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18 de mayo de 2010

INFERENCIALISMO (3). EL PROBLEMA DE LOS CONCEPTOS TEÓRICOS (2)

Veíamos en la anterior entrada de la serie que una de las cuestiones que los positivistas lógicos habían intentado responder era la de la naturaleza de los conceptos teóricos (como opuestos a los "observacionales"), y que su respuesta había sido una especie de instrumentalismo: el "contenido empírico" de una teoría que contiene conceptos teóricos sería idéntico al conjunto de consecuencias de dicha teoría que es expresable con la ayuda únicamente de conceptos observacionales (hay dos "marcas" habituales para realizar esta "reducción" de lo teórico a la observacional: la marca "Craig" -popularizada por Putnam- y la marca "Ramsey" -preferida por Carnap y los estructuralistas posteriores, como veremos-), de modo que lo único que "dicen" los conceptos teóricos es que los fenómenos observables son "tal como serían si existieran los conceptos teóricos que esas teorías dicen que hay".
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El principal problema de esta tesis es, en mi opinión, el que presentó Karl Popper (ya en los primeros tiempos del Círculo de Viena, cuando la publicación original de su Lógica de la investigación científica - 1934): sencillamente, no es posible hacer la distinción entre conceptos teóricos y conceptos observacionales que la tesis presupone. Ya vimos en la otra entrada que los positivistas terminaron empleando como criterio para determinar si un concepto es "empírico", el hecho de que, en la práctica, los científicos lo consideran como empíricamente (es decir, "aproblemáticamente") determinable... lo que nos podría llevar a considerar que la inmensa mayoría de los conceptos científicos son "empíricos" en ese sentido: una vez que se está de acuerdo en que un procedimiento de medición es fiable, lo que ese procedimiento mide, ya sería "empírico".
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Pero hay otra razón, como señaló Popper, y posteriormente Joseph Sneed elaboró con más precisión: en lugar de considerar la categoría de "teórico" como sencillamente el opuesto de "empírico" (es decir, que un concepto sea "teórico" significaría que NO es "empírico"), parece más razonable apuntar que, cuando decimos que el concepto X es "teórico", lo que queremos decir es que depende de UNA teoría determinada (o, mejor dicho, PRESUPONE la validez de alguna teoría o hipótesis). Y el caso es que, en este sentido, TODOS, absolutamente todos los conceptos son teóricos, pues no hay ningún concepto que pueda aplicarse sin presuponer que algunos enunciados (no tautológicos) son verdaderos, y más en particular, sin presuponer que alguna regularidad (y en ese sentido, una "teoría") es verdadera. Popper pone el ejemplo del concepto "agua": afirmar que "esto es un vaso de agua" presupone que son correctas algunas REGULARIDADES (si lo que llamamos "agua" se comportara cada vez de una manera distinta... no lo identificaríamos como una CLASE de material, así que ni siquiera se nos ocurriría darle el mismo nombre cada vez; ojo, no me refiero a regularidades del tipo "el agua es H20", sino más bien a las que nos permiten identificar algo como agua en nuestra vida cotidiana, cosas como "es transparente", "es líquida a temperatura ambiente", "la del mar está salada", etc.).
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Así pues, aplicar un concepto, cualquier concepto (al menos, cualquier concepto "no meramente formal"), implica presuponer algunas hipótesis sobre las regularidades que se cumplen en el mundo.
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Joseph Sneed transformó esta idea en un problema epistemológico bastante serio (al que, de paso, dio una solución). Consideremos los conceptos que aparecen en la segunda ley de Newton ("fuerza igual a masa por aceleración"); ¿cómo averiguar si esa ley es correcta? Ingenuamente, podríamos pensar que sometemos a una misma masa a diversas fuerzas, medimos las aceleraciones resultantes, y comprobamos si se cumple la famosa ecuación. Pero esto no es tan sencillo; primero: ¿cómo medimos la masa de ese objeto? Sneed nos señala el hecho de que cualquier procedimiento de medición de la masa de un objeto (p.ej., una balanza) PRESUPONE ya que la ley de Newton es válida, y de modo aún más obvio, lo mismo sucede para cualquier procedimiento con el que queramos medir una fuerza. Por lo tanto, señala Sneed, ¡¡¡cualquier aplicación de los conceptos de "masa" y "fuerza" es, en cierto sentido, circular, pues presupone que la segunda ley de Newton es válida!!!
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Sneed explica esto refiriéndose a sistemas concretos (es decir, cualquier conjunto determinado de cuerpos sobre el que queremos determinar si cumple las leyes de Newton o no), y la forma como expresa el problema es la siguiente: para determinar si un sistema físico cumple las leyes de Newton, tenemos que presuponer que algunos otros sistemas físicos (en general, aquellos sistemas que utilizamos como "aparatos" de medición) las cumplen.
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Dicho de otra manera, como explicaba en los comentarios de la reciente entrada sobre el constructivismo: decir que un concepto es "teórico" (o que un enunciado es "teórico") no significa que se refiere a algo "inobservable directamente", sino más bien que es imposible utilizarlo sin aceptar además algunos otros enunciados. O sea, un concepto es teórico si, para utilizarlo, tienes que creer algunas cosas (en especial, algunas "regularidades" o "leyes" sobre el mundo). Y en este sentido, TODOS los conceptos son teóricos, incluso los más aparentemente "observacionales", como "verde", "caliente", "aquí", "longitud", etc. [Un buen ejercicio de reflexión sería pensar qué regularidades son las que están presupuestas en el uso de cada uno de estos conceptos; estáis invitados a sugerirlas en los comentarios]. Es decir, el uso de CUALQUIER concepto presupone aceptar alguna "teoría" sobre la realidad. (Naturalmente, no todos los conceptos presuponen las mismas teorías; ni todos los individuos estarán de acuerdo en qué regularidades es necesario presuponer al utilizar el mismo concepto; ni hay garantía alguna de que las teorías que presupone un agente al utilizar cualesquiera dos conceptos vayan a ser lógicamente consistentes entre sí).
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Esto, por supuesto, conduce a alguna forma de holismo (que no es una teoría sobre maneras informales de saludar); en la versión de Sneed, el holismo se introduce mediante la solución que dio al "círculo vicioso de la medición de funciones teóricas": cuando hacemos CUALQUIER afirmación sobre las masas o las fuerzas que intervienen en un sistema concreto determinado, estamos haciendo, en realidad, una afirmación sobre TODOS los sistemas físicos a los que pensamos que es aplicable la mecánica newtoniana; en particular, cuando decimos, p.ej., que esta barra de hierro pesa 2 Kg, lo que estamos haciendo es afirmar, entre otras cosas, que en TODOS los sistemas físicos en los que se ejerza alguna fuerza sobre esa barra, ésta sufrirá una aceleración que obedecerá la segunda ley de Newton, y que a su vez las masas y las fuerzas determinadas para los objetos de esos sistemas se podrán trasladar mediante la ley de Newton a cualesquiera otros sistemas en los que esos objetos intervengan, etc., etc. O dicho de otro modo, la teoría de Newton no puede descomponerse en una serie de afirmaciones independientes sobre sistemas u objetos concretos, sino como una única afirmación sobre todos esos sistemas y sus relaciones mutuas.
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Seguro que esto os suena a la famosa "tesis de Duhem y Quine", pero esto ya será materia de otra entrada.
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4 de febrero de 2010

SIMULACIÓN CUÁNTICA

El arte de la simulación cuántica permite el estudio de fenómenos inaccesibles


Enrique Solano (Lima, 1964), acaba de publicar el artículo ‘Simulación cuántica de la ecuación de Dirac’ en la prestigiosa revista Nature. Solano ha dirigido este proyecto junto con Rainer Blatt, director de laboratorio en el Instituto de Física de Innsbruck (Austria) y su equipo formado por R. Gerritsma, G. Kirchmair, F. Zähringer y C.F. Roos. Pese a que el campo de la simulación abre un mundo de posibilidades “jamás explorado” que permitirá estudiar “fenómenos inaccesibles” y conocer nuevas propiedades de los materiales, Solano sabe que hay algo que jamás podrá calcular: su curiosidad. “Es infinita”, asegura.

Expertos internacionales han descrito su trabajo como “un paso muy importante en el campo de la Física”. ¿Cómo han recibido la noticia?

Nos ha sorprendido gratamente la buena recepción de nuestro trabajo en la comunidad científica internacional. La revista Nature no acostumbra publicar resultados finales que cierran temas, sino que abren líneas nuevas de investigación. Aún así, una de las condiciones para aceptar un artículo es la originalidad y el alto impacto, es decir, que aporte conocimiento nuevo a la comunidad científica de forma significativa, por lo que es muy agradable que califiquen nuestra investigación de “hito”. Sin embargo, ser escéptico forma parte del trabajo del científico, así que procuro no creer demasiado en los halagos y confiar más en la autocrítica constante. Mi equipo y yo no nos conformamos con dar el primer paso y ambicionamos dar muchos más.



¿De qué trata el artículo ‘Simulación cuántica de la ecuación de Dirac’?

Nuestro trabajo teórico y experimental ha unido dos áreas aparentemente incompatibles hasta la fecha: la física cuántica relativista de los años 30 del siglo pasado -una época de oro para la física-, y la óptica cuántica poseedora de la tecnología cuántica más avanzada. Mediante la técnica del confinamiento de átomos –donde éstos se atrapan e inmovilizan con láseres-, hemos conseguido que un sistema físico simule el comportamiento cuántico de otro. Concretamente, hemos logrado que un átomo confinado adquiera una dinámica similar a la de una partícula cuántica relativista que se mueve a una velocidad cercana a la de la luz y que, debido a las limitaciones técnicas, jamás se ha podido observar. La simulación cuántica es como un teatro donde se representa la vida cotidiana de la Naturaleza a la cual no tenemos acceso. ¿Cómo perseguir a un electrón que viaja a velocidades cercanas a la de la luz y comprobar si oscila o describe una línea recta? La simulación cuántica de esa dinámica nos permite tener acceso a una física similar que sí podemos manipular y controlar.

¿Y qué es la ecuación de Dirac?

Uno de los mayores físicos del siglo XX y premio Nobel, Paul Dirac, propuso en 1928 por primera vez una ecuación dinámica que unificaba de forma satisfactoria las exigencias de la física cuántica y la relatividad especial. A consecuencia de esto, el físico alemán Erwin Schrödinger predijo un par de años después que las partículas que se mueven a una alta velocidad no se moverían en línea recta, sino que lo harían en forma helicoidal. Esa oscilación se conoce como ‘Zitterbewegung’, que en alemán significa ‘movimiento vibratorio’. Schrödinger descubrió que la amplitud de ese movimiento es más pequeña que el núcleo de un átomo y su frecuencia es millones de veces superior a la de la luz visible, por tanto no existe tecnología que pueda medirla hasta el día de hoy. Con el paso del tiempo, el ‘Zitterbewegung’ quedó plasmado como una elucubración teórica de libro texto que nadie ha podido o se ha atrevido a medir.Esa inaccesibilidad fue la que me despertó la curiosidad y ese desafío me indujo a estudiar la posible simulación cuántica de la ecuación de Dirac y sus predicciones. Después de un estudio técnico y teórico profundo les propuse a mis colegas de Innsbruck colaborar con nosotros en el País Vasco para llevar nuestros modelos de simulación cuántica de la ecuación de Dirac a sus avanzados laboratorios.

¿Qué aplicaciones tiene la simulación cuántica en la vida cotidiana?

La simulación cuántica permitiría reproducir efectos físicos y conocer propiedades de materiales que no sólo se desconocen, sino que técnicamente no se pueden conocer. Imagine que deseamos rediseñar un material añadiendo un protón más a cada molécula. Bien, eso no se puede hacer. Estamos hablando de trillones de átomos. Precisaríamos de una gran inversión y de muchos años de investigación. Por ello recurrimos a la simulación cuántica, que a partir de prototipos mucho menos costosos, podría proporcionarnos resultados muy poderosos como que añadiendo un protón más el material cambiaría de color o se volvería dañino para la piel, por ejemplo. Además, se prevé que en los próximos años se realicen simulaciones mucho más complejas que producirán resultados jamás conocidos.

¿Cuál es el papel que desempeñan los ordenadores?

Muchas simulaciones convencionales emplean el ordenador, pero éstos están limitados. Ni toda la memoria de todos los ordenadores del mundo alcanzaría, por ejemplo, para calcular una evolución compleja de 100 átomos. Pese a estar muy orgullosos de nuestra tecnología, lo cierto es que los ordenadores convencionales son incapaces de resolver una buena parte de los problemas físicos importantes.

Como dijo el premio Nobel de Física Richard Feynman, “dejemos que la Naturaleza calcule lo que nosotros no podemos calcular”. Personalmente, me encantaría cumplir el sueño de Feynman, y ambiciono estudiar y ver realizadas las simulaciones cuánticas de reacciones químicas o nucleares, incluso de comportamientos genéticos y biológicos.

Desde mayo de 2008, es investigador de Ikerbasque en la Facultad de Ciencia y Tecnología de la UPV/EHU, en el departamento de Química/Física. ¿Qué le atrajo del País Vasco?

El País Vasco cuenta con investigadores importantes, pero no existe todavía una masa crítica suficiente como para convertirnos en un polo científico mundial. En ese sentido, se está haciendo un gran esfuerzo político y económico por apoyar y hacer crecer la ciencia con la formación de nuevos grupos de investigación de élite. Existen muchos programas de apoyo financiero a los proyectos de investigación similares a los de países con tecnología e investigación más avanzadas. Desde que me instalé en la UPV/EHU hemos ganado varios proyectos europeos y somos pioneros en España en Información Cuántica y en Tecnologías Cuánticas de Microondas y Qubits Superconductores. Asimismo, Ikerbasque me hizo una oferta interesante para formar un grupo de investigación con independencia y apoyo, oferta que acepté gustoso. La Fundación Ikerbasque usa estándares internacionales de evaluación y ofrecen todas las facilidades para desarrollar la investigación con libertad y apoyo decidido de la UPV/EHU. En países donde el sistema académico está muy establecido, apenas puedes cambiar nada, pues las líneas de investigación están muy marcadas. Aquí es diferente, nuestra opinión cuenta y eso es reconfortante. Por otro lado, me gustan los desafíos. La frustración no viene por la falta de recursos o intenciones, sino por nuestras propias limitaciones intelectuales y son ellas nuestras únicas rivales comunes. No me gustan las cosas hechas y masticadas, probablemente porque he crecido en un lugar donde todo cuesta demasiado y donde el talento no es suficiente.

17 de mayo de 2010

INFERENCIALISMO (2). EL PROBLEMA DE LOS CONCEPTOS TEÓRICOS (1)

Hace ya casi dos meses prometí comenzar una serie sobre el inferencialismo, mi teoría del conocimiento (...and beyond!) favorita. Entonces abrí boca con dos referencias teatrales que glosan la humana capacidad de sacar consecuencias, capacidad sobre la que se basa la teoría (o perspectiva) a la que me estoy refiriendo.
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Pero hoy, en lugar de ir directamente al meollo (al fin y al cabo, se trata de ir tirando de una madeja, o de varias), presentaré un asunto que viene al hilo (o varios) de la discusión que teníamos hace unos días en la entrada sobre el constructivismo. Se trata, por un lado, de la cuestión que planteaba Freman sobre si la filosofía sirve para algo (por cierto, algunos recordaréis mi entrada sobre la naturaleza de la filosofía), y por otro, de la cuestión planteada por Héctor sobre la "carga teórica de las observaciones".
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Como la mayoría sabréis, uno de los temas principales de la filosofía de la ciencia es el llamado "problema de los términos (o conceptos) teóricos". El positivismo lógico (bisabuelo de nuestra profesión) intentó explicar en qué consiste eso a lo que intuitivamente nos referimos al decir que "el conocimiento científico se basa en la experiencia", y lo intentó explicar haciendo una distinción entre dos tipos de conceptos: los conceptos observacionales y los conceptos teóricos. Las primeras versiones del positivismo lógico eran más bien fundamentalistas en su definición de "observacional": un concepto científico es observacional si puede aplicarse directamente en función del contenido de nuestros datos empíricos; lo cual tendía a reducir los conceptos observacionales a cosas como "aquí, ahora, rojo", o, un poco más sofisticado, "cuando el reloj marcaba las 11:43, la aguja de este indicador marcaba el número 25". O bien, todavía más sofisticado, añadiendo la referencia a quién es el que hace esa observación: "protocolo de Jesús a las 11:43: la aguja del indicador X marca el número 25" (esta es la versión de los "enunciados observacionales" -o "enunciados protocolarios", o "protocolos de observación"- popularizada por el armador de nuestro buque, el gran Otto Neurath).
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En las versiones más maduras del positivismo lógico, autores como Carnap y Hempel terminaron por admitir que la noción de "concepto observacional" es más bien pragmática, y no requiere ninguna relación explícita y directa con "el contenido de los datos sensoriales" (que es, a la postre, un constructo de lo más teórico), sino que más bien, en el análisis de la ciencia se han de tomar como "conceptos observacionales" todos aquellos que los científicos consideren que son "lo suficientemente observacionales", es decir, aquellos conceptos sobre los cuales los miembros de la comunidad científica relevante estén de acuerdo en que hay unos procedimientos de medición u observación "relativamente simples y directos". Es decir, un concepto sería "observacional" en una cierta disciplina científica cuando los científicos piensan que los datos empíricos que se describen mediante ese concepto son no-problemáticos.
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El problema más importante para los positivistas no era, de todas formas, el de cómo definir los conceptos teóricos, es decir, los que NO son observacionales, aquellos para los que no está claro que los datos nos informen "directamente". Como expresó el gran Carl Hempel, el problema es que los conceptos teóricos, o bien contribuyen a incrementar las consecuencias empíricamente observables de la teoría que los contiene, o bien no. Si ocurre lo primero, eso quiere decir que, en lugar de la teoría que contiene dichos términos, podríamos quedarnos con la "teoría" consistente en el conjunto de todas las consecuencias observables de la primera teoría (llamemos a esta parte observacional "el contenido empírico de la teoría"), y ambas teorías (o sea, la teoría en cuestión, y su contenido empírico) son, por hipótesis, empíricamente equivalentes; los términos teóricos, por lo tanto, "sobran". Si ocurre lo segundo, es decir, si los conceptos teóricos no añaden ninguna consecuencia empíricamente observable a la teoría, entonces son inútiles. ¡Así que los conceptos teóricos son inútiles en cualquier caso!
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Hempel, y como él los otros grandes del positivismo lógico, ante esta preocupante consecuencia, apunta de nuevo hacia el papel pragmático de los términos teóricos (términos como "campo", "proteína", "placa tectónica", "spin", "electrón"): son útiles en la medida en que la teoría que los contiene sea mucho más manejable que la teoría (empíricamente equivalente a la primera) que no los contiene. Incluso puede suceder que el contenido empírico de una teoría no sea manejable en absoluto, es decir, resulte tan complicada al haberle quitado los términos teóricos, que no haya manera humana de utilizarla para extraer consecuencias (o sea, para derivar "predicciones" a partir de "datos"). Los conceptos teóricos se consideran, pues, como "meras herramientas" para facilitar las predicciones, sin más contenido "ontológico" que el que puedan tener el resto de los formalismos utilizados en una teoría (p.ej., los símbolos para las derivadas, matrices, hamiltonianos, etc.).
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En definitiva, la epistemología empirista en la que se basaban los positivistas lógicos terminó conduciéndoles a una especie de pragmatismo instrumentalista, o instrumentalismo pragmático, según el cual TODO el contenido cognitivamente importante de las teorías científicas era lo que ellas podían decirnos sobre sucesos que se pudieran describir mediante el exclusivo uso de conceptos observacionales. Este intrumentalismo pragmático no es ajeno a mi propia postura (los curiosos pueden ver esta discusión sobre los modelos como "prótesis inferenciales"), aunque también con severos matices.
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De todas formas, el posterior asalto a la "tesis de distinción teórico-observacional" (pero ojo, que no es pa'tanto) puso todo patas arriba, como veremos en la próxima entrada de la serie, dedicada a los argumentos de Karl Popper y Joseph Sneed.
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El problema de los conceptos teóricos (2).
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7 de octubre de 2009

PREMIOS NOBEL-IMSERSO

Cuando mi adorado Erwin Schrödinger recibió el premio Nobel de física en 1933, era, a sus 46 años (¡horror, la edad que voy a cumplir yo!), casi un abuelete en comparación con los yogurines que lo estaban acaparando por aquellos años (y que, solteros algunos de ellos, iban acompañados por sus orgullosas madres a los fastos de Estocolmo)..
En cambio, la tendencia actual del comité de los premios, es a premiar descubrimientos de hace más de cuarenta años, que en los últimos veinte hayan tenido una aplicación tecnológica con gran éxito de mercado.
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¿Falta de descubrimientos realmente revolucionarios en el ámbito teórico?
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¿Es que el comité Nobel está Kao?
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¿Creciente conservadurismo de la comunidad científica?
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¿Conchabamiento con el imserso para quitar a unos cuantos viejetes de la bolsa de peticiones de viajes?
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Se admiten más teorías (a lo mejor por alguna de ellas nos dan el premio Nobel de economía y ciencias sociales).
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13 de octubre de 2011

¿ES LA CIENCIA ECONÓMICA UN TIMO?


Esa impresión parece que tienen muchos, como, p.ej., el autor del (gran) blog "El cerebro de Darwin". Lo cierto es que, en comparación con lo que hemos conseguido averiguar sobre el funcionamiento de algunos sistemas físicos, químicos o biológicos, parece que andamos todavía bastante en mantillas en cuanto a lo que podemos decir que "sabemos" sobre el funcionamiento del sistema económico, pero eso es en parte culpa del propio sistema económico, que es así de complejo, el jodío. Pero pienso que la acusación de "timo" es extraordinariamente injusta: sabemos realmente MUCHAS cosas sobre la economía (no tantas como quisiéramos, desde luego), y sabemos incluso por qué muchas cosas es tan difícil (si no imposible) el predecirlas. Sabemos también (y en esto han incidido mucho los últimos ganadores del premio Nobel, precisamente) que la principal dificultad para "resolver los problemas económicos" no es que andemos escasos de un conocimiento teórico sobre cómo resolverlos (es decir, sabemos qué habría que hacer, qué habría que pagar, por así decir), sino el hecho de que las soluciones dependen de una decisión política (o sea, hay que decidir quién es el que paga eso que sabemos que hay que pagar).

24 de diciembre de 2010

¿PUEDE OBSERVARSE LA AUSENCIA DE CAUSALIDAD?


De un comentario mío en Frustración Voluntaria:
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Sobre si la acausalidad ha sido o no "observada"... hombre, puesto que es un concepto teórico, no es susceptible de "observación directa" (ni ella, ni lo contrario); lo único posible es mostrar si los datos estadísticos son más o menos coherentes con la hipótesis de que el proceso fundamental del que se derivan las observaciones es determinista o indeterminista. Y todo el que sepa lo más elemental de física cuántica sabe que la hipótesis de que los procesos cuánticos son indeterministas es muchísimo más coherente con los datos observados que la hipótesis contraria.
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Recordatorio para dummies: un suceso es determinista cuando se puede describir con una ecuación que nos da, para el estado del sistema en el momento t, el estado del sistema en cualquier momento posterior. Es indeterminista, por tanto, cuando la ecuación que MEJOR describe el sistema no nos da, para el estado en el momento t, NADA MÁS QUE UNA DISTRIBUCIÓN DE PROBABILIDAD del estado en un momento posterior. Eso quiere decir que la regularidad que sigue el sistema sólo implica que A irá seguido de B o de C (por simplificar), y que B ocurrirá en un cierto porcentaje de casos después de A (no necesariamente el 50 %, puede ser cualquier número mayor que 0 y menor que 1), y C ocurrirá en el porcentaje inverso. Pero el hecho de que en cierto momento ha ocurrido B EN LUGAR DE C, eso NO TIENE NINGUNA CAUSA, es decir, no hay NINGÚN SUCESO ANTERIOR que DETERMINE que sea B en vez de C lo que haya sucedido.
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Por lo tanto, en la medida en que la ciencia nos permite "observar" sucesos cuya descripción es necesariamente teórica (como los quarks, los agujeros negros, las proteínas, la prima de riesgo o la causalidad o acausalidad), SÍ QUE HEMOS "OBSERVADO" que en el mundo ocurren sucesos NO GOBERNADOS POR LA CAUSALIDAD.

2 de diciembre de 2008

SOBRE LA MERCANTILIZACIÓN DE LA UNIVERSIDAD



Leo en
Sin Permiso (vía el siempre delicioso blog de Fernando Broncano) un artículo de Toni Domènech sobre el proceso de transformación de la universidad europea en algo así como una empresa de servicios, artículo cuyas tesis básicas son imposibles de rechazar, pero cuyo mensaje pragmático (una especie de arenga a los estudiantes empeñados en la lucha contra Bolonia, magníficamente escenificado -eso sí- como una especie de réplica al discurso en el que Heidegger expresaba el beneplácito de una cierta élite intelectual al nazismo)  me resulta mucho más dudoso.
.La tesis con la que simpatizo es la de que la universidad cumple (entre otras, no olvidemos) una función que no puede dejársele al mercado: la de la búsqueda no instrumental del conocimiento como un fin en sí mismo. Dejando de lado el hecho de que el artículo parece referirse explícitamente sólo a la "búsqueda de conocimiento" entendida como investigación, es decir, cómo búsqueda social de conocimiento esencialmente nuevo, pero no a la "búsqueda de conocimiento" como empeño personal por aprender conocimientos no instrumentales, pero ya existentes (lo cual implica que lo que el artículo justificaría es sólo la existencia de centros de investigación públicos -tipo CSIC-, no de centros de enseñanza superior públicos -tipo universidad), dejando de lado este matiz (de momento), coincido plenamente con Domènech en que la mercantilización de la universidad no puede llegar hasta el extremo de que toda la investigación que se realice en ella tenga que estar orientada hacia la obtención de patentes, o cosas así (o, en la retórica actual, hacia la "transferencia de conocimiento"). Hay investigaciones, e incluso áreas de investigación (¡qué vamos a decir los filósofos!), en las que el "rendimiento económico" es, en el mejor de los casos, radicalmente incierto, cuando no inexistente, pero no por ello puede (¿o debe?) la sociedad prescindir de las mismas. [He analizado con más detalle la cuestión del carácter público del conocimiento en el artículo "Ciencia pública - ciencia privada", recogido también en el libro homónimo].
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Lo que ocurre es que, de seguir el argumento de Domènech un poco más de lo que su asamblearia audiencia original seguramente le permitiría, tendríamos que preguntarnos si no habríamos de limitar, entonces, el tamaño de la universidad pública al mínimo imprescindible para que cupieran en ella sólo aquellos investigadores "inútiles" (económicamente hablando), pero con rentabilidad intelectual permanentemente demostrada, por no hablar del espinoso asunto de a cuántos estudiantes sería razonable permitir disfrutar gratuitamente de las perlas de sabiduría que esa élite académica iría desparramando desde sus tarimas o sus despachos. El resto de las investigaciones, aquellas para las que sí existe alguna clase de rentabilidad económica, ¿deberían ser expulsadas del templo de la universidad, como mi tocayo más famoso hizo con los mercaderes de otro templo? Es decir, ¿deberemos privar a la universidad pública, y a sus investigadores, de la posibilidad de rentabilizar económicamente su talento? ¿Y deberemos abstenernos de la posibilidad de que esos beneficios financien también, gracias a este o parecidos mecanismos, otras actividades menos crematísticas?
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¿Y qué decir del espinoso asunto de la orientación docente de la universidad? ¿Deben cerrarse las facultades públicas de aquellas ramas esencialmente orientadas hacia la práctica, y no a la "teoría" (o búsqueda contemplativa del conocimiento en sí), como Empresariales, Derecho, Magisterio (perdón, que eso ya no existe), todas las Ingenierías, Odontología, o la misma Medicina (disciplina pragmática donde las haya), así como aquella proporción de cursos y departamentos en las otras facultades, que no respondan a un interés puramente teórico? Y, puestos a preguntar sobre aspectos económicos, ¿debemos entre todos pagar una carrera "no rentable" -como filosofía, filología clásica, arqueología, física cuántica, teoría económica, etc.- a todos los estudiantes que quieran enriquecer intelectualmente su vida disfrutando de esos maravillosos aprendizajes? No olvidemos que los hijos de los ricos van todos a la universidad (bueno, con excepción de algún taruguillo... aunque esos van a ciertas privadas), mientras que los hijos de los más pobres sólo van en muy escasa proporción. ¿Quién debe pagar qué?.
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Para responder a esta delicada pregunta, poniendo todas las cuentas sobre la mesa, es para lo que debería servir todo el proceso de discusión sobre el Espacio Europeo de Educación Superior. Por desgracia, me parece que es justo lo que nadie está discutiendo en serio.
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Más entradas sobre el tema:

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18 de mayo de 2011

UNA COSA ES UNA COSA ES UNA COSA... O LAS ILUSIONES DE LA ONTOLOGÍA


La ontología es una cosa muy seria: es el estudio "del ente en cuanto ente", o sea, de las cosas que existen, consideradas sólo como existentes. O sea, la ontología consiste en estudiar en qué consiste eso de existir, o como dicen los más finos, "ser". Además, supuestamente se trata de un estudio completamente apriorístico, es decir, en el que no deben utilizarse conocimientos obtenidos mediante la experiencia, sino que ha de sacarse todo del coco (como en la lógica y en las matemáticas, se supone).
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Como os podéis imaginar, tengo serias dudas de que tal investigación consiga averiguar cualquier cosa medianamente interesante, sobre todo porque los conceptos fundamentales que se manejan en la ontología (realidad, existencia, ser, entidad, propiedad, materia, forma, causa...) dependen inevitablemente de ciertos prejuicios que no tenemos otra manera de averiguar si son razonables o no, salvo comprobando mediante la experiencia que "la cosa funciona" cuando nos basamos en ellos. Veamos algunos ejemplos.
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Nada parece más claro que la diferencia entre una entidad (un objeto, un ente, una cosa) y una propiedad (cualidad, cantidad, relación). Las cosas son cosas (son cosas), como por ejemplo, un tornillo, una bellota, el agua que llena una piscina, tu madre, el arcángel Gabriel, el número 49, etc. Y las cosas tienen propiedades, tales como ser duro, ser comestible, hacer olas, cocinar la paella que te cagas, atontolinar caravaneros, o ser múltiplo de 7. Pero las propiedades no son cosas (más que como una forma de hablar), ni las cosas son propiedades de otras cosas. Sobre todo, no puede haber propiedades SIN cosas, sin ser la propiedad DE alguna cosa (al contrario de lo que Lewis Carroll decía de la sonrisa del gato de Chesire). Este argumento ontológico (las propiedades no pueden existir sin una cosa DE la que sean su propiedad) fue utilizado en el siglo XIX para afirmar "como el conocimiento científico más indudable que poseemos" la existencia del éter electromagnético: una vez que se aceptó que la luz y otras radiaciones eran fenómenos vibratorios, se concluyó de modo totalmente natural (a partir de aquella premisa ontológica), que si las ondas electromagnéticas eran ondas, o sea, vibraciones, debían ser vibraciones DE ALGO, y ese algo (esa sustancia, esa entidad física) es a lo que se llamó éter.
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Como bien sabéis, la hipótesis de que la radiación electromagnética es la vibración DE una sustancia llevó a enormes dificultades, y fue abandonada finalmente gracias a la teoría de la relatividad, que no daba explicaciones sobre "de qué" era una vibración la vibración que llamamos "luz", pero que ofrecía un modelo matemático que encajaba perfectamente con las observaciones, y que no presuponía la existencia de ningún "éter". El propio Einstein propuso también la teoría de que las vibraciones electromagnéticas pueden estar ¡localizadas en un punto determinado!, sin dejar por ello de poseer las propiedades que hacen de ellas unas vibraciones (básicamente, la frecuencia, la polaridad, etc.).
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Más adelante, la teoría cuántica generalizó este contubernio conceptual y mostró que todo, y no sólo la radiación electromagnética, se comporta como una onda y también como una partícula. Estamos tan familiarizados con esta dualidad que no solemos percatarnos de lo absurda que resulta cuando no nos hemos desembarazado de las tesis ontológicas de las que estoy hablando. "¿Cómo que algo puede ser a la vez -o en momentos distintos, que para el caso es igual de ridículo- una partícula y una onda? Una partícula es una COSA, una entidad, un objeto, como un balón o como el agua de una piscina; una onda, una vibración, en cambio, NO ES UN OBJETO, sino que es más bien ALGO QUE LE PASA a un objeto (p.ej., al agua de la piscina). ¡¡¡Decir que algo puede ser una partícula y también una onda es exactamente tan carente de sentido como afirmar que algo puede ser un mamífero y también una temperatura!!! Eso es una mera confusión de categorías. Aquí hay algún error, y muuuuy gordo"
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Esa sería la queja del ontólogo tradicional al enterarse de qué va en serio la dualidad onda-partícula. Y tiene razón en quejarse... al decir que hay algún error. Claro. El error es (a la luz del tremendo éxito empírico de la teoría cuántica) el suponer que la distinción entre entidades y propiedades refleja algo así como "la naturaleza última de las cosas". Lo que nos muestra la teoría cuántica es, entonces, que esa distinción tan "evidente" entre cosas y propiedades ("¡no confundamos a los castores con la temperatura... o el culo con las témporas!") es probablemente una herramienta cognitiva que resulta útil para formular hipótesis y teorías con las que movernos en la vida cotidiana, y seguramente en muchos más ámbitos (desde las células hasta las galaxias), pero no necesariamente una "imagen especular de la estructura última de la realidad", por así decir.
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O sea, que cuando estamos utilizando los conceptos de la ontología, en realidad estamos asumiendo inadvertidamente ciertas tesis que son empíricamente válidas en ciertos ámbitos, pero no necesariamente en la realidad "en su conjunto" (expresión esta que, por cierto, también utiliza términos cuya aplicabilidad "universal" -ídem- no podemos tomar con seguridad). Así que la ontología no sólo no es a priori (¿cómo van a ser a priori unos principios que hemos descubierto empíricamente que son falsos?; ¿y cómo podríamos haber descubierto a priori que a partir de cierto grado de diminuteidad no hay diferencia entre objetos y propiedades?), sino que en realidad es la leche de empírica (pues sus afirmaciones son generalizaciones, extrapolaciones, del comportamiento normal de las cosas que observamos en nuestra experiencia cotidiana, y la propia experiencia -en este caso, no la cotidiana, sino la científica- puede poner a prueba dichas afirmaciones de formas inesperadas). El trabajo intelectual realmente interesante, para los que quieran dedicarse en serio a la ontología, es un trabajo a la vez teórico y empírico (pero nada apriorístico): intentar explicar cómo se las apaña la naturaleza para hacer compatible un nivel en el que los castores son algunas veces temperaturas, las témporas se convierten en culos cuando les da la gana, y la velocidad se hace tocino, con otros niveles "superiores" en los que estas cosas no sólo no suceden sino que parecen un contrasentido. Da igual que a esa investigación se le llame ciencia o filosofía; en cualquier caso será la hostia de interesante (mucho más que las obras completas de Millán Puelles).
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CURSO DE VERANO EN DENIA: "YO QUIERO SER DIVULGADOR CIENTÍFICO"

13 de mayo de 2011

UNA COSA ES UNA COSA ES UNA COSA... O LAS ILUSIONES DE LA ONTOLOGÍA

(Gracias a Blogger, este artículo lo veréis dos veces).

La ontología es una cosa muy seria: es el estudio "del ente en cuanto ente", o sea, de las cosas que existen, consideradas sólo como existentes. O sea, la ontología consiste en estudiar en qué consiste eso de existir, o como dicen los más finos, "ser". Además, supuestamente se trata de un estudio completamente apriorístico, es decir, en el que no deben utilizarse conocimientos obtenidos mediante la experiencia, sino que ha de sacarse todo del coco (como en la lógica y en las matemáticas, se supone).
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Como os podéis imaginar, tengo serias dudas de que tal investigación consiga averiguar cualquier cosa medianamente interesante, sobre todo porque los conceptos fundamentales que se manejan en la ontología (realidad, existencia, ser, entidad, propiedad, materia, forma, causa...) dependen inevitablemente de ciertos prejuiciosque no tenemos otra manera de averiguar si son razonables o no, salvo comprobando mediante la experiencia que "la cosa funciona" cuando nos basamos en ellos. Veamos algunos ejemplos.
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Nada parece más claro que la diferencia entre una entidad (un objeto, un ente, una cosa) y una propiedad (cualidad, cantidad, relación). Las cosas son cosas (son cosas), como por ejemplo, un tornillo, una bellota, el agua que llena una piscina, tu madre, el arcángel Gabriel, el número 49, etc. Y las cosas tienen propiedades, tales como ser duro, ser comestible, hacer olas, cocinar la paella que te cagas, atontolinar caravaneros, o ser múltiplo de 7. Pero las propiedades no son cosas (más que como una forma de hablar), ni las cosas son propiedades de otras cosas. Sobre todo, no puede haber propiedades SIN cosas, sin ser la propiedad DE alguna cosa (al contrario de lo que Lewis Carroll decía de la sonrisa del gato de Chesire). Este argumento ontológico (las propiedades no pueden existir sin una cosa DE la que sean su propiedad) fue utilizado en el siglo XIX para afirmar "como el conocimiento científico más indudable que poseemos" la existencia del éter electromagnético: una vez que se aceptó que la luz y otras radiaciones eran fenómenos vibratorios, se concluyó de modo totalmente natural (a partir de aquella premisa ontológica), que si las ondas electromagnéticas eran ondas, o sea, vibraciones, debían ser vibraciones DE ALGO, y ese algo (esa sustancia, esa entidad física) es a lo que se llamó éter.
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Como bien sabéis, la hipótesis de que la radiación electromagnética es la vibración DE una sustancia llevó a enormes dificultades, y fue abandonada finalmente gracias a la teoría de la relatividad, que no daba explicaciones sobre "de qué" era una vibración la vibración que llamamos "luz", pero que ofrecía un modelo matemático que encajaba perfectamente con las observaciones, y que no presuponía la existencia de ningún "éter". El propio Einstein propuso también la teoría de que las vibraciones electromagnéticas pueden estar ¡localizadas en un punto determinado!, sin dejar por ello de poseer las propiedades que hacen de ellas unas vibraciones (básicamente, la frecuencia, la polaridad, etc.).
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Más adelante, la teoría cuántica generalizó este contubernio conceptual y mostró que todo, y no sólo la radiación electromagnética, se comporta como una onda y también como una partícula. Estamos tan familiarizados con esta dualidad que no solemos percatarnos de lo absurda que resulta cuando no nos hemos desembarazado de las tesis ontológicas de las que estoy hablando. "¿Cómo que algo puede ser a la vez -o en momentos distintos, que para el caso es igual de ridículo- una partícula y una onda? Una partícula es una COSA, una entidad, un objeto, como un balón o como el agua de una piscina; una onda, una vibración, en cambio, NO ES UN OBJETO, sino que es más bien ALGO QUE LE PASA a un objeto (p.ej., al agua de la piscina). ¡¡¡Decir que algo puede ser una partícula y también una onda es exactamente tan carente de sentido como afirmar que algo puede ser un mamífero y también una temperatura!!! Eso es una mera confusión de categorías. Aquí hay algún error, y muuuuy gordo"
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Esa sería la queja del ontólogo tradicional al enterarse de qué va en serio la dualidad onda-partícula. Y tiene razón en quejarse... al decir que hay algún error. Claro. El error es (a la luz del tremendo éxito empírico de la teoría cuántica) el suponer que la distinción entre entidades y propiedades refleja algo así como "la naturaleza última de las cosas". Lo que nos muestra la teoría cuántica es, entonces, que esa distinción tan "evidente" entre cosas y propiedades ("¡no confundamos a los castores con la temperatura... o el culo con las témporas!") es probablemente una herramienta cognitiva que resulta útil para formular hipótesis y teorías con las que movernos en la vida cotidiana, y seguramente en muchos más ámbitos (desde las células hasta las galaxias), pero no necesariamente una "imagen especular de la estructura última de la realidad", por así decir.
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O sea, que cuando estamos utilizando los conceptos de la ontología, en realidad estamos asumiendo inadvertidamente ciertas tesis que son empíricamente válidas en ciertos ámbitos, pero no necesariamente en la realidad "en su conjunto" (expresión esta que, por cierto, también utiliza términos cuya aplicabilidad "universal" -ídem- no podemos tomar con seguridad). Así que la ontología no sólo no es a priori (¿cómo van a ser a priori unos principios que hemos descubierto empíricamente que son falsos?; ¿y cómo podríamos haber descubierto a priori que a partir de cierto grado de diminuteidad no hay diferencia entre objetos y propiedades?), sino que en realidad es la leche de empírica (pues sus afirmaciones son generalizaciones, extrapolaciones, del comportamiento normal de las cosas que observamos en nuestra experiencia cotidiana, y la propia experiencia -en este caso, no la cotidiana, sino la científica- puede poner a prueba dichas afirmaciones de formas inesperadas). El trabajo intelectual realmente interesante, para los que quieran dedicarse en serio a la ontología, es un trabajo a la vez teórico y empírico (pero nada apriorístico): intentar explicar cómo se las apaña la naturaleza para hacer compatible un nivel en el que los castores son algunas veces temperaturas, las témporas se convierten en culos cuando les da la gana, y la velocidad se hace tocino, con otros niveles "superiores" en los que estas cosas no sólo no suceden sino que parecen un contrasentido. Da igual que a esa investigación se le llame ciencia o filosofía; en cualquier caso será la hostia de interesante (mucho más que las obras completas de Millán Puelles).
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