20 de octubre de 2009

ALGO TIENE QUE HABER... ¿O NO? (ASÍ EMPEZAMOS)


Con esta entrada botamos el Otto Neurath hace dos años, el uno de octubre de 2007. Se me ha pasado celebrarlo.




"Por lo que puedo distinguir, están peleándose por cuál es la religión más pacífica"


Comentario sobre el libro de Richard Dawkins, El Espejismo de Dios, Madrid, Espasa, 2006.

Bien conocido por sus obras de divulgación científica en el campo de la biología, y más especialmente en la teoría de la evolución (El gen egoísta, Destejiendo el arco iris...), el catedrático de “Comprensión Pública de la Ciencia” en la Universidad de Oxford, Richard Dawkins, ha tomado una decisión arriesgada al escribir su última obra. El espejismo de Dios no es un libro ciencia, aunque el conocimiento científico desempeña un papel importante en buena parte de sus argumentos, y por supuesto en la visión general sobre la realidad que subyace en toda la obra. En cierta medida, este menor protagonismo de la ciencia hace que el libro sea más accesible para el lector medio que otros títulos de Dawkins (quien, por otro lado, es un maestro consumado de la comunicación científica, tal vez, tras la muerte de Stephen Gould, el mayor divulgador vivo de la biología), pero también ha tenido la consecuencia no tan favorable de que su virtuosismo argumental “marca de la casa” se echa bastantes veces de menos en el nuevo libro. Ocurre un poco como cuando un gran intérprete de un instrumento musical se mete a director de orquesta: el resultado puede ser agradable, pero resulta un tanto desigual, pues el artista acusa la falta de familiaridad con algunos matices y del dominio de ciertas técnicas. Con todo (y con algunos otros problemillas de los que hablaré pronto), El espejismo de Dios es simplemente una de esas obras que se necesitaban, cuyo éxito editorial es tan comprensible como deseable, y cuya recepción enfurecida por parte de los medios creyentes y tradicionalistas no deja de ser síntoma de su vigor intelectual. Lástima, dicho sea de paso, que la traducción encargada por Espasa-Calpe haya hecho tan poca justicia a la prosa fluida del autor, hasta hacerle decir en algunos puntos lo contrario de lo que dice.
Pero vayamos al contenido de la obra. Richard Dawkins no ha escrito un libro para los profesionales de la argumentación religiosa (teólogos y filósofos), sino para el gran público, para esa masa de personas que, en muchos casos, profesan una religión por el mero hecho de haber sido educados así, y porque nunca han considerado la idea de que podía ser factible (e incluso saludable) el rechazar esas creencias. Es, sobre todo, un libro para quienes el argumento teólogico fundamental ha sido siempre el campechano “¡Algo tiene que haber!” que estamos tan acostumbrados a oir cuando nos ponemos metafísicos en una charla de café. Por supuesto, las multinacionales religiosas (sobre todo las de Occidente, con sus sofisticados departamentos de investigación, también llamados “facultades de teología”, y sus múltiples concesionarios –con ce, no efe–), han ensamblado argumentos dialécticos enormemente sofisticados para demostrar que es razonable creer en Dios, en la resurrección, y en la perversidad moral de la masturbación; pero, puesto que la mayoría de los mortales no creen en estas cosas porque hayan sido convencidos mediante tales argumentos de teólogo profesional, sino más bien por razonamientos o intuiciones de amateur, un libro dirigido al gran público tiene que concentrarse en debates mucho más a ras de tierra.
A este nivel, la primera y fundamental cuestión es la de si Dios existe. La estrategia de Dawkins es la de mostrar que no se trata de una cuestión ante la que sólo quepan tres posturas: la del creyente, la del ateo y la del agnóstico, sino que, como con cualquier otra afirmación sobre la existencia de cierta entidad o fenómeno, lo que tenemos es un amplio abanico de posibilidades: uno puede estar totalmente convencido de que Dios existe, o de que Dios no existe, pero entre ambas convicciones extremas caben muchos matices. Por ejemplo, uno puede decir, “yo no sé si Dios existe, pero creo que es más probale que exista que lo contrario”, y por supuesto también puede dudar de su existencia con la misma intensidad. En realidad, si uno lo hace pensar un poco a sus compañeros de charla de café, ¿por qué van a ser exactamente igual de probables ambas posibilidades? Al fin y al cabo, yo no sé si algún barco del Antiguo Egipto navegó alguna vez hasta América del Sur, pero pienso que probablemente no; en cambio, pienso que es más probable que alguno viajase hasta España, aunque tampoco lo sé. Esta precisión le sirve a Dawkins para sugerir que ser ateo no equivale a “negar” a secas la existencia de Dios, sino sólo a pensar que es bastante improbable. Dawkins dedica un capítulo a ridiculizar la mayoría de los argumentos teístas habituales (no todos “filosóficos”), mostrando que no garantizan en ningún caso una alta probabilidad a la existencia de Dios, lo que no es muy nuevo, por otra parte.
En cambio, el capítulo central de la obra ofrece un argumento más original, aunque el mismo Dawkins reconoce que consiste ni más ni menos que en tomarse en serio la eterna pregunta infantil de “¿quién creó a Dios?”. Muchos teólogos (sin ir más lejos, el bueno de Hans Küng en su muy reciente El principio de todas las cosas) afirman que la hipótesis de Dios es la mejor explicación “científica” de la existencia del mundo y de su sorprendente orden. Dawkins muestra, en cambio, que esta hipótesis no explica nada, si por “explicar” entendemos lo que hacen las teorías científicas cuando explican correctamente ciertos fenómenos (hurgaré en los detalles en otra ocasión, si me dejan), y lo que es más importante, que esta hipótesis requiere un Creador al menos tan complejo como el mundo que ha creado. Pensemos en el viejo argumento del reloj encontrado en una playa desierta, el cual nos lleva lógicamente a la conclusión de que alguien lo fabricó; imaginemos que lo que hallamos es un hacha prehistórica, mucho más simple que un reloj. La conclusión a la que llegaremos es que la sociedad que ha construido el reloj es más sofisticada que la que ha fabricado el hacha (pues necesita una división social del trabajo mucho más extensa); y si lo que encontramos es un ordenador, pensaremos correctamente que ha sido creado por una sociedad aún más compleja. Pues bien: si el universo hubiera sido creado por alguien, ese “alguien” debería ser muchísimo más complejo que quien ha creado el hacha, el reloj, o el ordenador. Hasta aquí, no hay problema; de hecho, muchos teólogos de café, como usted y como yo, tendrán la intuición de que Dios es un ser bastante complicado, y no el intelecto simplísimo que postulan algunos teólogos, tan simple que no necesita de nada que lo haya creado. Pero fijémonos en que queríamos un Dios porque el mundo nos parecía tan complejo que necesitaba un creador. Por tanto, la misma razón que nos llevó a pensar que debía existir un creador del mundo, nos llevará también a exigir que este creador haya sido creado... por otro creador aún más complejo, y así sucesivamente. Y esta cadena de creadores cada vez más complejos es todo menos simple, que es la virtud que deben tener las buenas explicaciones científicas.
Tras los capítulos de teología de café, Dawkins dedica más de la mitad del libro a defender una tesis que es la que sin duda ha suscitado la intensa animadversión a la que nos referíamos. La tesis de que la religión es básicamente perjudicial. Es justo indicar que la mayoría de los creyentes no son como los terroristas islámicos del 11-M o los “talibanes cristianos” de la América profunda. Dawkins lo reconoce, pero insiste en que el fundamentalismo es la consecuencia natural de la propia esencia de la fe religiosa, pues al fin y al cabo la fe consiste en la voluntad de creer cosas irracionales sencillamente por la autoridad de quien nos las enseña. Cuando la fe no ha desembocado en el fundamentalismo, ha sido porque otras convicciones individuales y otras fuerzas legales se lo han impedido. Entre los muchos ejemplos que pone Dawkins, destaca el de la fuerza moral de las Escrituras: cualquiera que lea hoy la Biblia con la sensibilidad ética de nuestros días, sentirá repugnancia por la crueldad que Yahvé y sus muestran en la mayor parte del Antiguo Testamento, y no menos por el capricho divino de someter a su propio Hijo a una tortura terrible en el prime time del Nuevo. La Biblia misma no puede ser tomada, por tanto, como una guía moral en sentido primario, pues empleamos nuestra moral para decidir qué interpretación ética tenemos que dar de los mensajes que la Biblia contiene. Por tanto, es nuestra moral (nuestra moral laica, diríamos) la que forma el dique de contención que impide que las creencias religiosas “respetables” se desborden hacia un fundamentalismo “criminal”, como harían si sólo obedecieran sus propias fuerzas.
Hay muchas otras tesis igual de interesantes y provocadoras en El espejismo de Dios, esperando a la curiosidad de los lectores. No puedo comentarlas todas, pero no me resisto a mencionar las dos que pueden tener una mayor repercusión política, y que ojalá propicien un debate social sosegado pero intenso. La primera es la de que las creencias religiosas no deberían merecer más respeto que cualesquiera otras opiniones. Se trata, en el fondo, de que una persona religiosa no debe tener más derechos que una no religiosa (por ejemplo, el derecho a que no se discuta la verdad de sus creencias, el derecho a aducirlas como justificación de sus actos, por muy poco razonables que estos sean, etc.). La segunda tesis es la de que los niños tienen derecho a no ser adoctrinados, ni siquiera por sus familias, y por lo tanto no deberían sufrir una educación religiosa tendenciosa, al menos hasta alcanzar el debido uso de razón gracias a una enseñanza basada en el fomento de la capacidad crítica y en la valoración del conocimiento racional. ¿Alguien se atreve a llevar estas propuestas al debate político español?

6 comentarios:

  1. Una gran forma de empezar (ideas plenamente vigentes, pardiez... te sugiero adjuntar el texto sobre el libro de Dawkins periódicamente, a ver si algo ha cambiado...)

    Enhorabuena por el blog. Pero no te descuides: lo difícil no es llegar, es mantenerse.

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  2. Pero... ¿es realmente posible no adoctrinar a un niño?

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  3. Gracias, Ender.
    .
    Lole: cuanto más le enseñes al niño a pensar por sí mismo, menos le estarás adoctrinando.
    Cuanto más le expliques la racionalidad que hay en las opiniones diferentes de las de sus padres o maestros, menos le estarás adoctrinando.
    Cuanto más le des a conocer y entender otras formas de pensar, otras culturas, otras épocas históricas, menos le estarás adoctrinando.
    Cuanto más le enseñes de qué manera ciertos conocimientos se adquieren a través de la experimentación y de la contrastación de hipótesis alternativas, mientras que otros se adquieren por supuesta revelación o inspiración divina, menos le estarás adoctrinando.

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  4. Hola

    Creo que leeré ese libro. Eso me recuerda que la ultima novela de Saramago, Caín, tambiés es una crítica a las creecias religiosas, en especial al antiguo testamento.

    Con respecto a las dos ultimas preguntas, dignas de poner en un debate, pues creu que la primera podría ser considerada, mas considero que la segunda jamás podría ser aceptada, pues los padres siempre tratarán de enseñas a sus hijos los que consideren mejor para ellos; y si son padres religiosos, religión les darán a sus pequeños, para bien o para mal.


    Saludos, y muy buena introducción al libro mencionado :)

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  5. Gracias, Jesús.
    En esencia estoy de acuerdo contigo.
    Lo que pasa es que intuyo que es muy difícil hacer realidad ese ideal.
    Simple escepticismo.

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