15 de mayo de 2008

LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (10)

Guzmán, que adopta como único punto de vista legítimo el de un imaginario (y, en mi opinión, contradictorio en su propio concepto) observador externo, pretendidamente “objetivo”, interesado sólo en registrar las regularidades que se presentan en el mundo físico, e indiferente, o neutral (al menos esa es su pretensión) ante lo que podamos hacer después con el conocimiento de dichas regularidades, procura por todos los medios llevarnos a la conclusión de que, “objetivamente”, que al australopiteco se lo vaya a comer el leopardo “no es ni bueno ni malo”; tal vez sea “bueno” para el leopardo, por supuesto, y “malo” para su desayuno, aunque sólo en el sentido de que el primero está genéticamente programado para encontrar placentera la sanguinaria experiencia gastronómica, y el segundo para encontrarla sumamente molesta, y si alguno de ellos no estuviera programado así, no habría podido sobrevivir al implacable juicio de la selección natural. Pero desde el olímpico punto de vista que Silvestre Guzmán quiere adoptar, que ambos bichejos tengan ese programa genético, en vez de algún otro, es tan indiferente desde el punto de vista moral como que el peso atómico del mercurio sea de doscientos coma cincuenta y nueve, como que el agua hierva a cien grados en condiciones normales de presión y temperatura, o como que nosotros tengamos la facultad de ver en color, o la de juzgar las cosas moralmente. Para pensar, razonar y actuar, necesitamos someternos a la ilusión de que el mundo que nos rodea está ordenado en entidades más o menos fijas, y necesitamos también creer en la ilusión de que algunas cosas son mejores que otras, pero ambas creencias son nada más eso, una mera ilusión. La “verdad”, en cambio, serían tan sólo los electrones y las demás partículas subatómicas de las que están hechas las cosas, y las ciegas fuerzas matemáticas que las hacen comportarse de una u otra manera, a todo lo cual nuestro placer, nuestro dolor, nuestros derechos, nuestros deberes, nuestras satisfacciones y nuestra indignación les traen, inevitablemente, al fresco.

¡Qué nefastas consecuencias no se derivarán de esta opinión grotesca! Si el ser humano es simplemente un revoltijo de átomos y células, un robot sometido al programa determinado por nuestros genes, y si el bien y el mal no son ni más ni menos que una mera apariencia, ¿qué razones podremos aducir para condenar la crueldad y la injusticia, para amar a nuestros seres queridos y para promover la solidaridad en nuestro mundo? El nihilismo moral al que el cerrado positivismo de Guzmán pretende conducirnos es la filosofía más perniciosa que nunca se haya imaginado. Por fortuna, bien a mano tenemos las herramientas con las que desmontarla pieza por pieza antes de enviarla a la cacharrería con cajas destempladas: acabaré, como he prometido (¡y la auténtica filosofía es la que muestra la esencia de la naturaleza humana en el poder cristalizador de las promesas!), haciendo sonar brevemente algunas de las precisas partituras conceptuales del maestro Salamanca, a cuyo son, como a la vista de Rodrigo de Vivar, triunfante en el campo de batalla después de su muerte, las peregrinas tesis de Silvestre Guzmán no tendrán más remedio que huir despavoridas. La pena, ay, es que a muchos estas tesis ya les habrán contaminado antes de que, con argumentos más razonables y certeros, estén todavía a tiempo de percibir su vacuidad.

[CONTINUARÁ]

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