23 de mayo de 2008

LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (18)

La primera y más injusta afirmación es la de que el “sistema” filosófico de Salamanca (siempre pone Guzmán aquella palabra entre comillas, lo que no es descabellado en modo alguno, aunque por motivos bien diferentes de los que él aduce) es el resultado de un “mero eclecticismo”, es decir, de la mezcla o yuxtaposición de teorías populares o llamativas sin darse cuenta de que muchas veces estas teorías están en mutua contradicción. Es cierto que Salamanca recoje ideas, argumentos y metáforas de fuentes variadísimas, pero siempre las somete al escrutinio lógico y conceptual más rotundo posible, siempre las contempla y nos las hace contemplar desde puntos de vista novísimos, fruto de la más vigorosa imaginación poseída por filósofo español conocido, y, de igual modo, siempre las ilumina con sus conocimientos enciclopédicos de la historia, de las ciencias, de las artes, y, por supuesto, del propio desarrollo de la filosofía. El resultado de ese escrutinio, de esa potente reflexión, consiste ni más ni menos que en transformar las tesis examinadas hasta convertirlas en parte de un “sistema” completamente original. Todo esto sin contar con que, al contrario de los malos filósofos eclécticos, Salamanca dedica una parte sustancial de sus esfuerzos a argumentar en contra de muchas de las tesis que examina con tanto detalle. Recordemos que suya es la sentencia que afirma que “los filósofos, como los políticos, casi siempre aciertan cuando critican a sus enemigos”; y sigue: “por lo tanto, si nuestra meta como filósofos fuera sencillamente la de decir la verdad más a menudo que equivocarnos, tendríamos que dedicar más tiempo a criticar a otros autores que a desarrollar nuestras propias ideas. ¡Lo que sucede es que tampoco es buen filósofo el que sólo quiere decir la verdad! También queremos ir uno, diez o mil pasos más adelante de nuestra época, y eso no lo podremos hacer nunca sin cometer muchos errores, errores insignificantes y errores grandiosos, que sólo otros colegas ayudarán, con suerte, a señalar y a remover” (Para una historia de la filosofía menor, “Introducción”).

Dicho esto, la grandeza de Salamanca contrasta con la ruindad de su crítico sobre todo en el hecho de que, mientras éste se niega a reconocer casi ningún valor en las grandes contribuciones de la historia de la filosofía, el primero rastrea en ellas afanosamente cualquier pepita que, fundida y moldeada como es debido, pueda servirnos como una llave para mejorar la comprensión de nuestros problemas, y sobre todo, para estimular nuestra imaginación cuando llega el momento de plantear soluciones. Así, por ejemplo, Salamanca jamás niega la validez de los conocimientos científicos, e incluso justifica (de forma más sutil que el propio Guzmán) por qué dichos conocimientos, en los asuntos en que los hay, son mucho más fiables que otros dogmas; pero tampoco niega por ello la pertinencia de otros tipos de reflexión y de actitud hacia nuestra experiencia. En particular, Salamanca nos hace ver sin asomo de duda que no puede existir una “respuesta científica” a la pregunta de cómo usar la ciencia, pues eso depende sobre todo de la concepción que tengamos de la propia naturaleza humana y de nuestros valores, de los fines que pretendemos alcanzar, de las riquezas que pretendemos conservar, y la discusión y el diálogo sobre tales cuestiones no pueden nunca basarse sólo en “datos”, sino, sobre todo, en lo que Salamanca llama “la sintonización moral”, el ir probando (¡y descartando!) cuantas perspectivas seamos capaces de imaginar, hasta que demos con aquellas desde las que nuestros problemas prácticos se iluminen de la manera más nítida y permitan un diálogo más rico y apacible con quienes tienen perspectivas, hipótesis, valores o intereses diferentes a los nuestros. Es como entrenamiento para esta “sintonización” para lo que la historia de la filosofía (o en general, de las cosmovisiones) puede sernos de la máxima utilidad, pues, por un lado, nos permite descubrir nuevas perspectivas y nuevos argumentos, y por otro, nos ayuda a comprender los resortes argumentales, los objetivos y los límites que pueden estar conformando las intervenciones de los otros participantes en el diálogo. ¡Claro que a casi todos los argumentos de los grandes filósofos se les puede encontrar algún vicio! ¡Claro que los filósofos discuten entre sí sin llegar a ponerse jamás de acuerdo! Pero ello se debe, antes que nada, a que su tarea no es, como la de los científicos, la de encontrar la solución “correcta” a un problema determinado, sino la de inventar sin pausa nuevos puntos de vista, nuevas formas de razonar, ayudándose unos a otros, con sus eternas críticas, a pulir y a enderezar los toboganes por los que, luego, nuestras propias disquisiciones han de poder ir deslizándose como por la tersura de un muslo adolescente.

[CONTINUARÁ]

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