Violeta: Lo que quiero hacer es describiros en líneas muy generales el “juego” al que juegan los científicos. Es un juego de persuasión, en el que cada uno intenta que los demás acepten expresamente las hipótesis o los resultados propuestos por él. La idea está basada en el análisis del lenguaje como un juego, en el que cada locución de un hablante supone un cambio en el conjunto de sus “compromisos”, “obligaciones” o “derechos” ante los demás. Es decir, cada hablante tiene en la conversación un cierto status normativo que puede ir cambiando con las oraciones que profiere, o que profieren los otros. Por ejemplo, si uno dice que hará algo, adquiere el compromiso de hacerlo; si dice que ciertas cosas son de tal modo, adquiere el compromiso de aportar alguna razón si se le pide; si dice que ciertas cosas son malas, adquiere el compromiso de no hacerlas; si alguien admite que has venido de un sitio lejano que él no conoce, te da el derecho a describirlo y se obliga a aceptar, en principio, tu descripción. Dominar el lenguaje consiste en saber “llevar el tanteo” de cada participante en la conversación, en saber obedecer y emplear eficazmente el conjunto de reglas que conectan cada posible proferencia con el status normativo de cada hablante. Dicho de otro modo, dominar el lenguaje consiste en ser capaz de jugar al juego de dar y pedir razones, y las razones son los pasos del juego que hacen cambiar el status normativo de los hablantes. El aspecto esencial de la comunicación mediante el lenguaje es, por lo tanto, la posibilidad de realizar inferencias “correctamente”, esto es, de acuerdo con ciertas normas características de cada lenguaje. Estas inferencias, a su vez, no son sólo deducciones “lógicas” (de unos enunciados como “premisas”, a otros como “conclusión”), sino que también van de elementos externos al lenguaje (por ejemplo, percepciones) a enunciados, y de enunciados a consecuencias prácticas (por ejemplo, acciones, y sobre todo, los cambios en el “tanteo” o el “marcador” de cada hablante).
“He aquí cómo se traduciría todo esto al caso de la ciencia. Imaginad que cada científico va escribiendo en un gran libro todos y cada uno de los enunciados que desea proponer públicamente a sus colegas (descripciones de aparatos, resultados de experimentos u observaciones, formulaciones de problemas, hipótesis, modelos, argumentos a favor de algunas propuestas, argumentos en contra, etcétera). Podemos considerar que ese “libro” es el conjunto de sus artículos y trabajos científicos. Naturalmente, los enunciados inscritos en el libro no están meramente yuxtapuestos unos a otros, sino que forman cadenas de inferencias, algunas de ellas puramente lingüísticas, y otras con “entradas” o “salidas” de tipo práctico.
Faustino:¿Podrías ser un poco más clara con las “entradas” y las “salidas”?
Violeta: Sí claro, pero va a empezar pronto el partido, así que seré breve. Algunos de los enunciados están inscritos en el libro como consecuencia de algún acontecimiento no meramente lingüístico, como, por ejemplo, los resultados de un experimento (esto serían “entradas”). En cambio, de otros enunciados se deriva como consecuencia la obligación de llevar a cabo alguna acción, o la autorización para realizarla (“salidas”), como la introducción de un cambio en el experimento.
Faustino: Me parece que ya lo veo. Por cierto, eso de un juego al que se juega anotando “inscripciones” es sabrosamente post-moderno. Sigue, sigue, por favor.
Violeta: En fin, las cadenas de inferencias a las que me refería deben estar hechas “correctamente”, y esto quiere decir que deben ser coherentes con las normas de inferencia aceptadas en la comunidad científica relevante. Esas normas son los criterios de legitimidad a los que me he referido hace poco. Ahora bien, que lo que está escrito en los libros deba ser coherente con las normas no implica que siempre lo vaya a ser, o que lo sea siempre en la misma medida. Habrá científicos con más talento que otros para implementar esas normas de forma apropiada, y además, también habrá ocasiones en las que varias normas nos orienten hacia conclusiones incompatibles, o en las obedecerlas suponga reconocer que hemos cometido un error en algún otro sitio. Llamaré “marcador interno” al tanteo normativo que refleja, para cada miembro de una comunidad científica, la coherencia de su libro con las normas aceptadas en ella.
Faustino: ¿Y habrá también un “marcador externo”?
Violeta: Naturalmente. En el “marcador externo” de un científico se van anotando, por así decir, aquellas proposiciones formuladas por él y que han sido explícitamente aceptadas como “correctas” en los libros de sus colegas. Digamos que el “marcador interno” de cada científico mide cómo es él o ella de “buen profesional” dentro de su disciplina, mientras que el “marcador externo” mide su “gloria científica”, la aceptación que han alcanzado sus resultados entre sus colegas.
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(Continuará)
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La cafetera italiana (7).

Menéame. ¿Qué te cuesta?


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