9 de mayo de 2008

LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (4)

La ventaja de estas historias de la filosofía es que todos los que las leen saben que sólo se trata de una broma (rectifico: no todos, habrá siempre algún crédulo, o muchos, a lo peor entre los mismos autores). Por esa razón son si cabe tanto más peligrosas cuanto más intenten disfrazarse de obras serias “aunque divulgativas”, y tanto más funestas cuanto mayor sea el éxito editorial con el que se vean afortunadas, pues en esta sociedad en la que la fama de un día es sinónima de acontecimiento histórico, de gran revolución en el mundo de la cultura, cualquier libro convertido en superventas te situará instantáneamente un escalón (o varios) por encima de los grandes clásicos de la filosofía, por muy espúreos que sean tus argumentos, por muy chusco que sea tu estilo, o por mucha floritura pseudoliteraria con la que adornes tu falta irremediable de sustancia intelectual. “¡Vendiste ya cien mil ejemplares y se ha escrito en no se qué periódico que están a punto de traducirte al italiano, al alemán y al inglés árabe!” Eso quiere decir que en el único mundo real, el de los medios de comunicación de masas, ya eres más importante que Heidegger, que Kierkegaard, e incluso que Zubiri... hasta que al cabo de unos pocos meses otras obras de “no-ficción” hayan desplazado a la tuya de la lista de los 40 más vendidos, y entonces vuelvas a ser un átomo ignorado en tu premundo intelectual, sólo con una divertida historia que contar a tus nietos sentados sobre tus rodillas, una historia de cuando fuiste un pequeño héroe en alguna olvidada batalla de la guerra entre las ciencias y las humanidades, y que te dio para pagar la entrada de la casita frente a la playa en la que pasas las vacaciones desde entonces, recordando los días de fama... salvo si tienes suerte de haber hallado un púlpito-agarradero desde el que regurgitar semanalmente tus excogitaciones pseudofilosóficas sobre todo lo humano y lo divino, especialmente lo humano, y especialmente los asuntos del más riguroso mentidero, con lo que alimentarás durante unas cuantas temporadas más la demanda de tu propio libro, e incluso publicarás algunos otros con los manojos de sermones que vayas arrancando de tu florido jardín mediático, y te duela la mano de firmar ejemplares a quienes han descubierto la metafísica y la gnoseología gracias a ti... a menos que en alguno de tus discursos de todo a cien cometas la equivocación de criticar (o ni siquiera eso, a lo mejor sólo satirizarlas levemente en una frase que pedía el chiste a gritos) las claras conexiones político-empresariales del grupo editorial que te sostiene como al muñeco de un ventrílocuo, y cuya voz, con tus mismas modulaciones pero un poco distorsionadas, ridiculizadas, es la que suena cuando te abren y cierran la boca con veinte manos metidas por tu espalda, y entonces, de un día para otro, descubres que no te vuelven a ofrecer tu columna de todas las semanas, ni tampoco tu animada tertulia radiofónica, que no te vuelven a llevar a la Feria del Libro o al Corte Inglés para que firmes ejemplares a los que han descubierto la metafísica y la gnoseología gracias a ti... y dejan, por supuesto, de aparecer en los periódicos los anuncios de tu hasta antes de ayer extraordinaria historia de la filosofía contada a los imbéciles.


(continuará)

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1 comentario:

  1. Tampoco hay que exagerar sobre lo funesto del daño que causan. Al fin y al cabo, como género literario la divulgación de la historia de la filosofía ha causado pocos muertos.
    Quizá esta sea una vara de medir poco precisa, pero da una idea aproximada bastante buena de la magnitud de las catástrofes: las ideologías y las religiones, géneros narrativos emparentados con éste, han causado muchos más.

    El ego de muchas personas, sobre todo del género masculino, necesita al parecer ser protagonista de los suplementos culturales semanales, de la cocina hipertrofiada como una de las bellas artes, de la pertenencia a alguna Real Academia o de alguna otra mamonada por el estilo.
    Mientras juegan con estas cosas no están rompiendo nada ni pegando fuego a la casa, así que hay que dejarlos, como a los niños.

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