,
donde establecer las bases de un tratado de amistad
que contribuya a poner los cimientos
de una plataforma donde edificar
un hermoso futuro de amor y paz."
Por cierto, Juan José: se te olvidó poner en la pregunta el decidir sobre qué. Al menos Joan Manuel lo pone bien clarito: un hermoso futuro de amor y paz. Pero a lo mejor tú hablas del derecho a decidir a dónde vamos de vacaciones, no sé. Es que yo soy muy bruto y me cuesta entender las cosas.
27 de mayo de 2008
26 de mayo de 2008
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (TEXTO COMPLETO)
Como decía en la última entrega de "La filosofía contada a los imbéciles", los que hayáis ido pegando todos los cupones en la cartilla, podéis ya descargaros el texto completo, pinchando aquí. Además, lo acompaña, de regalo, una segunda parte mucho más entretenida.
.
Para que luego os quejéis de las "promociones Otto Neurath".
.
25 de mayo de 2008
ESTOS SON MIS PRINCIPIOS
Me escribe José Luis Calbarro, miembro de UPD, en la reciente entrada sobre el posible interés del PP en un cambio de la ley electoral, para recordarme que UPD no es un partido de derechas. Me lo apunto y tomo disculpas.
.
Acicateado por él, he entrado a mirar el programa electoral del partido, ¡y qué sensación proustiana de té y magdalena, mon dieu! Haría fácilmente quince años o más que no echaba un vistazo a un programa electoral, y en mi memoria eran algo más rollo que lo que he visto ahora. Supongo que también habrá infuido el poderlo mirar por internet.
.
Pero la sensación que ha triunfado en mí ha sido la de la certeza de lo pésima que es esta literatura como instrumento político (por lo que no es extraño que lo lea tan poco la gente, además de por su inevitable (?) carácter aburrido). El problema es que, sobre todo en el caso de un partido pequeño como UPD, uno ve claramente que lo que se pide en el programa no se va a aprobar, y en muchos casos ni siquiera proponer en el parlamento. Son, si acaso, los "principios" del partido, pero no un verdadero PROGRAMA en el sentido de algo que tenga la menor posibilidad de INTENTAR ser puesto en práctica.
.
Lo que yo, como votante, querría saber de un partido antes de las elecciones es, no sólo "lo que haría si tuviera mayoría asboluta" (que es, en definitiva, lo que dice el programa), sino también "lo que haré si pacto con tal partido, lo que haré si pacto con tal otro, lo que haré si me alío con X e Y". O sea, los "otros principios" de la famosa frase de Groucho Marx.
.
Todo sea por mejorar la capacidad de representación de la voluntad popular que pueda llegar a tener el parlamento, como fui defendiendo en la serie de entradas "Yo vendo unos votos negros".
24 de mayo de 2008
"EL CONCEPTO DE PROPIEDAD ES UN INVENTO MUY ASENTADO"
"El concepto de propiedad es un invento muy asentado". Eso dice Miguel de Icaza en una entrevista que sale hoy en Público.
.
El desodorante y la pasta de dientes también son "inventos muy asentados", y es una suerte que lo sean, al menos cuando vas en el metro por las mañanas.
.
Para cada tipo de tecnología existe un tipo de reglas de propiedad que favorecen de la mejor manera posible el interés social, y estas reglas no tienen por qué ser uniformes. El tipo de reglas de propiedad que favorecen la producción y el consumo de ropa no tienen por qué ser las mismas que las que hacen lo propio con los aeropuertos o con los antibióticos. Como estas reglas "óptimas" tampoco pueden ser descubiertas por el puro razonamiento lógico, es bueno que se experimente con reglas alternativas en casos, en períodos y en territorios distintos. Así que el desarrollo del software libre y de todas las formas alternativas de copyright están muy bien, naturalmente, pero no tomando cada una de ellas como un dogma que vaya a sustituir al dogma de la propiedad inalienable, sino como experimentos alternativos y complementarios cuando sea posible.
.
Por otro lado, el software libre ha crecido tanto porque es una actividad que pueden hacer personas en su tiempo libre, con necesidad de relativamente pocos medios -salvo tiempo, talento y un equipo informático- (o a la que se puede sacar rendimiento económico a través de otras vías). Pero, por lo que sé, aunque hay "visionarios del software libre", no hay "visionarios de la fabricación del automóvil libre" (o sea, que lo fabriques y lo regales). La explicación es obvia.
.
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (SE ACABÓ)
[Por fin acabamos con Onésimo Bonome, Silvestre Guzmán y Juan Pablo Salamanca. Todo llega en esta vida. Para los que habéis ido pegando en la cartilla los cupones de todas las entradas de esta larga serie, habrá un regalito la semana que viene] [Ya puede descargarse aquí]
Vistas así las cosas, resulta transparente la ingenuidad, cuando no la perfidia, con la que Silvestre Guzmán acusa a Juan Pablo Salamanca de “desvariar en los cuatro estilos”, extrayendo de la profusa obra del segundo ciertos ejemplos con nula conexión entre sí, pero que, encadenados uno tras otro y huérfanos de sus contextos, dan la impresión de querer afirmar cosas contradictorias. De esta manera, el argumento de Salamanca (o mejor, uno solo de ellos) en defensa de una concepción más o menos aristotélica de la felicidad, como necesario fin último de las motivaciones y las acciones humanas (en sus famosas Cartas a un amigo que dejó de serlo), lo exhibe Guzmán como paradigma de un desvarío en crawl, sin molestarse en mencionar que casi todo el resto de esa parte del libro criticado, como muchos otros de los escritos de Salamanca, plantea explícitamente las enormes limitaciones de una lectura simple de ese mismo argumento: al fin y al cabo, nos enseña, la noción de felicidad no está dada en nuestra experiencia más que vagamente, hemos de contruirla con pinceladas extraídas de aquí y de allá, a veces de nuestra propia experiencia, pero muy a menudo sólo de nuestra fantasía, y el mayor peligro es aceptar una idea de felicidad “por imitación”, sin ninguna reflexión crítica, ni personal ni colectiva, y en esta reflexión hay que poner en práctica nuestra capacidad de diálogo, de comprender otras formas de felicidad que pueden ser totalmente distintas de las nuestras, contradictorias inclusive. Resulta sorprendente, a la vista de esto, que como ejemplo de desvarío “a espalda” nos señale Guzmán la (desde luego, y por mucho que le pese, fascinante) Teoría de la razón dialógica, el casi único intento por parte de Juan Pablo Salamanca de construir una verdadera teoría sobre un problema filosófico, es decir, un conjunto de afirmaciones deducidas rigurosamente a partir del mero planteamiento de las dificultades que se persigue resolver, y que, en concreto, aborda, en un estilo de inspiración claramente kantiana, el problema de cómo se constituye la validez de los argumentos en un diálogo entre puntos de vista enfrentados, cuando es posible que cada dialogante no comparta muchos de los valores y las categorías de los demás. Unas cuantas frases recogidas de aquí y allá en esta obra sistemática donde las haya, es todo lo que puede ofrecer Guzmán como demostración de que ahí no hay más que vana palabrería. Naturalmente, se cuida mucho de citar la parte de la obra en la que Salamanca muestra cómo el análisis de las estrategias de diálogo entre los propios científicos es lo único que puede garantizar la aceptabilidad de los conocimientos que la ciencia nos ofrece, y cómo, por lo tanto, la pretensión de dar una “demostración científica” de la razón dialógica es un intento condenado de antemano al fracaso, pues es precisamente la propia razón dialógica, en la que cotidianamente vivimos inmersos, la que le sirve de “fundamento” a la propia ciencia.
Algunos fragmentos del libro Desestructuralismo y re(de)construcción. (Para una crítica constructiva de las ciencias sociales) son aducidos por Guzmán como ejemplos de “desvarío a mariposa”, sencillamente porque en ellos afronta Salamanca la tarea (tantas veces rehuida por cientos de filósofos, y tantas veces afrontada por muchos de ellos sin más estímulos que la buena intención, o el odio) de proponer soluciones específicas a problemas sociales concretos, mediante las oportunas reformas de las estructuras económicas, legales o políticas. Por ejemplo, los cambios en el sistema educativo planteados por Salamanca no sólo se basan en una profunda comprensión, más profunda que la de la mayoría de los llamados pedagogos, de la realidad de la educación (o, como él dice, “ese fenómeno del animal humano sometido al tormento de la estabulación obligatoria, y de su domesticación por parte de otros congéneres que sufrieron análogos padecimientos, a los que se les junta el de haber perdido irremediablemente la juventud”), sino que han inspirado en muchos lugares reformas que, casi de modo unánime, se han aplaudido como muy oportunas. ¡Mal vamos, si a cualquier intento de mejorar la situación humana mediante cambios estructurales se le va a tachar de manera automática como “utopía anticientífica”! Si esto es así, como me temo, habrá que concluir que la obra de Guzmán no pretende, en definitiva, más que afianzar el actual sistema pseudodemocrático, dando argumentos para cortar las alas a todo aquel que busca otras formas de organizar la sociedad. Por último, las Lecciones sobre la última filosofía, o más bien, de nuevo sólo unos pocos textos entresacados de ellas, ejemplificarían para Guzmán el “desvarío” en estilo braza. La elección parece obvia, pues se trata de un libro en el que Salamanca ha conseguido, precisamente, “traducir” varias tesis de los principales filósofos post-modernos a un lenguaje plenamente inteligible, en el que una gran parte de las afirmaciones de estos autores son exhibidas como conclusiones plenamente lógicas, en vez de como las pedantes fanfarronadas sin sentido que Guzmán, como muchos otros, es lo único que acierta a ver en las obras de aquellos autores. Cómo sobrevivir a la ausencia radical de un fundamento último, y sobre todo, cómo convivir, después de asimilada dicha ausencia, con fuerzas socioculturales que afirman, a menudo de formas muy violentas, tanto en Oriente como en Occidente, en el Norte como en el Sur, imperativos absolutos e irracionales emanados de dioses cavernícolas: Juan Pablo Salamanca nos ha mostrado de forma perspicaz, en esta y en otras muchas obras, algunas posibles respuestas, bien que, naturalmente, como todas las teorías filosóficas, las suyas estén sujetas a la crítica y a la incesante conversación con quien respete de buena fe las normas del diálogo. No es éste, por desgracia, el caso del autor de La caverna de Platón y los cuarenta ladrones, quien ha elegido el género de la burla para ridiculizar el principal intento de análisis de la condición humana que se ha producido en nuestro país en las últimas décadas, además de casi toda la historia de la filosofía anterior. Tal vez no sepamos aún por qué discuten siempre los filósofos, pero lo que sí podemos afirmar con rotundidad es que algunos de los que se apropian injustamente de ese calificativo discuten (o aparentan discutir, pues ¿quién se molestará siquiera en rebatirles?) porque en ellos es más fuerte la búsqueda de la fama de un día que el interés por comprender la condición humana.
23 de mayo de 2008
CÓMO INVESTIGAR EN ASTROLOGÍA
El astrólogo Oscar Ortega me ha pedido comentar un texto de su blog, sobre la investigación en astrología. Dado su interés, lo copio en esta entrada, con mis comentarios en rojo (es un poco primitivo, pero es mi forma habitual de corregir los trabajos de mis alumnos).
Investigación
Llevo casi 20 años investigando en Astrología y, por tanto, obligado a aceptar dos cuestiones previas: el desprestigio y la soledad. El desprestigio se refiere a la falsa creencia generalizada en calificar de pseudo-ciencia a una disciplina por el mero hecho de que la comunidad científica, debido a su profunda masificación, se ha visto obligada a aceptar criterios epistemológicos basados en la falsación, [no veo el vínculo causal entre la “masificación” y la necesidad de aceptar la falsación como criterio metodológico] cuando tras Popper y Lakatos surgió Feyerabend, quien demostró la no validez de dichos criterios [no creo que Feyerabend “demostrase” nada; lo que hizo fue un argumento publicitario en contra de las reglas metodológicas –muy fruto de la época, por otra parte–, pero sus argumentos han sido contestados suficientemente desde entonces] sino únicamente como modelo operativo capaz de acoger la nueva situación de exceso de cupo, y a quien, evidentemente, se ha reducido a un simple objeto de estudio más como curiosidad que como influencia en el pensamiento [y por buenas razones; Feyerabend argumenta la dudosa conclusión de que “ninguna regla metodológica es objetivamente válida” (o “todo vale”) a partir de la premisa de que todas las reglas son violadas algunas veces; pero de aquí sólo se sigue que qué reglas son válidas, o más eficaces, depende de las circunstancias]
.
Por otro lado, la soledad se refiere a que dicha disciplina en el mundo occidental no cuenta con centros de enseñanza reconocidos, titulaciones, programas ni dinero para investigación, [este argumento es falaz: dada la enorme cantidad de gente a lo largo del mundo que está dispuesta a pagar por las predicciones astrológicas, y por el “saber” astrológico en general, no sería difícil convencer a una cantidad suficiente de inversores para montar un centro de investigación astrológica privado, mucho mejor dotado que muchos centros de investigación públicos de otras disciplinas; mira el ejemplo de la Templeton Foundation, y eso que la religión tiene aún menos base científica que la astrología. La razón por la que no hay “centros de enseñanza reconocidos” es, más bien, que los propios “especialistas” en astrología no creen que haya por ahí astrólogos identificables de los que aprender algo contrastable] lo que obliga a que los que pretendemos trabajar en este campo tengamos que hacerlo de forma casi por entero autodidacta, sin ninguna financiación y de forma completamente autónoma. [Hoy en día, gracias a internet, es sencillísimo y baratísimo crear una comunidad o “red” de conocimiento; además, los datos astronómicos son gratis]
.
Ante esta situación, un investigador en Astrología tiene solamente dos opciones, una casi imposible y la otra extraordinariamente compleja. La primera exige demostrar la no validez del método imperante en la ciencia actual, lo cual supone cuestionar lo establecido en un mundo donde 50 millones de científicos luchan por hacerse un hueco mediante el único camino posible: unirse a grupos, publicar, convertirse en un verdadero animal de laboratorio que trabaja casi sobre cualquier tema posible, desde el calamar excitado, las langostas contemplando La guerra de las galaxias o las ratas escuchando el idioma japones reproducido en sentido contrario hasta las variaciones de intensidad de una estrella cualquiera entre los 70 trillones que conocemos hasta la fecha en el firmam
ento. En una palabra, cuestionar el peer review. [La tectónica de placas, o la genética molecular, demostraron ser válidas a pesar de una fuerte oposición por parte del “establishment” científico de la época, en un primer momento, pero no necesitaron “demostrar la no validez del método imperante” para conseguirlo; más bien, utilizaron ese método para mostrar su validez. Pero, claro, el hecho de que las placas tectónicas se movían realmente, y de que los genes están formados realmente por moléculas de ADN, ayudó algo –aunque eso sólo se ha podido saber ex post, naturalmente].
.
[Por otro lado, no veo qué necesidad hay de “demostrar la invalidez del método científico” para llevar a cabo investigaciones en lo que sea. ¿Por qué preocuparse en absoluto de los científicos? Hay más trabajadores y dueños de restaurantes en el mundo que científicos. Si lo que hacen los científicos está mal hecho, simplemente, ignóralos. ¿Por qué va a ser mejor convencerles a ellos que a los de los restaurantes?]
.
La segunda opción, el crear una estructura con un núcleo metafísico no falsable y una colección de hipótesis auxiliares falsables [esto es una manera muy rimbombante -lakatosiana- de decirlo; se entiende mucho mejor si dices sencillamente “inventar un conjunto de hipótesis que puedan ser contrastadas”] es mucho más asequible al investigador, pero nada garantiza que el status quo permita el éxito del intento, precisamente por el citado peer review [de nuevo el problema es tu fijación con “los científicos”; déjales a lo suyo, y tú a lo tuyo] los encargados de validar o no, como así lo avalan cientos de artículos y hechos comprobables, no siempre se guían por la objetividad supuestamente requerida a la investigación científica. [Claro que no siempre, pero el método produce resultados correctos en al menos un miserable diez por ciento de los casos... varios órdenes de magnitud por encima de cualquier otro método que haya probado la humanidad]
.
Así, la primera opción se vuelve imposible de llevar a cabo, porque cuestionar lo establecido conduce casi invariablemente a no llegar a ninguna parte: no sólo se trata de lo ocurrido con Feyerabend y otros autores, sino que la prueba evidente del fracaso, el nulo avance científico en los últimos 75 años (los 40 transcurridos desde que el químico Varsavsky ya expusiera claramente la situación, más los 35 de los que hablaba él), [¿nulo avance científico? No me hagas reír. Por una parte, estamos explorando el vastísimo territorio que descubrieron los científicos que menciona el artículo que citas, y eso requiere muchíiiiiiisimo esfuerzo colaborativo. Por otra parte, decir que no ha habido grandes revoluciones científicas en ese período es simple ignorancia: además de los ejemplos citados antes –tectónica de placas y genética molecular–, podemos citar el desarrollo de la informática, de la teoría de juegos, de la cromodinámica cuántica, la teoría del caos, y miles de cosas más] no han provocado el más mínimo progreso en la eliminación de la dictadura que dicho método impone a los investigadores. [¿Y no será que no hay tal “dictadura”, sino que cualquier otro “método” funcionará mucho peor?]
.
Por otro lado, la segunda opción exige al estudioso en Astrología una extraordinaria base científica y epistemológica, base de la que casi siempre carece por completo, debido a que quienes previamente la poseen proceden de un sistema educativo que ya se ha encargado de exponerles de forma taxativa la aceptación de lo establecido como única vía de progreso personal en el campo de la investigación científica.
.
[La segunda opción sólo requiere talento para diseñar modelos matemáticos y una base de datos. Es terreno abonado para los aficionados –en el buen sentido del término–].
.
Pero los citados desprestigio y soledad no sólo acompañan al investigador en Astrología, sino a cualquiera que pretenda trabajar de forma independiente, sin atenerse a la rigidez del método, sea en el campo que sea. Por ejemplo, el químico chino Zhonghao Shou lleva 14 años trabajando en la predicción de terremotos mediante una señal previa en forma de nube, imagen que puede contamplarse desde fotografías de satélite, y con un porcentaje de acierto en torno al 70%. [El ejemplo de Shou es comparable –si acaso– al de Wegener y la tectónica de placas: ciertamente no creo que lo que haga sea “pseudociencia”, pues lo que él afirma es la existencia de una cierta regularidad estadística, que se puede contrastar. Lo que ocurre (y esta es la gran verdad sobre el método científico, y no se puede hacer nada por eliminarla) es que en general existen varios miles de veces más hipótesis propuestas, que hipótesis para las que hay recursos para someterlas a contrastación, y es lógico que los científicos “establecidos” prefieran dedicar los recursos que ellos controlan a contrastar las hipótesis que ellos proponen. Pero si la regularidad que afirma Shou tiene realmente visos de ser válida, no debería ser muy difícil encontrar fuentes de financiación alternativas para someterla a contrastación]
.
A pesar de sus esfuerzos, la comunidad sismológica mundial se niega reiteradamente a aceptar su hipótesis, a pesar de algunos grandes éxitos que le llevaron a ser invitado como ponente a diversos congresos [a Irán], e incluso sabiendo que dicho porcentaje documentado de éxito supone una demostración estadística de su validez. [Sobre esto, hay que echar los números; no basta con que él lo diga] El resultado es el mismo: su página en la Wikipedia está incluida en la categoría de pseudociencia.
.
Y es que investigar ya no es lo que era hace 100 años: la comunidad científica exige ahora un inmenso trabajo burocrático al investigador [al profesional sí, al amateur no tanto], como si Newton o Galileo hubieran tenido que crear núcleos no falsables e hipótesis auxiliares [PUES CLARO QUE ES ESTO LO QUE HICIERON, MECACHIS –SI ES QUE HAS ENTENDIDO AL MENOS UN POQUITÍN QUÉ ES ESO DE LOS “NÚCLEOS” Y LAS “HIPÓTESIS AUXILIARES”. DESDE LUEGO, NO TIENE ABSOLUTAMENTE NADA QUE VER CON “TRABAJO BUROCRÁTICO”] en lugar de dedicarse a mirar el firmamento y leer libros de ciencia, y además nada garantiza que esos esfuerzos tan lejanos a su verdadera labor vayan a conducir a parte alguna.
.
Yo también dediqué un tiempo a la investigación de terremotos en relación con la Astrología, porque las pruebas de campo me demostraron que había ciertas posibilidades de validez [¿Qué son exactamente “posibilidades de validez”?] en dicho trabajo. Pero, si un químico con una larga trayectoria como Shou no ha conseguido no sólo ver aceptado y reconocido su trabajo, sino siquiera salir del apartado pseudociencia, el término oficial que se usa para definir al marginado por el status quo, podemos imaginar lo que le espera a alguien que pretende trabajar usando como punto de partida la Astrología.
.
[Repito: en este campo, lo único que hace falta son modelos matemáticos, ordenadores que permitan hacer simulaciones, y una base de datos lo bastante potente, de terremotos y de movimientos planetarios. Lo que tenéis que hacer los astrólogos para ser científicos no es –como muchos que os critican piensan– proporcionar una explicación de cómo influyen los astros en X, sino sencillamente mostrar fuera de cualquier duda razonable que existe una correlación estadística entre los movimientos planetarios y X. Y para eso hace falta, sobre todo... saber estadística. O sea: desarrolla un modelo, haz predicciones con él, y veamos si se cumplen o no. Además, en el caso de los terremotos, no es imposible que los astros desempeñen alguna influencia; al fin y al cabo, la corteza terrestre también sufre mareas, con lo que no habría nada de “misterioso” o “místico” por detrás, o no necesariamente]
.
Al final, sin embargo, siempre queda un pequeño consuelo. En este caso, se trata del Brihat Samhita, un texto en sánscrito escrito por Barahamihira en el siglo VI de nuestra era que supone un inmenso compendio de la sabiduría de la época. En él, al referirse a la predicción de terremotos, el autor cita 4 posibles caminos: la observación del comportamiento extraño o inusual de los animales, la observación de los movimientos de aguas subterráneas, la observación de las influencias astrológicas y, por último, la de extrañas nubes que ocurren o aparecen una semana antes del terremoto. [Ya, pero, ¿qué pruebas aporta ese texto de que lo que dice es verdad?] Es decir, hace casi 1.500 años que se creó un núcleo no falsable (la validez de la predicción de terremotos [el “núcleo” de un programa de investigación no consiste en el “objetivo” del programa, sino en la hipótesis que se decide aceptar de momento, sin abandonar a pesar de algún que otro fracaso empírico; no es que el núcleo SEA infalsable, sino que tomamos la decisión de seguir trabajando con él a pesar de las dificultades... hasta que éstas son demasiadas]) y al menos 4 líneas de investigación de hipótesis auxiliares: [un “núcleo” con sus “hipótesis auxiliares”, o sea, un “programa de investigación” según Lakatos, puede ser fantástico, y llevar de hecho a numerosas predicciones correctas, o puede ser una porquería, y fracasar estrepitosamente, bien por su incapacidad de generar predicciones, o bien porque, aunque las genera, son refutadas clamorosamente por la experiencia; o bien porque surge otro programa más exitoso todavía] un amplio campo al que nadie puede negar su importancia para el género humano. [¡Hombre, claro! Pero no hay que confundir la importancia que tiene la predicción de los terremotos, con la confianza en que el método de predicción basado en la astrología vaya a ser correcto. Por otro lado, a quien Shou tiene que intentar convencer no es tanto a los sismólogos, como a los meteorólogos, que, si Shou tiene razón, pueden salir ganando muchísimo].
.
Claro de Baharamihira no contaba con lo que el status quo iba a extraer de Popper y Lakatos. [Lo que el statu quo ha extraído y puede extraer de estos autores es nada más que un criterio de honestidad intelectual. La ciencia se basa en dos imperativos: primero, “haz predicciones; cuantas más sean y más variadas, mejor”; y segundo, “declara de antemano con cuáles de esas predicciones te juegas la aceptabilidad de tu teoría: es decir, qué fracasos predictivos te forzarán a reconocer que tu teoría iba desencaminada”].
.
[La conclusión de la jugosa discusión, aquí].
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (18)
La primera y más injusta afirmación es la de que el “sistema” filosófico de Salamanca (siempre pone Guzmán aquella palabra entre comillas, lo que no es descabellado en modo alguno, aunque por motivos bien diferentes de los que él aduce) es el resultado de un “mero eclecticismo”, es decir, de la mezcla o yuxtaposición de teorías populares o llamativas sin darse cuenta de que muchas veces estas teorías están en mutua contradicción. Es cierto que Salamanca recoje ideas, argumentos y metáforas de fuentes variadísimas, pero siempre las somete al escrutinio lógico y conceptual más rotundo posible, siempre las contempla y nos las hace contemplar desde puntos de vista novísimos, fruto de la más vigorosa imaginación poseída por filósofo español conocido, y, de igual modo, siempre las ilumina con sus conocimientos enciclopédicos de la historia, de las ciencias, de las artes, y, por supuesto, del propio desarrollo de la filosofía. El resultado de ese escrutinio, de esa potente reflexión, consiste ni más ni menos que en transformar las tesis examinadas hasta convertirlas en parte de un “sistema” completamente original. Todo esto sin contar con que, al contrario de los malos filósofos eclécticos, Salamanca dedica una parte sustancial de sus esfuerzos a argumentar en contra de muchas de las tesis que examina con tanto detalle. Recordemos que suya es la sentencia que afirma que “los filósofos, como los políticos, casi siempre aciertan cuando critican a sus enemigos”; y sigue: “por lo tanto, si nuestra meta como filósofos fuera sencillamente la de decir la verdad más a menudo que equivocarnos, tendríamos que dedicar más tiempo a criticar a otros autores que a desarrollar nuestras propias ideas. ¡Lo que sucede es que tampoco es buen filósofo el que sólo quiere decir la verdad! También queremos ir uno, diez o mil pasos más adelante de nuestra época, y eso no lo podremos hacer nunca sin cometer muchos errores, errores insignificantes y errores grandiosos, que sólo otros colegas ayudarán, con suerte, a señalar y a remover” (Para una historia de la filosofía menor, “Introducción”).
Dicho esto, la grandeza de Salamanca contrasta con la ruindad de su crítico sobre todo en el hecho de que, mientras éste se niega a reconocer casi ningún valor en las grandes contribuciones de la historia de la filosofía, el primero rastrea en ellas afanosamente cualquier pepita que, fundida y moldeada como es debido, pueda servirnos como una llave para mejorar la comprensión de nuestros problemas, y sobre todo, para estimular nuestra imaginación cuando llega el momento de plantear soluciones. Así, por ejemplo, Salamanca jamás niega la validez de los conocimientos científicos, e incluso justifica (de forma más sutil que el propio Guzmán) por qué dichos conocimientos, en los asuntos en que los hay, son mucho más fiables que otros dogmas; pero tampoco niega por ello la pertinencia de otros tipos de reflexión y de actitud hacia nuestra experiencia. En particular, Salamanca nos hace ver sin asomo de duda que no puede existir una “respuesta científica” a la pregunta de cómo usar la ciencia, pues eso depende sobre todo de la concepción que tengamos de la propia naturaleza humana y de nuestros valores, de los fines que pretendemos alcanzar, de las riquezas que pretendemos conservar, y la discusión y el diálogo sobre tales cuestiones no pueden nunca basarse sólo en “datos”, sino, sobre todo, en lo que Salamanca llama “la sintonización moral”, el ir probando (¡y descartando!) cuantas perspectivas seamos capaces de imaginar, hasta que demos con aquellas desde las que nuestros problemas prácticos se iluminen de la manera más nítida y permitan un diálogo más rico y apacible con quienes tienen perspectivas, hipótesis, valores o intereses diferentes a los nuestros. Es como entrenamiento para esta “sintonización” para lo que la historia de la filosofía (o en general, de las cosmovisiones) puede sernos de la máxima utilidad, pues, por un lado, nos permite descubrir nuevas perspectivas y nuevos argumentos, y por otro, nos ayuda a comprender los resortes argumentales, los objetivos y los límites que pueden estar conformando las intervenciones de los otros participantes en el diálogo. ¡Claro que a casi todos los argumentos de los grandes filósofos se les puede encontrar algún vicio! ¡Claro que los filósofos discuten entre sí sin llegar a ponerse jamás de acuerdo! Pero ello se debe, antes que nada, a que su tarea no es, como la de los científicos, la de encontrar la solución “correcta” a un problema determinado, sino la de inventar sin pausa nuevos puntos de vista, nuevas formas de razonar, ayudándose unos a otros, con sus eternas críticas, a pulir y a enderezar los toboganes por los que, luego, nuestras propias disquisiciones han de poder ir deslizándose como por la tersura de un muslo adolescente.
22 de mayo de 2008
AL PP LE INTERESA AHORA CAMBIAR LA LEY ELECTORAL
No está fuera de lo posible, e incluso de lo probable, a la vista de cómo bajan las aguas desde las fuentes de Génova, el que en las próximas elecciones generales españolas participaran dos o tres "grandes" partidos de derechas: lo que quede del PP de Rajoy, el chiringuito que monten los que se vayan con María San Gil, y algún apaño que se formase con el partido de Rosa Díez.
.
En esas circunstancias, un eventual triunfo de la derecha en las elecciones pasaría por la formación de una coalición de gobierno entre algunos o todos estos partidos. Pero, para que tal cosa sea factible, les convendría que se aboliera la ley de d'Hont y se cambiara por una representación proporcional, evidentemente.
.
¿Lo harán? ¿Se aliarán con IU para estos menesteres? ¿Y abrirá la boca el PSOE en esta polémica, o seguirá con el "no toca"?
>>
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (17)
Y llegamos, por fin, al último capítulo, al epílogo en el que nos encontramos con la más grande burla contenida en toda la obra, y que eleva a quien seguramente ha sido el más insigne filósofo español de todos los tiempos al rango de forajido ejemplar, de jefe máximo de los bandoleros. No es mala cosa, vista con perspectiva, el que se le reconozca a Juan Pablo Salamanca una categoría lo bastante elevada como para situarlo en el puesto que inauguró Platón al fundar su Caverna de los Ladrones, y por ello siempre cabe la esperanza de que la bufonada a la que lo somete Guzmán en el último capítulo de su vituperable texto les sirva a muchos para descubrir la importancia de una figura intelectual a la que no todos han reconocido siempre por su verdadero valor. Al fin y al cabo, podríamos pensar, lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien. Pero, de todas formas, las críticas de Guzmán a las ideas y reflexiones del maestro Salamanca son tan burdas, tan mezquinas, tan resultado de la ignorancia y la cerrilidad, y sobre todo tan maliciosas, que no puedo terminar esta recensión como muchas veces he pensado hacerlo, diciendo a los lectores “esas últimas páginas del libro son tan necias y tan ridículas, que quienes poseáis un mínimo de inteligencia y de honestidad intelectual captaréis fácilmente la grandeza del sistema filosófico en ellas criticado, y quienes os hayáis dejado convencer por sus estúpidos argumentos será porque estáis tan sometidos a los dogmas del positivismo que nada de lo que yo pudiera deciros logrará convenceros de lo contrario”. Reconozco que he tenido la tentación de terminar así, pero no voy a hacerlo, porque, por desgracia, han sido demasiado pocas las voces que han salido en defensa de Juan Pablo Salamanca tras la publicación del libro de Guzmán, así que intentaré ofrecer en estos párrafos finales una breve contrarréplica. No puedo estar seguro de que mis argumentos se correspondan, ni siquiera vagamente, con los que el mismo Salamanca habría desplegado si es que hubiese tenido la ocasión de hacerlo, si no lo hubiera sorprendido la muerte tan sólo a unas semanas de que fuese publicada La caverna de Platón. En todo caso, otros podrán venir para enmendar mis fallos, pero quienes conozcan medianamente la obra de Salamanca reconocerán enseguida que es difícil que alguien pueda llegar a responder las tesis de Guzmán de manera tan fina y certera como el propio maestro habría sabido hacer.
21 de mayo de 2008
EDUCACIÓN PARA LA ciu-DADÁ-nía
Efectivamente, es muy dadá. Conste que a mí el título de la asignatura me parece una chorrada como la copa de un pino, tanto como lo de llamar "Filosofía y Ciudadanía" (como "Física y Química") a la filosofía de 1º.
.
Es una chorrada, sobre todo, porque el gobierno (si hubiera habido un poco más de materia gris circulando por la mesa del consejo de ministros) podía haberse complicado menos la vida y haber introducido los "temas polémicos" sencillamente como nuevos epígrafes dentro de los currículos de la Etica y la Filosofía ya existentes, lo que habría causado menos revuelo, y habría dado menos excusas para la rebelión. El haber puesto por delante la "cosa ciuDADAnía", con letras gordas y bajo palio, supone dos errores de concepto: primero, el dar la impresión de que el peso de los temas nuevos en el conjunto del temario va a ser muy significativo, cuando son más bien marginales (darán para poquitas clases). Segundo, porque no había absolutamente ninguna necesidad de plantear la asignatura como un asunto con el que dar puyazos a la oposición y dar vueltas al ruedo de la progresía. Pero ya sabemos cómo ha sido la primera legislatura zapateril con estas cosas (que, además, no costaban un duro); esperamos que haya un poco más de sesera (y monedero) en la siguiente.
.
Pero aceptada la ridiculez de la "Educación para la ciuDADAnía" y de la "Filosofía y la ídem", en cuanto a sus denominaciones y a la concepción propagandística de su programa (como toda ley de educación, lamentablemente), la reacción histriónica de los núcleos duros genoveses suma desEsperanza a la irrisión. Además de la delictiva propuesta valenciana de impartir aquella asignatura en inglés, y de las revueltas inquisitoriales andalusíes, que ya he comentado otras veces, la reciente jugada tramposa de la Comunidad de Madrid es también cómica a su modo: ¡poner a los archienemigos de la asignatura a enseñar a los profes cómo deben impartirla!. Vamos, como poner a Octavio Aceves a explicar "Ciencias para el Mundo Contemporáneo" (¡Dios! ¿Qué he dicho? Seguro que Lucía Figar toma nota...).
.
Estas "medidas" ponen de manifiesto, por otra parte, por qué no tienen absolutamente ninguna razón para protestar por la asignatura las buenas gentes de la derecha (las malas gentes, de cualquier lado, siempre tendrán razones): como se comprueba, el programa de la asignatura se puede desarrollar perfectamente desde un punto de vista opusino.
.
En fin, las cosas que hay que ver. Supongo que en el cursito éste del González Quirós (uno de los filósofos españoles que menos gordo me hace sentir) y compañía, explicarán, entre otras cosas, que los buenos ciudadanos no tienen que considerar que el desnudo de las niñas es más punible que el de los niños, como bien saben (o ignoran) los maristas.
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (16)
Reconozco que muchas de las contribuciones de la filosofía post-moderna me parecen tan inaceptables como a nuestro autor, y que ello es debido, en parte, a razones análogas a las suyas: la insistencia de muchos filósofos e intelectuales de las últimas generaciones en que no es posible distinguir entre la “realidad” y el “simulacro”, y en que, más bien, todo son “simulacros”, “espectros”, y no hay en parte alguna nada que tenga las cualidades de lo que antaño se llamó “realidad”: la presencia, el Ser de las cosas, la certidumbre de nuestra comprensión de ellas. No hay Verdad con mayúscula, sino sólo opiniones con más o menos fuerza y capacidad de convicción; no hay razonamiento ni diálogo, sino publicidad explícita o subliminal; no hay una estructura social lo suficientemente estable como para que su conocimiento nos sirva para mejorarla, sino que todo lo sólido se desvanece enseguida en el aire; y por supuesto, no hay Bien, y mucho menos Mal... salvo si el mismo Mal es todo lo que somos y lo que nos rodea. Estas imágenes (que a sí mismas se niegan la categoría de discursos racionales) son peligrosas en grado sumo, ya que nos dejan desarmados por completo ante los graves problemas sociales, políticos y económicos en que andamos inmersos un día sí y al otro también. Si la crítica de los fundamentos (esto es, de la idea misma de fundamento) va a servirnos únicamente para decir, ¡para justificar!, que todo vale, que todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor, que diría el tango, entonces deberemos usar todas nuestras armas intelectuales para combatir a estos nuevos relativistas. ¡Y no porque critiquen la validez de las teorías científicas (que parece lo único que preocupa a Guzmán), sino porque atentan gravemente contra la dignidad de los seres humanos! La cuestión es que, por fortuna, no todos los filósofos post-modernos, y ni siquiera los que han gozado de más renombre, han llegado a esas conclusiones. Su punto de vista es más bien el de que la búsqueda de un Fundamento absoluto para el conocimiento científico, para la moral, y para el orden de las sociedades, ha sido demasiadas veces, a lo largo de la historia, una mera excusa para justificar un tipo determinado de moral, de régimen social y económico, y en esta época en la que el mayor reto de la Humanidad es el de construir un mundo único en el que encuentren su acomodo formas de vida tan diferentes entre sí como las existentes y como las que puedan surgir de sus entrecruzamientos, en esta época en la que la apertura a otras cosmovisiones es nuestro imperativo principal, es mucho más útil una filosofía que renuncie a monopolizar la posesión de la Verdad y el Bien, que una que intente lo contrario. Los “nadadores a braza”, tan ridiculizados por Guzmán, son tal vez quienes más fácilmente pueden ayudar a que Occidente recoja a los náufragos que llegan a sus costas desfallecidos, y los acoja hospitalariamente suavizando los filos, suyos y nuestros, con los que tan peligroso les resulta y nos resulta chocar. En cambio, el positivismo de autores como Silvestre Guzmán, con su dogmática visión de la ciencia como la única imagen racional del mundo, no puede proponer ningún remedio a estos problemas; no puede siquiera dar cuenta de su gravedad.
[CONTINUARÁ]
20 de mayo de 2008
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (15)
Sí que podemos reconocerle a Guzmán la afirmación de que este tercer método (el de “desvariar a mariposa”) vendría a ser, en el fondo, el mismo que el anterior (el de
“desvariar a espalda”), pues en ambos casos se reconoce que los “fundamentos” de aquello que se quiere explicar están puestos por nosotros, más bien que dados en la naturaleza misma de las cosas, sólo que los continuadores de Kant percibirían dichos principios como algo básicamente positivo (la certeza del conocimiento, la validez de nuestros deberes morales...), mientras que los seguidores de Marx, Nietzsche o Freud nos mostrarían la naturaleza “sucia”, carnal, impulsiva, envidiosa, de tales fundamentos, y estarían mucho más dispuestos a reconocer, como efectivamente lo han hecho muchos marxistas, nitzscheanos y freudianos de los últimos cien años, que es nuestra propia naturaleza biológica (sólo un poco elevada sobre la de los animales que nos precedieron en la evolución) la responsable última de que seamos así. Al fin y al cabo, parece que a un marxista, por ejemplo, le resultará mucho más fácil que a un kantiano responder la pregunta que insistentemente plantea Guzmán a modo de imbatible fustigador: ¿cómo puede apañárselas nuestro cerebro para hacer lo que dices que la naturaleza humana hace (ya sea reconocer el mandato absoluto del deber moral, o poseer una tendencia al enriquecimiento aunque sea a costa de los demás)? (pregunta que, como veremos enseguida, no es en el fondo tan peligrosa como Guzmán supone). De todas formas, la similitud de los dos métodos queda más patente cuando comprobamos que, en general, los filósofos que “desvarían a mariposa” tienen a fin de cuentas la esperanza, no sólo de aniquilar los fundamentos “corrompidos” de la sociedad en la que les ha tocado vivir, sino, sobre todo, la de cambiarlos por otros “mejores”: una sociedad sin explotación, o un mundo de “espíritus libres”. Habría, por tanto, en el tercer estilo filosófico analizado por Guzmán, el mismo viejo sueño de hallar algún criterio absoluto que nos permitiese asegurar cuáles son los fundamentos “adecuados” para cargar con nuestras vidas.
Este sueño es el que, en la larga historia de la filosofía, se abandona (no me atrevo a asegurar que definitivamente) nada más que con el cuarto estilo, el de “braza”. Los movimientos un tanto más finos, lentos y delicados de los nadadores al usar dicho estilo, que Guzmán califica groseramente como “afeminado” en comparación con los otros tres, le sirven para pergeñar una burda metáfora, según la cual las últimas corrientes filosóficas (y, por supuesto, no me refiero a los rescoldos o a los vástagos actuales de los “estilos” cuyo origen es más antiguo, sino que hablamos de las formas de pensamiento realmente novedosas, surgidas en las últimas cinco o seis décadas) pecarían también de un cierto grado de afeminamiento. Lo cual, digámoslo enseguida, le deja al lector completamente turulato, porque ¿no estaban desencaminados los “aguerridos” estilos antiguos precisamente por su pretensión de buscar los fundamentos últimos de las cosas? Y entonces, ¿qué demonios puede tener de malo el que muchos filósofos contemporáneos reconozcan (como hacen a coro todos los que, según Guzmán, “desvarían a braza”) que la propia noción de “fundamento” es un error, el error capital de la filosofía, y que debemos aprender a vivir y a pensar sin ella (sin la noción, no digo sin la filosofía, aunque vete a saber)? Pero, ¡ah!, Silvestre Guzmán nos enseña rápidamente por qué este pensamiento “débil”, “post-moderno”, “post-ilustrado” o “evanescente”, tampoco puede ser de su agrado: porque, con el agua de la bañera de los “principios últimos”, estos autores han tirado al desagüe el niño querido de Guzmán, la validez de los conocimientos científicos, y en eso sí que no puede transigir nuestro autor, faltaría más.
19 de mayo de 2008
MÁS SOBRE BOLONIA Y ANTI-BOLONIA
.
.
.
an no saben muy bien qué hacer para conseguir esos fines, y que los manifestantes tampoco lo saben. (Yo tampoco lo tengo nada claro, pero propondré algunas ideas más abajo)..
.
.
.
Mi crítica al plan de Bolonia es que ni por asomo va a conseguir una mejora en la calidad universitaria comparable a la que tendrían medidas tan tontas como éstas. Todo lo más, facilitará las convalidaciones (o lo que las sustituya), pero en el fondo, lo que se hará en las universidades seguirá más o menos igual.
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (14)
Ahora bien, no se vaya a pensar que la utilización de Nietzsche como una autoridad contra el “desvariar a espalda” le libra a este filósofo de ser considerado por Guzmán como uno de los más destacados exponentes de otro tipo de desvarío, quizás más peligroso: el del estilo “mariposa”. La peculiaridad de este tercer estilo es la de que, en vez de buscar los fundamentos últimos (ya sea en las cosas mismas, ya en nuestras propias facultades) para comprobar la solidez de las construcciones edificadas sobre ellos, lo que hace más bien es intentar destruirlos, sacarlos a la luz para poder así superarlos, con un gesto que (digámoslo ya: sólo muy vagamente) recordaría al de los nadadores de mariposa, “quienes parecen querer abarcar toda el agua de la piscina con sus brazos abiertos, para saltar por encima de ella”. Marx, Nietzsche y Freud serían los creadores de ese estilo filosófico (tal vez con un antecedente en Hegel y los otros filósofos románticos): el primero habría pretendido encontrar los fundamentos de nuestras creencias en la estructura socioeconómica, basada, según él, en la dominación de una clase social por otra; el segundo habría buscado aquellos mismos fundamentos (sobre todo los de las creencias morales) en el resentimiento de los débiles hacia los fuertes; y el tercero habría intentado explicar nuestra vida consciente como el subproducto de la violenta lucha entre las partes inconscientes de nuestra personalidad. Por supuesto, lo que Guzmán les reprocha a estos autores y a sus numerosísimos secuaces (entre los cuales se ceba con especial deleite en los estructuralistas franceses de la segunda mitad del siglo XX, y con Miguel Foucault muy en particular) es que lleguen a sus conclusiones mediante argumentos que carecen de “base científica”. Efectivamente, si la única manera de estar legitimado para afirmar una tesis es la de poderla someter a una rigurosa contrastación mediante datos fidedignos y experimentos cuidadosos, entonces nunca podremos asegurar que el monoteísmo se inventó como una estrategia defensiva de los “esclavos” frente a los “señores”, ni que los cambios sociales son siempre el resultado de la “lucha de clases”, ni que el “yo” está sometido al “super-yo” y al “ello”, ni que “el hombre” es una invención de los tres o cuatro últimos siglos. Estas afirmaciones, y las teorías elaboradas en torno a ellas, son, para Guzmán, únicamente narraciones más o menos conmovoderas y sugerentes, tan sugerentes que de hecho han sido utilizadas muchas veces para inspirar movimientos sociales y políticos (demasiado a menudo con consecuencias desastrosas cuando la aplicación de esas teorías se ha pretendido llevar a cabo de forma sistemática), pero cuya validez científica no sería ni un ápice mayor que, por ejemplo, la de los mitos con los que los pueblos primitivos pretendían explicar el origen del mundo y de la sociedad.
18 de mayo de 2008
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (13)
Pero, en realidad, la crítica de Guzmán a los argumentos transcendentales tiene tan poco de original como de convincente: lo que viene a decirnos es que, puesto que nuestras formas de pensar dependen en último término de la estructura física de nuestro cerebro, la cual responde a su vez a las casualidades de la evolución de las especies, no existe ninguna garantía de que esas formas de pensar sean “correctas”, y ni siquiera de que sean las únicas posibles. Tal vez sea cierto que estemos programados genéticamente para creer que todo lo que ocurre tiene una explicación, o para ver el mundo en tres dimensiones, o, como dije más arriba, para usar un lenguaje en el que se distingue entre sujeto y predicado, o para creer que hay cosas que son mejores que otras y que debemos intentar siempre hacer lo mejor y evitar lo peor...; mas, continúa Guzmán, el que nosotros nos sintamos “forzados” a creer estas cosas no significa que dichas creencias sean necesariamente verdaderas. Otras especies inteligentes, que pudieran poblar nuestro planeta dentro de varios millones de años, o que puedan vivir en otras partes del universo, quizás no tengan esas mismas creencias, sino otras, contrarias, que a ellos se les impongan con tanta certidumbre como las nuestras a nosotros; es incluso posible que dicha certidumbre sea nada más que un accidente histórico, y puede que a nosotros mismos nos dejen de parecer inevitables ciertos principios que antes eran considerados como absolutamente válidos. De hecho, afirma, todas las tesis formuladas por Kant con ayuda del método transcendental han sido refutadas posteriormente: la ciencia no presupone que todos los fenómenos obedezcan leyes absolutamente regulares (como sí suponía la ciencia Newtoniana vigente en la época de Kant; el principio de indeterminación de la física cuántica echó por tierra este supuesto), ni que el espacio y el tiempo reales posean la estructura matemática que entonces se les suponía (según la teoría de la relatividad, la distinción entre coordenadas espaciales y temporales no es absoluta, y además estas coordenadas pueden no ser rectilíneas), y no todos los filósofos morales admiten que todo el mundo experimente en su fuero interno el mandato del “imperativo categórico” kantiano: trata a todos los seres racionales como un fin, y nunca sólo como un medio; algunos autores, con Nietzsche a la cabeza, hasta sostienen que este mandato es un corsé con el que la religión monoteísta ha pretendido coartar la libre manifestación de nuestra verdadera voluntad, que es, principalmente, voluntad de dominar a todo y a todos, pese a quien pese, caiga quien caiga.
EL MERCADO DE LAS IDEAS (3)
Estoy leyendo en estos días (aunque no tan asiduamente como debería) el libro La lógica oculta de la vida, de Tim Harford (bueno, el título original es simplemente The logic of life; me revientan estos cambios sin ton ni son). Tras la apariencia de un mero best-seller de aeropuerto (que también lo es), se esconde un interesantísimo recorrido por el programa de explicación de fenómenos sociales basada en la teoría de la elección racional y de los juegos (bueno, el traductor -como ocurre demasiado a menudo- no se ha molestado en documentarse, y escribe siempre "la teoría del juego"). Ya lo iré comentando otros días. Ahora quiero tomar un ejemplito.
.
El proyecto filosófico al que se refieren las entradas de esta serie consiste precisamente en utilizar la teoría de la elección racional y de los juegos (o sea, la teoría económica "estándar") para comprender aspectos "filosóficos" de la ciencia... y no hay ningún otra cuestión más "filosófica" en relación a la ciencia que la pregunta de si los conocimientos científicos son fiables, cómo son de fiables, y por qué. La hipótesis subyacente al proyecto, como decía en la primera entrada, es la de "vamos a analizar la ciencia como si fuera un mercado".
.
Pues bien, el libro de Harford ofrece numerosos ejemplos de realidades sociales que NO son un mercado, pero que resulta interesante e iluminador considerar como si lo fueran. El capítulo en el que ando enfrascado ahora trata sobre el sexo y el matrimonio. Naturalmente, no se refiere a la compra de novias, literalmente hablando (como en el cuadro), sino que pretende mostrar cómo la ciertas condiciones producen ciertos efectos determinados en la conducta de la gente en relación a la búsqueda de pareja, no como consecuencia de "factores culturales", sino como consecuencia del intento racional de satisfacer de la manera más eficaz posible nuestros deseos teniendo en cuenta la "oferta" y la "demanda" de parejas potenciales en el entorno en el que nos movemos.
.
El ejemplo consiste en un experimento muy simple: se reúne en una sala a 10 hombres y 10 mujeres, y se les promete 100 euros a cada pareja que acuda al experimentador, con la única condición de que lleven un acuerdo firmado por ambos miembros de la pareja acerca de cómo repartirse ese dinero (y sin ningún "compromiso" más para después...; os preguntaréis, ¿y esto qué tiene que ver con el sexo? Esperad y ved). El resultado, bastante predecible, es que las parejas se forman rápidamente y el reparto es muy equitativo.
.
Lo interesante viene cuando se cambian ligeramente las condiciones del experimento. Por ejemplo, eliminando a un hombre (quiero decir, haciendo el experimento con sólo nueve hombres). ¿Qué pensáis que pasará? Pues que, tal como predice la teoría de juegos, las parejas se forman más despacio (indicando que hay un proceso de negociación mucho más largo), y, sobre todo, que el reparto del dinero se hace extraordinariamente favorable a los hombres.
.
¿Por qué? La razón es que la mujer que constituye el "exceso de oferta" de mujeres puede ofrecer a un hombre "irse con ella" con un reparto de 70/30 a favor de él, digamos. Esto lo anticipan todas las mujeres, y automáticamente rebajan sus propias demandas en la negociación, lo que aprovechan los hombres para pedir una parte mayor. Harford muestra cómo el mismo mecanismo funciona cuando en una sociedad hay un exceso, aunque sea leve, de los miembros de un sexo: las condiciones del "toma y daca" (y aquí cada uno que recurra a su imaginación, o que se lea el libro) mejoran muchísimo para los del sexo que escasea. En cambio, ninguna explicación "sociológica" o "antropológica" (¿o "filosófica"?) habría podido predecir que la mejora fuese tan poco proporcional a la magnitud del exceso de oferta (de hecho, ese otro tipo de explicaciones difícilmente pueden hacer ninguna predicción sobre la magnitud del efecto). La moraleja del autor es que los motivos psicológicos (e incluso "culturales", tal vez) ciertamente pueden constituir las razones por las que ciertas relaciones se "demandan" más o menos, pero el mecanismo que lleva desde estos deseos hasta ciertas consecuencias sociales (tal vez muy alejadas, y a veces incluso contrarias a esos deseos) pasa sobre todo por la reacción racional de los individuos ante los cambios en las circunstancias.
.
Desde el punto de vista filosófico (y mediático), dos situaciones son especialmente interesantes: aquellas en las que los engranajes de las decisiones racionales interconectadas llevan a consecuencias nefastas a pesar de los "buenos deseos", y aquellas en las que dichos mecanismos consiguen alcanzar consecuencias fantásticas a pesar de la "perversidad" de los individuos participantes. En particular, estos análisis son una especie de antídoto contra las "teorías conspirativas" de todo tipo, que pretenden explicar lo malo que hay en el mundo como efecto directo de la maldad de algunos, y también son un antídoto contra las "teorías bienintencionadas", que pretenden instaurar la solución definitiva de algún mal simplemente por decreto.
.
¿Y en el caso de la ciencia? Un argumento muy habitual entre los relativistas es el de que el "conocimiento científico" no es "objetivo" porque los científicos no "buscan la verdad" sino "su propio interés", y lo que les interesa por encima de todo es "la fama" y "el control de los recursos disponibles para la investigación". Pues bien, puede mostrarse que un grupo de investigadores motivados de esa manera pueden ponerse de acuerdo (y realidad estarán mejor si lo hacen) en admitir como "ganador de una carrera por un descubrimiento" sólo a aquellos colegas que consigan proponer hipótesis que superen un número de pruebas más alto, y más duras, que aquellas con las que se daría por satisfecho alguien que "deseara encontrar la verdad". Es decir, la competencia entre los científicos por obtener la fama y el control de los recursos hace que se esfuercen más en "encontrar la verdad" que un grupo de "soñadores" que estuvieran "meramente" interesados por un "puro afán por el conocimiento desinteresado". (Ver, para los detalles, los dos últimos textos enlazados, además de éste).
.
17 de mayo de 2008
BEYOND

El Centro Beyond (en español suena a "más allá", pero no va de eso) parece un sitio de lo más interesante. Es el garito de Paul Davies. Merece una visita.
.
.
.
El caso es que Davies me recuerda a alguien, y no caigo a quién... Ah, sí: a Emilio Ontiveros.
.
En fin, puestos a recomendar enlaces, aquí va el de Blue Brain, megaproyecto para comprender la arquitectura del cerebro, al que se ha sumado España con un pastón (25 millones de euros).
.
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (12)
No hacía falta un Silvestre Guzmán para mostrarnos que este tipo de argumentos no son, generalmente, válidos desde el punto de vista de la lógica (aunque casos habrá, como los defendidos por el mismo Aristóteles, en los que no puedan ser descartados de un mero plumazo): un pensador tan sublime como Immanuel Kant (junto con Aristóteles, el otro “grande” de la historia de la filosofía, permítaseme decir) dedicó precisamente a demostrarlo la parte principal de su más importante obra, la Crítica de la razón pura, y las críticas de Guzmán no añaden nada nuevo a lo que ya dejó el prusiano completamente fuera de cuestión: que nuestra razón es capaz de encontrar perfectamente lógica tanto la tesis de que, en una serie de causas, debe haber siempre una primera, como la contratesis según la cual, cualquiera que sea la causa que encontremos o supongamos, siempre deberá tener su propio fundamento, de forma que no habrá nunca una causa o fundamento primeros. Y puesto que ambas tesis nos parecen “lógicas”, simplemente no hay nada que discutir: el asunto está fuera de nuestro alcance, es una paradoja que no podemos resolver, y lo mejor será que pasemos a otro asunto... ¿o quizás a otra forma de plantear la cuestión? El mismo Kant en primer lugar, y muchos otros después de él, hemos probado la potencia de un método (que el prusiano llamó “transcendental”) al que las burlas a las que Silvestre Guzmán lo somete no le quitan ni un ápice de su validez (bien que a veces, reconozcámoslo, el método ha podido usarse demasiado precipitadamente, llevando a algunos a abrazar conclusiones indefendibles). Este método es el “desvariar a espalda” guzmaniano: no lanzarse directamente a descubrir en las cosas mismas sus propios fundamentos, sino buscar en nuestra mente (en nuestro pensamiento, en nuestra voluntad, en nuestra capacidad de juzgar, percibir y actuar) las condiciones de posibilidad de que pensemos que las cosas son de cierto modo, de que percibamos las cosas de tal manera, o de que juzguemos que ciertas acciones son encomiables o criticables. O todavía mejor: buscar las condiciones que hacen que ciertos juicios se nos impongan con necesidad, pues aunque hay asuntos en los que reconocemos como legítimo el que varias personas mantengan juicios u opiniones contradictorias entre sí, hay ciertamente otros en los que nuestra capacidad de razonar nos fuerza a tomar una sola de las opciones como válida, y entonces ésta deja de presentársenos como algo opinable, para adquirir la forma de un hecho: que siete y cinco son doce, que el agua está compuesta de hidrógeno y oxígeno, o que debo respetar a mi prójimo. Puesto que es a nosotros a quienes tales cosas se les muestran como necesarias, la genialidad de Kant consistió en buscar en nosotros mismos, y no en ninguna otra parte, las razones de tal necesidad. Es lo que Kant llamó “giro copernicano”, pues él invirtió el estilo de razonamiento filosófico igual que Copérnico mostró que el movimiento cotidiano del sol de levante a poniente no es debido al mismo sol, sino que es sólo un movimiento aparente, producido por nuestra rotación diaria alrededor del eje de la tierra. Pero, claro, Guzmán no puede considerar este salto mortal del pensamiento (que ha tenido tremendas consecuencias en nuestra forma de enfrentarnos a todos los problemas, ya sean científicos, técnicos, morales o políticos, y que ha dado lugar a otras muchas escuelas filosóficas ¡y científicas! basadas en último término en este tipo de argumentaciones) como algo más que basura especulativa. Ni la fenomenología (el intento más serio después de Kant de aplicar el método transcendetal de forma sistemática a toda nuestra esfera de conocimientos y de vivencias), ni la hermenéutica (con su reconocimiento de que las estructuras desde las que vivimos y pensamos están limitadas por el horizonte de nuestra herencia cultural, que es la que da sentido a los conceptos de nuestro lenguaje), ni la filosofía analítica (tal vez obsesionada con la claridad en la definición de los conceptos, pero útil al fin y al cabo en sus intentos de clarificación), ni las diversas “éticas del discurso” (que han intentado reducir los principios morales a las estructuras genéricas de nuestra comunicación mediante el lenguaje), ninguna de estas escuelas habría aportado nada valioso al conocimiento humano, según Guzmán, y ello sólo por el pecado original de haberse empeñado en servirse de un método inservible.
[CONTINUARÁ].
16 de mayo de 2008
EMPANADA BOLOÑESA
Copio un comentario mío en el Blog "Pensamiento Pedagógico Radical", sobre la futilidad de las manifestaciones en la universidad contra el Plan de Bolonia.
.
Reconozco que soy escéptico por naturaleza, y muy descreído por lo general de todo aquello por lo que la gente se junte en masa para quejarse. Pero lo del movimiento anti-Bolonia me da un poco más de risa que lo normal.
.
El movimiento es un ejemplo perfecto de "teoría conspirativa" (como se sabe, un tipo de paranoia bien estudiado). La idea de base es que el plan de Bolonia consiste, "en el fondo", en una trama bien planeada que tiene el objetivo claro de mercantilizar la universidad, y que cuenta con un diseño meticuloso, digno de Ocean's Eleven, para alcanzar ese objetivo.
.
Esto supone tres graves errores:
.
1º.- Que los diseñadores del plan son lo bastante inteligentes como para haberlo diseñado así. Esto es rotundamente falso, no tanto por la falta de inteligencia de todos y cada uno de los cerebros que hayan contribuído al diseño del plan, como por la falta de "inteligencia colectiva" que las instituciones europeas han demostrado con certeza inductiva en los últimos cincuenta años.
.
2º.- Que el objetivo "oculto" de Bolonia sea ése de la "mercantilización". Lo más parecido que puede haber pasado por las mentes de la Unión es que, al fin y al cabo, la universidad cuesta una pasta gansa, y habría que racionalizar un poco lo que se hace con el chorro de billones de euros que se dedican a ella. Pienso que el hecho de que la universidad pública europea es ineficiente y chapucera, cuando no cobijo de mafias (la privada, por lo menos, no se esfuerza tanto por disimularlo), es algo reconocido por todo el mundo, y el plan de Bolonia sencillamente consiste en decir "venga, jo, vamos a tomarnos esto un poquito en serio, y a ver cómo lo organizamos con un poco de cabeza, ¿no?".
.
Lo malo es que, cuando en la UE se ponen a "pensar las cosas con un poco de cabeza", lo único que saben hacer es diseñar un formulario incomprensible, y mandar a la gente que lo rellene, aunque ni quien lo ha diseñado (en general, unos cuantos pedagogos engreídos), ni quien lo va a rellenar (unos cuantos profes pringaos de cada facultad, no menos engreídos -"¿pero qué sabrán esos?"-; entre ellos, un servidor), ni quien lo va a revisar (unos cuantos profes patanegra, seleccionados, aún más engreídos -si cabe, que lo dudo-, que cobrarán un pastón por pasar el
coñazo, y que querrán pasarlo cuanto antes) tengan ni puta idea de la relación causa-efecto que hay entre lo que pone en el formulario y lo que se pretende conseguir con él. Bueno, tampoco los primeros (los pedagogos aquellos) tienen ni puta idea de qué es lo que pretenden (salvo ganar ellos poder en el sistema universitario), pero, para no reconocerlo, hacen el formulario aún más largo. [Esto es lo que ahora estamos haciendo en todas las facultades españolas, con el título de "adaptar los planes de estudio al plan de Bolonia"].
.
[Por cierto, que me sumo al mensaje de la pancarta de la foto, aunque no por lo que toca a las empresas: ¡ojalá nuestros empresarios se preocuparan ALGO por la universidad española!].
.
3º.- El último error consiste en creer que hay alguna probabilidad mayor que cero de que la universidad pública europea vaya a cambiar lo más mínimo por muchas reformas "de papel" que hagamos (la mayoría de las privadas seguirán siendo academias de corte y confección para pijos opusinos y asimilados, por supuesto). Después de rellenar los formularios en cuestión, y de que la ANECA transija más o menos con unos y con otros, las clases se seguirán dando igual que antes, porque quienes tienen el control último para determinar si lo que se ha hecho está de acuerdo con lo que se ha escrito en el formulario, seguirán siendo los mismos de siempre (nosotros, los profesores vagos, y ellos, los alumnos vagos). La estrategia de "tú haces que aprendes y yo hago que te apruebo" es dominante en el juego de la universidad, tal como está concebida.
.
Así que las pandillas de marchosos anti-Bolonia sólo conseguirán lo que han conseguido todos los protagonistas de las "revueltas estudiantiles" de las últimas décadas: sentirse importantes y echar algún casquete gracias a ello (que no es poco). No porque se enfrenten a un enemigo demasiado poderoso, sino porque el enemigo es puramente imaginario, y ellos son parte de la razón de su inexistencia.
.
Ir a:
Más sobre Bolonia y Anti-Bolonia
Sobre la mercantilización de la universidad
Si no quieres "cap", toma tres "cups"
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (11)
La segunda parte de La caverna de Platón y los cuarenta ladrones (¡cómo me cuesta transcribir este título en un escrito que pretendo que brille al menos por su seriedad!) está dedicada a poner en ridículo a la mayor parte de los grandes filósofos, o a intentarlo, más bien, pues en definitiva es el propio autor de la obra quien ridiculiza sus propias opiniones (no me atrevo a llamarlas “teorías”) al presentarlas de un modo tan zafio. Como recordarás, el título de esta segunda parte era “Cuatro maneras de desvariar en filosofía”, y a cada una de ellas le hace corresponder Guzmán un estilo de la natación. Lo que las cuatro tendrían en común sería que consisten en la pretensión de hallar los fundamentos de la realidad sólo mediante el uso de nuestra capacidad de reflexión, y eso es un “desvarío”, dice Guzmán, porque la única forma legítima de hallar la explicación de cualquier fenómeno consistiría en la investigación empírica, es decir, cimentando nuestras teorías acerca de los “fundamentos” de esos fenómenos sobre la sólida base de un conjunto de hechos experimentalmente demostrables. En cambio, la mayor parte de los filósofos han intentado, a lo largo de la historia, formular teorías totalmente especulativas, apoyadas, en el mejor de los casos, por argumentos más o menos plausibles, que, si demuestran algo, aparte de una gran imaginación, es lo lejos que algunos de nuestros congéneres son capaces de llevar el hilo de sus razonamientos manteniendo (frecuentemente a duras penas) la consistencia lógica, pero que, careciendo de soporte experimental, no hay razón alguna por la que las debamos tomar por verdaderas. Desvariar en filosofía (y ganarse de esa manera el título de forajido, y un lugar en la cueva platónica de los ladrones) consistirá, por tanto, en utilizar métodos de investigación que en modo alguno nos garantizan que las explicaciones que con ellos podamos encontrar vayan a ser correctas.
La primera clase de desvarío (el estilo crawl, o “directo”, como lo llama Guzmán) consiste en pensar que podemos encontrar las causas últimas de ciertos fenómenos (o las causas primeras, depende de por dónde empecemos a contarlas) simplemente constatando que, en ciertos órdenes de cosas, no puede haber una serie infinita de causas. Como cualquiera que haya pasado por algún curso de historia de la filosofía sabrá, el primer impulsor de esta forma de desvariar fue nada menos que Aristóteles, en cuyo favor Guzmán debería cuando menos haber tenido en cuenta que es, de todos los grandes filósofos griegos, el que más próximo se hallaría de ser un precedente del “pensamiento científico”, único atenuante que, en el caso de otros autores que le caen más simpáticos (entre los de la Antigüedad, sólo los atomistas, como cualquiera se podría imaginar), encuentra Guzmán para no encasillarlos en la categoría de los “ladrones”. Pero el usuario más compulsivo del estilo “directo”, en opinión de nuestro autor, no ha sido otro que Tomás de Aquino, aunque el propio Descartes (¡que fue a su vez, mal que le pese a Silvestre Guzmán, también un miembro destacado de la revolución científica del siglo XVII!) no le habría ido a la zaga, y tal vez sea la antipatía que siente por el teólogo italiano y por el metafísico francés la que lleva a Guzmán a meter en el mismo saco al pobre Aristóteles, definitivamente no culpable de que el concepto de “causa primera” haya sido empleado para justificar otras doctrinas. Desde luego, nadie con una mínima cultura filosófica ignorará que el uso más famoso que se le ha dado a este concepto ha sido el de las llamadas “demostraciones de la existencia de Dios”. ¿Por qué hay algo, en vez de (cómo sería más fácil) no haber nada en absoluto?; alguna causa habrá de que lo haya, pensamos, y (si esta causa no existe por sí misma, sino que podría también no haber existido) alguna causa de esa causa habrá, y así... ¿hasta el infinito? Pero si consideramos esa posible serie infinita de causas, entonces la serie toda, ¿por qué existe, en vez de no existir? En definitiva, ha de existir alguna causa tal, que ella misma no tenga ninguna otra causa; debe haber alguna entidad que, al contrario que las cosas que nos rodean (las cuales, todas ellas, existen pero podrían no haber existido), no pueda no existir. En honor a Aristóteles, debe reconocerse que él sólo empleó la idea de causa última para justificar tres tesis menos sospechosas: la existencia de algún “motor inmóvil” (esto es, algo que mantenga en movimiento al Universo, sin necesitar ello mismo ser movido, y que la física actual podría identificar perfectamente con el concepto de energía), la existencia de una “materia prima” (que tampoco cuesta trabajo identificar con ese mismo concepto, dada la identidad entre masa y energía aceptada desde Einstein), y, en otro orden de cosas, más pragmático y menos científico, la existencia de una razón última por la que actuar: la búsqueda de la felicidad.
[CONTINUARÁ].
15 de mayo de 2008
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (10)
Guzmán, que adopta como único punto de vista legítimo el de un imaginario (y, en mi opinión, contradictorio en su propio concepto) observador externo, pretendidamente “objetivo”, interesado sólo en registrar las regularidades que se presentan en el mundo físico, e indiferente, o neutral (al menos esa es su pretensión) ante lo que podamos hacer después con el conocimiento de dichas regularidades, procura por todos los medios llevarnos a la conclusión de que, “objetivamente”, que al australopiteco se lo vaya a comer el leopardo “no es ni bueno ni malo”; tal vez sea “bueno” para el leopardo, por supuesto, y “malo” para su desayuno, aunque sólo en el sentido de que el primero está genéticamente programado para encontrar placentera la sanguinaria experiencia gastronómica, y el segundo para encontrarla sumamente molesta, y si alguno de ellos no estuviera programado así, no habría podido sobrevivir al implacable juicio de la selección natural. Pero desde el olímpico punto de vista que Silvestre Guzmán quiere adoptar, que ambos bichejos tengan ese programa genético, en vez de algún otro, es tan indiferente desde el punto de vista moral como que el peso atómico del mercurio sea de doscientos coma cincuenta y nueve, como que el agua hierva a cien grados en condiciones normales de presión y temperatura, o como que nosotros tengamos la facultad de ver en color, o la de juzgar las cosas moralmente. Para pensar, razonar y actuar, necesitamos someternos a la ilusión de que el mundo que nos rodea está ordenado en entidades más o menos fijas, y necesitamos también creer en la ilusión de que algunas cosas son mejores que otras, pero ambas creencias son nada más eso, una mera ilusión. La “verdad”, en cambio, serían tan sólo los electrones y las demás partículas subatómicas de las que están hechas las cosas, y las ciegas fuerzas matemáticas que las hacen comportarse de una u otra manera, a todo lo cual nuestro placer, nuestro dolor, nuestros derechos, nuestros deberes, nuestras satisfacciones y nuestra indignación les traen, inevitablemente, al fresco.
¡Qué nefastas consecuencias no se derivarán de esta opinión grotesca! Si el ser humano es simplemente un revoltijo de átomos y células, un robot sometido al programa determinado por nuestros genes, y si el bien y el mal no son ni más ni menos que una mera apariencia, ¿qué razones podremos aducir para condenar la crueldad y la injusticia, para amar a nuestros seres queridos y para promover la solidaridad en nuestro mundo? El nihilismo moral al que el cerrado positivismo de Guzmán pretende conducirnos es la filosofía más perniciosa que nunca se haya imaginado. Por fortuna, bien a mano tenemos las herramientas con las que desmontarla pieza por pieza antes de enviarla a la cacharrería con cajas destempladas: acabaré, como he prometido (¡y la auténtica filosofía es la que muestra la esencia de la naturaleza humana en el poder cristalizador de las promesas!), haciendo sonar brevemente algunas de las precisas partituras conceptuales del maestro Salamanca, a cuyo son, como a la vista de Rodrigo de Vivar, triunfante en el campo de batalla después de su muerte, las peregrinas tesis de Silvestre Guzmán no tendrán más remedio que huir despavoridas. La pena, ay, es que a muchos estas tesis ya les habrán contaminado antes de que, con argumentos más razonables y certeros, estén todavía a tiempo de percibir su vacuidad.
14 de mayo de 2008
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (9)
El capítulo tercero es, sin duda alguna, el que se pretende más polémico, tanto, que uno llega a estar convencido de que el propio Guzmán no se cree la mayor parte de las cosas que en esas páginas afirma, y que sólo lo hace para despertar la irritación de los lectores sensatos y la admiración de los que, para su desgracia y para la nuestra, son más aficionados a las afirmaciones espectaculares que al sano raciocinio. La tesis principal del capítulo es la de que todos los conceptos morales carecen de sentido, pues se basan en una presuposición que (por supuesto, según el autor) sería radicalmente falsa: la de que somos capaces de tomar decisiones libremente. El viejo Kant había usado este razonamiento justo al revés para postular nuestra libertad: si nuestros actos estuvieran totalmente determinados, entonces no podríamos tener el deber de elegir ciertas cosas (respetar a nuestros semejantes, por ejemplo) en lugar de otras; es así que tenemos ciertos deberes morales; ergo no puede ser verdad que nuestros actos estén totalmente determinados. Por ejemplo, si yo tengo la obligación (sentida por mí mismo, no impuesta por las órdenes de alguien que casualmente es más poderoso que yo) de ayudar a mi vecino cuando está en una grave situación, entonces tiene que ser posible tanto que decida ayudarle como que decida no hacerlo; porque si ya estuviese determinado de antemano por las fuerzas del cosmos (ya sean las de la predestinación, ya sean las de la física, la química o la biología) que no voy a ayudarle, entonces no tendré la “culpa” de no haberlo hecho, es decir, no podré haber tenido la obligación de hacerlo; y de la misma forma, si ya estaba determinado por esas mismas fuerzas que lo iba a ayudar, entonces no habrá mérito alguno en que lo haga. Así pues, si existen el deber, el derecho, la obligación, el mérito, el bien y el mal, entonces debe existir también el poder de cumplir o incumplir tales cosas, esto es, la libertad. Guzmán invierte el argumento y afirma que, puesto que nuestros actos están efectivamente determinados por las reacciones electroquímicas que tienen lugar en nuestro cerebro, entonces no podemos tener deberes, ni derechos, ni hay crímenes, ni cosas dignas de aprobación o de repulsa. Guzmán no llega tan lejos como para negar que nos parezca que existen todas estas cosas (como parte de la ilusión en la que nuestro propio yo consistía, recordemos), y dedica varias páginas, de las más puramente especulativas de la obra (él, que tanto admira la capacidad de demostrar las cosas “científicamente”) a intentar convencernos (mediante argumentos que sólo el léxico tienen de científicos) de por qué es inevitable dicha ilusión.
Su tesis es, básicamente, la de que nuestra capacidad de razonar presupone la capacidad de valorar, si es que ambas facultades no son idénticas; nuestro cerebro posee, dice Guzmán, algo así como un “órgano del lenguaje” (un órgano virtual, por supuesto), cuya forma elemental de actuación consistiría en representarse las cosas (y las conexiones entre las cosas, y, antes que nada, nuestra propia representación de todo ello) como “buenas” o “malas”: pensar, incluso sin palabras, “hay un leopardo por aquí cerca, y como no me aparte de la dirección en la que el viento lleva mi olor hacia él, me voy a convertir en su desayuno”, es algo que sólo podremos hacer si nuestra inteligencia posee algunos criterios para indicarnos cuándo nuestros pensamientos son correctos; y es de esperar que nosotros mismos descenderemos justo de aquellos australopitecos que tenían alguna predisposición genética a que dichos criterios les ayudaran efectivamente a huir de los leopardos, pues los que poseían criterios diferentes dejaron pocos descendientes, para fortuna de los leopardos. Así pues, afirma Guzmán, seres, como nosotros, con la capacidad de pensar, y de articular dichos pensamientos mediante un lenguaje comunicable a otros miembros de nuestra especie, necesariamente verán el mundo, y sus propios pensamientos y acciones, bajo la luz de conceptos valorativos. Estos conceptos no tienen por qué ser idénticos en todas las culturas, de la misma manera que no todos los hombres nos expresamos en el mismo idioma, pero igual que no hay ningún pueblo sin lenguaje, tampoco puede haberlo sin alguna forma de clasificar las cosas, los animales, las personas, nuestros estados y nuestros actos, en buenos o malos, mejores o peores. Ahora bien, se nos dice a continuación, de la misma manera que no tenemos por qué inferir, de la premisa según la cual la estructura de todos nuestros pensamientos es la de “sujeto y predicado” (es decir, siempre pensamos algo sobre algo), la conclusión de que la realidad misma se halla estructurada en entidades, por una parte, y en cosas que les pasan a dichas entidades, por la otra, de la misma manera, decíamos, que esta inferencia sería una pura falacia (por cierto, la que luego conducirá al primer “estilo” para desvariar en la piscina de la filosofía), también lo sería, dice Guzmán, el concluir (partiendo de que siempre necesitamos valorar las cosas, nuestras acciones, y sobre todo las de los demás) que estas cosas y acciones mismas sean, en su propia esencia, buenas o malas.
[CONTINUARÁ]
13 de mayo de 2008
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (8)
Tras este comienzo desalentador, aunque atractivo para muchos que se dejarán llevar por el estilo liviano y pseudo-ingenioso del que hace gala Silvestre Guzmán, éste pasa a exponer, en el capítulo segundo, su teoría del yo como una “máquina virtual”, metáfora con la que sin duda pretende ganar adeptos entre los aficionados a la informática, a la telemática, y a cuantas otras máticas del averno puedan ocurrírsenos. Para quienes no tienen el informatiqués como lengua materna (entre los que me encuentro de sobra, no sólo por mi edad, sino ante todo por mi talante), aclararé que una máquina virtual es aquella en la que un ordenador se transforma mediante la operación de un programa informático. Por ejemplo, salvo que tengamos demasiada imaginación, una cocina de gas sólo funciona como una cocina de gas, un frigorífico como un frigorífico, y un televisor de los de antes, como un televisor de los de antes: la cocina cocina, el frigorífico enfría, y el televisor proyecta imágenes en movimiento, pero la cocina no enfría, ni el frigorífico proyecta imágenes, ni el televisor cocina, al menos cuando funcionan bien. En cambio, ¿qué hace un ordenador? En realidad, parece que el ordenador pudiera hacer casi de todo, especialmente si le enchufamos los accesorios adecuados. Incluso con una simple pantalla, mi ordenador de sobremesa puede funcionar como un tocadiscos, como un televisor, como un fax, como una máquina de escribir, como una calculadora, como una máquina de matar marcianitos (o en mi caso, habría que decir, de dejarse matar ignominiosamente por los bellacos marcianitos). Ahora bien, cuando, gracias a un oportuno programa, la computadora está funcionando como máquina de escribir, ¿es realmente, físicamente, una máquina de escribir? Parece claro que no; incluso la página en la que van apareciendo las palabras que escribo no es la página de una hoja verdadera, sino sólo una ilusión óptica producida por la pantalla del ordenador. Es, por tanto, sólo una máquina de escribir “virtual”, algo que tiene la virtud (etimológicamente: el poder, la fuerza) de comportarse como una máquina de escribir sin serlo realmente. Lo mismo sucede con los mandos que aparecen en la pantalla cuando mi ordenador se transforma en un tocadiscos: no son mandos “reales”, pero funcionan como si lo fueran. Si intentamos buscar en las tripas del ordenador esos mandos, o la página en la que estoy escribiendo esto, o los marcianitos que me acribillan sin piedad, no encontraré nada remotamente parecido, sólo ciertas corrientes eléctricas danzando de un lado para otro de tal manera que, al hacerlo, se producen maravillosamente aquellas ilusiones en la pantalla.
Poco puedo objetar a Silvestre Guzmán sobre la explicación que ofrece (mucho más técnica que la mía, y seguramente más precisa y correcta en sus detalles) de la noción de “máquina virtual”, pero su dominio de los conceptos informáticos no le sirve para tener razón en la cuestión que de veras importa: la de si nuestra mente es una mera máquina virtual, como afirma él, o un tipo de entidad de una naturaleza totalmente distinta. Como es bien sabido, la idea de concebir al ser humano como un cierto tipo de “máquina” no es nueva, e incluso tal hipótesis fue formulada (y rechazada) por Descartes durante sus cavilaciones más escépticas, aunque Guzmán pretende convencernos de que no sólo es una máquina nuestro organismo, sino, lo que es más importante, nuestra propia vida mental: los prisioneros de la caverna no sólo estarían condenados a percibir un mundo de pura fantasía, sino que ellos mismos, sus propios pensamientos y decisiones, serían la ilusión producida por mecanismos desconocidos para ellos y que operan desde el mundo físico, real, generando, con la danza de corrientes eléctricas que brincan entre sus neuronas, la ilusión de un yo. Por desgracia para Guzman, en nuestros días la propia concepción de los fenómenos naturales como un mero mecanismo ha sido puesta en duda en todas las disciplinas científicas, y si una célula, e incluso una simple molécula, ya no puede entenderse como una “máquina” en la que cada causa bien especificada tiene su efecto predecible, menos todavía lo será una entidad tan extraordinariamente compleja como el cerebro humano, cuyas capacidades y virtudes no son en absoluto calculables, y ni siquiera imaginables, para alguien que tuviese que averiguarlas a partir de una descripción completa del estado preciso de cada una de sus neuronas. En cambio, un ordenador está construido precisamente para que podamos llevar a cabo, en principio, esa clase de averiguaciones: si se nos dice en qué estado se encuentran exactamente sus chips en un momento determinado, y se nos describe también el programa informático que el ordenador está utilizando, entonces podremos inferir lo que está haciendo el ordenador (corregir la ortografía de un texto, lanzar ataques de furiosos alienígenas, calcular el balance de una empresa, hacer sonar las jubilosas notas de alguna sinfonía mozartiana...). Pero aunque de un cerebro conociéramos con precisión la actividad de cada una de sus neuronas, sería imposible para nosotros adivinar cuáles son los recuerdos de su dueño, en qué está pensando justo en ese momento, cuáles son sus gustos o sus intenciones, y esto no sólo se debe a que nuestro conocimiento científico del cerebro sea todavía muy limitado, o a la inmensa cantidad de conexiones neuronales que deberíamos tener en cuenta (más que estrellas en el universo, si no me equivoco), sino, principalmente, a que no tenemos en realidad ninguna razón para pensar que nuestros cerebros funcionen mediante algo parecido a un “programa” como el que convierte a mi ordenador de sobremesa en una máquina de escribir, es decir, un conjunto preciso de “órdenes” que conviertan cada estado de mi cerebro en el siguiente, según una pauta fija y predeterminada. Más verosímil es la explicación que afirma que, de la inmensa algarabía de conexiones eléctricas que suceden cada milisegundo en nuestro cerebro, emergen ciertas pautas complejas que no pueden ser en modo alguno reducidas a la mera suma o agregación de aquellas conexiones, pues no pueden siquiera ser expresadas en el lenguaje físico-químico-celular en el que obligatoriamente describiríamos lo que sucede al pasar las señales eléctricas de una neurona a sus vecinas. Tales pautas complejas constituirían, obviamente, nuestros queridos fenómenos mentales, los conscientes como los inconscientes, con sus plenas propiedades psíquicas, y en especial, con la propiedad más característicamente humana entre todas ellas: la autonomía, paradójico resultado de nuestro no ser un mero resultado de la enumeración de la actividad de una neurona y la siguiente y la siguiente y la siguiente...
12 de mayo de 2008
SALIR DEL ARMARIO NO ES TAN SENCILLO

En España es difícil que un político que aspire a gobernar se declare ateo. No valen los de Izquierda Unida, por supuesto, que esos no tienen fe en Dios, ni en la Pasionaria, ni en el futuro (bueno, un poco de esperanza en la nueva venida de la Ley Electoral sí que tienen). Pero los del PSOE, como mucho se declararán agnósticos (y sólo sometidos al cuarto grado), cuando no católicos de pura cepa (aunque regañados con la ConfEpis, claro). Del PP, CiU y PNV ya ni hablemos, claro. Así que la noticia que traigo hoy (un poco vieja, pero la he visto hace un rato en el Menéame, y no he podido resistirme) no debería permitirnos levantar la ceja (que dicen los anglófonos) con una sensación de superioridad cultural sobre los yanquis-en-el-fondo- tan-fundamentalistas-como-los-de-las- misas-de-la-casa-de-la-pradera. Y si no, que empiecen a salir nuestros políticos del armario, para demostrar esa superioridad. A lo mejor se animaba (más todavía) el próximo congreso del PP.
.
Se trata del congresista demócrata por California Pete Stark, que ha recibido el premio de "Humanista del Año" que concede la Universidad de Harvard, y que se ha atrevido a enfrentarse al amplio rechazo social y desconfianza política que sufren los ateos en los EEUU.
.
. En fin, dado el nivel de los asesores de Zapatero, que mira cómo me lo tienen de fumao (es lo que tiene el tener tan poco mundo y tener que fiarte de la familia y los conocidos). A ver si entre calada y calada le entra alguna idea sólida a este hombre.
EL MERCADO DE LAS IDEAS (2)
EL CIENTÍFICO COMO EMPRESARIO EPISTÉMICO
La idea de que la ciencia puede ser analizada (en sus aspectos epistemológicos) "como si" fuera un mercado ("libre") ha tenido bastantes defensores. En el fondo, lo que se pretende hacer con esa idea es justificar la intuición de que, igual que la racionalidad inconsciente del mercado permite hacer una utilización eficiente de los recursos (según algunos, la más eficiente posible) sin necesidad de que haya un "control central" decidiendo lo que cada uno tiene que producir y consumir, en el caso de la investigación científica, sino que las únicas decisiones que hay son la libre elección de cada empresario y cada consumidor sobre qué producir y qué comprar... igual que el "libre mercado" es un sistema económicamente eficiente, decía, la libertad de cada investigador para desarrollar un proyecto u otro, y aceptar o rechazar una hipótesis, es el sistema que garantiza del modo más eficaz posible la eficiencia en la "búsqueda de la verdad".
.
Tanto en el caso del mercado como en el de la ciencia, se supone que esta eficacia se consiguen, sobre todo, gracias al mecanismo de la competencia: cada empresario intenta fabricar sus productos con el menor coste posible (para incrementar lo máximo sus beneficios), fabricarlos con al menos tanta calidad como los de sus competidores, y venderlos más baratos que sus competidores (para que los clientes se los compren a él). Bueno, los argumentos que llevan a esta conclusión llenan páginas y páginas de los libros de economía, pero en el fondo se reducen a esto, más unas cuantas notas que ahora no vienen al caso.
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (7)
Pues bien, las tesis que defiende Silvestre Guzmán en la primera parte de su nefando libro son básicamente estas tres, cada una de las cuales va siendo inferida a partir de las anteriores: primera, el único modo de conocimiento válido sobre el mundo es el conocimiento que nos proporcionan las ciencias naturales; por lo tanto -segunda-, nuestro yo es un mero producto de las reacciones físico-químicas que tienen lugar en nuestro cerebro, pues la ciencia muestra que no hay en él ninguna cosa relevante para su funcionamiento, aparte de dichas reacciones; y de este modo -tercera- nuestra libertad y nuestras creencias morales no son más que una pura ilusión, ya que todo nuestro pensamiento y nuestras acciones están determinadas por las leyes físicas que gobiernan la materia de la que estamos hechos. Guzmán pretende conducirnos hacia estas conclusiones a partir de una comparación entre el platónico mito de la caverna y la grotesca historieta de ciencia-ficción ingeniada por el filósofo norteamericano Hilario Putnam, el conocido experimento mental de los “cerebros en una cubeta”, intentando convencernos, Guzmán, de que esta segunda narración (cuyas repercusiones filosóficas el mismo Putnam llegó a poner en duda en sus obras de madurez) es una versión científicamente puesta al día de la primera (la cual constituye, dicho sea de paso, uno de los momentos más fascinantes de la creación intelectual de Occidente). En ambos casos tenemos unos individuos sometidos, sin saberlo, a un mundo de meras ilusiones perceptivas: los prisioneros de la caverna de Platón no ven las cosas mismas, sino las sombras que éstas proyectan en la pared hacia la que tienen forzadamente dirigidos sus ojos, mientras que los cerebros putnamianos, separados de manera macabra de sus propios cuerpos, reciben artificialmente a través de sus terminaciones nerviosas, conectadas a una supercomputadora, unos impulsos eléctricos en todo semejantes a los que recibirían en caso de tener una fisiología normal, de tal manera que no perciben ninguna diferencia entre su estado actual y el de cuando poseían un cuerpo completo. El filósofo contemporáneo nos propone esta gótica imagen con el fin de plantear la siguiente cuestión: ¿cómo sabemos que no somos cerebros en una cubeta?, y por ello su jeroglífico no pasa de ser una variación modernizada de la hipótesis del genio engañador que Descartes imaginó ante su estufa en una fría noche de la Guerra de los Treinta Años, sólo que disfrazado ahora de argumento pseudo-científico. Platón, por el contrario, formuló su relato para mostrarnos que de hecho somos prisioneros en un mundo de sombras y para indicarnos la forma de acceder a una realidad más verdadera (aquélla a la que uno de los prisioneros de la caverna consigue por fin escapar). Así, por mucho que Guzmán pretenda emparentar el cuentecillo putnamiano con el símil platónico, insistiendo en que realmente somos cerebros en una cubeta, o en una “caverna” (la formada por nuestro propio cráneo, fíjate), y afirmando que, por lo tanto, no se trata de una simple metáfora, la misma analogía entre las dos historias carece de una base sólida en la que sustentarse, pues la función original de cada una no pudo ser más diferente.
Insistamos en ello: el relato platónico pretende ilustrar de qué manera el pensamiento racional nos lleva a conocer las esencias de las cosas, a darnos cuenta de que estas esencias son más verdaderas que las cosas mismas, y a alterar en consecuencia nuestro comportamiento en el mundo de las cosas materiales, que no son más que pura superficialidad (alteración ésta bien peligrosa, como descubre el prisionero huído cuando vuelve a la gruta para intentar “liberar” a sus compañeros, pues éstos no desean en absoluto ser liberados, e intentarían matarlo si pudieran). Cuando Platón dice que los prisioneros de la caverna perciben sombras, y no entidades reales, no quiere decir que este árbol que me parece ver a través de mi ventana sea sólo una imagen forjada en mi mente o en mi cerebro, una copia parcial y deformada de aquel árbol que está realmente fuera de mi cuerpo; esa sería más bien la manera cartesiana de discutir la posible irrealidad de nuestras experiencias, discusión que Hilario Putnam, y sobre todo Silvestre Guzmán, repiten groseramente. No; Platón, sin llegar a distinguir en ningún momento entre “el árbol tal como yo lo percibo” y “el árbol tal y como es fuera de mí”, lo que afirma es que ese árbol que está ahí, fuera de nuestro cuerpo, el de auténtica madera que percibimos por nuestros sentidos, no es tan verdadero, tan sustancial, tan permanente, como aquello que hace que los árboles sean árboles y no alcachofas o estalactitas, esto es, como la esencia de los árboles, su ideal de perfección (¿pues no contiene dicha esencia todo lo necesario para que algo sea precisamente un árbol saludable y frondoso?), lo cual captamos con nuestro entendimiento, y no con nuestros ojos, pues el pensamiento racional consiste, según Platón, ni más ni menos que en nuestra capacidad de reflexionar sobre los ideales y sobre cómo llevarlos a la práctica en la medida de lo posible. El mito de la caverna es, por lo tanto, un relato moral, más que el esbozo de una indagación sobre la teoría del conocimiento, porque lo que hace es exhortarnos a discurrir sobre lo que las cosas son, más bien que pelearnos sobre lo que las cosas nos parecen a unos o a otros, y Platón confía en que, cuando lo hagamos así, habrá surgido en nuestro espíritu un tal amor hacia la perfección que ya no podremos tolerar ni siquiera las más pequeñas manchas en nuestra propia vida cotidiana, privada o pública, y difícilmente en las de los demás. En cambio, al interpretar el mito de la caverna como una versión “primitiva” de un problema “científico” moderno, Guzmán cierra la puerta desde el principio al auténtico sentido de la metáfora platónica, y no es extraño así que acabe más tarde confesando su incapacidad para descubrir cualquier rastro de validez, de racionalidad, o de verdad, en los conceptos morales, a los que ha expulsado de su discurso desde el principio. Como veremos repetidamente, esta convicción de que las teorías filosóficas, especialmente las antiguas, son sólo (y en el mejor de los casos) formas anticipadas (pero tan torpes como ingenuas y extravagantes) de intentar resolver problemas propiamente científicos (“científicos” en el sentido de que han sido formulados con precisión, y a menudo resueltos satisfactoriamente, por la ciencia moderna) es lo que impide a Guzmán comprender, ni siquiera en sus más elementales rudimentos, las verdaderas motivaciones y estrategias intelectuales de los auténticos grandes filósofos.
[CONTINUARÁ]
11 de mayo de 2008
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (6)
Porque está claro que los filósofos de todos los tiempos han, hemos, cometido errores, en nuestras vidas y en nuestros pensamientos, y los de nuestra época tal vez más que los de ninguna otra, y no sólo porque haya más “filósofos” vivos ahora que los que han existido hasta hace medio siglo, sino sobre todo porque, al haber explotado la filosofía en miles de fragmentos y pasadizos, desde los que es casi imposible conversar con quienes deambulaban por otros senderos, se ha perdido casi definitivamente la convicción de que los filósofos teníamos un terreno común de problemas, sobre cuyas imaginarias soluciones podíamos estar más o menos en desacuerdo, pero a pesar de todo aún nos reconocíamos en las preocupaciones de los otros autores, y sabíamos que cualquier pensamiento que consiguiéramos articular tenía que ser capaz de mostrar su valor ante un tribunal constituido por toda la república de los filósofos, vivos, muertos y por nacer. Ahora, en cambio, tras el naufragio de la gran filosofía clásica, parece que cada uno de nosotros está embarcado en un pequeño bote con a lo sumo una docena de supervivientes, cuyos recuerdos de lo que había en el barco hundido son muy similares a los nuestros, porque estaban en camarotes cercanos, pero que no son capaces de pasear su memoria con libertad por la estructura toda del buque. Mantenemos una conversación que se limita a retorcer en nudos cada vez más sofisticados los temas de los que estábamos hablando cuando la nave se fue a pique, pero no alcanzamos a escuchar, ni a entender, la plática de cuantos náufragos se afanan en los otros botes, y mientras, intentamos casi de manera ridícula llamar la atención de los rescatadores sobre nuestra pequeña embarcación, aunque sea a costa de abandonar a la deriva a todos los demás (“al fin y al cabo, ¿no se hundió el barco por su culpa?”). Pero ahora que estamos, como siempre, a punto de ser tragados por el océano, lo que menos importa de todo es defender los restos de nuestra pequeña fortaleza. Es, en cambio, mucho más necesario que nunca comprender lo que la historia de la filosofía nos ha enseñado, enriquecernos con todas las formas de ver el mundo que hemos sido capaces de inventar y de justificar con el razonamiento y la imaginación, guardar como un tesoro todas las joyas que los filósofos han elaborado, y sólo de las cuales podrá nacer el fruto que nos salve en este porvenir terrible que hemos inaugurado hace, quién sabe, ¿un cuarto de hora?
***
Se me derrama por el teclado, como una avalancha salvaje de fango y piedras, la retahíla que acabo de escribir como aviso contra todo tipo de historiadores-titiriteros (o traicioneros) de la filosofía, porque mi espíritu está encendido de indignación desde que comencé la lectura de un libro ignominioso que ejemplifica perfectamente los vicios que acabo de exponer, si bien es una composición espléndida en su nefasto género criminal (¡haya al menos honor entre los delincuentes!). Se trata de una obra recientemente publicada, que se cobija bajo el chulesco título de La caverna de Platón y los cuarenta ladrones, y cuyo perpetrador responde al nombre (aunque no sé lo que responderá) de Silvestre Guzmán. Por supuesto, los “ladrones” a los que se refiere el título son la inmensa mayoría de los grandes filósofos occidentales (de los orientales ni siquiera se habla, aunque no creo que porque sus teorías le parezcan más convincentes al profesor Guzmán, sino por simples ignorancia y desprecio), quienes habrían utilizado la caverna platónica como un antro en el que planear sus fechorías, acumular su botín, refugiarse de la persecución de la justicia (representada, según la mitografía guzmaniana, por el sano sentido común y por la moderna ciencia experimental), y también dirimir sus disputas fuera de la vista de los curiosos. La historia de estos cuarenta ladrones (más o menos cuarenta: Guzmán toma esa cantidad sólo como sinónima de multitud, y hace bien: sólo faltaría que hubiera tenido que seleccionar o eliminar a algunos filósofos para que le cuadrara el número; en realidad, el autor del cuento de Las mil y unas noches seguro que vino a hacer lo mismo al contabilizar a los ladrones); esta historia, decía, está organizada bajo un difuso esquema cronológico, y ello sólo en su segunda parte, la más extensa (perversamente titulada “Cuatro formas de desvariar en filosofía”), pues predomina en el relato una estructuración conceptual, en la que los autores son clasificados según el estilo, o estilos, en los que cada uno de ellos “desvaría”, dentro de un esquema con cuatro variedades posibles, inspiradas, bien poco imaginativamente, en las de la natación: “crawl” (o “estilo directo”), “espalda”, “mariposa” y “braza”. Más abajo describiré con detalle en qué consisten, de acuerdo con Guzmán, todos estos “estilos”, y explicaré, espero que con la claridad de la luz del día, por qué el calificar como desvaríos (y especialmente como ese tipo de desvaríos) las estrategias fundamentales de la especulación filosófica equivale ni más ni menos que a no haber comprendido ni un ápice a los geniales pensadores que las han concebido y utilizado, y a insultar a la inteligencia de cualquier persona con dos dedos de frente que cometa el error de tomar medianamente en serio esa parodia de racionalidad que es el libro que estoy recensionando. Antes, aunque sea sólo por la vieja y sana costumbre de comenzar por el principio, me debo referir a su primera parte, titulada “Cerebros en una caverna”, a lo largo de cuyos tres capítulos Guzmán formula los elementos y los fundamentos de su insípida imagen del ser humano. Terminaré, como hace él, aunque con un resultado bien diferente, contrastando sus tesis burdamente cientificistas con la teoría, mucho más enjundiosa y brillante, del filósofo español más significado de nuestro siglo, y quién sabe si de todos los anteriores y de los por venir: el muy llorado maestro Juan Pablo Salamanca, cuyo magnífico intento de síntesis y armonización de las corrientes filosóficas más influyentes y certeras es ridiculizado por Guzmán como la simple floritura de “pretender desvariar en los cuatro estilos a la vez”.
[CONTINUARÁ]
10 de mayo de 2008
CIENCIAS PARA EL MUNDO CONTEMPORÁNEO: JORNADAS EN MADRID
Bajo la organización conjunta del MEC y de la FECYT, van a celebrarse unas jornadas sobre la asignatura "Ciencias para el Mundo Contemporáneo", los días 20 a 22 de junio, en un hotel de Madrid. Yo participaré en las jornadas, seguramente coordinando alguno de los "talleres". También aprovecharé la experiencia para transmitir en el curso de Denia de una semana después, las novedades e iniciativas que se den a conocer en las jornadas.
.
Podéis ver la información en este enlace.
.
Detalle interesante: aunque las jornadas son en fin de semana, la inscripción y el alojamiento son gratuitos, por lo que parece que serán muy estrictos con la selección de los asistentes (básicamente: profesores de ciencias que vayan a impartir la asignatura).
>>
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (5)
Entre los estudiosos más o menos serios, este tipo de obras se consideran puros divertimentos para el consumo de masas, reality-shows que carecen de cualquier relación con sus auténticas preocupaciones filosóficas, pero que florecen de cuando en cuando, dependiendo de las exigencias del mercado editorial. Confían en que ninguna de ellas pasará a la historia; no, al menos, a la historia de la filosofía, y si alguien toma alguna vez la imperdonable decisión de estudiarlas con algún detalle, con cierto prurito de curiosidad académica, quienes lo hagan serán más bien los sociólogos de la cultura, los expertos en medios de comunicación o los historiadores de la literatura de consumo, pero nunca -¡jamás!- un filósofo serio ejerciendo de tal (aunque, ay, me temo que los tiempos nos van llevando hacia una época en la que se difuminará la diferencia entre la verdadera filosofía y los anuncios de automóviles o de perfumes). Hay en cambio otra forma de contar la historia de la filosofía cuyos dañinos efectos superan infinitamente a los de aquellos folletones de quiosco, y que por desgracia no suscitan ni mucho menos las mismas burlas entre los académicos. Me refiero a las obras que se dedican a explicar por qué, hasta que apareció la teoría “definitiva”, es decir, la sostenida por el autor de turno, todos los filósofos anteriores (junto con muchos de los coetáneos) habían estado equivocados, todos menos aquellos que de alguna manera, tal vez sin premeditación, acertaron a convertirse en precursores de “la verdad”. Este tipo de historias han sido con frecuencia las relatadas por los sicarios de las diversas escuelas filosóficas, ajustes de cuentas con víctimas que casi nunca se pueden defender, teatros de marionetas donde el titiritero maneja con su mano derecha al valeroso héroe y con la izquierda al malvado villano, el cual no tiene otro remedio que limitarse a soportar los golpes, pues todo está ya decidido para él, mientras sus gritos son ahogados por las risas y vítores del público. De este tipo de obras, lo que más nos molesta a los filósofos que confiamos en merecer tal nombre es su irritante vocación propagandística, aunque no nos enoja menos la sensación que a uno le dejan de estar leyendo una novela policíaca, o unas vidas de santos, más que un estudio riguroso, pues en ellas todo sucede como si formase parte de una historia en la que cada episodio está previsto, tiene alguna función para glorificar a los protagonistas, bien sea mostrando las dificultades por las que tienen que atravesar, o bien sea descubriéndonos las múltiples e intensas bondades de las razones que les adornan. La verdad, y muy especialmente la verdad sobre las cuestiones más fundamentales, aquellas en las que los grandes pensadores de todas las épocas se han sumergido esforzadamente para arrancar de entre el negruzco lodo de nuestra humana condición alguna gema con la que alimentar nuestras ilusiones intelectuales, esa verdad es ocultada, o aún peor, distorsionada, por aquellos sicarios, cuando la distorsión les sirve para dar verosimilitud a la humillante trama que han urdido en su obra, a la sutil tela de araña que componen los hilos de sus sesgados argumentos. Y al cabo, es posible que muchos jóvenes inocentes, cerebros inquietos y voluntades abigarradas, se vean casualmente asaltados por una obra de éstas y acaben creyendo a pies juntillas en sus medias mentiras, intoxicados de tal manera por el veneno de las primeras falacias a las que tuvieron la mala fortuna de exponer su inmaduro intelecto, y ya no sean capaces, durante el resto de su vida útil como profesionales del pensamiento, de valorar con imparcialidad otros razonamientos distintos de aquellos por los que fueron infectados en el principio de su carrera.
Estas otras historias de la filosofía, traicioneras serpientes más bien que monos de feria, como era el caso de las primeras, abundan, y siempre han abundado. Las han escrito con profusión los idealistas, los escolásticos, los marxistas, los hermenéuticos, los existencialistas, los neoescolásticos, los positivistas, los estructuralistas y los postestructuralistas, y forman entre todas un subgénero por derecho propio dentro de la literatura narrativa, o de la subliteratura, de la novela policíaca, me atrevería a decir de nuevo, si no temiese rebajar tanto las aventuras de un Marlow, de un Maigret, de un Sherlock Holmes, de un Same Spade o de un Pepe Carvalho. El problema es que a veces resulta muy difícil distinguir estas obras de las que sí merecen nuestro respeto, y puede suceder que uno sólo descubra depués de cuatrocientas páginas que aquello que estaba disfrutando como una osada expedición por los laberintos del pensamiento humano era simplemente una macabra estratagema para poner de manifiesto los errores de algunos enemigos, un ajuste de cuentas barriobajero, disfrazado, eso sí, con la exquisita formalidad de la erudición. “¿Contra quién está escrita esta historia de la filosofía?”, es lo que debes preguntar cuando te hablen de una; “¿de quién está colgada la cabeza en la estaca del último capítulo?” Y tienes que cerrar el libro y devolverlo inmediatamente a su estantería, o al colega o librero que intentaban engatusarte, porque está dentro de lo verosímil que esa cabeza pueda ser la tuya. Y así como los curas de mi infancia (y no lo digo por viejo, aunque lo sea, sino porque los curas siempre están, cuando están, en la infancia de uno, pues al crecer nos alejamos de ellos antes que de otras tantas cosas que van también quedando atrás), así como los curas, digo, recomendaban escapar de la tentación para no dar ocasiones al pecado, lo mejor que uno puede hacer para no confundir las historias revanchistas de la filosofía con las que no lo son, es no estudiar nunca ninguna, olvidar que ese tipo de libros existe, y acudir primerísimamente a las obras originales, haciéndose uno mismo un hueco entre su mobiliario desgastado pero precioso, acomodándose como uno sea capaz entre sus recovecos, sin mediación de celestinas ni proxenetas intelectuales.
.
9 de mayo de 2008
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (4)
La ventaja de estas historias de la filosofía es que todos los que las leen saben que sólo se trata de una broma (rectifico: no todos, habrá siempre algún crédulo, o muchos, a lo peor entre los mismos autores). Por esa razón son si cabe tanto más peligrosas cuanto más intenten disfrazarse de obras serias “aunque divulgativas”, y tanto más funestas cuanto mayor sea el éxito editorial con el que se vean afortunadas, pues en esta sociedad en la que la fama de un día es sinónima de acontecimiento histórico, de gran revolución en el mundo de la cultura, cualquier libro convertido en superventas te situará instantáneamente un escalón (o varios) por encima de los grandes clásicos de la filosofía, por muy espúreos que sean tus argumentos, por muy chusco que sea tu estilo, o por mucha floritura pseudoliteraria con la que adornes tu falta irremediable de sustancia intelectual. “¡Vendiste ya cien mil ejemplares y se ha escrito en no se qué periódico que están a punto de traducirte al italiano, al alemán y al inglés árabe!” Eso quiere decir que en el único mundo real, el de los medios de comunicación de masas, ya eres más importante que Heidegger, que Kierkegaard, e incluso que Zubiri... hasta que al cabo de unos pocos meses otras obras de “no-ficción” hayan desplazado a la tuya de la lista de los 40 más vendidos, y entonces vuelvas a ser un átomo ignorado en tu premundo intelectual, sólo con una divertida historia que contar a tus nietos sentados sobre tus rodillas, una historia de cuando fuiste un pequeño héroe en alguna olvidada batalla de la guerra entre las ciencias y las humanidades, y que te dio para pagar la entrada de la casita frente a la playa en la que pasas las vacaciones desde entonces, recordando los días de fama... salvo si tienes suerte de haber hallado un púlpito-agarradero desde el que regurgitar semanalmente tus excogitaciones pseudofilosóficas sobre todo lo humano y lo divino, especialmente lo humano, y especialmente los asuntos del más riguroso mentidero, con lo que alimentarás durante unas cuantas temporadas más la demanda de tu propio libro, e incluso publicarás algunos otros con los manojos de sermones que vayas arrancando de tu florido jardín mediático, y te duela la mano de firmar ejemplares a quienes han descubierto la metafísica y la gnoseología gracias a ti... a menos que en alguno de tus discursos de todo a cien cometas la equivocación de criticar (o ni siquiera eso, a lo mejor sólo satirizarlas levemente en una frase que pedía el chiste a gritos) las claras conexiones político-empresariales del grupo editorial que te sostiene como al muñeco de un ventrílocuo, y cuya voz, con tus mismas modulaciones pero un poco distorsionadas, ridiculizadas, es la que suena cuando te abren y cierran la boca con veinte manos metidas por tu espalda, y entonces, de un día para otro, descubres que no te vuelven a ofrecer tu columna de todas las semanas, ni tampoco tu animada tertulia radiofónica, que no te vuelven a llevar a la Feria del Libro o al Corte Inglés para que firmes ejemplares a los que han descubierto la metafísica y la gnoseología gracias a ti... y dejan, por supuesto, de aparecer en los periódicos los anuncios de tu hasta antes de ayer extraordinaria historia de la filosofía contada a los imbéciles.
(continuará)
.
8 de mayo de 2008
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (3)
Pero, a pesar de todo, hay muchas formas de contar la historia de la filosofía, y no son todas ellas igual de perspicaces. Una manera especialmente estúpida es la de ir hilvanando grandes frases y grandes metáforas, entrelazadas con anécdotas tan ridículas como inoportunas, con poca o con ninguna reflexión sobre las relaciones de unas ideas con otras, sin intentar buscar los motivos por los que en una época determinada se ven las cosas de cierta manera, las razones por las que unos filósofos discrepan de sus antecesores y buscan entre ellos, de todas formas, genealogías y pedigríes. Quienes cuentan de esta manera la historia de la filosofía no se ven a sí mismos, habitualmente, como parte de dicha historia, sino más bien como un reportero de la prensa amarilla a la búsqueda de carnaza para sus lectores, esto en el peor de los casos, y en el mejor, como coleccionistas de curiosidades que terminan acumuladas en un desván sin orden ni concierto. “Fíjate”, dicen, “qué tontos eran los primeros filósofos”, (cómo si los modernos fuesen a terminar mejor parados), “que el uno decía que el ser era una bola, y el otro que era un río; aunque al fin y al cabo el segundo estaba más o menos de acuerdo con el que aseguró que el agua era el principio de todas las cosas, si no fuera porque parece que el río en cuestión, éste decía que era de fuego. Y luego estaba aquel que demostró que Aquiles no podía ganar una carrera a una tortuga, porque el movimiento no es más que una ilusión. Desde luego, los filósofos griegos estaban todos locos, menos mal que su locura fue la que inauguró esta gran época en la que vivimos, en la que cada uno puede decir lo que le dé la gana y pese a todo tener razón”. Estas historias estúpidas de la filosofía están muy bien (es un decir) para comprarlas en el quiosco del aeropuerto y pasar un rato más o menos entretenido mientras viajamos en el avión, sin pensar demasiado descaradamente en el miedo que estamos pasando al volar; son precisamente historias del pensamiento destinadas a que pensemos que pensamos, pero sin que pensemos mucho, o mejor, sin que pensemos nada que merezca la pena pensar: una cita chistosa de Platón; traguito de coñac; un comentario irónico sobre el frío que pasaba Descartes frente a su estufa; nuevo traguito de coñac; una indelicadeza sobre la sífilis del pobre Nietzsche (“¿dónde lo pillaría, el muy pillín?; si hubiera vivido un siglo más tarde, habría sido seguro uno de los primeros filósofos víctimas del sida, eso iba mucho con su concepción trágica de la vida”); nuevo traguito de coñac; aguda reflexión sobre la originalidad de Wittgenstein al dedicar la segunda mitad de su vida a demostrar justo lo contrario de lo que demostró durante la primera (obviamente, el autor de esta historia de la filosofía no habrá leído, ni mucho menos comprendido, algo del Parménides de Platón; ni de Wittgenstein, para el caso); sonrisa forzada de la azafata al llenarnos de nuevo la copa y ver que nuestra medio adormecida mirada no puede evitar deslizarse por el tobogán de sus medias; y aterrizaje sin imprevistos aeroportuarios ni filosóficos al cabo de unas pocas horas.
(CONTINUARÁ)
7 de mayo de 2008
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (2)
Y entonces, ¿por qué habríamos de ser distintos los filósofos? Al fin y al cabo, la filosofía trata sobre las cuestiones más importantes de nuestra existencia, o eso dicen; ella consiste, nos aseguran, en hundir la mirada en lo que ni siquiera percibimos de tan cerca como lo tenemos. Si discutimos permanentemente a propósito de aquellos temas que son nuestro negocio de cada día, sobre los que sabemos de qué pie cojeamos nosotros y nuestros vecinos, y sobre los que podemos anticipar a ciegas las objeciones que vamos a encontrar al exponerlos a la luz, ¿qué no sucederá en el caso de las preguntas hacia las que es incluso difícil enfocar nítidamente el objetivo de nuestra reflexión? En la filosofía, mal que les pese a muchos, no tenemos nunca muy claro de qué estamos hablando, de qué nos hablan nuestros interlocutores, ni siquiera estamos muy seguros de si podemos considerarnos interlocutores los unos de los otros, o si no existen en realidad más que monólogos y ecos, diálogos de ventrílocuos, de tal manera que yo pienso estar refutando los argumentos de un enemigo, y el enemigo es sólo un rostro de cartón cuyos ojos y boca muevo yo con mis manos y cuyas palabras soy yo quien las pronuncia con voz fingida, y así también me reconozco un cierto parecido con el muñeco manipulado por otro filósofo-ventrílocuo, que humorísticamente reproduce mi propia voz al exponer palabras que yo podría jurar haber pronunciado o escrito alguna vez, letra por letra, como no menos juraría haber querido decir con ellas justo lo contrario de lo que todo el mundo está entendiendo cuando salen de esa boca que parece la mía y no es la mía. Pero tal vez en eso está la gracia de nuestro espectáculo. Si alguna vez hallásemos en la filosofía una respuesta a la que necesariamente todos asintiéramos, puedes estar seguro de que no habríamos acertado a formular nuestros interrogantes como es debido, porque la incertidumbre es nuestra más propia condición, sobre todo la incertidumbre acerca de nosotros mismos. Cuando el hombre sepa cómo es, ya no será hombre, habrá logrado convertirse en uno de esos cachivaches con los que intenta simplificar su vida, y su vida será entonces ilimitadamente simple. Por fortuna, cada paso que damos hacia la eficiencia, hacia la comodidad, hacia la previsibilidad, nos descubre nuevas dificultades y pruebas en las que antes ni siquiera habíamos pensado, y la principal dificultad es la de contemplarnos diciendo “¿y ahora qué?”, ahora que hemos subido a la Luna, ahora que hemos llenado todas las casas con televisores por satélite y conexiones a internet, ahora que todos los niños acuden felices a la escuela y ya no existen las epidemias, ni las guerras, ni el hambre en el mundo, ahora que hemos ganado más Copas de Europa que las que nadie nunca podrá soñar tener, ¿acaso se ha acabado ya todo?, ¿es que ha dejado de estarnos permitido seguir soñando con imposibles para llevarlos uno tras otro a nuestra insulsa cotidianeidad?
Y también están los demás, siempre alrededor nuestro, a nuestra espalda, frente a nosotros, interrumpiendo nuestro paso, cortándonos la retirada, obstinándose en ser distintos de como a nosotros nos gusta ser (o dicen que nos gusta) y de como nos gustaría que fueran ellos. Los demás, empeñados en recordarnos que nuestra forma de ver las cosas no es la única posible y muy probablemente no está ni tan siquiera entre las más felices. Basta que tú digas “esto es bueno”, “esto me parece bien”, para que se levanten mil voces negándolo, o pidiéndote pruebas imposibles de dar. Y tú, que en el fondo quizás no eres más que una pantalla en la que resuenan las voces proferidas por otras gentes, el muñeco de una horda de ventrílocuos que se pelean por meterte la mano en la cabeza desde la espalda y hacerte abrir y cerrar la boca al ritmo de sus ocurrencias, te detendrás de golpe en tus afirmaciones y empezarás a cavilar que es cierto, que seguramente tienen razón, que tú serás quien anda errado, que hay otra forma de entender las cosas, otras mil formas, y buscarás otros argumentos con los que llegar a decir alguna vez “esto no era bueno”, “esto estaba mal”, o acaso “esto otro sí que es bueno”, “eso de allí es lo que todos deberían hacer, o pensar, o decir”. Mientras existan los demás y mientras no sepamos cómo son en el fondo, ni cómo somos nosotros en nuestra inescrutable superficie, haremos equilibrios sin remedio por la cuerda tendida de la incertidumbre. Por suerte, mientras existan los demás y sigan siendo los demás y no un apéndice de nuestro cuerpo, o nosotros del suyo, los filósofos continuaremos discutiendo los unos con los otros y con cualquiera que se nos ponga enfrente.
(CONTINUARÁ)
6 de mayo de 2008
LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (1)
Me voy mañana a un seminario en Holanda, y no estaré para blogs hasta el domingo, al menos. Así que voy a probar el nuevo programador de blogger, dejando las primeras entregas de un trabajito que me ha mandado hace poco (por error, pues era para otra asignatura) mi alumno Onésimo Bonome. A mí me ha gustado mucho, aunque no comparta casi ninguna de sus afirmaciones. Espero que mi colega de Historia de la Filosofía le apruebe.
La filosofía contada a los imbéciles
Me preguntas: ¿por qué nunca os ponéis de acuerdo los filósofos? Habría que preguntar primero si alguien alguna vez se puso de acuerdo con alguien sobre alguna cosa. Los novios al casarse pronuncian nerviosos “sí, quiero” (y “en la salud y en la enfermedad” y “en lo bueno y en lo malo” y “hasta que la muerte nos separe” y todo eso). La gente maldibuja su firma al pie de un contrato y promete que se dejará cortar la cabeza llegada la ocasión si comete la imprudencia de olvidar pagar un recibo. Los políticos y los empresarios se dan la mano (los primeros con los primeros, o los segundos con los segundos, o en cualquier otra combinación imaginable, y hasta inimaginable) y luego se intercambian las plumas con las que han rubricado el texto de un acuerdo ásperamente discutido. Los amigos de una tertulia de café de provincias (da igual de dónde sea: ¿qué café de hace un siglo no era ni más ni menos que un café de provincias?) se fotografían para la posteridad en un retrato en sepia, que muchas décadas después adornará el despacho del presidente del club de balompié que ellos fundaron, mientras observan, inocentes e incrédulos, prisioneros detrás de un cristal mate, los turbios negocios inmobiliarios que se acuerdan ante sus deslucidos bombines y sus bigotes puntiagudos. Pero no ha terminado el cura de bendecir el matrimonio, no ha separado el vendedor las copias del contrato que acabamos de firmar, no ha empezado el político a deslizar su mano de los dedos del otro político, o de los dedos del empresario, no ha echado aún a rodar el balón de alargadas tiras de cuero sobre un campo de tierra en el primer entrenamiento, no han comenzado las piquetas a derribar las viejas casas sobre cuyos cimientos se construirán los rascacielos, cuando los novios ya esposos, el ciudadano ya cliente, el político ya empresario, el empresario ya político, el constructor presidente de un club de fútbol, o los amigos de la tertulia que van a convertir en una institución su afición deportiva, ya sienten, ¿o recuerdan?, la primera sospecha de no haber tomado en realidad la decisión más oportuna, de haberse dejado llevar demasiado pronto por las insistencias y las adulaciones (acaso las amenazas), de haber cerrado la puerta, en ese mismísimo segundo que acaba de pasar, a otros miles de vidas posibles, tal vez más venturosas, o tal vez no, quién sabe nunca nada sobre aquello que pudo ser pero no fue. Y entonces empiezan a descubrir que se están deslizando por un tobogán interminable, por una pendiente en la que cada esfuerzo por aferrarse a un “sí, esto es lo que yo quiero, es lo que yo quería, lo que siempre querré” sólo nos da un impulso más fuerte para seguir cayendo, y cayendo, y cayendo, sin dejarnos parar ni un breve instante para mirar a nuestro alrededor y comprobar si los demás, en los que confiábamos, siguen a nuestro lado como nos prometieron, como firmaron, como aseguraron en el juramento que nosotros mismos les repetíamos. Y al cabo ya no sabemos (y si sabemos que lo sabíamos nos tapamos la cara, la boca y los oídos para no confesárnoslo) si lo que prometimos era tal cosa o era tal otra, si lo que está ahí escrito debe entenderse al pie de la letra o no, si los compromisos que nos hemos hecho a nosotros mismos después, día tras día, no nos levantan la obligación de cumplir aquello que acordamos entonces. Estar de acuerdo; ponerse de acuerdo. Pero cómo es posible mantenerse firme en alguna promesa cuando es el tiempo mismo el que nos vuelca y nos arroja al suelo cada vez que intentamos ponernos en pie, estar de pie. No hay nada estable, todo cambia, nada permanece: ¿cómo vamos a estar de acuerdo, si siempre son inútiles nuestros esfuerzos por estar? ¿Cómo podemos acordar alguna cosa con otros, si nuestros propios corazones dirigen su cordialidad hacia puntos distintos en cada uno de sus latidos? Si es cierto que todos nuestros deseos son vanos, el más vano de todos será el de conseguir ponernos alguna vez de acuerdo en algo. ¿No estás de acuerdo tú también en que es así como las cosas son?
.
(CONTINUARÁ).
¡VIVAN LAS BIBLIOTECAS PÚBLICAS! (ARTÍCULO DE MUÑOZ MOLINA)
Maravilloso panegírico del maestro Muñoz Molina a las bibliotecas públicas, en el último Babelia. A ver si se lo leen muchos concejales, consejeros de cultura de CC.AA., y demás depredadores.
.
Yo puedo contar que mi primera biblioteca fue un viejo bibliobús (no tan viejo como el de la foto), con parada los miércoles por la mañana en Pinar del Rey, y que me parecía el mismo paraíso.
.
.
Aunque otro día tendré que hablar del síndrome de "los estantes llenos y nada que leerme", que me asalta demasiado a menudo y me hace perder horas y horas dando vueltas por los pasillos de las b
ibliotecas (¿dije "perder"? Lo retiro enseguida). Por ejemplo, esta misma tarde, buscando una novela que llevarme de viaje, y volviendo a casa con las manos vacías...
.
.
¡Os agradeceré cualquier recomendación, siempre que venga con una mínima nota explicativa!
.
5 de mayo de 2008
2 de mayo de 2008
EL MÁS FAMOSO DE MIS TOCAYOS
Los pobres obispos no salen de una y se meten en otra. Leo en El País que ahora andan preocupadísimos con el bombazo editorial en que se ha convertido el libro de José Antonio Pagola, Jesús. Aproximación histórica (editorial PPC, grupo SM). Por lo visto, resulta que el Jesús de la historia (de la historia según ese libro, claro), no es "el jesús de la fe", ha dicho el obispo de Tarazona, quien afirma también que el libro "hará daño". (Ver también la noticia en el diario La Fe, digo La Razón).
.
No sé qué daño puede hacerle a una mente sana el conocer la historia. No he leido aún el libro de Pagola, pero tengo muy reciente la lectura de otro que me ha encantado, y que es infinitamente recomendable: Simón Pedro, Pablo de Tarso y María Magdalena, de Bart Ehrman (Crítica); los otros libros de este autor deben ser igual de jugosos. Se trata de abordar los documentos históricos sobre el cristianismo primitivo con una actitud científica ("¡positivismo sensato!"), sin prejuicios basados en la fe (ni en el odio a la religión, por supuesto), y sacar conclusiones a partir de ellos como a partir de cualesquiera otros documentos. La conclusión principal que se saca sobre mi tocayo más famoso y (algunos de) sus primeros discípulos es que, sin negarles el extraordinario carisma que debían tener (como Mahoma, Napoleón, Lutero, Hitler, los Beatles, las Spice Girs, o Tom Cruise, sin abusar de la comparación), en el fondo eran unos "grillaos" que estaban absolutamente convencidos de que el fin del mundo estaba a la vuelta de la esquina (a no más allá de treinta o cuarenta años vista), y que proponían un ideal de renuncia y amor mutuo como instrumento para coger buen sitio en el apocalipsis (no por otro motivo). Ehrman los llama "apocalipticistas", como a muchos otros que abundaban por la Judea de entonces. Que una locura tan absurda llegase a convertirse en el puntal ideológico de occidente es una de esas aventuras que hacen apasionante la historia de la humanidad. Y quien siga pensando aún que la Historia la guía una mano providente, que se lea el maravilloso Armas, Gérmenes y Acero, de Jared Diamond (Ed. Debate).
.
Por otro lado, según la famosa "guillotina de Hume" ("no puede derivarse un debe ser de un es"), que las recomendaciones morales del cristianismo (¿de cuál?) sean aceptables o no, no depende en absoluto de la verdad histórica de los evangelios (igual que la validez del teorema de Pitágoras -¡o su falsedad, como en las geometrías no euclídeas!- no depende en absoluto de que existiera Pitágoras, de que éste fuera realmente su descubridor, o de que sean ciertas las leyendas que se cuentan sobre él). Lo malo de los obispos, y muchos como ellos, es el intentar vender todo en el mismo paquete, y el querer convencernos de que, si no nos lo tomamos todo como niños buenos, "sufriremos daño".
.
[Y, siguiendo con la cosa episcopal: dice Rajoy que él "nunca se enfrentará a los obispos"; ¿alguien lo dudaba? Tampoco Bush se enfrentará nunca con los fabricantes de armas, ni Paco Camps con los presidentes de las constructoras].
.
[Para saber más argumentos contra las religiones, descargar mi artículo "La cruzada de las librerías"].
>>
Menéame. ¿Qué te cuesta?




