30 de noviembre de 2008

LAS DUDAS DE LA FISICA EN EL SIGLO XXI - SMOLIN SOBRE LA SOCIOLOGIA DE LA FISICA

Hablaba en una entrada reciente sobre el libro de Lee Smolin, Las dudas de la física en el siglo XXI (Crítica, colección Drakontos) acerca de una curiosa paradoja, y prometía dedicarle más espacio al libro cuando lo terminara. Lo cierto es que es una obra totalmente recomendable, y con cuya orientación no puedo simpatizar más. El mensaje principal del libro es una alerta contra el escaso progreso que se ha producido en física fundamental en las últimas tres décadas: desde el establecimiento del "modelo estándar", llevado a cabo sobre todo bajo el liderezgo de la academia estadounidense a partir de la segunda guerra mundial, el cual constituye un logro impresionante de la mente y el ingenio humanos, prácticamente no ha habido ningún descubrimiento de la misma categoría, ninguna nueva fuerza, ninguna nueva partícula, ninguna nueva unificación, y ninguno de los "grandes problemas pendientes" con atisbos de ser solucionado. No es que falten teorías que propongan soluciones, pero los desarrollos teóricos no han ido acompañados con un paralelo éxito experimental.
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Lee Smolin es muy claro en su obra cuando insiste en que la ciencia combina de modo necesario el comprensión teórica y el apoyo en los experimentos. Lo primero sin lo segundo es mera especulación, sin garantía de que estemos "dando en el clavo", por muy intuitiva o sugerente que la teoría nos parezca. Lo segundo sin lo primero son datos con los que no sabemos qué hacer. Por cierto, que tampoco es que nos hayan faltado en estas tres décadas descubrimientos empíricos importantes relacionados con la naturaleza de la realidad física (según Smolin, casi todos ellos procedentes de la astrofísica y la cosmología, sobre todo los relativos a la materia oscura y a la energía oscura), pero el problema es que la línea principal de investigación en física teórica desde principios de los 80 (la teoría de cuerdas, por supuesto) no ha sido capaz de desarrollar modelos que sean capaces de generar predicciones específicas, y sin éstas, el conocimiento no puede avanzar. (Pero, ver en esta noticia del New York Times sobre medición de rayos cósmicos una posible esperanza para la contrastación de la teoría de cuerdas).
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Smolin denuncia que la comunidad de los teóricos de cuerdas es consciente de su fracaso en la vía experimental, y que están intentando (apoyados por su poder en muchos de los departamentos más punteros en física teórica, sobre todo en los EEUU) redefinir aquello en lo que consiste una "buena teoría". La estrategia para ello recuerda a la de la zorra y las uvas verdes: si no puedes lograrlo, entonces no es tan bueno; así, para los teóricos de cuerdas, la belleza matemática sería el criterio principal, y casi único, para determinar la calidad de una contribución a la física. Según Smolin (y yo lo apoyo fervientemente), esto es un fraude, pues, fuera del acuerdo con la observación empírica, no hay ninguna garantía de que nuestras teorías y modelos sean correctos (por muy hermosos, simples, e impresionantes en otros aspectos que puedan ser).
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Esta situación me recuerda, por un lado, a una queja habitual acerca del desarrollo de la teoría económica en las últimas décadas, que también parece estar más pendiente de consideraciones matemáticas que del éxito predictivo (Thomas Mayer, en su libro Truth versus Precision in Economics, indicaba que una razón para esto era que saber si una teoría económica es verdadera es casi imposible, mientras qeu saber si un economista tiene talento matemático es más fácil de averiguar, así que el criterio de "ser bueno con las mates" se ha considerado como un argumento para justificar que uno sea también un buen economista). Por otro lado, me recuerda también a un debate sobre el papel de los experimentos mentales en la ciencia (recogido en el libro Contemporary Debates in Philosophy of Science, ed. por Christopher Hitchcock): mientras que el filósofo James Robert Brown afirma que los experimentos mentales constituyen una forma de acceso a la verdad sobre la naturaleza, su colega John Norton le responde que hay tantos (o más) experimentos mentales que prueban cosas falsas, como los que prueban hechos o leyes verdaderas (p.ej., Aristóteles describe un famoso experimento mental por el que el universo no puede ser infinitamente grande: si tenemos dos líneas paralelas, y comenzamos a rotar una en un cierto punto, en el mismo plano que la otra, ¿cuál será el primer punto donde se crucen?; como no puede haber tal "primer punto", las líneas no pueden ser infinitas, para empezar).
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El segundo aspecto por el que Las dudas de la física en el siglo XXI me parece un libro imprescindible para quien quiera comprender el funcionamiento de la ciencia, es su perspicaz análisis sociológico de la situación que describe. Contra la imagen del progreso basado únicamente en las ideas y los experimentos, Smolin muestra de qué manera la organización social de la comunidad de los físicos teóricos influye de manera determinante en las vías que se exploran, en las soluciones que se propone, e incluso en los criterios para determinar cuándo una solución es aceptable. Habiendo dedicado los últimos diez años a estudiar precisamente este tipo de cuestiones, es una inmensa alegría para mí reconocer ese tipo de preocupaciones en boca de importantes científicos en activo.
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Únicamente debo puntualizar, en el análisis de Smolin, que mientras él distingue -correctamente- las razones "científicas" (o epistemológicas) de los factores "sociológicos", pero insistiendo en que lo malo de las situaciones negativas (como la que denuncia en el caso de la física fundamental) es que en ellas la "sociología" pesa más que la "epistemología", yo creo, en cambio, que la "sociología" es igual de determinante en todos los casos: la diferencia es que, en unos, el "diseño institucional" de las comunidades científcias está bien adaptado para favorecer el progreso epistémico, mientras que en otros casos, sucede al revés. Decir que la "ciencia mala" es mala "por culpa de la sociología" es una queja similar a la de quienes dicen que los vinos malos lo son porque "tienen química": todos sabemos que la bondad de los vinos buenos también depende de la química, pues de la misma forma, el éxito de la buena ciencia depende de que su estructura social sea la apropiada. De hecho, lo que propone Smolin es reformar esa estructura social, quitando peso al criterio de "seguir la corriente" en las decisiones de promoción y contratación de científicos.
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Más:
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9 comentarios:

  1. Intentaré leerme estos libros. El tema de interesa mucho. Gracias por la recomendación.

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  2. Este otro es un poco más técnico, pero por eso mismo trae más información: "El Camino a la Realidad", de Roger Penrose.

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  3. Toca ud. varios temas de lo más interesante en su entrada.
    Por una parte, la falta aparente de progreso de la física en las últimas décadas (digo "aparente" porque no me atrevo a decir "real", menos sin haber leído el libro). Pero sí me atrevo a hacer una reflexión sobre el porqué: desde, quizá, los años 60 o 70, los físicos teóricos han sido "las estrellas". Empujados por una época dorada en buena parte del siglo XX en cuanto a formulaciones teóricas (relatividad, cuántica...) reforzadas por la experimentación, "se han venido arriba" proponiendo y conjeturando teorías cada vez más complejas que trataban de poner de acuerdo relatividad y cuántica, como la teoría de cuerdas y otras, en las que yo detecto una mayor componente especulativa que en otras ocasiones. Quizá por eso no son refrendadas por experimentos, o quizá éstos son más difíciles de hacer...
    Estoy completamente de acuerdo con ud. en que basar la bondad de una teoría simplemente en su belleza matemática, a pesar de que hay científicos a los que agrada esa idea (incluso piensan que una teoría "es tan bella y elegante que no puede ser falsa"), supone una tergiversación inaceptable del método científico: ya nos advertía Feynman de que si empezamos a saltarnos los pasos necesarios, llegaremos a falsas descripciones de la realidad (=a la pseudociencia).
    En cuanto a la Economía, efectivamente parece que el que maneja bien las matemáticas es buen economista y el que no, es un "aficionado". Parece olvidarse que las matemáticas son sólo una herramienta, y uno puede jugar lo indecible con la herramienta y crear modelos sofisticados y formalmente intachables, pero infinitamente apartados de la realidad. Detecto un desprecio entre los economistas más "técnicos" por gente como J.K. Galbraith, autodefinido como "economista político", porque "no hizo aportaciones relevantes a la teoría económica". Si éstas "aportaciones" son modelos matemáticos estupendos para poner en los libros y para después fundamentar según qué ideologías... me pregunto yo ¿cuál es la verdadera aportación?.
    Un saludo.

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  4. Al hilo de la conversación y respecto a la creciente influencia que ha adquirido la "matemática" en el entorno de la economía como ciencia, leí un libro cuyo autor no recuerdo donde se profundizaba en este tema. Allí se explicaba com un posible factor del peso que había adquirido la teorización analítica basada en supuestos de partida bastante ajenos a la realidad al periodo de guerra fría posterior a la II Guerra Mundial.

    El marco institucional académico, el temor a la caza de brujas y el establishment impuesto obligó a muchos economistas a dejar de lado estudios menos ortodoxos y a insistir en la matematización de lo que en principio debió ser una ciencia social. La herramienta pasó a convertirse en el objetivo más que en el instrumento.

    Este orden de cosas sigue todavía así. Y veo que también en Física.

    ¿No era Freeman quién decía que si una teoría era plausible poco importaba si se correspondía con la realidad empírica?

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  5. "Parece olvidarse que las matemáticas son sólo una herramienta"

    No sólo son una herramienta-indispensable para chequear lo bien fundamentada que está la teoría- también son un filtro para evitar que los charlatanes tengan éxito. En economía no tenemos posmochungos, ni Queer economics, algo que no ocurre en otras disciplinas.

    "J.K. Galbraith, autodefinido como "economista político", porque "no hizo aportaciones relevantes a la teoría económica"

    No la hizo. Escribir libros de divulgación incendiarios no implica ser un buen economista.

    ""aportaciones" son modelos matemáticos estupendos para poner en los libros y para después fundamentar según qué ideologías... "

    Eso es una deformación enorme. Las aportaciones sí sirven para muchas cosas. Y no, no creon que sirvan para fundamentar ninguna ideología. Espero una explicación de la relación entre el instrumental matemático y las ideologías, vamos.

    A veces tengo la impresión de que a la gente-no pienso en nadie en concreto le molesta que los economistas usemos matemáticas porque eso hace que el tema sea difícil de dominar. (En mi caso, he pasado estudiando economía mucho más tiempo del que he pasado estudiando ninguna otra disciplina y sin embargo, comparativamente, tengo un dominio bastante inferior del que tengo del derecho o la filosofía política)

    Hay un artículo de Dasgupta sobre el tema dónde dice que las matemáticas han hecho que la economía deje de ser un pasatiempo para Caballeros en los salones y pase a ser una disciplina técnica. Yo entiendo que los caballeros en los salones protesten, pero eso no significa que lleven razón.

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  6. Hola Jesús,
    Estoy completamente de acuerdo. Los modelos valen en la medida que se contrastan.

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  7. Citoyen:
    "No sólo son una herramienta-indispensable para chequear lo bien fundamentada que está la teoría- también son un filtro para evitar que los charlatanes tengan éxito"

    Creo que las matemáticas por sí solas no son filtro de nada. Depende de cómo se usen. También hay charlatanes que saben matemáticas. La correcta aplicación del método científico sí es un filtro. Si eso se puede llegar a hacer en Economía a día de hoy o no es una duda que me corroe (créeme) y sobre la que podemos debatir, pero no las matemáticas por sí mismas...

    "Escribir libros de divulgación incendiarios no implica ser un buen economista"

    Está claro que no. Galbraith fue sólo un ejemplo que me vino a la cabeza. Tampoco ser bueno en matemáticas significa ser buen economista.

    ""aportaciones" son modelos matemáticos estupendos para poner en los libros y para después fundamentar según qué ideologías... "

    Yo no he definido así las "aportaciones"... he dicho "en caso de que esas aportaciones sólo sirvan para..."... no que todas las aportaciones sean de esa índole, por supuesto. Te lanzo una pregunta: ¿sería posible medir estas aportaciones por sus resultados? (no es una pregunta provocativa, es una pregunta que me hago también a mi mismo).

    "Espero una explicación de la relación entre el instrumental matemático y las ideologías, vamos"

    Ninguno, por supuesto. Y lamento si se ha entendido eso de mis palabras. Sólo me quejaba de los casos de economistas que construyen su prestigio por sus aportaciones técnicas y luego lo usan para hacer propaganda (Milton Friedman, ¿el mismo Stiglitz, como tú mismo has recordado a veces?...). El común de los mortales no distingue al economista del propagandista, sólo oirá hablar de la capacidad técnica de estos personajes... pero debería interesar al menos de igual manera la aplicabilidad de sus modelos, y sus limitaciones.

    "tengo la impresión de que a la gente le molesta que los economistas usemos matemáticas porque eso hace que el tema sea difícil de dominar"

    En mi caso en absoluto, todo lo contrario, igual que no me molesta el uso de estadísticas por parte de los sociólogos o de quien sea... sino cómo se usan y las falacias que se pueden generar con un mal uso. Es un problema de "método", y eso ya lo hemos tratado y lo seguiremos tratando en nuestros blogs y los que nos interesan, no me extenderé más aquí.

    "las matemáticas han hecho que la economía deje de ser un pasatiempo para Caballeros en los salones y pase a ser una disciplina técnica"

    Dándole vuelta a tu argumento, creo que el hecho de que la Economía sea una "disciplina técnica" debe de tener muy contentos a muchos economistas... precisamente porque así se hace más difícil de entender al común de los mortales...pero no más difícil de dominar (¿quién domina la Economía?). En cualquier caso, la economía está demasiado cerca de la política (y por tanto, del bienestar o malestar del ciudadano) como para exigir a los economistas la explicación de sus resultados y de sus consejos a la ciudadanía (y si dominan las matemáticas, mejor que mejor). Porque si la Economía queda como una disciplina que "sólo dominan" unos pocos elegidos, ¿qué queda? ¿el despotismo ilustrado de un grupo de tecnócratas?

    Como conclusión-reflexión, bienvenido sea el uso de las matemáticas para formular modelos y teorías. No es esto lo que se discute. Se discute que sea ésa la única y simple vara de medir. Creo que la sofisticación matemática mal entendida, no hace a la Economía "más científica" y sí puede servir como excusa para alejarla del control político.

    Saludos.

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  8. Sobre la polémica Ender-Citoyen: sería bueno disponer de una lista de "descubrimientos" realizados en economía; me refiero a descubrimientos empíricos, es decir , regularidades bien contrastadas, descripciones de mecanismos económicos que hayamos llegado a saber empíricamente que realmente se dan como cierta teoría dice que deben darse (no digo que no los haya, ojo).

    Por otro lado, no me resisto a señalar la similitud entre el uso de las matemáticas como "barrera de entrada" en la econmía académica, por un lado, y la excesiva complejidad del sistema jurídico como barrera de entrada levantada por los juristas y abogados.

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  9. CITOYEN,
    no somos contrarios a la matematización, sólo huímos de dogmas de fe... y observamos otros peligros al acecho.

    Permitidme una "breve" cita:

    "Aunque algunos pretendan ocultarlo, los críticos más severos de la doctrina económica dominante son los economistas. La búsqueda del conocimiento siempre se ha enfrentado a la ‘verdad’ de la autoridad, que pretende una obediencia ciega.
    Quienes anhelan un pensamiento libre de tutelas no deberían recurrir a tales argumentos. Pero cuando se está atrapado en pendencias escolásticas a las que se quiere revestir de prestigio y apariencia, no importa lo que se dice sino quién lo dice o en dónde se dice.
    Un selecto grupo de economistas de diversas corrientes –entre ellos cuatro premios Nobel: Franco Modigliani, Paul Samuelson, Herbert Simon y Jan Tinbergen– suscribió en 1992 un manifiesto que demandaba un análisis económico pluralista y riguroso:
    Estamos preocupados por la amenaza que el monopolio intelectual representa para la ciencia económica. Hoy en día, los economistas están sometidos a un monopolio en el método y los paradigmas, a menudo defendidos sin un argumento mejor que el de constituir la ‘corriente principal’. Los economistas abogan por la libre competencia, pero no la practican en el campo de las ideas.
    Sería ridículo descalificar a los autores del manifiesto por no ser ‘economistas profesionales’ y tildarlos de políticos o sociólogos ‘ignorantes’.
    Durante los años transcurridos desde la publicación de ese manifiesto, la corriente dominante ha batallado intensamente desde las universidades y las grandes organizaciones multilaterales para prohijar la libre competencia de capitales y mercaderías en todo el mundo, pero se niega a aceptar la competencia en el campo intelectual.
    Algo que es normal, pues la ciencia no es siempre la búsqueda desinteresada de la verdad. Muy pocos están dispuestos a ceder el lugar que ocupan, menos aún si están cerca de la cúspide profesional o tienen la ilusión de llegar a ella. Aun así, la preocupación de los ilustres economistas que firmaron el manifiesto se ha extendido. Toda acción genera reacción.
    La liberalización de los mercados de capitales y la apertura de las economías no han cerrado la brecha entre países desarrollados y en desarrollo. Esta brecha ha aumentado. No ha generado la prosperidad ni el crecimiento que serían el resultado automático de la expansión del comercio. No ha eliminado el desempleo ni ha traído el bienestar ni ha atenuado la desigualdad económica y social, como se prometía. Los países que destruyeron las instituciones tradicionales para instaurar las fuerzas del mercado son asolados por los vaivenes de las finanzas internacionales o por nuevas capas gangsteriles. Es normal entonces que la validez de aquellas fórmulas mágicas y universales se ponga en cuestión también en todo el mundo. Y nuestra generación corrobora que es más fácil destruir que construir.
    Lección que no aprendieron los dirigentes de la Revolución de Octubre, que hablaban en nombre de las leyes de la historia y no pudieron construir una sociedad mejor después de asaltar el Palacio de Invierno. Varios decenios después también la desconocen quienes si bien no invocan las leyes de la historia (pues en sus modelos ésta poco o nada cabe y es difícil de formalizar, quizá con ayuda de variables proxy) sí hablan en nombre de principios universales del comportamiento económico expresados en fórmulas algebraicas que predecirían el futuro hasta el infinito.
    Esos son los hechos, escuetos y simples, poco interesantes, como suelen serlo. Elegidos con deliberación pues los hechos no hablan por sí mismos. Y enunciados en forma simplista, como primera aproximación, como harían los “buenos economistas”.
    El fundamentalismo económico de estos tiempos, como todo fundamentalismo, cobra fuerza con los reveses. Sus promesas no son para el presente sino para el fin de los tiempos, cuando se imponga su verdad, cuando se suprima la ignorancia, cuando se derrote a los pseudocientíficos charlatanes que no saben econometría, a los políticos populistas, a los empresarios proteccionistas, a los sindicatos gremialistas y a todos los que impiden aplicar a fondo las políticas correctas y se niegan a sacrificarse en el presente para establecer el paraíso futuro. Pretextos y disculpas que, de no ser por el sobrecargado aparato de ecuaciones, en nada difieren de los que se esgrimían en las últimas décadas del siglo diecinueve. En cuestiones de doctrina no importan los hechos sino la fe o los mandatos conciliares. merecen la excomunión, la ignominia o el silencio.
    Por fortuna, la economía no es escolástica. Con la caída del Muro de Berlín y la dolorosa y frustrante transición al capitalismo en los países de Europa del Este, con el fracaso de los programas de ajuste en América Latina, con la extensión de la miseria en África, con el alto desempleo en Europa occidental, la creciente desigualdad en América del Norte y las crisis asiáticas ha aumentado la inquietud por el rumbo de la profesión.
    Cientos de economistas de las más variadas corrientes y tradiciones van más allá del manifiesto de 1992. No sólo convocan a “un nuevo pluralismo que lleve a un diálogo crítico y tolerante entre las diversas escuelas” sino que se esfuerzan por entender y discutir qué anda mal en la disciplina, por qué es incapaz de contribuir a resolver los problemas contemporáneos y por qué son tan frecuentes los yerros de sus recetas y sus predicciones.
    Varios premios Nobel ‘ortodoxos’ y otros que por traspasar las estrechas fronteras de la disciplina recibieron ese premio han expresado su descontento con el estado de la profesión. Los avances en otros campos están abriendo nuevas sendas de investigación que rompen las fronteras entre la economía y otras ciencias sociales.
    Aun dentro de la misma corriente principal es cada vez mayor la importancia que se da al estudio de las instituciones que dan marco al funcionamiento del sistema económico. Como se la dieron los pensadores clásicos. Resurgen corrientes que el formalismo creía haber liquidado, y la profesión en su conjunto es presionada “para hacer frente a todos los argumentos”.
    Que se deje de fantasear con mundos imaginarios cuya conexión con la realidad es ‘misteriosa e infundada’. Que los modelos y las teorías se contrasten con los hechos. Una petición que haría sonreír a Copérnico o a Newton. Que la economía se refiera al comportamiento de personas reales, no a arquetipos ideales. Que los juegos estratégicos describan el comportamiento real de esas personas y no se limiten a prescribir cómo se deberían comportar. Y se oponen a la utilización abusiva e irreflexiva de las matemáticas:
    El uso de las matemáticas como instrumento es necesario. Pero el recurso a la formalización matemática, cuando deja de ser un instrumento y se convierte en un fin en sí mismo, conduce a una verdadera esquizofrenia con respecto al mundo real. La formalización facilita la construcción de ejercicios y la manipulación de modelos en los que lo importante es encontrar ‘el buen’ resultado (es decir, el resultado lógico de las hipótesis iniciales) para presentar un buen examen. Esto facilita la calificación y la selección, con la fachada de cientificidad, pero no responde a las preguntas que nos planteamos en los debates económicos contemporáneos.
    Los estudiantes europeos (se refiere al movimiento postautista), formados en una tradición crítica piden que en la enseñanza se respeten ciertas reglas elementales: que se expongan las circunstancias económicas, políticas y culturales que llevaron al surgimiento de las teorías que deben estudiar, que se dé mayor importancia a los datos empíricos y a la historia económica para precisar el alcance y la conveniencia de las herramientas y modelos económicos, que estos y sus predicciones se cotejen con los hechos, que los programas incluyan diversas corrientes o tradiciones del pensamiento, que lo que aprenden ayude a resolver los problemas concretos de la sociedad contemporánea1.
    En suma, que contribuya a formar un espíritu crítico, no sólo a graduar expertos sino también a educar ciudadanos que sepan economía, y “lo que se espera del economista es ante todo una cultura general, económica y social, y un buen conocimiento de los mecanismos y de las instituciones económicas”. En esta petición, los estudiantes de París y de Cambridge siguen la tradición de Mill, quizá sin saberlo porque hoy poco se lee a los grandes autores:
    El objetivo de las universidades no es enseñar el conocimiento requerido para que los estudiantes puedan ganarse el sustento de una manera particular. Su objetivo no es formar abogados, o médicos, o ingenieros hábiles, sino seres humanos capaces y cultos... Los estudiantes son seres humanos antes de ser abogados, médicos, comerciantes o industriales; y si se los forma como seres humanos capaces y sensatos, serán por sí mismos médicos y abogados capaces y sensatos.... (Pla de Bolonya.... he, he...)
    Hartos de las utopías del siglo veinte, que llevaron a la hecatombe y a la injusticia, los jóvenes estudiantes piden a sus profesores que apliquen la razón al estudio de la racionalidad. Igual que los marxistas disidentes, que pedían que se aplicara el marxismo al marxismo. Cuando la razón no se aplica a la razón, aun para entender sus límites, aparece el desánimo que lleva a la deserción y a la frustración. Algunos estudiantes aplicados han presentado trabajos valiosos en este sentido, o en cualquier otro,... . pero, ai!, no lo escribieron en inglés y no lo publicaron en un journal indexado sino en una modesta revista...
    Las semejanzas entre los dos manifiestos, el de los economistas ilustres y el de los aprendices de economistas, son notables. Y, por supuesto, sus declaraciones están abiertas a la discusión. Pero el sol no se puede tapar con el índice y afirmar, sin sonrojarse, que estas críticas son obra de mentes ignorantes. Por fortuna, no todos los economistas van al trote con anteojeras.
    La actual enseñanza de la economía despoja de los conocimientos necesarios para ser buenos economistas. “¿Quién no ha constatado la pérdida de cultura económica de un bachiller proveniente del área económico-social después de pasar dos años en una facultad de ciencias económicas?” Esta tradición de enseñanza, contraria a la paidea griega, privilegia la formación en serie de técnicos deslumbrados por el brillo y la manipulación de herramientas, en menoscabo de la formación de personas reflexivas que además de conocer esas herramientas saben cuándo y cómo utilizarlas, y cuándo hay que construir otras para remplazar a las que se han vuelto herrumbrosas y obsoletas.
    Geoffrey Hodgson, profesor de la Universidad de Hertfordshire, coincide con los estudiantes en que la matematización creciente de la economía es una de las causas del empobrecimiento de la disciplina.
    La formalización se alimenta a sí misma. Da lugar a un proceso ostentoso de reforzamiento... en el que todo lo que importa es aquello que se puede presentar en forma matemática: lo demás se margina o se rechaza... el plan de estudios se estrecha. Y, con el tiempo, los criterios de selección basados en la formalización atractiva e innovadora empiezan a predominar en las principales revistas y en los procesos de nombramiento de los profesores. A golpes de trinquete, la profesión en su conjunto es dominada progresivamente por los formalistas.
    Pero les advierte que no es la causa única y quizá no la más importante, “no creo que ésta sea toda la historia. La formalización no explica por completo las penalidades de las ciencias sociales”, de las que pone como ejemplo las que sufre la sociología, cuyo programa de investigación – explicar las acciones humanas en el marco de las estructuras sociales– está en el caos. Argumenta (sí, para hablar de la sociología se pueden usar razonamientos y no meros epítetos dudosos y deleznables) que a pesar de los trabajos serios y valiosos de muchos sociólogos, tiene graves problemas: su discurso se ha vuelto incomprensible por la influencia de corrientes que hacen pasar la oscuridad por profundidad. Ha renunciado a sus presupuestos teóricos originales para abrazar una concepción del hombre económico que le ha hecho perder su identidad y que se llame ‘sociología’ a lo que no es más que economía asocial. Entre los sociólogos hay confusión y desconfianza en sí mismos, y muchos se han trasladado a otros departamentos, donde hacen estudios de caso, muchos de ellos sobre temas económicos, pero en general han abandonado el núcleo teórico de la disciplina. Esos problemas no obedecen a un exceso de formalización, por una razón evidente: hasta ahora, la sociología no ha intentado imitar a las ciencias naturales y parecerse a la física.
    Según el profesor Hodgson, en el deterioro de las ciencias sociales interviene un fenómeno social más ‘terrible y preocupante’, cuyos indicios avizoró Thorstein Veblen a finales de la segunda década del siglo pasado: la comercialización del mundo del saber y la adaptación de las universidades a las necesidades de las grandes corporaciones. En la academia contemporánea “intervienen fuerzas globales que amenazan la integridad intelectual de todas las disciplinas académicas”.
    Esboza una hipótesis que desarrolla en su libro Economía y utopía: en el capitalismo global, cada vez más especializado y ansioso de conocimientos que pueda transformar en nuevas necesidades y en nuevos productos, se requiere una inmensa masa de trabajadores no calificados y una gran variedad de especialistas calificados cuya formación tiene varias consecuencias para las universidades. La primera, que las “necesidades e intereses del mundo corporativo estén en el centro del campo académico”, a riesgo de perder su carácter de centros de investigación independiente. La segunda es la aceleración del proceso de especialización y el aumento de los conocimientos, que llevan a una incesante división de la ciencia, que a su vez dificulta la actualización permanente aun de los especialistas más especializados y pone obstáculos a la reflexión crítica y al diálogo interdisciplinario.
    Hoy, cuando es más difícil lograr una gran visión, las grandes preguntas riñen con el éxito. Las disciplinas se reducen a tecnicismos casi insignificantes. Infortunadamente, se pierde la gran visión. Las causas de la enfermedad de la economía no se limitan a la economía... [y] el restablecimiento de la salud es aún más difícil3.
    Hay que reformar la enseñanza, pero no sólo la de la economía; juzga necesaria una reforma de toda la educación universitaria, semejante a la que Guillermo de Humboldt impulsó en Alemania en el siglo diecinueve, gracias a la cual la filosofía sustituyó a la teología como núcleo de la investigación. “La búsqueda de la verdad siguió siendo el propósito de la universidad y se exigió que todos los estudiantes entendieran los problemas filosóficos de la verdad y de la explicación”. Y recomienda que la enseñanza de las matemáticas, junto con el aprendizaje de la filosofía y el conocimiento de los hechos pertinentes de la historia de las ideas formen parte del plan de estudios obligatorio de toda ciencia.
    Esta reforma pondría a la enseñanza de las ciencias en el lugar que le corresponde y dejaría al desnudo las fragilidades mutuas. Y en vez del imperialismo y la prepotencia académica, los estudiantes de todas las disciplinas podrían compartir la aventura común de ampliar el conocimiento humano y contribuir a resolver los problemas del planeta. ¡Ay, cuánto nos alejamos de esa reforma cuando confundimos la investigación desinteresada con la venta de productos por pedido y la formación de las nuevas generaciones con la producción en serie!

    NOTAS AL PIE
    1. Jacob Viner, uno de los más distinguidos economistas de la Escuela de Chicago aplaudía esta petición estudiantil: “Vivimos tiempos difíciles y existen problemas cruciales de vida y muerte, riqueza y pobreza, libertad y tiranía que aguardan respuesta. En las ciencias sociales y naturales , los estudiantes tienden primero a buscar soluciones a esos problemas y a desarrollar habilidades que los ayuden a resolverlos. Tal como debe ser. Ésa es la prioridad, y quizá también la segunda, la tercera y la cuarta.
    2. Antes de ella, el profesor Viner también lo dijo, con otras palabras y no menor ironía: “las escuelas de posgrado tienden a convertir a sus estudiantes en especialistas estrechos, cuyo punto de vista se limita a su propia disciplina o a una rama especial de esa disciplina, y no pueden reconocer la importancia de mirar su propia disciplina desde otro punto de vista. Esos estudiantes reciben entonces su título por la solidez de unas tesis que demuestran a satisfacción de sus supervisores que han descontaminado sus mentes de toda influencia ajena a la disciplina que pudiera pervivir de su formación del pregrado. Y luego retornan a las universidades a transmitir a la siguiente generación la versión que las escuelas de posgrado tienen de la educación liberal: percibir el mundo a través del ojo de una aguja”.
    3. En la primera mitad del siglo pasado, ese proceso de especialización y acumulación de conocimientos no era tan acelerado, pero en su propuesta para evitar que la enseñanza de posgrado llegara a ser tan estrecha como vislumbraba, el profesor Viner decía: “Me dicen que esta especialización intensiva es necesaria para hacer descubrimientos y sobre todo para mejorar las técnicas de descubrimiento. Para descubrir cosas desconocidas parece ser necesario trabajar en un surco muy estrecho y mantener la mirada fija en ese surco, sin ojear siquiera los deleitables conocimientos del jardín del colega vecino. En la enseñanza de pregrado pregonamos la síntesis de disciplinas, la amplitud de visión y la perspectiva histórica, y en los pregrados aun hay profesores que lo hacen. Pero cuando, mediante becas y otros alicientes, atraemos estudiantes a nuestras escuelas de posgrado, los animamos para que sean profesionales con tapaojos que limitan su visión al estrecho surco de investigación, y nos empeñamos –a veces con éxito– en convertirlos en perros buscadores de trufas –o si lo prefieren, en caballos de carreras– esmeradamente entrenados para un solo y pequeño propósito, pero que no sirven para más. Y les encomendamos a los estudiantes de pregrado”."



    EXTRACTO DE : Editorial. Rev.econ.inst. [online]. jan./jun. 2002, vol.4, no.6 [citado 02 Dezembro 2008], p.03-15. Disponível na World Wide Web: http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0124-59962002000100001&lng=pt&nrm=iso. ISSN 0124-5996.

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