12 de mayo de 2008

LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (7)

Pues bien, las tesis que defiende Silvestre Guzmán en la primera parte de su nefando libro son básicamente estas tres, cada una de las cuales va siendo inferida a partir de las anteriores: primera, el único modo de conocimiento válido sobre el mundo es el conocimiento que nos proporcionan las ciencias naturales; por lo tanto -segunda-, nuestro yo es un mero producto de las reacciones físico-químicas que tienen lugar en nuestro cerebro, pues la ciencia muestra que no hay en él ninguna cosa relevante para su funcionamiento, aparte de dichas reacciones; y de este modo -tercera- nuestra libertad y nuestras creencias morales no son más que una pura ilusión, ya que todo nuestro pensamiento y nuestras acciones están determinadas por las leyes físicas que gobiernan la materia de la que estamos hechos. Guzmán pretende conducirnos hacia estas conclusiones a partir de una comparación entre el platónico mito de la caverna y la grotesca historieta de ciencia-ficción ingeniada por el filósofo norteamericano Hilario Putnam, el conocido experimento mental de los “cerebros en una cubeta”, intentando convencernos, Guzmán, de que esta segunda narración (cuyas repercusiones filosóficas el mismo Putnam llegó a poner en duda en sus obras de madurez) es una versión científicamente puesta al día de la primera (la cual constituye, dicho sea de paso, uno de los momentos más fascinantes de la creación intelectual de Occidente). En ambos casos tenemos unos individuos sometidos, sin saberlo, a un mundo de meras ilusiones perceptivas: los prisioneros de la caverna de Platón no ven las cosas mismas, sino las sombras que éstas proyectan en la pared hacia la que tienen forzadamente dirigidos sus ojos, mientras que los cerebros putnamianos, separados de manera macabra de sus propios cuerpos, reciben artificialmente a través de sus terminaciones nerviosas, conectadas a una supercomputadora, unos impulsos eléctricos en todo semejantes a los que recibirían en caso de tener una fisiología normal, de tal manera que no perciben ninguna diferencia entre su estado actual y el de cuando poseían un cuerpo completo. El filósofo contemporáneo nos propone esta gótica imagen con el fin de plantear la siguiente cuestión: ¿cómo sabemos que no somos cerebros en una cubeta?, y por ello su jeroglífico no pasa de ser una variación modernizada de la hipótesis del genio engañador que Descartes imaginó ante su estufa en una fría noche de la Guerra de los Treinta Años, sólo que disfrazado ahora de argumento pseudo-científico. Platón, por el contrario, formuló su relato para mostrarnos que de hecho somos prisioneros en un mundo de sombras y para indicarnos la forma de acceder a una realidad más verdadera (aquélla a la que uno de los prisioneros de la caverna consigue por fin escapar). Así, por mucho que Guzmán pretenda emparentar el cuentecillo putnamiano con el símil platónico, insistiendo en que realmente somos cerebros en una cubeta, o en una “caverna” (la formada por nuestro propio cráneo, fíjate), y afirmando que, por lo tanto, no se trata de una simple metáfora, la misma analogía entre las dos historias carece de una base sólida en la que sustentarse, pues la función original de cada una no pudo ser más diferente.

Insistamos en ello: el relato platónico pretende ilustrar de qué manera el pensamiento racional nos lleva a conocer las esencias de las cosas, a darnos cuenta de que estas esencias son más verdaderas que las cosas mismas, y a alterar en consecuencia nuestro comportamiento en el mundo de las cosas materiales, que no son más que pura superficialidad (alteración ésta bien peligrosa, como descubre el prisionero huído cuando vuelve a la gruta para intentar “liberar” a sus compañeros, pues éstos no desean en absoluto ser liberados, e intentarían matarlo si pudieran). Cuando Platón dice que los prisioneros de la caverna perciben sombras, y no entidades reales, no quiere decir que este árbol que me parece ver a través de mi ventana sea sólo una imagen forjada en mi mente o en mi cerebro, una copia parcial y deformada de aquel árbol que está realmente fuera de mi cuerpo; esa sería más bien la manera cartesiana de discutir la posible irrealidad de nuestras experiencias, discusión que Hilario Putnam, y sobre todo Silvestre Guzmán, repiten groseramente. No; Platón, sin llegar a distinguir en ningún momento entre “el árbol tal como yo lo percibo” y “el árbol tal y como es fuera de mí”, lo que afirma es que ese árbol que está ahí, fuera de nuestro cuerpo, el de auténtica madera que percibimos por nuestros sentidos, no es tan verdadero, tan sustancial, tan permanente, como aquello que hace que los árboles sean árboles y no alcachofas o estalactitas, esto es, como la esencia de los árboles, su ideal de perfección (¿pues no contiene dicha esencia todo lo necesario para que algo sea precisamente un árbol saludable y frondoso?), lo cual captamos con nuestro entendimiento, y no con nuestros ojos, pues el pensamiento racional consiste, según Platón, ni más ni menos que en nuestra capacidad de reflexionar sobre los ideales y sobre cómo llevarlos a la práctica en la medida de lo posible. El mito de la caverna es, por lo tanto, un relato moral, más que el esbozo de una indagación sobre la teoría del conocimiento, porque lo que hace es exhortarnos a discurrir sobre lo que las cosas son, más bien que pelearnos sobre lo que las cosas nos parecen a unos o a otros, y Platón confía en que, cuando lo hagamos así, habrá surgido en nuestro espíritu un tal amor hacia la perfección que ya no podremos tolerar ni siquiera las más pequeñas manchas en nuestra propia vida cotidiana, privada o pública, y difícilmente en las de los demás. En cambio, al interpretar el mito de la caverna como una versión “primitiva” de un problema “científico” moderno, Guzmán cierra la puerta desde el principio al auténtico sentido de la metáfora platónica, y no es extraño así que acabe más tarde confesando su incapacidad para descubrir cualquier rastro de validez, de racionalidad, o de verdad, en los conceptos morales, a los que ha expulsado de su discurso desde el principio. Como veremos repetidamente, esta convicción de que las teorías filosóficas, especialmente las antiguas, son sólo (y en el mejor de los casos) formas anticipadas (pero tan torpes como ingenuas y extravagantes) de intentar resolver problemas propiamente científicos (“científicos” en el sentido de que han sido formulados con precisión, y a menudo resueltos satisfactoriamente, por la ciencia moderna) es lo que impide a Guzmán comprender, ni siquiera en sus más elementales rudimentos, las verdaderas motivaciones y estrategias intelectuales de los auténticos grandes filósofos.

[CONTINUARÁ]

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