7 de mayo de 2008

LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (2)

Y entonces, ¿por qué habríamos de ser distintos los filósofos? Al fin y al cabo, la filosofía trata sobre las cuestiones más importantes de nuestra existencia, o eso dicen; ella consiste, nos aseguran, en hundir la mirada en lo que ni siquiera percibimos de tan cerca como lo tenemos. Si discutimos permanentemente a propósito de aquellos temas que son nuestro negocio de cada día, sobre los que sabemos de qué pie cojeamos nosotros y nuestros vecinos, y sobre los que podemos anticipar a ciegas las objeciones que vamos a encontrar al exponerlos a la luz, ¿qué no sucederá en el caso de las preguntas hacia las que es incluso difícil enfocar nítidamente el objetivo de nuestra reflexión? En la filosofía, mal que les pese a muchos, no tenemos nunca muy claro de qué estamos hablando, de qué nos hablan nuestros interlocutores, ni siquiera estamos muy seguros de si podemos considerarnos interlocutores los unos de los otros, o si no existen en realidad más que monólogos y ecos, diálogos de ventrílocuos, de tal manera que yo pienso estar refutando los argumentos de un enemigo, y el enemigo es sólo un rostro de cartón cuyos ojos y boca muevo yo con mis manos y cuyas palabras soy yo quien las pronuncia con voz fingida, y así también me reconozco un cierto parecido con el muñeco manipulado por otro filósofo-ventrílocuo, que humorísticamente reproduce mi propia voz al exponer palabras que yo podría jurar haber pronunciado o escrito alguna vez, letra por letra, como no menos juraría haber querido decir con ellas justo lo contrario de lo que todo el mundo está entendiendo cuando salen de esa boca que parece la mía y no es la mía. Pero tal vez en eso está la gracia de nuestro espectáculo. Si alguna vez hallásemos en la filosofía una respuesta a la que necesariamente todos asintiéramos, puedes estar seguro de que no habríamos acertado a formular nuestros interrogantes como es debido, porque la incertidumbre es nuestra más propia condición, sobre todo la incertidumbre acerca de nosotros mismos. Cuando el hombre sepa cómo es, ya no será hombre, habrá logrado convertirse en uno de esos cachivaches con los que intenta simplificar su vida, y su vida será entonces ilimitadamente simple. Por fortuna, cada paso que damos hacia la eficiencia, hacia la comodidad, hacia la previsibilidad, nos descubre nuevas dificultades y pruebas en las que antes ni siquiera habíamos pensado, y la principal dificultad es la de contemplarnos diciendo “¿y ahora qué?”, ahora que hemos subido a la Luna, ahora que hemos llenado todas las casas con televisores por satélite y conexiones a internet, ahora que todos los niños acuden felices a la escuela y ya no existen las epidemias, ni las guerras, ni el hambre en el mundo, ahora que hemos ganado más Copas de Europa que las que nadie nunca podrá soñar tener, ¿acaso se ha acabado ya todo?, ¿es que ha dejado de estarnos permitido seguir soñando con imposibles para llevarlos uno tras otro a nuestra insulsa cotidianeidad?

Y también están los demás, siempre alrededor nuestro, a nuestra espalda, frente a nosotros, interrumpiendo nuestro paso, cortándonos la retirada, obstinándose en ser distintos de como a nosotros nos gusta ser (o dicen que nos gusta) y de como nos gustaría que fueran ellos. Los demás, empeñados en recordarnos que nuestra forma de ver las cosas no es la única posible y muy probablemente no está ni tan siquiera entre las más felices. Basta que tú digas “esto es bueno”, “esto me parece bien”, para que se levanten mil voces negándolo, o pidiéndote pruebas imposibles de dar. Y tú, que en el fondo quizás no eres más que una pantalla en la que resuenan las voces proferidas por otras gentes, el muñeco de una horda de ventrílocuos que se pelean por meterte la mano en la cabeza desde la espalda y hacerte abrir y cerrar la boca al ritmo de sus ocurrencias, te detendrás de golpe en tus afirmaciones y empezarás a cavilar que es cierto, que seguramente tienen razón, que tú serás quien anda errado, que hay otra forma de entender las cosas, otras mil formas, y buscarás otros argumentos con los que llegar a decir alguna vez “esto no era bueno”, “esto estaba mal”, o acaso “esto otro sí que es bueno”, “eso de allí es lo que todos deberían hacer, o pensar, o decir”. Mientras existan los demás y mientras no sepamos cómo son en el fondo, ni cómo somos nosotros en nuestra inescrutable superficie, haremos equilibrios sin remedio por la cuerda tendida de la incertidumbre. Por suerte, mientras existan los demás y sigan siendo los demás y no un apéndice de nuestro cuerpo, o nosotros del suyo, los filósofos continuaremos discutiendo los unos con los otros y con cualquiera que se nos ponga enfrente.

(CONTINUARÁ)

2 comentarios:

  1. ¿Onésimo no será un alias de Javier Marías?
    Lo que pregunto sin acritú, porque a mi JM me gusta bastante. Y Onésimo no escribe mal tampoco.
    Pero no me digas que Onésimo y Marías no escriben que se dan un aire.
    Esto está bien porque añade una dosis adicional de suspense al relato: ¿desvelará nuestro amigo su verdadero rostro y nombre en el último capítulo? ¿resultara que el ser en su devenir hacia el sí-mismo averiguará que se ha convertido en otro? ¿La incertidumbre irá a peor con tanta confusión?

    Vamos, que no me lo puedo perder...
    saludos cordiales

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  2. Salud:

    Humildemente, me preocupa el título con el que arranca el arrebato semántico: La filosofía contada a los imbéciles. Ya sea porque el autor no se considera 'imbécil' (por lo menos al escribirlo), o porque la consideración de 'imbecilidad' se la traslada a sus potenciales lectores, casi que prefiero no leerlo (o sólo por encima, que por ahora no da para más la cosa).

    No lo digo porque yo no deje de ser 'imbécil' en alguna probabilidad o momento, o lo pueda ser el autor -por soberbio, o en alguna probabilidad o momento-, si no por la remota posibilidad de que en verdad el autor sea un "textualista" y crea dirigirse a 'imbéciles' en serio. En cuyo caso, eso no es para mí (que soy 'imbécil' de broma): como decía mi tatarabuelo, no es por alabarme, pero me hago el imbécil.

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