9 de abril de 2013

¿Puede la ciencia explicarlo todo?

Ya que ha pasado un tiempo desde la publicación de este artículo en Investigación y Ciencia, lo cuelgo en la cubierta del Otto Neurath. Espero que os guste.



La investigación científica comienza siempre con algunas preguntas. A menudo nos preguntamos cosas del tipo “¿cómo evitar la recesión?”, o tal vez “¿qué utilidad podríamos darle a esta propiedad que acabamos de descubrir en los superconductores?”. También intentamos responder preguntas como “¿cuál era la disposición de los continentes hace 1000 millones de años?”, o “¿hay algún elemento estable con un número atómico mayor que 120?”. Pero la mayor parte de las principales preguntas que han guiado y guían la investigación científica son diferentes; en ellas preguntamos por qué: “¿por qué las manzanas maduras caen de los árboles, pero la luna no cae del cielo?”, “¿por qué las cenizas pesan más que la madera que hemos quemado?”, “¿por qué heredan los nietos algunos rasgos de sus abuelos, cuando esos rasgos no estaban presentes en los padres?”, “¿por qué un chorro de electrones genera un patrón de interferencias al pasar a través de una doble rendija, si cada electrón sólo pasa por una de las rendijas?”.
Respondiendo al primer tipo de preguntas procuramos mejorar nuestra capacidad de adaptación al entorno, ampliar nuestras posibilidades de acción o de elección. Respondiendo al segundo tipo de preguntas intentamos averiguar cómo es el mundo que nos rodea, describirlo. Con las de la tercera clase buscamos más bien explicar los hechos, es decir, entenderlos. Por desgracia, no parece que esté demasiado claro en qué consiste eso de “explicar”, qué hacemos exactamente con las cosas al entenderlas, y sobre todo, por qué son tan importantes para nosotros los porqués, qué ganamos con ellos que no pudiéramos obtener tan sólo con respuestas a las dos primeras clases de preguntas (las prácticas y las descriptivas).
En la noción de explicación se mezclan de manera intrigante aspectos objetivos y subjetivos. Al fin y al cabo, comprender algo es un suceso psicológico, algo que ocurre en la mente de alguien; pero, en cambio, cuando intentamos dar una explicación de un hecho, solemos acudir a diversas propiedades del hecho en cuestión. ¿Por qué algunas de esas propiedades tendrían que ser más relevantes que otras a la hora de conducirnos al estado mental que llamamos “comprender”? Las principales teorías que ofrece la filosofía de la ciencia sobre la naturaleza de las explicaciones se centran, precisamente, en los aspectos objetivos: por ejemplo, se considera que un hecho ha sido explicado cuando ha sido deducido a partir de leyes científicas (Carl Hempel), o cuando se ha ofrecido una descripción apropiada de su historia causal (Wesley Salmon), o cuando se muestra como un caso particular de leyes más generales, que abarcan muchos otros casos aparentemente distintos (Philip Kitcher). También se considera que algunos hechos -sobre todo en biología- son explicados cuando se pone de manifiesto su función, o cuando -en este caso en las ciencias humanas- se ponen en conexión con las intenciones o los valores de los agentes involucrados. Hablamos en estos dos casos de “explicación funcional” y “explicación teleológica”, respectivamente. Estas concepciones de la explicación ya no son tan populares como en otras épocas, pero, en mi opinión, ambas serían ejemplos de “explicación causal”.
Pues bien, la cuestión es, ¿por qué pensamos que entendemos un fenómeno precisamente al conocer sus causas, o al conocer su relación con otros fenómenos aparentemente distintos, más bien que al conocer su duración, su localización, sus posibles usos, o cualquiera otra de sus propiedades? Una posible respuesta, tradicionalmente asociada al pensamiento de Aristóteles, sería la que identifica el significado de “comprender” con “conocer las causas”; pero esto da la impresión de ser poco más que un juego de palabras. Otra posibilidad, tal vez más coherente con las intuiciones de viejo filósofo griego, consistiría en concebir nuestros conocimientos no como una mera enciclopedia, o una simple pirámide, en la que cada pieza se va acumulando a las demás, sino como una red de inferencias, en la que el valor de cada ítem depende sobre todo de lo útil que sea para llevarnos a más conocimientos cuando se lo combina con otros ítems. A veces conseguimos añadir una pieza a nuestros conocimientos que produce un resultado especialmente feliz: los enlaces inferenciales se multiplican gracias a ella, y a la vez se simplifican, haciéndonos más fácil el manejo de la red. Es decir, entendemos algo tanto mejor cuanto más capaces somos de razonar sobre ello de manera sencilla y fructífera.
La última frase contiene un matiz importante sobre las nociones de explicación y comprensión: no son éstos conceptos absolutos, pues siempre cabe la posibilidad de que algo que ya hemos explicado lo expliquemos aún más profundamente o de manera más satisfactoria. Esto resulta obvio cuando nos fijamos en que, para explicar por qué ciertas cosas son como son, tenemos que utilizar como premisa en nuestro razonamiento alguna otra descripción. Por ejemplo, si queremos explicar por qué las órbitas de los planetas obedecen las leyes de Kepler, utilizaremos como premisa la ley newtoniana que describe cómo se atraen los cuerpos. Esto implica que para explicar algo, siempre necesitamos alguna descripción que funcione como “explicadora”, y esta descripción, a su vez, será susceptible de ser explicada por otra. Así, la teoría general de la relatividad explica por qué los cuerpos obedecen con gran aproximación la ley de la gravedad. Una consecuencia inmediata de este hecho trivial es que nunca será posible explicarlo todo.
Insistamos en ello: para explicar científicamente cualquier fenómeno o cualquier peculiaridad del universo recurrimos a leyes, modelos, principios, que son, al fin y al cabo, afirmaciones que dicen que el mundo es así o asá, en vez de ser de otra manera. Imaginemos que ya hubiéramos descubierto todas las leyes, modelos o principios científicamente relevantes que haya por descubrir (si es que esta suposición tiene siquiera algún sentido), llamemos T a la combinación de esa totalidad ideal de nuestro conocimiento sobre el mundo, y preguntémonos “¿por qué el mundo es como dice T, en lugar de ser de cualquier otra manera lógicamente posible?”. Obviamente, la respuesta no puede estar contenida en T, pues ninguna descripción se explica a sí misma. Por lo tanto, o bien deberíamos hallar alguna nueva ley, modelo o principio, X, que explicase por qué el mundo es como dice T, o bien hemos de reconocer que no es posible para nosotros hallar una explicación de T. Pero lo primero contradice nuestra hipótesis de que T contenía todas las leyes, principios, etc., relevantes para explicar el universo; así que debemos concluir que explicar T (digamos, la totalidad de las leyes de la naturaleza) está necesariamente fuera de nuestro alcance.
Dos reacciones frecuentes a esta situación son pensar que el universo es, en el fondo, inexplicable, o bien que la explicación última del cosmos no puede ser una explicación científica. Lo primero es trivial si se entiende en el sentido del párrafo anterior (no puede haber una teoría científica que lo explique todo, incluido por qué el universo es como dice precisamente esa misma teoría en vez de ser de cualquier otra manera), pero es también banal en cuanto recordamos que explicar no es cuestión de todo o nada, sino de más o menos. Digamos que la inteligibilidad se parece más a la longitud que a la redondez. Esta segunda propiedad tiene un límite, el de un círculo o una esfera perfectos, pero no existe un límite de longitud. De modo análogo, lo importante es en qué medida hemos conseguido comprender el universo o sus diversas peculiaridades, no si lo hemos comprendido “totalmente”. Es decir, la pregunta adecuada es en qué grado hemos conseguido simplificar e interconectar un conjunto cada vez más amplio y variado de conocimientos, no si los hemos reducido a la más absoluta simplicidad.
Por último, pienso que la idea de una explicación extracientífica es meramente un sueño. Para que algo constituya una explicación debe permitirnos deducir aquello que queremos explicar: las leyes de Newton explican las de Kepler porque éstas pueden ser calculadas a partir aquéllas. Como ha aclarado suficientemente Richard Dawkins, la información que queremos explicar debe estar contenida en la teoría con que lo explicamos, y por lo tanto, una teoría que explique muchas cosas debe contener muchísima información, debe ser en realidad una descripción muy detallada (aunque a la vez muy abstracta) del funcionamiento del universo. Por ejemplo, los defensores de la llamada “teoría el diseño inteligente” cometen justo este tipo de error al introducir la hipótesis de un designio divino, pues a partir de esa hipótesis es sencillamente imposible derivar los detalles de aquello que queremos explicar, ni siquiera sus aspectos más generales. Dicho de otra manera, los “porqués” no son en realidad una categoría separada de los “cómos”, son más bien una clase de “cómos”: aquellos que nos ayudan a simplificar y ampliar nuestros conocimientos. Por tanto, ninguna hipótesis merece ser llamada explicación si no permite responder, al menos en algún aspecto relevante, a la pregunta “¿cómo ha ocurrido esto?”. En resumen, nadie sabe si existen realidades que la ciencia no podrá nunca conocer; lo que sí sabemos es que esas realidades, en caso de que existan, nunca nos permitirán explicar nada.

7 comentarios:

  1. "Imaginemos que ya hubiéramos descubierto todas las leyes, modelos o principios científicamente relevantes que haya por descubrir (si es que esta suposición tiene siquiera algún sentido)"

    "¿Puede la ciencia explicarlo todo? (...) la pregunta adecuada es en qué grado hemos conseguido simplificar e interconectar un conjunto cada vez más amplio y variado de conocimientos, no si los hemos reducido a la más absoluta simplicidad."

    La primera no solo es inadecuada porque la respuesta sea trivialmente negativa.

    "Imaginemos que ya hubiéramos descubierto todas las leyes, modelos o principios científicamente relevantes que haya por descubrir (si es que esta suposición tiene siquiera algún sentido)"

    No creo que lo tenga, pero una variante me sirve para enlazar con lo anterior. Imaginemos que ya hubiéramos descubierto todas las leyes, modelos o principios relevantes de la física. Imaginemos también que el universo esté abarrotao de sistemas tan complejos como la biosfera terrestre. Pues por mucho que hubiésemos conseguido simplificar todo lo que sabemos en una TOE y estuviésemos convencidos de conocer la infancia del universo en detalle, seguiríamos sabiendo apenas nada. Conocer el proceso que da lugar a un sistema complejo puede resultar muy útil para empezar a hincarle en diente a su vecino, pero para explicar este último tenemos que dar cuenta en detalle de su historia evolutiva desde el momento en que se separaron. En otras palabras, la ciencia no consiste solo en explicar lo diverso por lo que tiene en común, sino también por lo que lo hace diverso. Para manejar un universo complejo hace falta una ciencia barroca.

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  2. Y como dice David Eagleman, "No lo se" son las tres palabras más importantes que la ciencia ha dado a la humanidad.

    http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=LENqnjZGX0A#!

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  3. Masgüel,

    .Para manejar un universo complejo hace falta una ciencia barroca.

    Vaya fracesita, me gustó.

    ¿Y el universo simple?. Cojamos algo simple, mmmm... una partícula Alfa. Pues no sé... me parece que necesito todo el saber humano para explicarla. Como todo está "comunicado", necesito a todo el cosmos para explicar cualquier cosa.

    Y de paso diré, que me parece que hay algo que se soslaya continuamente, y es que todo es respectivo al hombre. Hacer inferencias es hacer en el hombre y por el hombre, lo que se da en él, como siendo no respectivo a él. Y eso es imposible.

    Y si Zamora está en lo cierto, la inferencia debería ser el modo como el hombre comunica, enlaza, relaciona,...(el cómo y no sólo el qué) lo que se sabe con lo que no se sabe, y eso, sea barroco o no, es lo único que podemos hacer.

    Saludos,

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    Respuestas
    1. "Vaya fracesita, me gustó."

      A mí la fracesita que me gusta es Marion Cotillard.

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  4. Eagleman no dice sólo esa frase, si no que en lo referente a ciertas formas de hacer las cosas: "el misterio es que nadie es capaz de explicar exactamente como se hace". Y esto ocurre cuando al final salen bien las cosas que se pretendían hacer. No quiero pensar en lo que se hace y como se hace cuando no se sabe un resultado satisfactorio

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  6. alguienq me aga el favory meayudecon un resumen de la lectura por favor ayua

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