10 de mayo de 2008

LA FILOSOFÍA CONTADA A LOS IMBÉCILES (5)

Entre los estudiosos más o menos serios, este tipo de obras se consideran puros divertimentos para el consumo de masas, reality-shows que carecen de cualquier relación con sus auténticas preocupaciones filosóficas, pero que florecen de cuando en cuando, dependiendo de las exigencias del mercado editorial. Confían en que ninguna de ellas pasará a la historia; no, al menos, a la historia de la filosofía, y si alguien toma alguna vez la imperdonable decisión de estudiarlas con algún detalle, con cierto prurito de curiosidad académica, quienes lo hagan serán más bien los sociólogos de la cultura, los expertos en medios de comunicación o los historiadores de la literatura de consumo, pero nunca -¡jamás!- un filósofo serio ejerciendo de tal (aunque, ay, me temo que los tiempos nos van llevando hacia una época en la que se difuminará la diferencia entre la verdadera filosofía y los anuncios de automóviles o de perfumes). Hay en cambio otra forma de contar la historia de la filosofía cuyos dañinos efectos superan infinitamente a los de aquellos folletones de quiosco, y que por desgracia no suscitan ni mucho menos las mismas burlas entre los académicos. Me refiero a las obras que se dedican a explicar por qué, hasta que apareció la teoría “definitiva”, es decir, la sostenida por el autor de turno, todos los filósofos anteriores (junto con muchos de los coetáneos) habían estado equivocados, todos menos aquellos que de alguna manera, tal vez sin premeditación, acertaron a convertirse en precursores de “la verdad”. Este tipo de historias han sido con frecuencia las relatadas por los sicarios de las diversas escuelas filosóficas, ajustes de cuentas con víctimas que casi nunca se pueden defender, teatros de marionetas donde el titiritero maneja con su mano derecha al valeroso héroe y con la izquierda al malvado villano, el cual no tiene otro remedio que limitarse a soportar los golpes, pues todo está ya decidido para él, mientras sus gritos son ahogados por las risas y vítores del público. De este tipo de obras, lo que más nos molesta a los filósofos que confiamos en merecer tal nombre es su irritante vocación propagandística, aunque no nos enoja menos la sensación que a uno le dejan de estar leyendo una novela policíaca, o unas vidas de santos, más que un estudio riguroso, pues en ellas todo sucede como si formase parte de una historia en la que cada episodio está previsto, tiene alguna función para glorificar a los protagonistas, bien sea mostrando las dificultades por las que tienen que atravesar, o bien sea descubriéndonos las múltiples e intensas bondades de las razones que les adornan. La verdad, y muy especialmente la verdad sobre las cuestiones más fundamentales, aquellas en las que los grandes pensadores de todas las épocas se han sumergido esforzadamente para arrancar de entre el negruzco lodo de nuestra humana condición alguna gema con la que alimentar nuestras ilusiones intelectuales, esa verdad es ocultada, o aún peor, distorsionada, por aquellos sicarios, cuando la distorsión les sirve para dar verosimilitud a la humillante trama que han urdido en su obra, a la sutil tela de araña que componen los hilos de sus sesgados argumentos. Y al cabo, es posible que muchos jóvenes inocentes, cerebros inquietos y voluntades abigarradas, se vean casualmente asaltados por una obra de éstas y acaben creyendo a pies juntillas en sus medias mentiras, intoxicados de tal manera por el veneno de las primeras falacias a las que tuvieron la mala fortuna de exponer su inmaduro intelecto, y ya no sean capaces, durante el resto de su vida útil como profesionales del pensamiento, de valorar con imparcialidad otros razonamientos distintos de aquellos por los que fueron infectados en el principio de su carrera.

Estas otras historias de la filosofía, traicioneras serpientes más bien que monos de feria, como era el caso de las primeras, abundan, y siempre han abundado. Las han escrito con profusión los idealistas, los escolásticos, los marxistas, los hermenéuticos, los existencialistas, los neoescolásticos, los positivistas, los estructuralistas y los postestructuralistas, y forman entre todas un subgénero por derecho propio dentro de la literatura narrativa, o de la subliteratura, de la novela policíaca, me atrevería a decir de nuevo, si no temiese rebajar tanto las aventuras de un Marlow, de un Maigret, de un Sherlock Holmes, de un Same Spade o de un Pepe Carvalho. El problema es que a veces resulta muy difícil distinguir estas obras de las que sí merecen nuestro respeto, y puede suceder que uno sólo descubra depués de cuatrocientas páginas que aquello que estaba disfrutando como una osada expedición por los laberintos del pensamiento humano era simplemente una macabra estratagema para poner de manifiesto los errores de algunos enemigos, un ajuste de cuentas barriobajero, disfrazado, eso sí, con la exquisita formalidad de la erudición. “¿Contra quién está escrita esta historia de la filosofía?”, es lo que debes preguntar cuando te hablen de una; “¿de quién está colgada la cabeza en la estaca del último capítulo?” Y tienes que cerrar el libro y devolverlo inmediatamente a su estantería, o al colega o librero que intentaban engatusarte, porque está dentro de lo verosímil que esa cabeza pueda ser la tuya. Y así como los curas de mi infancia (y no lo digo por viejo, aunque lo sea, sino porque los curas siempre están, cuando están, en la infancia de uno, pues al crecer nos alejamos de ellos antes que de otras tantas cosas que van también quedando atrás), así como los curas, digo, recomendaban escapar de la tentación para no dar ocasiones al pecado, lo mejor que uno puede hacer para no confundir las historias revanchistas de la filosofía con las que no lo son, es no estudiar nunca ninguna, olvidar que ese tipo de libros existe, y acudir primerísimamente a las obras originales, haciéndose uno mismo un hueco entre su mobiliario desgastado pero precioso, acomodándose como uno sea capaz entre sus recovecos, sin mediación de celestinas ni proxenetas intelectuales.

(CONTINUARÁ)
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