23 de junio de 2009

LA CAFETERA ITALIANA (final)

Faustino: Yo casi suscribiría todo lo que habéis dicho, teniendo en cuenta, sobre todo, que la parte más post-moderna vendrá después, cuando empieces a hablar de la “gloria” y la “economía”. Seguramente, lo único que cambiaría sería la cháchara sobre la verdad... ¡O, mejor, no! Creo que más bien aprovecharía para argumentar que la palabra “verdad” sólo significa, como acabas de decir, el mayoritario beneplácito que recibe una cierta “inscripción” dentro de una comunidad, por la solidez y la resistencia que ha demostrado ante los posibles argumentos en su contra.

Violeta: Dilo así, si quieres, pero ten en cuenta que esto que acabas de describir es sólo el hecho de que los miembros de la comunidad creen que ciertas proposiciones son verdaderas, ¡pero en realidad puede que sean falsas! Lo importante no es tanto qué proposiciones aceptan, como qué criterios siguen para decidir cuáles aceptan, y lo que yo afirmo es que la principal razón para que elijan esos criterios, en vez de otros, será su creencia de que van a llevarles a aceptar proposiciones empíricamente sólidas.

Lorenzo: ¿Y qué pasa con los otros valores centrales?

Violeta: Con respecto a la “fama”, lo más relevante para situarla en el centro de nuestra “cafetera” no es (o no es sólo) el que sea un fin de los más apreciados por los científicos, sino que es, junto con la verdad, el otro objetivo fundamental que tienen en cuenta para decidir si ciertas normas o criterios son aceptables o no. No se pueden exigir soluciones demasiado precisas y seguras, pues entonces raramente se acabaría aceptando hipótesis alguna, ni darse por contento con soluciones demasiado endebles, pues entonces cualquiera podría ganar en el juego de la persuasión, y este juego dejaría de ser interesante para individuos cuyo objetivo “práctico” fundamental es la gloria. Así que la búsqueda de la fama es el valor que especifica, en último término, cómo de “buenas” van a ser las teorías que se acepten en una comunidad.

Faustino: ¡Y luego dices que no eres post-moderna!

Violeta: Pero, ¡ojo!, el valor de la “fama” no dice en qué sentido son buenas las buenas teorías. El criterio que lo dice es, más bien, el de la verdad empírica.

Faustino: Pero, ¿por qué ocupa la fama el centro de la “cafetera”? El argumento parece impecable en el caso de la verdad: los valores instrumentales o metodológicos (los de la parte de abajo) se justifican porque son eficientes en la búsqueda de la verdad, y la verdad se desea porque es la mejor manera de satisfacer los valores relacionados con las aplicaciones (los de la parte de arriba). Pero no veo nada parecido a este tipo de argumento simétrico en el caso de la fama.

Lorenzo: Déjame echarte una mano, Violeta: aunque la gloria científica es un fin último para los investigadores, desde el punto de vista de los ciudadanos se trata de un medio, un instrumento, que se utiliza para que la ciencia funcione de manera eficaz.

Faustino: Pero hay una diferencia radical (que me encanta) entre el papel que le asigna Violeta a la verdad como valor central que justifica los valores instrumentales, y el que ha asignado Lorenzo a la fama. En el fondo, ¡los científicos tenderán a elegir los métodos que a ellos, y en especial a los más poderosos, les vengan bien! P. ej.: métodos con los que estén más familiarizados, métodos que tiendan a favorecer a las teorías desarrolladas dentro de programas de investigación tradicionales, métodos que justifiquen grandes subvenciones... en definitiva, preferirán aquellos métodos que les garanticen el control de la situación. Tenéis que reconocer que, en estas circunstancias, es bastante dudoso que los métodos efectivamente elegidos vayan a ser precisamente los que garantizan la “verdad objetiva” de las conclusiones que se obtengan con su ayuda.

Lorenzo: Yo al menos pienso que, en muchas circunstancias, es verosímil que el objetivo de la búsqueda de la verdad y el de la búsqueda de la fama tiendan a favorecer métodos o valores instrumentales distintos. ¿No crees, Violeta?

Violeta: Por supuesto. Pero los métodos tienen que ser justificados a través de una discusión pública, y adoptados por la gran mayoría de los miembros de la comunidad relevante (esto es lo que hace que sea una comunidad, y no varias). En consecuencia, no es fácil que un científico individual, o un grupo muy pequeño, “imponga” a todos los demás colegas aquellos métodos que coincide que le favorecen precisamente a él. Si el grupo entero desea llegar a un acuerdo colectivo, todos tendrán que ceder al menos un poco, como en cualquier negociación. Y, por otro lado, cuanto más abstracto y general es el nivel al que se discute la aceptabilidad de una cierta metodología, más difícil será para los científicos predecir si esos métodos en particular van a favorecer las teorías propuestas por unos o por otros. Además, en la medida en que los resultados producidos por la comunidad tiendan a ser valiosos para otras comunidades, los miembros de cada una estarán interesados en favorecer métodos que garanticen esta capacidad de “exportar” resultados, pues eso les reportará, en definitiva, fama y recursos provenientes de otras áreas. Por lo tanto, en la medida en que las áreas científicas sean más abiertas hacia otras, más importante será que los métodos adoptados en cada una sean coherentes con las de los demás (aunque no necesariamente idénticos), y esto reforzará la imparcialidad en la elección de métodos.

Faustino: ¡Vamos, vamos! Eso será verdad “en abstracto”, pero si miras con detalle a la práctica real de la ciencia, existe más bien en cada disciplina un grupo de investigadores, no necesariamente muy pequeño, que utiliza ciertos criterios de justificación que favorecen cierta clase de teorías, modelos, hipótesis o resultados, y que se resisten (por lo general, limitándose a ignorarlos) a adoptar los métodos alternativos propuestos por la nube de heterodoxos que rodea al grupo dominante. Y la principal razón por la que se resisten no es porque crean que sus métodos son correctos, sino porque saben que, si se adoptaran los métodos que ellos no dominan, el poder de repartir la fama y los dineros dejaría de estar en manos de ese grupo.

Violeta: Eso deja sin explicar por qué quienes suministran en último término los recursos sociales y económicos a los científicos, favorecen precisamente al grupo dominante, si no hay ninguna razón por la que los resultados científicos alcanzados por ese grupo tengan un mínimo nivel de calidad epistémica.

Faustino: Tal vez sea porque a los gestores de la ciencia les importe un comino esa calidad epistémica con la que se os llena la boca a los racionalistas.

Violeta: Bueno, incluso a quien sólo le importan el poder y la gloria, le interesará al menos obtener un conocimiento verdadero sobre cuáles son los medios más eficaces para alcanzar esos objetivos.

Lorenzo: Amigos míos, deben ya estar a punto de conectar con el partido, y aún le queda a Violeta explicar el último “valor central” del que nos habló. ¿Os importaría dejar la discusión sobre los gestores de la ciencia para otro momento? A ver, ¿qué es eso de la “economía de los valores”, o como lo llamaras?

Violeta: Lo que quiero decir es, por una parte, que los científicos buscarán la verdad y la fama intentando compatibilizar estos dos fines de modo que la obtención de una de ellas no signifique renunciar “demasiado” a la obtención de la otra; y por otra parte, que en todas las decisiones tendrán que valorar el esfuerzo que suponga llevarlas a la práctica. Por ejemplo, al elegir entre varios métodos alternativos, una variable importante que tendrán en cuenta será la facilidad con la que cada uno de ellos pueda ser utilizado; al valorar la simplicidad como una virtud de las teorías científicas, en parte lo harán porque las teorías simples son más fáciles de entender que las complejas, y es más cómodo trabajar con ellas.

Lorenzo: Quizá el término “minimización del esfuerzo” sería más apropiado que “economía”. Aunque me gusta más el de “prudencia”, que suena tan aristotélico.

Faustino: En fin, también quería hablar de tu sugerencia en el Congreso, sobre las implicaciones de esta concepción de los valores respecto a los problemas de las relaciones entre la ciencia y la sociedad. Pero me temo que el partido ha comenzado ya, y me parece prudente dejar esa discusión para después...

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La cafetera italiana (1).

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3 comentarios:

Freman dijo...

Empiezo a comprender por qué la Inquisición fue tan cruel con Galileo Galilei...

Sursum corda! dijo...

Jesús:

Confieso que es por un defecto mío, o por muchos, pero prefiero los argumentos directos y no el trasiego de palabras de los diálogos, aunque sean a la Galileo.

Y como si te pido que me hagas un resumen me puedes decir que yo perpetro respuestas aún más gordas y que si hubieras querido hacerlo resumido no habrías escrito un diálogo, me temo que me voy a quedar sin comprender de qué va la cosa hasta que me lea toda la cafetería entera.

Un saludo.

Sursum corda! dijo...

No sé si habéis copiado los libros o si os han parecido interesantes. Puse también un comic de Iznogud para desengrasar.

Buenas vacaciones.