26 de julio de 2008

BEETHOVEN, CUARTETO OP. 18 No. 6 (3)

LA BIBLIA EN DVD - EL MONTAJE DEL DIRECTOR (y 12)

Adquirió la palabra humana entonces su poder mágico, pues hasta entonces el lenguaje había sido un mero apéndice natural de nuestras idas y venidas en pos del sustento. Los asombrados oyentes, nos volvía a relatar el rostro de Jesús, regresaron al mundo cotidiano como de un viaje a un planeta desconocido, conscientes de que había tanta o más realidad en lo que se les había manifestado mediante los sonidos, que en lo que contemplaban cada día con sus mismos ojos y palpaban con sus propias manos. No podía ni siquiera ocurrírseles poner en duda todas aquellas historias que su compañero de clan inventaba desde entonces un día tras otro, pues la mentira y el embuste, que eran fenómenos bien presentes en las disputas que aquellos hombres mantenían entre sí con harta frecuencia, correspondían a una género totalmente distinto. Uno mentía para engañar, para disimular alguna falta, o para aprovecharse de la ingenuidad de sus compañeros, pero lo que contaban los mentirosos eran sucesos tan cotidianos como la verdad que pretendían ocultar o tergiversar. En cambio, nuestro primer inventor de leyendas no pretendía sacar de ellas ventaja alguna, y por lo tanto, no podía mentir. Lo que había relatado era tan cierto como la salida del sol, era tan verdadero como el dolor de muelas, era, sencillamente, la Verdad, pues a partir de entonces todos los otros acontecimientos que a cada individuo y a cada tribu les sucedieran estarían iluminados o transfigurados por la difusa luz que el nuevo cosmos de las palabras proyectaba. Pero, claro, sonreía Jesús tras una breve pausa, aquellas historias eran una pura fantasía, y aunque los hombres ya no pudieron dejar de inventarlas y de transmitirlas de generación en generación, de mezclarlas y olvidarlas y recordarlas, aunque ya no pudieron dejar de justificar o condenar cada uno de sus actos según esta leyenda o aquella fábula, vosotros, hermanitos míos, que vivís en pleno siglo veintiuno después de Mí, ¡no tenéis que ser tan imbéciles como para creéroslas!

Tengo que confesar, continuaría el Presentador, que mi Padre estaba muy seriamente preocupado por esta proliferación de patrañas y fantasías. Habíamos esperado pacientemente muchos miles de millones de años, hasta que en un miserable planetucho, perdido en los confines de una insignificante galaxia del colosal Universo que Él había creado, aparecieran por fin unos bichejos capaces de mantener en su mollera un pensamiento un poco más complejo que el de “esto me gusta, me lo como yo ― y eso de allá me come a mí”. Al ver que la inteligencia de aquellos homínidos iba aumentando de manera exponencial, mi Padre empezó a albergar un sueño que, a la postre, casi no nos ha dado más que infinitos quebraderos de cabeza, y en mi caso, como muy bien sabéis, también de muchas otras partes del cuerpo. Él pasaba los siglos embelesado, contemplando desde lo alto las aventuras de aquellas primorosas criaturas. No podía evitar gastarles de vez en cuando alguna broma, manifestándose ante ellos con las apariencias más prodigiosas (dragón, torbellino, aurora boreal), salvándoles en el último momento de algún grave peligro, o, algunas veces, también con actuaciones mucho menos amables, y siempre sin pronunciar una sola palabra, sin darse a conocer de forma explícita. Pues la ilusión que había nacido en el seno de mi Padre era la de que aquellos animalillos parlanchines y habilidosos descubrieran por sí mismos cuál era el verdadero origen del universo y de todo lo que éste contenía. Una furia infinita se descargó sobre todos los pobladores de las moradas celestiales cuando llegaron a los oídos del Supremo Hacedor los mitos que los hombres estaban inventando, a partir de la escena que acabáis de contemplar. “Pero, ¿es que són imbéciles?”, gritaba; “¿tan difícil es sumar dos y dos, ya que a sumar se han puesto?” Bueno, tenéis que comprenderlo, Él habla casi siempre con metáforas, y a menudo es difícil saber a qué demonios se refiere. Lo que quería decir entonces era que le gustaría que los seres humanos descubrieran por sí mismos la existencia del Creador, un hecho en Su opinión bastante sencillo y fácil de deducir, y le molestaba enormemente que anduvieran contando esas pamplinas sobre dioses guerreros, encuentros amorosos, paraísos terrenales, y demás. Así que, meneando la cabeza por la ineptitud del género humano, trazó otro plan, en el que deberíamos intervenir, ahora Él y Yo, de modo mucho más chapucero, maguer que contundente. Buscó un lugar en medio de los reinos más prósperos de la época (andaba ya mediado el segundo milenio antes de Mí), y fue escogiendo al sacerdote más pirado de cada generación (“profetas” los llamaron después) para que desgranasen entre todos, con hilos muchas veces contradictorios entre sí, una historia que ―mi Padre cruzaba los dedos― habría de conducir al reconocimiento universal del Señor del Universo.

Tras este primer episodio, y con la despedida del Presentador, los siguientes capítulos del DVD relatarían la historia de estos encuentros y la final venida del Hijo. ¡Cuántas carreras de historiadores y teólogos no caerán desmoronadas como un terrón de azúcar a la vista de tan maravillosos documentales! ¡Y cuántos no se verán reconfortados al reconocer en la historia verdadera algún atisbo de lo que ellos alcanzaron a imaginar en sus especulaciones! Aunque, en definitiva, la cercanía del Reino tuviera que reducir a una importancia infinitesimal todos estos debates académicos (pero el prurito de haber marcado un gol queda para la eternidad). La colección podría añadir también una selección de los mejores momentos de lo que vino después de que la primera vida terrena de Jesús: anécdotas de apóstoles, de padres de la Iglesia, de herejes, de reformistas. Habría tiempo también para un capítulo sobre la revelación a Mahoma (por supuesto, éste aparecería con el rostro codificado, como en las pelis porno del Canal Plus), añadiendo las disculpas del Altísimo por habérsele ido la mano con ella: al fin y al cabo, Él sólo quería preparar a las bárbaras tribus beréberes para que el cristianismo pudiera ser sembrado en los oasis de Arabia, pero el ángel Gabriel puso tanta emoción en el empeño, que acabó creando un belicoso competidor. Menos mal que Mahoma, hablando él mismo en su más puro acento arábigo, llamaría a sus seguidores al final del episodio a la unión con el resto de los monoteístas, no fuesen a quedarse sin sitio tras la traca final de la Parusía. Mil cuatrocientos años de broncas por parte del Padre (y cien de Josemaría) dan para pensárselo mejor, ¿no creéis?

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24 de julio de 2008

LA BIBLIA EN DVD - EL MONTAJE DEL DIRECTOR (11)

DESMONTANDO EL MONTAJE

Jesucristo, naturalmente, sabría muy bien que en nuestro mundo es sólo una pequeña parte de la población la que puede acceder a los mensajes de la red, sobre todo en los países más pobres. Para la mayoría, la tele y la radio de toda la vida son un medio mucho más poderoso, por no hablar de los periódicos y las revistas, y aunque es seguro que la Batalla Informática entre el Bien y el Mal tendría una gigantesca presencia en la televisión, la radio y la prensa, el Plan Final de la Salvación habría de contar, como ya he sugerido unas páginas más arriba, con una estrategia diseñada para estos otros medios más tradicionales. El género periodístico idóneo para llevarla a cabo sería el del reportaje, con nutridos y espectaculares efectos especiales, para hacerlo más atractivo para todos los públicos, pero que no por ello carecerían del más alto rigor científico posible, de tal manera que tanto a los necios como a los sabios les alcanzara la persuasión divina en grado igual. La Biblia contada por su Autor sería un título maravilloso, y seguro que daría lugar a un escándalo mucho mayor entre los gestores de las Iglesias establecidas que cualquier majadería pornográfica basada en las Santas Escrituras, como la que me había parecido vislumbrar en la vitrina del quiosco aquella gélida mañana en Molina de Aragón. Ya puedo imaginarme la primera escena, con el rostro divino del Hijo del Hombre, sonriendo sobre un fondo oscuro que se va transformando en un paisaje verde y ocre, y que anuncia en todos los idiomas (al menos en la versión en DVD, previa selección), que ya está entre nosotros para dar cumplimiento a su promesa, y que, como actividad preparatoria, desea poner los puntos sobre las íes de todas aquellas narraciones que se han venido contando a lo largo de los últimos treinta siglos sobre la intervención de Él mismo y de su Padre en la historia humana. A lo largo de diez episodios, comprobaréis qué es lo que hay de verdad en esas historias y qué es lo que hay de falso. También os contaré las cosas que, pese a que fueron transmitidas a los intermediarios pertinentes, o bien éstos malinterpretaron el mensaje que debían difundir, o bien no les salió de las narices hacerlo como Dios mandaba (nunca mejor dicho), o bien, lo que ha sido con diferencia lo más habitual, el mensaje se ha perdido, o se ha corrompido a fuerza de recopiarlo y reinterpretarlo, o simplemente ha sido censurado cuando a los poderosos no les interesaba su difusión. Y lo primero que tengo que deciros es que Adán y Eva no existieron más que en la mente de un imaginativo padre al que su hijo pequeño, que le acompañaba por primera vez en una cacería, llevaba horas y horas dándole la paliza con preguntas sobre quién hizo las montañas, o de dónde viene el agua de los ríos, o por qué sale el sol todas las mañanas, pero la luna, que también sale, va creciendo y menguando, y el sol en cambio no, o qué es lo que se ve cuando uno llega al horizonte del horizonte, o quién era la madre de la madre de la madre de la madre de la madre de la madre que lo parió. El primer plano de Jesucristo (o como se llamara, vale) se retiraría entonces para dejar paso a una escena en la que la cámara se iría aproximando a un pequeño grupo de hombres que descansan a la sombra de un árbol, en medio del paisaje que hasta ese momento había servido de fondo neutro para el monólogo de Nuestro Señor. Los hombes van vestidos con telas toscas y pieles, y un chavalillo de unos cinco años no cesa de tirar de la mano a un adulto, su padre, posiblemente, el cual se lleva las manos a la cabeza, le hace callar con un aspaviento iracundo, pero enseguida transforma su semblante en un gesto de serenidad, y le dice...

Sí, el hombre empieza a hablar, y su tono consigue que todos los demás, que hasta entonces estaban en silencio, entretenidos en algunos quehaceres o simplemente holgando tumbados en la hierba, se pongan a escucharle como si fuera la primera vez que oyeran la voz de un ser humano. Y es que en verdad es la primera vez, no la que oyen hablar, pues llevan siglos o milenios entendiéndose con palabras, y no con simples gritos como los de los otros animales a los que cazan, pero nunca antes habían tenido la experiencia de que aquellos sonidos sirvieran para algo diferente que para transmitirse las urgencias cotidianas, de que las palabras pudieran entrelazarse unas con otras para engendrar un mundo que no es el que habitamos todos los días, pero que puede parecer igual de verdadero, o más, porque escuchando esas historias puedes olvidar todo aquello que tienes a tu alrededor. Y mientras el padre del niño habla, y habla, y habla, y sus propias ocurrencias van dando lugar a otras nuevas como siguiendo una lógica propia, los demás han formado un círculo en torno a él, un espacio que no se atreven a invadir, apoderados como están de un sentimiento completamente nuevo para ellos, y la presencia de ese círculo le afirma al narrador todavía más en ese mundo recién nacido. Por supuesto, nosotros no entendemos una sola palabra de lo que está diciendo, pues habla una lengua desconocida, olvidada, cuyos nexos genéticos con otras lenguas más modernas los lingüistas se empeñarían en identificar, si les quedara tiempo. Pero, aun sin entender nada, nos contagiamos de la experiencia maravillosa que aquel público primitivo estaba disfrutando, y somos conscientes de que asistimos ni más ni menos que al nacimiento del primer mito. Éstos no son actores, no es un montaje en el sentido peyorativo de la expresión, sino que, teniendo a su merced, como tiene, las reglas mismas del tiempo y del espacio, el Señor Jesucristo, guionista, director, presentador y montador de aquel definitivo reportaje, nos ha traído la escena misma hasta el televisor de nuestra casa. Entonces recordamos, quienes tenemos a nuestra disposición esa posibilidad, que el mando a distancia nos permite seleccionar el idioma, o al menos los subtítulos (mejor dejar el sonido auténtico, irreemplazable), para enterarnos así de la primera Historia que inventó un ser humano.

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22 de julio de 2008

LA BIBLIA EN DVD - EL MONTAJE DEL DIRECTOR (10)

La segunda dificultad que se plantearía para el reconocimiento de Jesús, o como Él o Ella se llamara en su nueva venida, procedería, naturalmente, de Su gran adversario. El Príncipe de las Tinieblas no iba a quedarse con los brazos cruzados ante la perspectiva de que su imperio fuese a terminar. Reaccionaría, como casi siempre, con su instrumento favorito: sembrar la confusión y el odio entre los hombres. (No digo “entre los hombres y las mujeres”, como querrían los abogados del lenguaje políticamente correcto, porque si lo hiciera así parecería que el odio al que me refiero es el de los varones contra las mujeres y el de las mujeres contra los varones, cuando lo que quiero decir, y supongo que se me habrá entendido, es que la gente se odiará sin mirar el sexo, o a veces mirándolo más de la cuenta, pero en cualquier caso se odiará sin distingos). En el escenario que estoy imaginando, en el que el Redentor inicia su vida pública en los terrenos de la red, o, como lo ha llamado un filósofo de nuestros días, en el Tercer Entorno, o en la Tercera Morada, como podríamos decir nosotros emulando a Teresa de Jesús, Satán no dudaría en atacar la Hijo del Hombre con las mismas armas. Viejo zorro como es, piratearía los mensajes de Jesús imitando su código y su programa, pero enviando a los internautas y a las internautos unos “gusanos” o “troyanos” verdaderamente dañinos, terribles, destructores. El pobre Juan, anciano y exiliado en la isla de Patmos, no habría podido imaginar que la lucha final entre el Dragón, la Bestia y la Ramera de Babilonia (a mi izquierda), y el Cordero y los Ángeles (a mi derecha), que le fue revelada en sus visiones apocalípticas, era en realidad un combate encarnizado entre dos poderosos programadores informáticos, y que la pavorosa destrucción cuyo relato había de amedrantar e inspirar en los siglos futuros a tantos miles de poetas y de predicadores, no era otra cosa que la gran hecatombe digital que sucedería cuando el Demonio, temeroso de la nueva llegada de Nuestro Señor Jesucristo, enviase un virus letal a todos los ordenadores del mundo para impedir la difusión del bienaventurado mensaje, y por causa de aquel virus se desplomarían las Bolsas, se cancelarían los Mundiales de fútbol, se estrellarían aviones, se interrumpirían las transmisiones desde la casa de Gran Hermano, dejaría de cobrar los recibos el Corte Inglés, devolvería Hacienda cuantías exageradas a los sujetos pasivos del impuesto sobre la renta, se borrarían de los discos duros todas las novelas que estaban siendo escritas (menos las de aquellos románticos autores que aún preferían escribir directamente en el papel), aparecerían imágenes pornográficas al entrar en todas las páginas web (las más procaces, en las página del Vaticano y de la República Islámica de Irán), y nuestros mensajes de correo electrónico serían enviados al azar a los destinatarios que menos desearíamos. Pero, como era inevitable que sucediera, esa batalla sería ganada por las fuerzas de la Nueva Jerusalén, que al punto restaurarían todos los sistemas y los harían invulnerables a nuevos ataques demoníacos, y de paso, rescatarían del fondo más impenetrable de los discos duros todos los archivos eliminados, salvo, tal vez, los de aquellas novelas que en justicia se merecieran una completa eliminación, y las devoluciones de renta millonarias que hubieran recibido los más necesitados. En un intento desesperado por desequilibrar la balanza a su favor, el Maligno convencería a un ejército de expertos informáticos, políticos e intelectuales de toda calaña, para que amontonasen argumentos mostrando que aquella reparación aparentemente milagrosa de los desastres que acababan de suceder no era obra de lo Alto, ni tenía nada que ver con la inminente Parusía para la que muchos ya se preparaban, sino que era tan solo un episodio de lo más mundanal en las guerras entre empresas informáticas, hackers, instituciones supranacionales, y demás gentuza. Incluso, con la precognición que le caracteriza, tal vez instigaría a que, con la antelación suficiente, se escribiera en algún blog una brevísima historia burlesca que describiese los Hechos que estaban a punto de ocurrir, para que los más avispados se tomaran a cuchufleta a quienes pregonaran que el Mesías había plantado de nuevo su tienda entre nosotros.

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21 de julio de 2008

LA BIBLIA EN DVD - EL MONTAJE DEL DIRECTOR (9)

Ya he sugerido que la primera comunidad de seguidores del retornado Mesías habría de surgir de entre los expertos en virus informáticos. Ellos serían los nuevos pastores, los nuevos reyes magos. “Hemos visto su estrella en la línea 1.260 del programa Goodnews, y venimos a darle adoración”. Pero es harto probable que las comunidades cristianas, y entre ellas muy principalmente la jerarquía católica, fueran de una u otra manera los destinatarios más importantes de los mensajes, pues no en vano llevan ya cerca de dos milenios de plantón. Para ellas, el aviso tendría que ser muy claro: “no temáis, ya estoy aquí, la dominación de Satanás, las plagas, las guerras y toda la inmundicia que habéis tenido que soportar mientras me aguardabais pacientemente, y que con tanta eficacia habéis contribuido a reducir en estos dos mil años, ya están a punto de terminar, ¡gloria a Mí, Aleluya!”, bien que con palabras escogidas con un espíritu más evangélico, o al menos más lírico. No puedo negar que me muero de ganas de saber de qué forma anunciaría el Vaticano la certeza de que Cristo había vuelto por fin. ¡Bienaventurado el jefe de prensa que tuviera que redactar esa maravillosa nota informativa, la Última Buena Nueva! Pero antes de que ocurriese esto, antes de que el Papa proclamara la llegada del Jefe, y, como es de suponer, le cediera el despacho, el sello, y demás símbolos e instrumentos del poder en la Iglesia, antes de que el propio Jesús apareciera sonriente en el balcón de la Plaza de San Pedro para saludar a los millones de peregrinos que se agolparían por todas las calles de Roma, antes de que las televisiones de todo el mundo desconectasen sus emisiones para transmitir la Noticia Final, antes de todo ello habría tenido que ocurrir un extenso proceso mediante el que la Iglesia, o las iglesias, o las confesiones, o la humanidad, reconocieran plenamente que el autor de aquellos mensajes, el creador de aquella página web en la que se nos darían las instrucciones pertinentes para acomodarnos de manera definitiva en el seno del Padre (a los que les tocara), el director de aquellos audiovisuales en los que se contaba la Verdad sobre las Santas Escrituras y sobre la vida en general, era realmente quien decía ser.

Y, claro está, ese proceso no habría de ser fácil, por dos motivos. En primer lugar, porque la Iglesia, al menos desde los tiempos del emperador Constantino, y con ella casi todas las grandes religiones, no había tenido más remedio que adaptarse a las necesidades derivadas de ser una empresa temporal, terrenal, comercial, en la que los planes no se hacían para meses o años, los pocos años que, según los primeros cristianos, faltaban para el retorno del Mesías, sino para décadas y décadas, para siglos y siglos, amén. Ser una institución con dos mil años a las espaldas sólo otorga prestigio y legitimidad cuando el futuro se extiende indefinido ante nosotros. En cambio, si todo, incluido el tiempo mismo, va a llegar a su fin, ¿qué hacer con todas las posesiones, títulos, inmuebles, bibliotecas, museos, congregaciones, acciones, comités, atesorados por la Iglesia? Habría muchos de sus miembros, clérigos o seglares, que con la mano en el corazón preferirían que la venida de Jesús, si es que era cierta, fuera al menos tan sólo una visita protocolaria, como para recordar que no se ha olvidado de nosotros, y que dejemos de una vez de hacernos mutuamente la vida imposible, porque un día de estos va a regresar definitivamente para juzgar a vivos y muertos, y entonces, dentro de otros mil años más o menos, o pongamos diez mil, que tampoco hace falta agobiar, entonces sí que nos enteraremos bien de lo que vale un peine. A los cristianos de nuestros días les pasaría lo mismo que a los judíos de tiempos de Jesús: tantos siglos esperando la llegada del Mesías, y cuando viene de verdad, van y no se lo creen, porque la promesa se ha postergado tanto que, como era de esperar, la espera misma se ha hecho más importante que lo esperado; el viaje, y no el destino, se ha convertido en lo esencial. Y es que hay veces que Dios da la impresión de no saber muy bien con quién está jugando.

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18 de julio de 2008

LA BIBLIA EN DVD - EL MONTAJE DEL DIRECTOR (8)

Las dificultades para Jesús serían mayores si, por su propia voluntad, decidiera abstenerse de obrar milagros. Razones tendría para ello, y poderosas. Por lo menos aquí, en la Europa Unida, si por un azar se le ocurriese convertir de nuevo el agua en vino, o multiplicar los panes y los peces, tendría bastantes dificultades con las autoridades alimentarias, por no hablar de las organizaciones de productores vitivinícolas, de panaderos y de pescadores ―por mucho menos de eso los agricultores franceses preparan un bloqueo de las autopistas ―. Se cuidaría mucho, también, de lanzar a los cerdos los demonios que resultaren como productos de desecho en algún exorcismo, pues sumiría con ello en una irremediable crisis a toda la industria porcina; sólo nos faltaban, después de las vacas locas y los pollos griposos, los cerdos poseídos. Aunque pienso que el principal argumento que tendría para no utilizar los milagros sería que ya se hartó de hacerlos la otra vez, que entonces la humanidad era ignorante y supersticiosa (no como en nuestros días), y que aquélla había sido la única manera de hacerse con un grupo lo suficientemente numeroso de seguidores incondicionales en el poco tiempo que tenía. Pero ahora, en cambio, en esta civilización racionalista, ilustrada, culta y bien servida por incontables medios de comunicación, hay muchas otras formas de ganarse la atención y el respeto de las muchedumbres. Es evidente que en nuestros tiempos Jesús tendría que comenzar su predicación a través de internet y de mensajes SMS, sin perjuicio de que, una vez ganada mayor notoriedad, acudiese a las televisiones, a las cadenas de radio, y a la prensa tradicional, y después de ello, creara directamente libros y películas para su comercialización a gran escala.

Sí. El primer y decisivo asalto a la atención de una gran parte de la humanidad tendría que ser a través del medio más simple: un “mensaje basura” en el correo electrónico, con la capacidad de replicarse de modo exponencial, que infectase con un virus millones de ordenadores de todo el mundo, y que, tal vez sólo a partir de la novena o décima oleada de tales mensajes comenzase a dirigir a sus receptores a una página web en la que se anunciara la Buena Nueva. Los primeros en sospechar del origen posiblemente sobrehumano de aquella invasión serían los encargados de seguridad informática, hackers y especímenes semejantes, pues el programa debería ser cualitativamente distinto de todo lo que hubieran conocido con anterioridad: sencillísimo, pero muy potente; capaz de entrometerse en cualquier elemento del disco duro, pero completamente inofensivo; incluso podría proporcionar una cura automática para muchos o la mayoría de los problemas a los que los usuarios de ordenadores estamos acostumbrados, una especie de antivirus universal, un spam que acabara con la lepra informática. Ello no significaría que su naturaleza fuera milagrosa, literalmente hablando, sino sólo que su creación habría requerido un talento matemático especial, para dar con una combinación de órdenes que funcionara de ese modo maravilloso. Desde el principio surgiría un tremendo revuelo en la red acerca del origen y las propiedades de aquellos mensajes salutíferos (me refiero a la salud informática), pues no hay en nuestros días otro modo más rápido de que millones y millones de personas en todos los países hablen y se preocupen a la vez sobre el mismo asunto. Las interpretaciones que legos, expertos y exaltados darían de aquel curiosísimo fenómeno serían tan numerosas y variadas como sobre cualquier otra rareza que se pone de moda, pero la inteligencia del Salvador se guardaría de permitir que las primeras especulaciones apuntaran justo en la dirección de un fenómeno religioso, para lo que tendría que evitar especialmente cualquier referencia al Apocalipsis o a la Parusía ―no se le iba a ocurrir dar al programa un nombre como maran.atha, o algo así (1 Corintios 16, 22). Los falsos profetas y aspirantes a iluminados son tan habituales en la red como fuera de ella, si es que no más, y por su propia naturaleza, sus mensajes son escuchados y creídos sobre todo por las personas con menos seso, lo que hace que la gente más razonable tienda a borrarlos de manera automática. Por ello, es seguro que Cristo intentaría que su evangelio digital no fuera confundido, al menos a las primeras de cambio, con uno más de los que anuncian falsamente la salvación y esas pamplinas, aunque no podría evitar que algunos le asociaran un significado religioso y sobrenatural, pero serían los menos. Tampoco querría que sus correos fueran asimilados sin más con los famosos envíos pseudocomerciales, algunas veces benignos, pero otras muchas fraudes puros y duros a la caza de los incautos. Ya tendría tiempo más adelante de empezar a tener problemas con la justicia. Así, el tema y el contenido de los mensajes habrían de estar elegidos tan cuidadosa y genialmente como el mismo programa informático que los reprodujera. Quizás algo relacionado con la anunciación, pero no demasiado llamativo, para lo cual posiblemente disimularía su primer mensaje entre los cientos de millones que circulan por la red en los días previos a la navidad.

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17 de julio de 2008

LA BIBLIA EN DVD - EL MONTAJE DEL DIRECTOR (7)

PARUSÍA.NET

Esa historia de los milagros podría estar bien. Hasta me parecía el argumento de una novela de Saramago, pero algo en mi interior me hacía sentir que el pandemónium que se originaría con una vasta proliferación de intervenciones sobrenaturales vendría a dejar, tarde o temprano, las cosas como estaban: cada uno terminaría acostrumbrándose a esos fenómenos, los integraría en la concepción del mundo y de la vida que ya tuviera, y seguiría como si tal cosa después del barullo inicial. No en vano las religiones han dado muestra de poderse adaptar a casi todo. Y por supuesto, los más cientificistas sencillamente considerarían aquellos prodigios como una refutación de algunas de las teorías científicas vigentes, e intentarían formular otras que dieran cuenta de los nuevos hechos, como ha ocurrido siempre en la ciencia. Un acontecimiento más revolucionario sería que Cristo decidiese por fin hacernos la segunda visita (o tercera, si contamos como segunda los días pasados con sus discípulos entre la resurrección y la ascensión). Un primer problema aquí sería el de cómo reconocerlo. Según el dogma cristiano, Jesús ascendió en cuerpo y alma, así que, si se ha conservado bien todo este tiempo, debería tener el mismo aspecto que cuando se fue, pero claro, precisamente es su aspecto original el que no conocemos. Sería un punto a favor de la Iglesia Católica el que Cristo se pareciera a la imagen grabada en la Sábana Santa de Turín, aunque los maliciosos escépticos siempre podrían alegar que se había fraguado una conspiración para elegir un hombre con ese parecido y luego pregonar que era Jesús. La persistencia celestial de su propio organismo físico, es decir, del nacido en Galilea del vientre de María hace más de dos mil años, supone no obstante un cierto problema. Porque la solución más sencilla para descender de los cielos, fue sin duda la de entonces: bastó con materializar un pequeño espermatozoide y conducirlo sobrenaturalmente al óvulo apropiado. Pero ahora, puesto que Cristo existe en la gloria con su carne, sus huesos y su cabello ―ignoramos si le habrá seguido creciendo, y si algún beato peluquero se habrá encargado de mantenérselo en buen estado―, el caso es que su aparición será, inevitablemente, algo más estrepitosa, al aparecer de repente en un lugar cualquiera un hombretón de pelo en pecho. Además, llegará sin documentación ―a menos que la falsifique―, como un inmigrante sin papeles, desarraigado, sin familia, y empezará pronto a tener dificultades con la administración, con los bancos, y con las fuerzas de seguridad, y no digamos si lo hace en la Roma del católico Berlusconi.

En fin, cabe de todas formas la posibilidad de que decida desprenderse de su cuerpo místico, o lo deje en hibernación a la diestra del Padre, y que vuelva a encarnarse de la manera tradicional, con anunciación, parto, y todo eso, si bien en este caso habrá un grave problema doctrinal para determinar cuál de los dos organismos es el verdadero corpus Christi. Las disputas teológicas a las que todo ello daría lugar serían apasionantes, y podemos tener plena confianza en que el Vaticano encontraría alguna solución perfectamente lógica, como siempre ha hecho. Por ejemplo, podría argumentarse que, en la eucaristía, el pan, cada uno de los millones de trocitos repartidos en cada ocasión por todo el mundo, se convierte en el cuerpo de Cristo ―nunca me he enterado de si cada hostia se convierte en el cuerpo entero, incluso cuando la compartes con otros fieles en fragmentos, o si sólo se corresponde con un trozo del cuerpo, y en este caso, si al comulgar puede tocarte en suerte un pie, la vejiga, un tímpano, u otras partes más pudorosas, o también un poco de todo―; así pues, si no hay ningún problema en que Su cuerpo exista en millones de sitios a la vez, tampoco tendría que haberlo en que existiera como dos organismos humanos diferentes. Mucho más problemático sería si decidiera encarnarse como una chica. Tan conflictivo resultaría eso que, si ocurriera así, estoy seguro de que el cuerpo de teólogos papales rechazaría tan rotundamente y con argumentos tan soberbios que esa mujer fuera el Mesías, o la Mesías, que la pobre María Jesús, o como entonces se llamara, tendría que desistir de sus planes de salvación, a riesgo de dejar a la propia Iglesia Católica tirada en el camino (una solución de compromiso entre ambas partes sería que el Vaticano le costease una operación de cambio de sexo, y aquí no ha pasado nada). Haré notar también que, en el caso de que Cristo optara por una nueva encarnación para su segunda venida, y si el inicio de su vida pública está realmente cerca, resulta muy gratificante pensar que tal vez haya nacido ya, y ahora mismo ya viva entre nosotros, aunque que nosotros no lo conozcamos.

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15 de julio de 2008

LA BIBLIA EN DVD - EL MONTAJE DEL DIRECTOR (6)

Así que mucho me temo que la causa más probable del, digamos, atenuamiento de la actividad milagrogénica del Creador, puede ser, aunque sin descartar ninguna otra posibilidad, que milagros, realmente milagros, no sucedan, al menos en nuestros días y en nuestro entorno, quiero decir, hasta donde la CNN llega para contárnoslo. Pero si esto es así, como creo que incluso los católicos más convencidos y más sensatos reconocerán, entonces lo que sería verdaderamente revolucionario para la Iglesia sería tal vez que los milagros propiamente dichos (desescabechamientos y cosas por el estilo) volvieran a suceder en masa, a la luz del día, con luz y con taquígrafos, y con un Iñaki Gabilondo (o un Federico Jiménez, el de los santos) para testimoniárnoslo. Podrían empezar a ocurrir alrededor de una sola persona, o una pequeña comunidad, dentro o fuera de una iglesia cristiana, pero no hay duda de que aquellos que se vieran con el poder de hacer milagros se autoproclamarían inmediatamente vicarios del Altísimo, que mucha gente los seguiría y se convertiría a su fe (bueno, salvo si los milagros los hacían los judíos, porque entonces tendrías que cambiar no sólo de fe, sino de madre), y que la mayor parte de las otras iglesias o religiones intentarían ocultar los hechos o confundir a sus fieles sobre la verdadera naturaleza de aquellos prodigios. En realidad, lo más probable es que la mayoría de los demás líderes religiosos creyeran con total sinceridad que aquello, si pareciera estar en contra de sus propios mensajes, no era sino obra del mismísimo demonio. Y el problema es que, en una sociedad secularizada como la nuestra, los propios milagros serían carnaza para la opinión pública, y el gran debate social dejaría de tratar sobre el terrorismo, o sobre las drogas, o sobre la enseñanza, o sobre tantos otros temas superficiales, para centrarse, casi exclusivamente, en si las inexplicables curaciones, reconstrucciones, apariciones, etcétera, etcétera, eran actos divinos o diabólicos. Al fin y al cabo, difícilmente llevarían algún sello que garantizara su origen, y aunque lo llevaran, mucha gente lo pondría en duda sin inmutarse.

Pero, ¿y si los milagros tuvieran lugar de forma relativamente democrática, es decir, más o menos por igual en el seno de todas las iglesias, sectas o religiones, e incluso entre los agnósticos y los ateos?, ¿si nadie pudiera atribuirse el monopolio? Entonces reinaría la más absoluta confusión: ¿para qué serviría creer en un dios determinado, o practicar unos particulares ritos, si toda la humanidad, hasta los que rechazan toda religión, está siendo bendecida por las fuerzas sobrenaturales? Sería como si en el Juicio Final se dictara una sentencia absolutoria universal. En tal caso, ¿habrían sido en vano todos los sacrificios, todas las plegarias, todas las privaciones y todas las matanzas promovidas a lo largo de los siglos por una u otra fe?

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CONTINUARÁ

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14 de julio de 2008

LA BIBLIA EN DVD - EL MONTAJE DEL DIRECTOR (5)

Ya sé que el responsable último de los milagros, según la religión cristiana, es el mismo Dios, y no ninguno de los bienaventurados que están en su seno, los cuales, en el proceso milagrogénico, tienen su papel limitado al de mero correveidile. Pero la cuestión es que ese tipo de acciones sobrenaturales, las realmente imposibles, sí debían ser frecuentes en el caso de los santos antiguos, a cuyo lado los portentos del mismo Jesucristo palidecían. De san Nicolás de Bari, tal vez mi santo favorito, se cuenta que no se limitó a hacer algo tan fácil como resucitar a un muerto (digamos de pasada que tal vez aquel Lázaro amigo de Jesús estaba sólo en un estado catatónico; los Evangelios dicen que el cadáver hedía, pero en realidad eso se lo dijeron a Jesús los familares de Lázaro al avisarle antes de penetrar en la tumba, de modo que es más lógico suponer que lo que querían decir aquéllos es que pensaban que el cadáver hedía, no que lo hubieran comprobado con sus propias narices entrando a la tumba para buscar perejil). ¡Qué va, qué va! San Nicolás resucitó a tres niños cuya carne escabechada le estaba siendo servida en un plato por el mismo posadero asesino, quien los había descuartizado y preparado en conserva con sus propias manos, tal vez como una medida de reclamación frente al incremento del precio de la carne. Según relata el Santoral, cuando nuestro protagonista iba a hincar el diente a tan jugosas viandas, un ángel se le apareció para prevenirle de que aquello era carne de niño, y el bueno de Nicolás corrió a la trastienda y, en hallando la tina del escabeche, entonó una oración y salieron de allí los tres rapaces vivos y coleando. Lo que no dicen las hagiografías es si san Nicolás, de paso, les libró también milagrosamente de la peste a vinagre que los pobres infantes habrían de soportar el resto de sus días.

¿A qué puede deberse este descenso continuo en la espectacularidad de los milagros? Una explicación verosímil puede ser que, al ir llenándose los cielos con más y más fieles bienaventurados, los últimos no habrán podido instalarse en sitios tan buenos como los que ocupaban los primeros, de tal manera que las plegarias de los recién llegados no sean tan fácilmente escuchadas en el estrado central, ocupado por el artífice propiamente dicho de los milagros, ya sea bajo la especie de un solo Dios, o en la figura de sus tres Personas. Esto explicaría el que la Virgen sea objeto de muchas más plegarias que el resto de los santos, pues ella debe de estar en la primera fila, o en un palco de honor. También se explica así la relativamente escasa devoción que los fieles actuales profesan a los santos recientes, al menos en comparación con la que manifiestan hacia los antiguos, si exceptuamos casos como el de Josemaría Escrivá, quien, como buen baturro, no debe de tener grandes dificultades en hacerse atender por el Altísimo, por muy mala butaca que le haya tocado. En cambio, un punto débil de esta teoría es que, si fuese correcta, los santos de las primeras filas deberían seguir propiciando en esta nuestra época los mismos milagros maravillosos que se vieron en sus buenos tiempos, cosa que, como acabamos de ver, no sucede ni mucho menos. Otra posible razón es que, en los primeros siglos, Dios necesitara dar golpes de mano mucho más espectaculares para que el cristianismo fuese ganando adeptos, de tal modo que cuando su religión hubo alcanzado ―si se me permite la metáfora― sus límites naturales, ya no fuesen precisas aquellas obras tan deslumbrantes. Confieso que esta hipótesis depende demasiado de que asumamos que las religiones tienen límites geodemográficos insuperables, debidos tal vez a la naturaleza de los diversos pueblos que habitan cada zona del globo, pero hay que reconocer que la última evangelización verdaderamente eficaz, si lo medimos de acuerdo con el porcentaje de la población que de hecho se convirtió al cristianismo, fue la de los españoles en América (los portugueses más bien dejaron a los indios a su aire, y los ingleses y franceses, incluso sin aire). Intentos posteriores en África y en Asia solamente lograron fichar a una parte bastante exigua de los nativos. Pero, claro está, ¿qué mayor milagro sería la conversión en masa de los árabes, los japoneses o los chinos? La propia María santísima, tan dada a las apariciones incluso en tiempos no muy pasados, podría muy bien dejar ya de incordiar a pastorcillos y novicias, y materializarse de una vez en lo más alto de la Caaba, en la plaza de Tiananmen, o en la bolsa de Tokio, y arengar a las muchedumbres allí presentes para que abandonaran sus diabólicas creencias, cesaran en sus perversas prácticas, y marcharan humildemente al Vaticano para darse de alta en la cristiandad. Pero parece que no quiere, o que, por alguna inescrutable razón, el Padre de su Hijo no se decide a permitírselo.

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CONTINUARÁ
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12 de julio de 2008

BEETHOVEN, CUARTETO OP. 18 No. 6 (1)

LA BIBLIA EN DVD - EL MONTAJE DEL DIRECTOR (4)

YA NO HAY MILAGROS COMO LOS DE ANTES

El sacerdote con el que coincidí en mi viaje desde Teruel se había escandalizado, suponía yo, simplemente al leer el título y la portada de una película o una revista. Yo estaba casi seguro de que algo relacionado con el sexo y con la violencia aparecía por allí, así que había sacado la conclusión de que el opúsculo, por llamarlo de alguna manera, debía de ser una especie de versión “para adultos” de algunas escenas de la Biblia. La cosa no es difícil de hacer, sobre todo con el Antiguo Testamento, pero tampoco creo que fuera ninguna originalidad. Incluso algún cineasta prestigioso, no sé si Pasolini, lo había hecho ya. Era posible que fuese aquella misma película la que tuvieran en el quiosco de Molina de Aragón, pero todos los libreros con los que hablé después me aseguraron que tampoco se había publicado recientemente nada de ese tipo, o así al menos lo recordaban. De todas formas, contar con detalle las orgías del rey Salomón y las matanzas de Josué no me parecía que fuese un especial motivo de escándalo en pleno siglo XXI, cuando cosas peores (o no sé si tanto) son el pan nuestro de cada telediario, y al cabo de unos cuantos días de pensar en ello, los relatos de cama y de sangre fueron desplazándose cada vez más de mi atención. En su lugar, otros argumentos muy diferentes comenzaron a presentárseme, historias que probablemente, en el caso de materializarse, sí que serían causa de un profundo escándalo en el seno de las iglesias cristianas, y puede que también en muchas de las otras. En realidad, no había que ir muy lejos: bastaría con que se repitiesen algunos acontecimientos, reales o ficticios, de los que se relatan en la historia de la Iglesia.

Por ejemplo, ¿qué sucedería si empezasen a suceder otra vez milagros como los de antes? Es verdad que la industria de la milagrería no ha cesado en su producción. Al fin y al cabo, el ritmo de beatificaciones se ha incrementado continuamente en el último siglo (como no podía ser de otra manera, si ha seguido el paso del crecimiento demográfico mundial), y, si no me equivoco, cada nueva beatificación requiere que un tribunal eclesiástico certifique que se hayan producido al menos dos acontecimientos milagrosos debidos a la intercesión del aspirante. Pero, como puede comprobar cualquiera, estos milagros de hoy en día son menos espectaculares que los que cuentan los Evangelios, y mucho menos todavía que los que se hicieron por mediación de algunos santos de los siglos siguientes. En general, los milagros de ahora suelen ser curaciones inesperadas, es decir, en las que la probabilidad de recuperación del enfermo es bastante baja. Desconozco si el “abogado del diablo”, o fiscal del proceso de beatificación, utiliza en la práctica alguna fórmula estadística de manera que sólo permita que cuenten como milagro aquellas sanaciones de dolencias en las que sólo se recuperan de forma espontánea tres enfermos de cada diez mil, o algo así. Pero el caso es que, con independencia de las estadísticas, parece haber algunas enfermedades privilegiadas para la actividad mirífica o milagrogénica, sobre todo los cánceres y dolencias mentales, en los que también ocurre que remite la enfermedad sin causa aparente en el caso de algunos ateos afortunados que no han tenido la bendición de unos familiares recen por ellos. En cambio, no se conoce ningún caso reciente y suficientemente documentado (es decir, con documentación independiente de la presentada en el proceso de beatificación), en el que el milagro haya consistido, por poner algún ejemplo, en la “curación” de amputaciones completas, en la restauración de las cabezas de los decapitados, en la resurrección de personas incineradas, en la eliminación del síndrome de Down, o en la recuperación espontánea del cuero cabelludo en casos de alopecia terminal. Dicho de otra manera, los santos sólo parece interceder para la curación de enfermedades que se curan solas en un porcentaje muy pequeño, o incluso pequeñísimo, pero esos mismos bienaventurados personajillos nunca tienen la buena voluntad de hacer algo en aquellos casos en los que, de forma natural, el porcentaje es absolutamente nulo. Es como si a los santos se les pudiera pedir por lo improbable, pero no por lo imposible.

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11 de julio de 2008

YA HA NACIDO DIVULGAUNED

Ya está en marcha divulgUNED (gracias a Miguel Álvarez, sobre todo).
Que la disfrutéis.

La dirección es www.divulgauned.es.
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LA BIBLIA EN DVD - EL MONTAJE DEL DIRECTOR (3)

Tras recorrer varios metros más con enorme cuidado, entramos nuevamente al bar, en donde se rumoreaba que ya no faltaba mucho para que el autobús pudiese reemprender su camino. Aún así, pedí un par de cafés para entrar en calor y para que mi abochornado acompañante se sobrepusiera.

―Disculpe usted el espectáculo que he dado hace un momento ―dijo, después de varios sorbos―. Es que en las últimas semanas he estado asistiendo a un montón de reuniones con los representantes de las diócesis próximas, para reorganizar nuestros escasísimos recursos humanos, y no puedo evitar estar un poco deprimido. Continuamente les ruego a Nuestro Señor Jesucristo y a su Santísima Madre que me den coraje para afrontar esta situación, pero me temo que soy más débil de lo que convendría. ¡Es tan dura la prueba que nos hacen pasar...!

―Hombre, padre ―tercié―, reconozca que, a pesar de las posibles semejanzas, eran mucho más crueles los tiempos de la Iglesia primitiva. Ahora no entra la guardia pretoriana en las catacumbas para llevarse a los cristianos a los leones, como explica en el libro que yo venía leyendo.

El cura miró su café como si esperase ver salir alguna señal junto al humo que aún desprendía.

―Tiene usted razón, hijo. ¿Le importaría dejarme echar un vistazo al libro cuando volvamos al autobús? Tal vez me reconforte.

―Faltaría más.

―¡Ay! ―suspiró, torciendo de nuevo el gesto―. Pero no dejo de preguntarme qué tipo de personas pueden disfrutar contemplando blasfemias como la que vendían ahí.

―Déjelo ya, padre ―dije, mientras me confesaba a mí mismo en silencio que yo sería sin duda una persona de aquel tipo―. Además, tampoco sabemos lo que contenía realmente; tal vez no se trate, en el fondo, más que de bromas de mal gusto.

Pero el gesto del sacerdote revelaba que no creía en aquella excusa. Seguimos en el bar durante casi una media hora más, pero el sacerdote permaneció en silencio y yo no me esforcé en revitalizar nuestra conversación. De lo que tenía ganas realmente era de volver al quiosco y comprarme el dichoso fascículo, cuya sola portada, vista con el rabillo del ojo, me había dejado fascinado, pero no me atreví, en parte por no arriesgarme a bajar la peligrosa cuesta de nuevo, y también porque habría sentido muchísimo pudor al hacerlo. Temía también que el quiosquero tuviese el ejemplar reservado para algún cliente en particular y no me lo quisiera vender, así que decidí que lo compraría de vuelta a casa. El conductor del autobús nos llamó, regresamos cada uno a nuestra butaca, y, tal como le había prometido al cura, le presté el libro sobre los primeros cristianos, diciéndole que yo llevaba más lecturas y que lo podía tener hasta el final del viaje si quería. No volvimos a cruzarnos la palabra hasta que me lo devolvió cuando el autobús paró en Guadalajara.

―Le doy las gracias ―dijo mientras me estrechaba la mano―, esta lectura me ha sido verdaderamente de gran ayuda. Creo que ahora veo las cosas con algo más de optimismo. Que Dios le acompañe.

―Lo mismo digo ―respondí.

La verdad es que su reacción ante el libro que yo le había prestado me extrañaba todavía más que la que tuvo en el quiosco de Molina de Aragón. Supuse que no debía de haber llegado a los capítulos en los que el autor describía los crueles enfrentamientos entre diversos grupos cristianos, violentas disputas que empezaron muy pronto, y que fueron haciéndose tanto más encarnizadas cuanto mayor era el poder material que cada grupo conseguía. Cuando bajé del autobús en Madrid, me dirigí al quiosco más cercano. Pregunté por el coleccionable según el título que recordaba, pero no lo tenían. Mala suerte; ya lo buscaría en otro sitio. Aquella misma tarde lo intenté en puntos de venta de prensa cercanos a mi casa, pero, para mi sorpresa, en ninguno de ellos habían oído hablar de algo así. Incluso le encargué a mi librero pedirlo a las distribuidoras, pero al cabo de unas pocos días la respuesta fue negativa. No había ni rastro de una publicación por fascículos sobre violencia y sexo en la Biblia, ni nada que se le pareciera. Tampoco encontré referencia alguna buscando en internet. La curiosidad que sentía era tan grande que tuve varias veces la tentación de marcharme de nuevo a Molina y preguntarle al mismo quiosquero, pero eso era ya demasiado para alguien tan perezoso como yo. La verdad es que he llegado a convencerme de que la percepción me falló aquel día, o la memoria después, y que mirando de reojo, con aquel frío terrible que casi no podía soportar, varios coleccionables, revistas o películas se mezclaron en mi campo visual y me hicieron imaginar algo completamente distinto a lo que el escandalizado sacerdote estaba viendo con sus propios ojos. ¿Qué diablos podía ser? Y, tras darle muchas vueltas durante muchos días, sobre todo en la cama, antes de conciliar el sueño, pensé que, ya que no era capaz de dar con ello, podía ser divertido inventarlo yo mismo.

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10 de julio de 2008

LA BIBLIA EN DVD - EL MONTAJE DEL DIRECTOR (2)

La pregunta me dejó clavado, y sólo pude responder con un asentimiento de cortesía. En mi opinión, podían hallarse más semejanzas entre una pera y un cazabombardero, pero no me pareció de buena educación plantear una discrepancia tan radical. Animado tal vez por la aparente coincidencia de opiniones, el cura prosiguió.

―Fíjese usted si no en estos pueblos por los que atravesamos. Muchos de ellos tenían dos o tres sacerdotes hace veinte años, y ahora un solo pastor tiene que atender un rebaño desperdigado por muchos quilómetros a la redonda. Los fieles se nos van muriendo, y los jóvenes no sienten la llamada del sacerdocio. Es una pena grandísima ver tantas y tantas iglesias vacías.

―Sí, sí, una pena ―me limité a decir yo, volcándome en silencio hacia mi café.

―Además, aunque la mayor parte de los inmigrantes que acogemos son gente religiosa ―añadió, indicando con la cabeza a los trabajadores que nos rodeaban―, el hecho es que muchos de ellos traen cultos diferentes. Hasta los hispanoamericanos ―dijo en voz más baja―, que siempre han sido tan católicos, están llenando toda España de tabernáculos protestantes, ¿no se ha dado usted cuenta?

―Es que, por lo visto, en sus países de origen también ocurre así.

―Si quiere que le diga la verdad ―se sinceró―, prefiero cien veces el descreimiento de una gran parte de la gente, a esta desagradable proliferación de cultos, como si las religiones fuesen algo para elegir como las prendas en las rebajas, o como un coche, o un teléfono móvil. Eso es algo profundamente pagano. Por eso, entre otras cosas, creo que estamos de nuevo en una situación como la de los primeros padres de la Iglesia.

―Yo también prefiero el descreimiento ―dije. Con ánimo de cambiar de tema, miré mi reloj y sugerí que me gustaría arriesgarme a dar un paseo por la ciudad nevada; si aquella conversación proseguía, no iba a ser capaz de ocultar por más tiempo mis verdaderas opiniones sobre la religión―. ¿Sabe si hay algún sitio por aquí en donde vendan prensa?

―Sí, hay un quiosco detrás de aquel edificio. Pero tenga mucho cuidado; el camino es cuesta abajo y se puede usted resbalar muy fácilmente. Mire, mejor le acompaño, y siempre nos podremos sujetar el uno al otro. Además, si compramos un periódico cada uno, luego podemos cambiárnoslos en el autobús.

En fin, pensé, al menos en la calle volveríamos a hablar sólo del mal tiempo. Pagué los dos cafés, y nos aventuramos en el exterior. Ciertamente era peligroso caminar por allí sin llevar un calzado oportuno, y más de una vez tuvimos que agarrarnos con fuerza en el pasamanos que ahora entendíamos por qué habían puesto en aquella pared. Por desgracia, nuestro periplo no dio el fruto esperado, pues el quiosquero nos anunció que, debido al corte de la carretera, no había llegado aún la furgoneta que diariamente repartía la prensa. Ante la perspectiva de permanecer todavía mucho tiempo aislados por la nieve, decidí comprar alguna revista y eché un vistazo a las que allí tenían, preguntándole a mi acompañante si le interesaba alguna en especial.

―No leo muchas revistas, la verdad, pero dadas las circunstancias, me llevaré yo también alguna. ¿Tiene usted Época, por favor? ―le preguntó al quiosquero, quien asintió. Yo le pedí una revista de historia, pero no había ninguna, así que me conformé con una sobre ciencias. El vendedor tuvo que salir de su habitáculo para sacar ambas revistas de la vitrina por su parte exterior. El sacerdote y yo nos apartamos, con un idéntico gesto de pisar fuerte con los dos pies alternativamente y echarnos vaho a las manos mientras mirábamos, por hacer algo, el resto de los productos expuestos allí. De pronto, el cura exclamó un “avemariapurísima” que al quiosquero y a mí nos hizo volvernos sorprendidos.

―Pero, hombre de Dios, ¿cómo vende usted estas cosas? ―preguntó, señalando al rincón de los coleccionables―. ¡Y yo que pensaba que éste era todavía un pueblo cristiano!

Imaginé que habría visto algún vídeo o revista pornográfica, tan explícitas en sus portadas, pero me extrañaba que a estas alturas mi acompañante no estuviese acostumbrado a encontrar ese tipo de cosas en los quioscos. De todas formas, en el lugar hacia donde él miraba no había ninguna.

―¿Eso de la Biblia dice usted, padre? ―señaló el vendedor.

―Pues claro, hijo mío.

―Siento mucho si les molesta a ustedes ―explicó―, pero hay algunos clientes que lo compran, qué le vamos a hacer.

No me atreví a mirar muy descaradamente a la publicación que había ocasionado el enfado del sacerdote, pero me pareció ver de reojo un fascículo con DVD cuyo título rezaba más o menos “La Biblia como nunca te la han contado”, y añadía en una esquina “Violencia y sexo explícitos: lo que el Papa no quiere que veamos”, o algo parecido.

―¡Válgame Dios! ―murmuró el sacerdote, y repitió, mientras pagaba su revista―: ¡Válgame Dios! ¡Qué cosas no le quedarán por ver a uno!

Yo dejé unas monedas y me despedí del cabizbajo quiosquero por los dos. Subíamos la cuesta muy despacio, y el cura estaba tan apesadumbrado que parecía no ser consciente de que yo le acompañaba. Una vez resbaló, y hubiera caído al suelo y se habría deslizado de nuevo hasta la plaza del quiosco si no lo hubiera sujetado yo por el antebrazo, aunque a punto estuve de caer también al ayudarle.

―Vamos padre, no se preocupe ―dije, intentando animarlo―. Es lo que decía usted hace un momento sobre los descreídos.

―Muchas gracias, hijo, muchas gracias ―se limitó a decir.

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9 de julio de 2008

LA IMAGINACIÓN Y EL RECUERDO

He aquí un intrigante problema filosófico, o psicológico, si se quiere. Y tanto más intrigante por su simplicidad.
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En primer lugar, recuerda tu desayuno de esta mañana (yo, por ejemplo, tomé un melocotón y un café con magdalenas). Ahora, conservando ese recuerdo en la consciencia, substituye con la imaginación una pieza del desayuno por otra muy distinta (por ejemplo, en mi caso pruebo a imaginarme que, en vez de un melocotón, tomé un sandwich de jamón y queso -- otras mentes enfermas pueden sustituir el recuerdo por algo así como el desayuno de la imagen, si es que no dicen "¡oh, qué va, ése es mi recuerdo verdadero!"... ¡y voy yo y me lo creo! Bueno, que me estoy yendo por las ramas).
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A ninguno (sin mediación de sustancias estupefacientes o similares) nos habrá costado ningún trabajo en absoluto distinguir perfectamente el primer recuerdo de la situación imaginada. Quiero decir, distinguir que lo primero era un recuerdo, mientras que lo segundo algo que "sólo" imaginábamos.
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El problema filosófico, o la pregunta, es: ¿qué tiene la primera representación mental (el recuerdo) que nos permite identificarla como tal recuerdo? Porque ambas parecen ser sólo escenas que nuestra mente contempla con el "ojo interior". No me estoy refiriendo al problema de "cómo sabemos que nuestros recuerdos son verdaderos" (podríamos haber hecho la experiencia con alguno de nuestros muchos recuerdos falsos), sino al problema de cómo distinguimos los recuerdos de la imaginación.
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En fin, se admiten respuestas y cavilaciones.
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(Nota, el problema se me plantea a partir de la lectura del maravilloso artículo 'Imagination and immortality', de Shaun Nichols, uno de los ponentes que los de la panda de la Fundación Urrutia Elejalde traemos a la Summer School sobre "Normas Sociales" de la próxima semana).
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LA BIBLIA EN DVD - EL MONTAJE DEL DIRECTOR (1)

Mi alumno Onésimo Bonome vuelve a hacer de las suyas: éste es el trabajito que me ha entregado a final de curso. Vosotros mismos veréis y juzgaréis. A ver qué nota le pongo.


LA BIBLIA EN DVD (EL MONTAJE DEL DIRECTOR)


MOLINA DE ARAGÓN, SEIS GRADOS BAJO CERO

Había tenido que ir a Teruel desde Madrid para visitar a unos clientes. Se acercaba el invierno y el mal tiempo me acobardaba, así que decidí dejar mi coche en el garaje y viajar en autobús. Es un viaje de menos de trescientos quilómetros, pero que dura cuatro horas y media, y eso sin lluvia o nieve. En realidad, esta lentitud no me pareció un inconveniente, porque, frente a la continua prisa de mi vida cotidiana, el tener todas aquellas horas, y otras tantas en el viaje de vuelta, para poder pasarlas leyendo con toda tranquilidad, sin ninguna otra obligación, me parecía un verdadero regalo, así que hice acopio de tres o cuatro volúmenes prometedores, además de un par de periódicos, y me embarqué en el autobús paladeando mi suerte. El viaje de ida fue realmente como lo había previsto, y, después de hojear pausadamente los periódicos, cayó de un solo golpe un libro apasionante acerca del cromosoma Y, no todas cuyas afirmaciones me parecieron correctas o pertinentes, pero tal cosa no hacía sino avivar mi interés por su lectura. El viaje de retorno, en cambio, fue bastante peor. Una tormenta de nieve hizo que recorriéramos la primera parte del camino a paso de tortuga, los otros libros que llevaba no despertaron tanto interés en mí como el primero, y además, habíamos salido tan temprano que aún no había periódicos a la venta en Teruel cuando monté en el autobús. Para colmo de males, el conductor llevaba puesta una emisora cuyas canciones estridentes nos impedían conciliar el sueño a los pasajeros, aunque sin duda el hombre lo hacía con la precavida intención de mantenerse despierto durante el camino. Así que, cada dos por tres, no podía evitar levantar la vista de mis lecturas y pasarme largos minutos contemplando la nieve caer, aunque para ello tenía que frotar los empañados cristales continuamente. El autobús que une Madrid y Teruel hace una parada de casi media hora en Molina de Aragón, una ciudad pequeña, muy importante siglos atrás por estar situada a mitad del camino entre los reinos de Aragón y Castilla, pero que quedó casi aislada desde el siglo XIX por la apertura de nuevas carreteras y líneas de ferrocarril bastante más al norte. Aquella mañana pude comprobar que el clima tampoco había favorecido el destino de la villa, pues es posiblemente la más fría de todo el país. Una pareja de policías municipales estaban esperando que el autobús estacionase para decirle al conductor que la carretera de Guadalajara, por donde habíamos de proseguir nuestro viaje, estaría cortada mientras las máquinas quitanieves la dejaban practicable, lo cual aún llevaría una hora, por lo menos. Así que los escasos viajeros nos vimos condenados a matar el tiempo en un pequeño bar.

La mayoría de los otros pasajeros eran trabajadores inmigrantes, que viajaban en grupos de dos o tres, y que, con la excepción de algunos sudamericanos, hablaban entre sí en lenguas que yo no comprendía. Cavilé por un momento sobre las razones que cada uno de ellos podía tener para aquel viaje intempestivo; seguramente se ganarían la vida haciendo trabajos de uno o de pocos días en donde les surgiese. El único pasajero que parecía español, además de mí mismo, era un hombre de unos cincuenta y tantos años, enfundado en un abrigo de paño negro, abrochado hasta arriba, pero que dejaba ver el alzacuello de un sacerdote. Yo no tenía mucha gana de conversación, tras haber llamado a mi casa para anunciar la fastidiosa demora que iba a trastornar los planes que tenía para la tarde, pero eso no me hizo sentir incómodo cuando el cura se dirigió amigablemente a mí, acodados ambos en la barra con sendos cafés con leche casi hirviendo.

―¿Ha visto usted? ―me preguntó―. Seis grados bajo cero marca el termómetro de la calle. ¿Vive usted en Madrid? Allí no están muy acostumbrados a un frío como éste.

Asentí, aunque supongo que por mi acento tardaría poco en darse cuenta de que soy gallego. Por cortesía, le pregunté lo mismo.

―Yo me quedo en Guadalajara, aunque soy del sur, pero en los últimos años tengo que viajar a menudo por estas diócesis, y no termino de acostumbrarme.

Aprovechando que parecía tener experiencia, le pregunté si la carretera quedaba cortada a menudo, y cuánto solía tardar en abrirse.

―No es muy frecuente, no. Hoy ha debido de haber una nevada excepcional. Supongo que lo que nos han dicho los policías será verdad. No he podido evitar ver el título del libro que estaba usted leyendo ―confesó, cambiando de tema; era un grueso volumen sobre las primeras comunidades cristianas, que leía para mi primer trabajo en el Curso Avanzado de Escepticismo―. Parecía sugerente ―añadió.

―Eso pensaba yo también, pero es muy erudito para mi gusto, demasiado pesado para leer en el autobús.

―Yo creo que los católicos de ahora estamos en una situación semejante a la de nuestros primeros antecesores, a la defensiva frente a miles de fuerzas que hacen que parezca imposible que prevalezca la palabra de Dios, ¿no cree usted?

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CONTINUARÁ

8 de julio de 2008

LA REFORMA DE LA SELECTIVIDAD (GLOBO SONDA)

Anuncian los ministerios de Educación y de Ciencia que se están poniendo a trabajar sobre un nuevo decreto para el examen de Selectividad. Al parecer, las principales "novedades" se quedarán en dos o tres pasitos más en la misma dirección que los últimos cambios:
- reducción del número de exámenes por la vía de hacer opcionales todas las asignaturas de las que cada alumno se examina (se elegirán algunas entre las obligatorias, y algunas entre las optativas -esto último ya se hace-);
- introducción de una prueba oral de idioma extranjero (supongo que esto quiere decir que habrá una parte oral en el examen ya existente),
- posibilidad de examinarse de asignaturas no cursadas, para poder optar a carreras no asociadas a la rama del bachillerato elegida (esta es realmente la principal novedad).
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Lo que me parece más criticable de este primer "globo sonda" del gobierno sobre la materia es su altísimo grado de mojigatería. Se nos había anunciado solemnemente, con la puesta en escena de la LOE y de la "reforma" del bachillerato, que la selectividad llegaba a su fin, y ahora se constata que a lo máximo a que se atreven las mentes bicéfalas que tienen que decidir sobre la materia, es a dar un par de puntaditas en el tremendo siete (tan notable él, aunque no sea una calificación) que lleva en la misma pechera la prenda última de nuestro sistema educativo pre-universitario. Nos vamos a perder, así, la mejor oportunidad en cuatro décadas de acabar con un sistema que está desnaturalizando nuestra enseñanza secundaria. Teniendo en cuenta, además, que los decretos finalmente aprobados suelen ser, una vez que se negocia con todas las partes implicadas, mucho menos innovadores que lo que se proclama en los primeros anuncios.
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Puestos a proponer ideas, vayan aquí las mías sobre lo que debería caracterizar a una prueba de acceso a la universidad, una prueba que quisiéramos útil:
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1) Como "prueba de madurez", sería más que suficiente que los alumnos redactaran algunos textos sobre varios temas; p.ej., un tema histórico o artísitico, uno científico o filosófico, y uno de actualidad política, social o económica, con varias posibilidades a elegir en cada caso, y con toda una mañana por delante. De cada examen se juzgaría lo razonable del contenido y su corrección lingüística (ortografía, redacción, riqueza y corrección léxicas, caligrafía, etc.). No haría falta profesorado específico de ninguna asignatura para esta corrección: cualquier profesor de bachillerato o de universidad se supone que es capaz de hacerlo.
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2) Una prueba de idioma extranjero homologable al First Certificate británico o análogo, y convalidable automáticamente por esos títulos.
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Tan importante o más que el contenido de estas dos pruebas sería el que pudieran realizarse en los mismos centros en los que estudian los alumnos (eso sí, siempre por profesorado externo), y no estuvieran circunscritas al momento final del bachillerato, sino que hubiera, en cada centro, un par de convocatorias al año (siempre antes de final de curso), y los alumnos pudieran presentarse a cualquiera de ellas en cualquier momento a lo largo de los dos cursos del bachillerato (si un alumno sabe expresarse bien en español y en inglés a los 16 años, no va a habérsele olvidado a los 18), sin límite de convocatorias, y naturalmente, también en años posteriores a haber terminado esos estudios.
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3) Por último, la "prueba de madurez" se complementaría con una prueba específica que cada facultad establecería libremente (si lo desea), sobre un programa anunciado con antelación suficiente (y preferiblemente, estable a lo largo de muchos años), y aprobado por el ministerio de Educación para que sea lo más coherente posible (y razonable) con los contenidos del bachillerato.
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4) Como un modo de significar a los alumnos y a sus familias la importancia que para la sociedad tiene el que aquéllos terminen su enseñanza secundaria con una preparación óptima, las pruebas deberían complementarse con un sistema de premios generosos (en forma de becas para estudiar en cualquier país, o en metálico, o como se les ocurra a quienes tengan buenas ideas al respecto) para quienes obtengan mejores resultados; quiero decir, no sólo para los "cerebritos" que sacan un 9,5 de media, sino graduándolo para que incluso el obtener un 7 tuviera una recompensa razonable, y también con la posibilidad de que se diferenciasen los premios en función del origen social de los alumnos.
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5) Por último, el sistema tendría que tener en cuenta la incentivación de la formación profesional; p.ej., la prueba de madurez y la de idioma podría ser necesaria también para acceder a la FP superior, tal vez estableciendo algunas opciones más entre los temas a elegir para redactar la prueba.
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Un sistema como éste permitiría, por una parte, dejar a los profesores (y a los alumnos) de bachillerato hacer su trabajo de manera más tranquila, y sin interferencias académicas innecesarias. Fomentaría realmente la apreciación de las "competencias" más básicas en la ESO (leer y escribir) por parte de los alumnos (y de los profesores). Garantizaría de manera efectiva el interés por los idiomas extranjeros en los colegios e institutos (aunque, ¿cómo se concretaría esto último?... eso es tema ya para otro post).

3 de julio de 2008

MOZART, QUINTETO PARA CLARINETE (y 4)

DIOS Y EL PROBLEMA DEL MAL

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De un comentario mío en Tendencias de las religiones.
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El gran error de la teodicea consiste en dar por absolutamente firme la definición del bien y del mal. No hay ningún motivo para creer que lo que Dios considera "bien" y "mal" vaya a coincidir con lo que consideramos así nosotros; es más, las propias categorías humanas de "bien" y de "mal" puede que no tengan absolutamente ningún paralelismo, ni analogía, con ningunos elementos del pensamiento divino (sean éstos elementos lo que sean).
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Digamos, pues, que Dios puede pensar que lo que nosotros consideramos "mal" (el sufrimiento injustificado, la crueldad gratuita) es una de las cualidades del mundo que le dan más gracia a la creación. ¡A lo mejor a él LE GUSTA que unos humanos usen su libertad para despellejar -literalmente- a otros! Tal vez DISFRUTE (a su modo divino) con el sufrimiento de sus criaturas... quiero decir, no que Él sea "malvado" porque encuentre divertido nuestro dolor, sino que el dolor puede que sea, para él, una simple manifestación de la riqueza y diversidad con la que ha creado a sus criaturas. Seguramente, Dios encuentra MARAVILLOSO lo bien que le ha salido el mecanismo neurológico que produce el orgasmo (pongamos), y también la precisa coordinación de los mozos del pueblo al bailar "Paquito el chocolatero" (ahí es nada), y también la forma en la que se enredan los torbellinos en la atmósfera de Júpiter, y también, ¿por qué no?, el minucioso y sofisticado mecanismo neurológico que nos hace aullar de dolor y temblar de pánico cuando se nos tortura.
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(La vieja excusa de que el responsable último del sufrimiento causado por nuestra crueldad no es Dios, porque para eso nos ha hecho libres -y nos ha traspasado, por así decir, la cláusula de responsabilidad- se sostiene tan poco como el decir que yo no soy el culpable de que se haya roto la cristalería de la abuela si he dejado a los niños jugar al fútbol en el salón).
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De nuevo estamos en aquello de que, si te pega, no te quiere.
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O sea: si crees que Dios existe, tal vez acertarás si piensas que es mejor pasar desapercibido ante Él.
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¿DOS CULTURAS?


Interesante (y seguramente, polémica) entrevista en Público a Carlos Elías, con motivo de la publicación de su libro La razón estrangulada.

Carlos es uno de los principales especialistas españoles en periodismo científico, y es también, entre otras cosas, profesor de nuestro máster en periodismo y comunicación científica.
También es coordinador del libro de McGraw-Hill para la asignatura "Ciencias para el Mundo Contemporáneo".

2 de julio de 2008