Lorenzo: Veamos si me estoy enterando: supongo que cada científico intenta alcanzar la mayor fama posible, es decir, la valoración más alta posible de su marcador externo, aunque muchos de ellos, pobrecitos, tal vez la mayoría, tendrán muy pocos puntos en ese marcador, porque no todos consiguen producir resultados que alcancen a la vez una valoración muy alta y una aceptación muy extendida entre los otros investigadores. Así que se tendrán que conformar con intentar obtener el máximo posible de puntos en su marcador interno.
Violeta: ¡Ay, cariño, qué bien me estudias! ¿Verdad que es un cielito?
Faustino: Lo que pasa es que te quiere seguir la corriente; ya le conozco.

Lorenzo: Ahora bien (y no me interrumpáis, que ya falta muy poco para el partido), incluso aunque lo que más le interese a un investigador sea conseguir una alta puntuación en su marcador externo, resulta que él no puede hacer nada directamente para conseguirlo, pues esa puntuación viene dada por las afirmaciones que hay escritas, o “inscritas”, en los libros de los demás. Y de este modo, criterios de legitimación, o normas de inferencia, o lo que sea, vigentes en la comunidad, adquieren el protagonismo. En primer lugar, porque será ajustándose lo más que pueda a esas normas como cada científico intentará obtener una puntuación elevada en su marcador interno. Y en segundo lugar, porque el hecho de que los demás están haciendo lo mismo (o sea, intentando ajustarse a las normas para maximizar el valor de sus marcadores internos) es lo que le permite a cada científico ingeniarse alguna manera de conseguir (mediante las inscripciones de su propio libro, y mediante las normas de inferencia que las ligan con las de otros libros) que sus colegas se vean forzados (por esas mismas normas, y por las inscripciones anteriores efectuadas por ellos) a hacer una nueva inscripción en la que acepten los resultados o hipótesis propuestos por aquél.
Faustino: ¿Y esto qué tiene que ver con el problema de los valores?
Violeta: Recordad que por “valores” entendíamos aquellos fines que los científicos utilizaban para justificar la adopción de unas normas en vez de otras. Pensad que estas normas consisten sobre todo en reglas que permiten a cada investigador exigir a un colega que saque una determinada conclusión a partir de algunas proposiciones con las que éste se ha comprometido previamente, o exigirle que no saque otra conclusión, si ello va contra las normas, o exigirle que presente razones que justifiquen algunos de sus enunciados o de sus actos. Mi tesis es que las normas de inferencia que se usan en una comunidad científica son aceptadas fundamentalmente (aunque no exclusivamente) porque poseen la propiedad de garantizar, en algún grado razonable, que las conclusiones aceptadas mayoritariamente por los miembros de la comunidad sean verdaderas, o verdaderas con un grado suficiente de aproximación.
Lorenzo: ¿Y cómo se garantiza que las normas tengan esa propiedad?
Violeta: Las normas son siempre falibles: los científicos pueden creer que gracias a ellas obtendrán muchos enunciados verdaderos relevantes, y estar equivocados en esta creencia. En parte es por ello por lo que insisto en que el valor fundamental es la verdad empírica. Con esto no quiero decir que los enunciados que persiguen los científicos tengan que ser sólo “enunciados observacionales”, o algo así, sino más bien que ha de haber algún proceso que condicione la aceptación de los enunciados “menos” observacionales al éxito predictivo de los modelos y teorías en los que están insertados. Si queréis expresarlo de otro modo: las normas de una comunidad científica deben garantizar, en la medida de lo posible, que las hipótesis, leyes, modelos, etcétera, aceptados mayoritariamente por sus miembros, generen con una frecuencia lo suficientemente elevada predicciones correctas cuando son aplicadas a la solución de problemas empíricos. Por otro lado, la mayoría de las normas estarán basadas en los conocimientos previos; por ejemplo, las normas sobre cómo interpretar los resultados de ciertas observaciones dependerán de lo que se sepa (o se crea saber) sobre el funcionamiento de los aparatos de observación; o las normas sobre cómo resolver ciertos problemas presupondrán que se deben utilizar determinadas ecuaciones, que reflejan leyes de general aceptación. Así, las normas serán tan falibles y sujetas a revisión como dichos conocimientos, y serán diferentes en cada comunidad o área científica, pues en cada una se tendrán, obviamente, conocimientos diferentes, al ocuparse de objetos y problemas distintos.
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(Continuará)
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La cafetera italiana (8).
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Menéame. ¿Qué te cuesta?

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