19 de mayo de 2008

LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (14)

Ahora bien, no se vaya a pensar que la utilización de Nietzsche como una autoridad contra el “desvariar a espalda” le libra a este filósofo de ser considerado por Guzmán como uno de los más destacados exponentes de otro tipo de desvarío, quizás más peligroso: el del estilo “mariposa”. La peculiaridad de este tercer estilo es la de que, en vez de buscar los fundamentos últimos (ya sea en las cosas mismas, ya en nuestras propias facultades) para comprobar la solidez de las construcciones edificadas sobre ellos, lo que hace más bien es intentar destruirlos, sacarlos a la luz para poder así superarlos, con un gesto que (digámoslo ya: sólo muy vagamente) recordaría al de los nadadores de mariposa, “quienes parecen querer abarcar toda el agua de la piscina con sus brazos abiertos, para saltar por encima de ella”. Marx, Nietzsche y Freud serían los creadores de ese estilo filosófico (tal vez con un antecedente en Hegel y los otros filósofos románticos): el primero habría pretendido encontrar los fundamentos de nuestras creencias en la estructura socioeconómica, basada, según él, en la dominación de una clase social por otra; el segundo habría buscado aquellos mismos fundamentos (sobre todo los de las creencias morales) en el resentimiento de los débiles hacia los fuertes; y el tercero habría intentado explicar nuestra vida consciente como el subproducto de la violenta lucha entre las partes inconscientes de nuestra personalidad. Por supuesto, lo que Guzmán les reprocha a estos autores y a sus numerosísimos secuaces (entre los cuales se ceba con especial deleite en los estructuralistas franceses de la segunda mitad del siglo XX, y con Miguel Foucault muy en particular) es que lleguen a sus conclusiones mediante argumentos que carecen de “base científica”. Efectivamente, si la única manera de estar legitimado para afirmar una tesis es la de poderla someter a una rigurosa contrastación mediante datos fidedignos y experimentos cuidadosos, entonces nunca podremos asegurar que el monoteísmo se inventó como una estrategia defensiva de los “esclavos” frente a los “señores”, ni que los cambios sociales son siempre el resultado de la “lucha de clases”, ni que el “yo” está sometido al “super-yo” y al “ello”, ni que “el hombre” es una invención de los tres o cuatro últimos siglos. Estas afirmaciones, y las teorías elaboradas en torno a ellas, son, para Guzmán, únicamente narraciones más o menos conmovoderas y sugerentes, tan sugerentes que de hecho han sido utilizadas muchas veces para inspirar movimientos sociales y políticos (demasiado a menudo con consecuencias desastrosas cuando la aplicación de esas teorías se ha pretendido llevar a cabo de forma sistemática), pero cuya validez científica no sería ni un ápice mayor que, por ejemplo, la de los mitos con los que los pueblos primitivos pretendían explicar el origen del mundo y de la sociedad.

[CONTINUARÁ]

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