17 de junio de 2013

LA GRAN BIBLIOTECA DIGITAL

He estado echando cuentas y me sale que, aproximadamente, a lo largo de mi vida debo de haber leído entre cinco y diez libros sacados de bibliotecas por cada uno comprado por mí. Teniendo en cuenta que poseo bastantes más libros que la media nacional, eso significa como poco que he sido un usuario voraz de las bibliotecas públicas (naturalmente, mi trabajo es parte del motivo).
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No voy a negar el derecho de cada uno a darse el gusto de poseer numerosos libros en su casa, y menos aún voy a negar el hecho empírico de que el número de libros que hay en la casa de cada niño es un magnífico predictor de sus resultados en la escuela (aunque no sé si habrá estadísticas que tengan en cuenta el número de "libros volantes", es decir, la frecuencia con la que la familia saca libros de la biblioteca pública). Los libros de cada uno son, en nuestra cultura pequeñoburguesa, parte de su indentidad; el tenerlos ahí, sabiendo que puedes prestarlos a familiares o amigos, o releerlos cuando te dé la gana, y recordándote que algún día los leíste, es también parte de nuestro "capital social".
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Pero, no lo puedo negar: los libros que he leído gracias a las bibliotecas (y no pocos de los cuales después compré, a veces casi inmediatamente, otras veces al cabo de décadas) también forman parte de mi identidad y de mi "capital social" (bueno, de este capital también forman parte los libros que están en las bibliotecas, aunque todavía no los haya leído). La cuestión que quiero plantear es, ¿cómo evolucionarán estas dos cosas -nuestra identidad y capital social debidos a los libros que poseemos, y los debidos a los que hemos leído gracias a las bibliotecas públicas- en las próximas generaciones?
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Una de las razones para poseer un libro era la de poder releerlo o prestarlo cuando te apeteciera, sin tener que ir a la biblioteca. Cuando los libros están accesibles a un click en tu lector digital (que en el futuro puede ser una hoja flexible, que funcione por energía solar, que te regalen con un tambor de detergente, y que aporte más funcionalidades que el mejor kindle de hoy en día), ¿para qué querrás tener en casa las obras completas de Kant, sin ir más lejos, aparte de para impresionar -o espantar- a las visitas? Si, además, puedes acceder inmediata y automáticamente a varias ediciones y traducciones, el poseer una sola de ellas se convierte en algo limitado. Si tus lecturas se archivan en la nube y puedes repasar y editar tus notas y subrayados, ocultarlas para facilitar la lectura, y compartirlas con otros, ¿qué ganas desentrañando las líneas casi ilegibles por tan trabajados en los libros que hay en tu estantería? ¿Y en el caso de las novelas? ¿Seguro que te vas a volver a leer alguna vez Los bufones de dios, en esa copia tan descuajaringada?
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Además, un libro que se pasa treinta años en una estantería sin que nadie haga más que, con suerte, quitarle alguna que otra vez el polvo, no deja de ser un derroche económico que, multiplicado por el número de libros en esas condiciones, nos escandalizaría si lo hiciera un político en otros ámbitos (y esto es verdad por igual para los libros de tu estantería, como para los de las bibliotecas, aunque estos, obviamente, se suelen usar más).
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Además, una biblioteca privada comme il faut, o sea, las de los ricos cultos, solían (¿suelen?... hace tanto que no voy a casa de ningún rico) estar pobladas por libros muy valiosos, lujosamente encuadernados, en buen papel hecho para durar, llenas de clásicos, etc., pero una biblioteca como la mía, a la que, cierto, no le faltan clásicos, pero que en su mayor parte está formada por baratas ediciones rústicas (el salario no daba para más, salvo algún caprichito)... esas bibliotecas no tienen casi otro destino más que el que tus herederos se deshagan de ellas vendiéndolas al puto peso, o sencillamente donándolas (y las bibliotecas públicas son, generalmente, demasiado exquisitas al decidir qué se quedan de tales donaciones). Bueno, tal vez podría ponerse de moda que a uno, al morir, lo incinerasen en una pira en la que ardieran también sus libros en rústica que los nietos o sobrinos no quisieran quedarse, pero no voy a dar ideas en ese sentido, y además, seguro que eso violaría alguna ordenanza municipal.
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Así que pienso que el futuro está en que el lugar natural de los libros sea una Gran Biblioteca Digital, sufragada, como toda biblioteca pública, mediante impuestos (al fin y al cabo, el fomento de la cultura es una de las mejores formas de redistribución y de movilidad social), amén de donativos y mecenazgos. Esos ingresos se dedicarían (además de a la propia gestión de la GBD) a remunerar a los autores en función de la cantidad de veces que sus obras son visitadas por los lectores. Cuando la mayor parte de los libros estén disponibles en la GBD, desaparecerá, por otra parte, el incentivo para piratearlos.
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Las bibliotecas de libros de papel, las librerías, las bibliotecas domésticas privadas, e incluso la propia noción de "editorial", quedarían para cumplir otras funciones, más que la de satisfacer la demanda genérica de lectura: ediciones de bibliófilos, comunidades de amantes de algún tema en particular, espacios para la nostalgia retro-kitsch, y cosas así, todas ellas legítimas, faltaría más, pero que están mejor en manos del mercado y la iniciativa privada.
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Más:
El síndrome mesa-vs-estante
El efecto Eco, o por qué mi biblioteca es tan mala

5 comentarios:

  1. En cuestión de libros, sospecho que la nube será un mero repositorio para actualizar novedades. Todos los libros del mundo son un mínimo grumo de información frente al océano de datos que producen sensores y simulaciones de toda índole. La GBD podría venir instalada de fábrica junto al sistema operativo en cualquier lenteja de memoria. Y olvídate de la lectura. El software de reconocimiento de texto y síntesis de voz supone el tránsito definitivo a una cultura basada en la oralidad secundaria. El texto quedará para índices y rótulos. La caligrafía ya es tan obsoleta como el código Morse y a la mecanografía le quedan dos telediarios.

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  2. "Enciclopedias, atlas, el Oriente
    y el Occidente, siglos, dinastías,
    símbolos, cosmos y cosmogonías
    brindan los muros, pero inútilmente.

    Lento en mi sombra, la penumbra hueca
    exploro con el báculo indeciso,
    yo, que me figuraba el Paraíso
    bajo la especie de una biblioteca."

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  3. Masgüel
    si el cine, la radio y la TV no han acabado con las ganas de leerse una buena novela, un libro de historia, de divulgación, etc., no veo por qué algo que te lea en voz alta los libros va a hacerlo.

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  4. Yo supongo que dejar que una voz sintética te lea una novela será la manera habitual de disfrutarla, quizá no para nosotros que ya estamos acostumbrados al negro sobre blanco, pero sí para quienes crezcan frente a una interfaz para computadoras que habla con ellos.

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  5. Disfrutar de los libros OYÉNDOLOS era lo normal hasta el siglo XVIII o más, pero la gente descubrió que las novelas largas, o los textos ensayísticos, se comprendían y disfrutaban más por "lectura silenciosa". No creo que el hecho de que las máquinas puedan leer en voz alta cambie ese hecho.

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