La charla que daré el próximo sábado en el congreso de la EPSA es un resumen de los aspectos centrales de mi enfoque sobre la investigación científica como un juego.Fue Popper el primero que señaló (que yo sepa) la importancia filosófica de comprender las reglas del método científico, no como si fueran "reglas lógicas", sino más bien como las reglas de un juego (como el ajedrez, el fútbol, o el parchís), pero lo cierto es que han sido muy pocos los autores que se hayan preocupado de sacar las consecuencias que esta hipótesis puede tener, o al menos las interesantes preguntas que pueden formularse a partir de ella.
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Una primera cuestión es: "¿de qué va el juego?". El fútbol "va de" meter más goles que el otro equipo sin tocar el balón con las manos; el ajedrez, "va de" comerse el rey del contrincante moviendo las fichas según ciertas reglas, etc. Pues bien, a la vista de lo que hacen los científicos, propongo que interpretemos su actividad como un juego que "va de" conseguir que tus colegas reconozcan públicamente que lo que dices es correcto e importante. Como bien sabéis, los científicos se mueren por publicar sus trabajos en revistas "top" (y por ser invitados a seminarios y conferencias), pero, aun reconociendo la importancia de la "mera" publicación, lo que de verdad "les pone" a los investigadores es que sus trabajos sean citados (a ser posible, de modo aprobatorio) en los artículos de otros científicos, y tanto más cuanto más prestigio tengan estos últimos. La "lógica del descubrimiento" (la popperiana "logic of scientific discovery") consiste básicamente en la "lógica" de aquello que hay que hacer para que tus colegas consideren expresamente que lo que has hecho merece ser tomado como un descubrimiento.
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Así que los científicos desean descubrir la verdad (claro que sí), pero lo que les motiva sobremanera es el reconocimiento. No cualquier tipo de reconocimiento, sino el de ser considerados públicamente autores de una contribución que satisface unos ciertos estándares de calidad científica.
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El problema principal para quien se dedica a este juego (al contrario que el de los jugadores de ajedrez, fútbol o parchís - aunque en el fondo no es tan distinto) consiste en que el "premio" principal no depende en último término de lo que puedas hacer tú (tu investigación, digamos, lo que escribes en tus artículos), sino que depende de una decisión que toman tus colegas, a saber, la decisión de reconocer públicamente que tenías razón (es decir, de lo que escriben ellos en sus artículos). Es como si en el fútbol sólo contaran los goles en propia meta.
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La tesis principal del texto que presento en la EPSA afirma que un juego como éste sólo puede jugarse, es decir, a un científico sólo le interesará dedicarse a jugar a ese juego, si se cumplen (al menos) tres condiciones:
1) los demás científicos siguen ciertos patrones predecibles ("reglas") en sus decisiones acerca de qué resultados de los colegas considerar como "descubrimientos" (si no, ¿para qué vas a discutir con ellos?);
2) estos patrones favorecen que lo que llamamos "descubrimientos" tengan ciertas propiedades epistémicamente deseables; y
3) tú aceptas seguir esos patrones como parte de un "contrato social" con el resto de tus colegas.
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La cuestión relevante es: ¿cómo puede organizarse un juego así?, y ¿qué tiene de tan bueno? Lo veremos en próximas entregas (o en el documento que tenéis en el enlace, qué carajo).
14 de noviembre de 2007
SOCIEDAD EUROPEA DE FILOSOFÍA DE LA CIENCIA - PRIMER CONGRESO, MADRID
En los próximos días imagino que el Otto Neurath, aunque nunca puede tocar puerto, descansará en alguna zona de calma chicha. El motivo, afortunadamente, es que tenemos en Madrid (Universidad Complutense, Facultad de Filosofía A) el congreso fundacional de la European Association for Philosophy of Science. Se ha organizado gracias a los buenos oficios de unod e nuestros filósofos de la ciencia más internacionales, Mauricio Suárez, y constituye todo un impulso para que esta disciplina alcance en nuestro país el desarrollo que le corresponde. Así que, todos a la EAPS, a involucrarse en las conversaciones de los filósofos de todos los países (por supuesto, en inglés), y a ir contribuyendo a la elaboración de argumentos para la comprensión de la ciencia.
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Yo tengo mi charla el sábado 17 de noviembre a las 3. Se titula "¿A qué juegan los científicos?". La comentaré en otra entrada.
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Yo tengo mi charla el sábado 17 de noviembre a las 3. Se titula "¿A qué juegan los científicos?". La comentaré en otra entrada.
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¿CENSURA EN BLOGGER?
13 de noviembre de 2007
POR LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Hoy comienza el juicio contra el director y el caricaturista de El Jueves por la ingeniosa portada de el pasado verano sobre los príncipes. En el Otto Neurath estaremos siempre a favor de la libertad de expresión. Las palabras sólo merecen como respuesta más palabras (o el silencio). (Por supuesto, sólo cuando las palabras se limiten a manifestar una opinión, no cuando sean la orden para cometer un delito o pongan en grave peligro físico a personas concretas -no a "instituciones").
Así que, ánimo a los amigos del Jueves (y eso que la revista me gusta más bien poco).
12 de noviembre de 2007
GALILEO EN EL INFIERNO

Galileo en el infierno. Un diálogo con Paul Feyerabend. José Luis González Recio y Ana Rioja. Ed. Trotta, 2007. 90 páginas.
. Como sabrán muchos de los que han leído algunas cosas mías, a mí me chiflan los diálogos como forma literaria, sobre todo los que tienen un cierto matiz humorístico. Así que no puedo sino estar muy bien predispuesto hacia el reciente libro de José Luis González Recio y Ana Rioja, un verosímil imposible diálogo entre el filósofo anarquista Feyerabend y el que fue su principal bandera historiográfica, el científico Galileo. El librito se agradece (además de por su brevedad, que, con raras excepciones, es en sí misma un mérito) también por volver a poner en el candelero a Paul Feyerabend, figura que fue tan seductora para los filósofos de mi generación (y un poco más talluditos), pero que en los últimos tiempos había perdido protagonismo como “martillo de racionalistas” frente a otros atacantes tal vez más académicos (v.g., Bruno Latour). La obra puede ser una muy buena lectura para que los más jóvenes experimenten algo de lo que dos o tres décadas atrás sentimos muchos al enfrentarnos a los poderosos argumentos feyerabendianos “contra el método”.
. El libro se divide en dos partes, una primera parte introductoria, muy bien elaborada y muy clara, y que a su vez se divide en una presentación general de la filosofía de la ciencia de Feyerabend y un resumen de sus argumentos sobre Galileo en Contra el método, y el cuerpo principal de la obra, que consiste en un diálogo (con una ambientación más bien digna de obra de teatro –eso sí, de vanguardia–) entre Feyerabend, recién ingresado en el infierno, y Galileo, quien lleva habitándolo varios siglos. Muy ingeniosamente, la mayoría de las intervenciones del filósofo consisten en citas textuales sacadas de su obra, lo que hace la discusión más viva. No desvelaré a los posibles lectores los numerosos y a veces muy sutiles matices de humor que salpican el diálogo, y que sólo por ellos hacen que merezca ser leído.
. Con respecto al contenido del libro, si bien es cierto que el estilo de diálogo se presta a no mostrar ninguna
posición como definitiva, sino más bien jugar (en el buen sentido de la palabra) con los argumentos y los contraargumentos, todo buen lector de este género, y no digamos ya cada autor, sabe que la tentación de convertir al enemigo intelecual un hombre de paja es a menudo demasiado irresistible. El propio creador del género sucumbió a ella en plena madurez, Galileo hizo lo propio en sus Dos sistemas máximos, y Feyerabend no ha sido menos allá donde ha empleado este formato. Así pues, es comprensible que los autores del libro que comentamos manifiesten, desde mi punto de vista con demasiado ardor y candor, su punto de vista antifeyerabendiano dando la voz cantante a Galileo, en un afán por “rehabilitarlo” después del supuesto abuso que el filósofo anarquista cometió con él al presentar al italiano en Contra el método como el paladín de la argumentación retórica (en el mal sentido de la palabra). Comprendo que es difícil simpatizar con las tesis tan radicales de Feyerabend, y hay pocos filósofos de la ciencia serios de nuestra generación que no hayan hecho sus pinitos en sus años de formación intentando “refutar” los argumentos anarcometodológicos del austríaco (aunque muchos otros cayeran en la dulce tentación de creer que los argumentos les convencían). Pero creo que, puestos a criticar a Feyerabend y a defender una visión más racional de la ciencia (objetivo en el que, faltaría más, estoy totalmente de acuerdo), el personaje “Feyerabend” del diálogo habría merecido un guión un poco más lucido.><
8 de noviembre de 2007
DESIERTOS REMOTOS, MONTAÑAS LEJANAS

Desiertos remotos, montañas lejanas,
hieren mis oídos todas las mañanas;
tu semblante huidizo y estremecedor,
tu oscuro mostacho guardando los labios,
con la voz fingida de lúgubres sabios
y el índice erecto del acusador.
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Desiertos remotos, lejanas montañas,
tejiendo relatos con viles patrañas
y con la tramoya de la sinrazón,
burlando a tu pueblo sollozos y espantos,
y con los prelados de todos los santos
cubriendo con palio tu absurda ficción.
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Montañas lejanas, desiertos remotos,
lloran uno a uno tus perdidos votos
y gritan "¡queremos saber la verdad!".
Y la verdad sufre porque la escondisteis
los tres días y noches en que nos mentisteis
hasta que explotara nuestra indignidad.
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Montañas lejanas, remotos desiertos:
¿por dónde debemos meter nuestros muertos?
¡Ah, si los dejarais descansar al fin!
¡Que vuestro cinismo descienda del podio,
y acabe por siempre de sembrar más odio!
¡A nadie interesa vuestro folletín!
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7 de noviembre de 2007
EL CAMBIO CLIMÁTICO, EL CO2 Y EL FLAUTISTA DE HAMELÍN
. Uno de los problemas del actual debate sobre el cambio climático es el exceso de carga ideológica que llevan casi todos los participantes, y que además parece directamente proporcional a su nivel de presencia en los debates públicos. Como podéis suponer, uno de las cosas que no podemos consentir a bordo del Otto Neurath es el exceso de equipaje, por el peligro de hundimiento que conlleva. Así que vamos a intentar achicarlo un poquito.
. No sé si estáis enterados de una iniciativa curiosa para hacer frente al cambio climático. Se trata de echar hierro al asunto, y no lo digo en
broma, sino literalmente: arrojar partículas de hierro al océano, para que fomenten el crecimiento de ciertos tipos de algas del plancton que absorben el CO2. Por supuesto, es una actividad que tiene sus riesgos, pues no se comprenden aún muy bien los ciclos químicos y biológicos involucrados a tan gran escala, lo cual es necesario para calcular bien los costes, los riesgos, y los beneficios esperables, pero me parece que al menos se trata de algo digno de investigar, dada la gravedad de la situación.
. Lo malo es que el problema ha surgido no precisamente porque los riesgos y las ventajas no estén claros. Cualquiera que conozca la dinámica de la ciencia sabe que hay una larga travesía desde los inicios de una investigación y de una hipótesis hasta un eventual consenso entre los especialistas; así que, como en todo lo demás, en este caso tendrán que investigarse mucho y discutir todo lo discutible.
. No: lo malo es que la iniciativa la están encabezando empresas privadas, en particular, una compañía denominada Planktos, que pretende vender sus servicios de "compensación de carbono" (carbon-offset) a cambio del precio correspondiente en bonos de reducción de gases de efecto invernadero. (Recuérdese que, por el protocolo de Kyoto, los países que emiten más de la cuota que tienen establecida pueden comprar estos bonos a los países que han emitido menos).
. "¡Dios santo! ¡Hacer negocio con la ecología! ¡Hasta dónde vamos a
llegar! ¡Que el capitalismo aparte sus sucias manos de la atmósfera herida!". Esta ha sido más o menos la reacción de los grupos ecologistas (véase, p. ej., el blog de Carmelo Ruiz), quienes sostienen todos sus argumentos desde el prejuicio de que todo aquello que se haga por intereses económicos es moralmente reprobable y socialmente dañino.
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Pero la posición de los ecologistas, ¿no recuerda a la del alcalde aquel del cuento del Flautista de Hamelín, que se negó a pagar lo acordado a quien les había librado de las ratas? El incentivo del beneficio muchas veces ha espoleado la imaginación que hace falta en la investigación científica más que los sueños planificadores. Pretender renunciar a una solución simplemente porque se les ha ocurrido a "los malos de la película" es claramente irracional.
. También es ilógico el argumento de que fomentar las medidas "lucrativas" contra el cambio reduce el grado de compromiso y de concienciación de la gente. No veo cómo se sigue una cosa de otra, la verdad. Es como si decimos que la contratación de guardaespaldas privados hace reducir la preocupación del público por el terrorismo.
. Por supuesto, la medida habrá que estudiarla con suficiente rigor, e intentando calcular todos los riesgos. (P. ej., la empresa renunció hace poco a realizar un experiencia piloto cerca de las Galápagos, aunque ahora inicia otra polémica siembra de hierro frente a Vancouver). Pero descartarla sólo porque está "manchada" con el deseo de riqueza es tan absurdo como lo era el impedir el acceso de la mujer a la enseñanza "porque ello perturbaría la concentración de los estudiantes y profesores". Al fin y al cabo, si la lujuria era el pecado capital más horrible para los curas y sus guardias de corps, ahora lo es la avaricia para los eco-oscuros.
[Nuevos datos en contra de la iniciativa: ver]
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. No sé si estáis enterados de una iniciativa curiosa para hacer frente al cambio climático. Se trata de echar hierro al asunto, y no lo digo en
broma, sino literalmente: arrojar partículas de hierro al océano, para que fomenten el crecimiento de ciertos tipos de algas del plancton que absorben el CO2. Por supuesto, es una actividad que tiene sus riesgos, pues no se comprenden aún muy bien los ciclos químicos y biológicos involucrados a tan gran escala, lo cual es necesario para calcular bien los costes, los riesgos, y los beneficios esperables, pero me parece que al menos se trata de algo digno de investigar, dada la gravedad de la situación.. Lo malo es que el problema ha surgido no precisamente porque los riesgos y las ventajas no estén claros. Cualquiera que conozca la dinámica de la ciencia sabe que hay una larga travesía desde los inicios de una investigación y de una hipótesis hasta un eventual consenso entre los especialistas; así que, como en todo lo demás, en este caso tendrán que investigarse mucho y discutir todo lo discutible.
. No: lo malo es que la iniciativa la están encabezando empresas privadas, en particular, una compañía denominada Planktos, que pretende vender sus servicios de "compensación de carbono" (carbon-offset) a cambio del precio correspondiente en bonos de reducción de gases de efecto invernadero. (Recuérdese que, por el protocolo de Kyoto, los países que emiten más de la cuota que tienen establecida pueden comprar estos bonos a los países que han emitido menos).
. "¡Dios santo! ¡Hacer negocio con la ecología! ¡Hasta dónde vamos a
llegar! ¡Que el capitalismo aparte sus sucias manos de la atmósfera herida!". Esta ha sido más o menos la reacción de los grupos ecologistas (véase, p. ej., el blog de Carmelo Ruiz), quienes sostienen todos sus argumentos desde el prejuicio de que todo aquello que se haga por intereses económicos es moralmente reprobable y socialmente dañino..
Pero la posición de los ecologistas, ¿no recuerda a la del alcalde aquel del cuento del Flautista de Hamelín, que se negó a pagar lo acordado a quien les había librado de las ratas? El incentivo del beneficio muchas veces ha espoleado la imaginación que hace falta en la investigación científica más que los sueños planificadores. Pretender renunciar a una solución simplemente porque se les ha ocurrido a "los malos de la película" es claramente irracional.. También es ilógico el argumento de que fomentar las medidas "lucrativas" contra el cambio reduce el grado de compromiso y de concienciación de la gente. No veo cómo se sigue una cosa de otra, la verdad. Es como si decimos que la contratación de guardaespaldas privados hace reducir la preocupación del público por el terrorismo.
. Por supuesto, la medida habrá que estudiarla con suficiente rigor, e intentando calcular todos los riesgos. (P. ej., la empresa renunció hace poco a realizar un experiencia piloto cerca de las Galápagos, aunque ahora inicia otra polémica siembra de hierro frente a Vancouver). Pero descartarla sólo porque está "manchada" con el deseo de riqueza es tan absurdo como lo era el impedir el acceso de la mujer a la enseñanza "porque ello perturbaría la concentración de los estudiantes y profesores". Al fin y al cabo, si la lujuria era el pecado capital más horrible para los curas y sus guardias de corps, ahora lo es la avaricia para los eco-oscuros.
[Nuevos datos en contra de la iniciativa: ver]
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LO QUE SON LAS COSAS
Gracias a la recomendación de algunos compañeros de navegación, acabo de añadir la posibilidad de "sindicarse" al blog; veréis un enlace para ello al final de cada página, siento que sea tan poco visible, pero en lo que respecta a las nuevas tecnologías, y el "nuevo" realmente soy yo.
Por cierto, parece que por fin me arreglaron la conexión ADSL y ahora me va muy bien (de momento). Démosle a Telefónica lo que es de Telefónica
Y una última cosa: el viernes 9 de noviembre tendremos una mesa redonda a las 6 de la tarde en el Centro Asociado de la UNED en Gijón, sobre "¿Cómo sabes en qué mundo vives?". Intervendremos José Carlos García Ramos (director del Museo Jurásico), Marcelo Palacios (presidente de la Sociedad Internacional de Bioética) y yo mismo.
Por cierto, parece que por fin me arreglaron la conexión ADSL y ahora me va muy bien (de momento). Démosle a Telefónica lo que es de Telefónica
Y una última cosa: el viernes 9 de noviembre tendremos una mesa redonda a las 6 de la tarde en el Centro Asociado de la UNED en Gijón, sobre "¿Cómo sabes en qué mundo vives?". Intervendremos José Carlos García Ramos (director del Museo Jurásico), Marcelo Palacios (presidente de la Sociedad Internacional de Bioética) y yo mismo.
5 de noviembre de 2007
ROMPER EL HECHIZO, DE DENNETT
ROMPER EL HECHIZO. LA RELIGIÓN COMO FENÓMENO NATURAL. Daniel Dennett. Ed. Katz, 2007.
Una de las cosas que me dan más envidia es el escribir libros gordos, interesantes y bien documentados. ¡Lo que daría yo por haber escrito Armas, gérmenes y acero! (pogamos por caso). Entre mis libros favoritos está La peligrosa idea de Darwin, de Daniel Dennet, que es también uno de mis filósofos preferidos, y con el entusiasmo de mi aprecio a este autor unido al de mis querencias por el ateísmo, me compré la semana pasada su nuevo tocho: Romper el hechizo. Hay que decir que el libro no está mal, se lee con bastante facilidad (aunque la traducción tiene momentos absolutamente frikis), y sus argumentaciones y sus tesis son convincentes. Pero me ha quedado un cierto sabor a decepción tras la lectura. Y eso que Telefónica de España ha hecho todo lo posible por animarme a leerlo de un tirón, ya que he estado casi todo el puente (y todavía estoy) con la conexión de banda ancha haciéndose la estrecha.
Lo peor del libro es que, a pesar de que puede estar muy bien como una
primera lectura sobre la religión y el ateísmo, a los que ya llevamos unos cuantos miles de páginas leídos sobre el tema, la mayor parte de lo que dice nos resulta muy sabido. Así que, si ya eres un "experto", es mejor que dediques tu tiempo a leer otras cosas más refrescantes. De todas formas, hay algo que me ha parecido peor, y es que el subtítulo del libro ("La religión como fenómeno natural") es un tanto engañoso. Hace que esperes más un estudio realmente científico de la religión que un ensayo filosófico, y también que esperes relativamente pocas proclamas de orden político (o al menos, que estén confinadas a un capítulo aparte). Pero el caso es que la mayor parte de los capítulos se dedican a temas que tienen poco que ve con un "estudio naturalista" y mucho con especulaciones de todo tipo (de psicología evolutiva, meméticas, epistemológicas, etc.), aunque convenientemente apoyadas por argumentos basados en la ciencia. Y además, el tono político de la obra aparece, para mi gusto, demasiado a menudo. Insisto en que los argumentos y las conclusiones de Dennett me parecen acertados en su mayor parte. Mi crítica es sólo que el libro ofrece poco de nuevo en este aspecto, y poco de lo que el subtítulo (y las primeras páginas) sugerirían.Ya que en este mismo blog comenté el libro de Dawkins, El espejismo de Dios, merece la pena comparar ambos. El contenido y los mensajes son muy parecidos, por supuesto. El de Dennet está posiblemente mejor construido y argumentado, y el tono es algo más respetuoso para con los creyentes (aunque debo decir que las explicaciones de Dawkins sobre qué merece respeto y qué no, al principio de su libro, me parecen incontestables; por otro lado, no sé si todos los creyentes considerarán que lo que Dennett entiende por "respeto" merece este nombre; en realidad, lo que hace es intentar detectar cada vez que dice algo que podría llevar a un creyente a dejar la lectura indignado, y explicarle por qué debe seguir). Pero, a pesar de todo, pienso que el libro de Dawkins transmite mejor esos mensajes, tal vez precisamente por ser más agresivo y menos intelectual. [Por cierto, que el 19 de noviembre daré una conferencia sobre "La religión como fuente de violencia: a propósito de El espejismo de Dios", en el Ateneo de La Laguna, Tenerife, a las 20:30. Estáis todos invitados].
Una de las cosas que más me han gustado de Romper el hechizo, aunque es un detalle muy circunstancial, es la información de que se ha puesto de moda en los EE.UU. llamar "bright" ("brillantes") a los defensores de la racionalidad escéptica (perdón por la tautología). Es un acierto, pues lo de "ateos", al fin y al cabo, es una definición negativa (por lo que rechazas, no por lo que crees). También me gusta porque el concepto hace pareja muy bien con el de "los oscuros". Yo propondría traducirlo aquí como "los claros", porque lo de brillante suena a demasiado pretencioso intelectualmente, y "luminosos" parece demasiado místico.
Por otro lado, lo más original del libro es seguramente su tesis sobre "la creencia en la creencia" (el prejuicio de que creer en Dios, o en lo espiritual, es de por sí bueno y deseable, aunque uno mismo sea un agnóstico) y su explicación mediante la memética. En particular me ha gustado el argumento de que la mayor parte de las creencias religiosas, no es que no se puedan transmitir intersubjetivamente, sino que, precisamente por culpa de esto, los individuos no las pueden entender, y sólo hacen que las entienden. En la vida cotidiana hacemos esto cada dos por tres: nuestros conocimientos lo son por delegación, pues aunque no entendemos las cosas, confiamos en que hay expertos que sí que las entienden. Por supuesto, la diferencia es que sobre las cosas de este mundo sí que hay expertos que pueden probar su comprensión y su conocimiento, pero sobre lo espiritual ninguna prueba es válida.
También es acertado el terminar el libro (sin contar apéndices) con la cuestión más delicada de todas: la de la educación de los niños. Plantear el debate de cuáles son los límites del derecho de los padres a lavar el cerebro de sus hijos con una ideología religiosa es algo que se debe hacer cuanto más mejor (sacaremos el tema en nuestro barco en los próximos días), y los argumentos que da Dennett a propósito son muy jugosos.
En fin, mi valoración general del libro es muy positiva (sobre todo pensando en lectores que se acercan al tema por primera vez), pero creo que si hubiera tenido nada más que ciento y pico de páginas, habría podido tener todo lo que merece la pena, y ser, de paso, más convincente para los no convencidos.
3 de noviembre de 2007
ESTA REFORMA DEL BACHILLERATO, ¿SERVIRÁ PARA ALGO?
[VAMOS A VER CUÁNDO PUEDO COLGAR ESTA ENTRADA, PORQUE NUESTRA BUENA AMIGA "TELEFÓNICA" ME TIENE TODO EL DÍA CON LA CONEXIÓN ADSL POR LOS SUELOS, LO QUE SUCEDE CON DEMASIADA FRECUENCIA; ¿ME PASA SÓLO A MÍ, O ES ALGO GENERAL? ¿FUNCIONAN MEJOR OTRAS COMPAÑÍAS?]
En los años que fui profesor de filosofía en secundaria (de 1988 a 2002) lo que más me gustaba era improvisar en las clases. Montábamos un debate socrático, y todos los temas habidos y por haber, tanto "de ciencias" como "de letras", pasaban por allí. Recuerdo que una vez unos alumnos me preguntaron extrañados que cómo era que sabía tantas cosas (no es que supiera tantas, en realidad, lo que pasa es que eran fáciles de impresionar, por lo que se veía). Tras pensar un poco en ello, les respondí: "porque lo estudié en el bachillerato". Más tarde me di cuenta de que esto no era muy exacto, pues muchas de las cosas que les contaba las sabía por mis lecturas, no por haberlo estudiado en el instituto, pero en el fondo sabía que les había dicho una importante verdad: lo que aprendí en el bachillerato (el BUP y el COU, no necesariamente mejor que lo que tenemos ahora) fue lo que me dio la apertura mental que me permitiría ir encajando muchos otros nuevos conocimientos con facilidad. Debo decir, para evitar malos entendidos, que yo fui un estudiante de bachillerato más bien normalito: nunca me quedó ninguna asignatura para septiembre, pero solía aprobar con muchos "bienes" y "notables", y sin que faltaran los "sufis" (y los "sobres").
No soy de los que piensan que "cualquiera tiempo pasado fue mejor". Tal vez porque vivía en un barrio obrero y luego di clases en el mismo tipo de ambiente (a lo mejor en los colegios pijos era distinto, pero no creo que mucho), siempre he visto que la mayoría de los alumnos van a trancas y barrancas en todos los niveles educativos. Pero, con independencia de si la educación ahora está "mejor" o "peor" que hace unas décadas, lo importante es que, estar, no está lo que se dice bien. El decreto que ha aprobado ayer el Consejo de Ministros intenta poner algún remedio, pero soy muy escéptico sobre las probabilidades de que lo consiga.
De las nuevas medidas, la que más me gusta es la introducción de una nueva asignatura de "cultura científica" ("Ciencias para el mundo contemporáneo", se llama; se hablará mucho de ella en el Otto Neurath). Creo sinceramente que es una buenísima idea presentar a los chavales la ciencia, no como un conjunto de fórmulas y datos que hay que aprenderse, sino como algo sobre lo que se puede discutir, y que es relevante para nuestra vida. Los críticos dicen que esto va a ser una "maría" (como si eso fuera malo), que quitará horas de asignaturas más "serias". Pero hay que reconocer que a los que se dediquen a cualquier carrera científica, o en la que la ciencia desempeñe algún papel directo o indirecto, les será muy útil tener en el almacén de la mente la noción de que esos temas "sociales" y "filosóficos" están ahí, y que son relevantes a la hora de poner en práctica cualquier tipo de conocimiento. Si el bachillerato ha de servir para algo, es sobre todo para que los alumnos se enteren de en qué mundo viven, para que entiendan algo cuando lean un periódico o vean el telediario. Y para ponérselo un poco más difícil a los embaucadores de toda calaña, desde los mercachifles de lo paranormal, hasta los vendedores de conspiraciones, pasando por los intermediarios de la espiritualidad. Todo esto no es algo que se deba aprender necesariamente a base de problemas y exámenes.
Lo peor de la reforma es, en cambio, el invento del "semi- promocionado": alumnos que pasarán de curso parcialmente, repitiendo sólo las asignaturas que suspendieron, pero matriculándose de algunas del curso siguiente (no es nada extraño: es sólo lo que se hace en la universidad habitualmente). Por mucho que lo pienso, no acabo de ver cómo se podrán organizar los horarios en los institutos para llevar a la práctica esta medida. Pero lo peor es la señal que se les manda a los
alumnos de que todo es superfácil. Alejandro Tiana (padre de la reforma, colega de la UNED y Secretario General de Educación) insiste mucho en que el bachillerato es demasiado exigente (y en parte puede tener razón), y que debe facilitarse a los chavales el tránsito por tan duro valle de lágrimas (aunque en el MEC no han llegado a la generosidad de la Junta de Andalucía, que pagará un sueldo a los alumnos para que no se vayan). Pero en el fondo el problema surje por el "dogma central" de nuestro sistema educativo: la idea de que todos los alumnos deben pasar por los mismos cursos y contenidos.
Otro día me meteré con esta idea (que realmente me pone furioso); hoy terminaré comentando que la medida que habría necesitado el bachillerato es, pura y simplemente, la de un examen de ingreso o "prueba de madurez". No se trata de que al terminar 4º de ESO los alumnos hagan una reválida en la que tengan que volver a examinarse de los contenidos que han estudiado. No, es algo mucho más sencillo. Póngase a los chicos a hacer una redacción (sin faltas de ortografía ni de sintaxis) sobre un texto literario o periodístico, hagáseles un pequeño test de cultura general, y plantéeseles un problema matemático elemental. Alguien que no sea capaz de superar esta pequeña prueba (y estoy convencido de que tres cuartas partes de los alumnos de bachillerato actuales, e incluso muchos universitarios, no la pasarían) no merece realmente ingresar en el bachillerato, y lo más seguro es que en el fondo tampoco lo desee. Ábransele otras puertas, pues será mucho más feliz siguiendo otros caminos. Y ahora que está tan de moda la reforma de los títulos universitarios, y la idea de que la formación superior es una opción flexible a la que se debe poder acceder o regresar a lo largo de la vida para perfeccionarse, pues facilítese de verdad el paso a la universidad para aquellos adultos que, en lugar del bachillerato, siguieron otras vías académicas o laborales. Las universidades, hambrientas de alumnos, estarán encantadas.
La existencia de una "prueba de madurez" para ingresar en el bachillerato (prueba en la que, repito, sólo habría que demostrar que se sabe leer comprendiendo lo que se lee, que se sabe escribir con sentido y sin faltas, que se tiene unas nociones básicas del mundo en el que se vive, y que se sabe plantear y resolver un problema sencillo), tendría varios efectos beneficiosos:
1º.- Accederían al bachillerato, y de rebote a la universidad, únicamente alumnos que tuviesen una capacidad mínima de aprovechar intelectualmente dichos estudios.
2º.- Mejoraría el ambiente de trabajo en los institutos.
3º.- Serviría como incentivo a los alumnos de la ESO, que también mejorarían sus resultados.
4º.- Obligaría a los profesores de primaria y secundaria a ser más estrictos en el cumplimiento de los objetivos, ya que éstos se concretarían mucho más, y sería más fácil detectar si se han alcanzado.
A propósito de esto: imaginemos que uno va a sacarse un certificado médico, y, aunque tiene el tifus y no sé cuántas enfermedades contagiosas más, le certifican que goza de una excelente salud -a lo mejor hay países atrasados en donde los certificados médicos se dan así-; ¿no lo consideraríamos un fraude? Pues lo mismo ocurre con el certificado que se les da a la mitad -o más- de los estudiantes de España: el título de la ESO dice que "han superado los objetivos", pero si se lee en el BOE cuáles son éstos, y se comprueba si el poseedor del título los cumple o no, ya veremos lo que pasa; volveré también otro día sobre este tema.
En los años que fui profesor de filosofía en secundaria (de 1988 a 2002) lo que más me gustaba era improvisar en las clases. Montábamos un debate socrático, y todos los temas habidos y por haber, tanto "de ciencias" como "de letras", pasaban por allí. Recuerdo que una vez unos alumnos me preguntaron extrañados que cómo era que sabía tantas cosas (no es que supiera tantas, en realidad, lo que pasa es que eran fáciles de impresionar, por lo que se veía). Tras pensar un poco en ello, les respondí: "porque lo estudié en el bachillerato". Más tarde me di cuenta de que esto no era muy exacto, pues muchas de las cosas que les contaba las sabía por mis lecturas, no por haberlo estudiado en el instituto, pero en el fondo sabía que les había dicho una importante verdad: lo que aprendí en el bachillerato (el BUP y el COU, no necesariamente mejor que lo que tenemos ahora) fue lo que me dio la apertura mental que me permitiría ir encajando muchos otros nuevos conocimientos con facilidad. Debo decir, para evitar malos entendidos, que yo fui un estudiante de bachillerato más bien normalito: nunca me quedó ninguna asignatura para septiembre, pero solía aprobar con muchos "bienes" y "notables", y sin que faltaran los "sufis" (y los "sobres").
No soy de los que piensan que "cualquiera tiempo pasado fue mejor". Tal vez porque vivía en un barrio obrero y luego di clases en el mismo tipo de ambiente (a lo mejor en los colegios pijos era distinto, pero no creo que mucho), siempre he visto que la mayoría de los alumnos van a trancas y barrancas en todos los niveles educativos. Pero, con independencia de si la educación ahora está "mejor" o "peor" que hace unas décadas, lo importante es que, estar, no está lo que se dice bien. El decreto que ha aprobado ayer el Consejo de Ministros intenta poner algún remedio, pero soy muy escéptico sobre las probabilidades de que lo consiga.
De las nuevas medidas, la que más me gusta es la introducción de una nueva asignatura de "cultura científica" ("Ciencias para el mundo contemporáneo", se llama; se hablará mucho de ella en el Otto Neurath). Creo sinceramente que es una buenísima idea presentar a los chavales la ciencia, no como un conjunto de fórmulas y datos que hay que aprenderse, sino como algo sobre lo que se puede discutir, y que es relevante para nuestra vida. Los críticos dicen que esto va a ser una "maría" (como si eso fuera malo), que quitará horas de asignaturas más "serias". Pero hay que reconocer que a los que se dediquen a cualquier carrera científica, o en la que la ciencia desempeñe algún papel directo o indirecto, les será muy útil tener en el almacén de la mente la noción de que esos temas "sociales" y "filosóficos" están ahí, y que son relevantes a la hora de poner en práctica cualquier tipo de conocimiento. Si el bachillerato ha de servir para algo, es sobre todo para que los alumnos se enteren de en qué mundo viven, para que entiendan algo cuando lean un periódico o vean el telediario. Y para ponérselo un poco más difícil a los embaucadores de toda calaña, desde los mercachifles de lo paranormal, hasta los vendedores de conspiraciones, pasando por los intermediarios de la espiritualidad. Todo esto no es algo que se deba aprender necesariamente a base de problemas y exámenes.
Lo peor de la reforma es, en cambio, el invento del "semi- promocionado": alumnos que pasarán de curso parcialmente, repitiendo sólo las asignaturas que suspendieron, pero matriculándose de algunas del curso siguiente (no es nada extraño: es sólo lo que se hace en la universidad habitualmente). Por mucho que lo pienso, no acabo de ver cómo se podrán organizar los horarios en los institutos para llevar a la práctica esta medida. Pero lo peor es la señal que se les manda a los
alumnos de que todo es superfácil. Alejandro Tiana (padre de la reforma, colega de la UNED y Secretario General de Educación) insiste mucho en que el bachillerato es demasiado exigente (y en parte puede tener razón), y que debe facilitarse a los chavales el tránsito por tan duro valle de lágrimas (aunque en el MEC no han llegado a la generosidad de la Junta de Andalucía, que pagará un sueldo a los alumnos para que no se vayan). Pero en el fondo el problema surje por el "dogma central" de nuestro sistema educativo: la idea de que todos los alumnos deben pasar por los mismos cursos y contenidos.Otro día me meteré con esta idea (que realmente me pone furioso); hoy terminaré comentando que la medida que habría necesitado el bachillerato es, pura y simplemente, la de un examen de ingreso o "prueba de madurez". No se trata de que al terminar 4º de ESO los alumnos hagan una reválida en la que tengan que volver a examinarse de los contenidos que han estudiado. No, es algo mucho más sencillo. Póngase a los chicos a hacer una redacción (sin faltas de ortografía ni de sintaxis) sobre un texto literario o periodístico, hagáseles un pequeño test de cultura general, y plantéeseles un problema matemático elemental. Alguien que no sea capaz de superar esta pequeña prueba (y estoy convencido de que tres cuartas partes de los alumnos de bachillerato actuales, e incluso muchos universitarios, no la pasarían) no merece realmente ingresar en el bachillerato, y lo más seguro es que en el fondo tampoco lo desee. Ábransele otras puertas, pues será mucho más feliz siguiendo otros caminos. Y ahora que está tan de moda la reforma de los títulos universitarios, y la idea de que la formación superior es una opción flexible a la que se debe poder acceder o regresar a lo largo de la vida para perfeccionarse, pues facilítese de verdad el paso a la universidad para aquellos adultos que, en lugar del bachillerato, siguieron otras vías académicas o laborales. Las universidades, hambrientas de alumnos, estarán encantadas.
La existencia de una "prueba de madurez" para ingresar en el bachillerato (prueba en la que, repito, sólo habría que demostrar que se sabe leer comprendiendo lo que se lee, que se sabe escribir con sentido y sin faltas, que se tiene unas nociones básicas del mundo en el que se vive, y que se sabe plantear y resolver un problema sencillo), tendría varios efectos beneficiosos:
1º.- Accederían al bachillerato, y de rebote a la universidad, únicamente alumnos que tuviesen una capacidad mínima de aprovechar intelectualmente dichos estudios.
2º.- Mejoraría el ambiente de trabajo en los institutos.
3º.- Serviría como incentivo a los alumnos de la ESO, que también mejorarían sus resultados.
4º.- Obligaría a los profesores de primaria y secundaria a ser más estrictos en el cumplimiento de los objetivos, ya que éstos se concretarían mucho más, y sería más fácil detectar si se han alcanzado.
A propósito de esto: imaginemos que uno va a sacarse un certificado médico, y, aunque tiene el tifus y no sé cuántas enfermedades contagiosas más, le certifican que goza de una excelente salud -a lo mejor hay países atrasados en donde los certificados médicos se dan así-; ¿no lo consideraríamos un fraude? Pues lo mismo ocurre con el certificado que se les da a la mitad -o más- de los estudiantes de España: el título de la ESO dice que "han superado los objetivos", pero si se lee en el BOE cuáles son éstos, y se comprueba si el poseedor del título los cumple o no, ya veremos lo que pasa; volveré también otro día sobre este tema.
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