21 de abril de 2008
EL MERCADO DE LAS IDEAS (1)
Comienzo con esta entrada un experimento de "filosofía 2.0". Me han pedido que escriba (y, como siempre, ya voy con retraso) un artículo para la nueva Revista Electrónica de Ciencia y Tecnología (publicada por la Universidad de Salamanca), y he elegido como título "¿Es la ciencia un mercado de ideas?". En buena parte voy a contar en él, de forma divulgativa, algunas de las ideas que he desarrollado en otros artículos (p.ej., ver estos vínculos: 1, 2, 3, 4). Pero me gustaría que el nuevo artículo surgiese en buena medida de la interacción con otras "cabezas pensantes"..
Para ello, voy a ir colgando aquí, en las bodegas del Otto Neurath, lo que vaya escribiendo del artículo (de momento, en esta entrada, lo introducción provisional), y espero vuestros comentarios (supongo que mucho más incisivos y variados que los que uno suele tener en una presentación académica) para entre todos ir gestando los siguientes apartados.
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Supongo que los editores de la Revista verán esta iniciativa con una mezcla de terror y curiosidad: terror por el retraso que la experiencia puede suponer (pero, ¡tranquilos!, me comprometo a cortar por lo sano si la cosa no sale como espero en un breve plazo... aunque el trabajo quedará colgado para seguir creciendo, aun después de la publicación), pero curiosidad también porque, al fin y al cabo, este tipo de cosas son las que dan vida al tema de la revista propiamente dicha, ¿no?
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Así que, aquí va la introducción. Muchas gracias a todos por adelantado.
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¿ES LA CIENCIA UN MERCADO DE IDEAS?
Jesús Zamora Bonilla
UNED
1. INTRODUCCIÓN.
Naturalmente, la respuesta es “no”. La ciencia no es un mercado: si consideramos que el mercado es un sistema de interacción social cuyos elementos mínimos (sus “átomos”) son cada una de las acciones de compraventa de bienes o servicios, resulta obvio que los “átomos” principales del sistema de interacción social en el que consiste la ciencia no consisten en “comprar” o “vender” nada. Desde luego, hay que comprar muchas cosas para llegar a hacer buena ciencia: hay que equipar laboratorios, contratar investigadores, pagar el recibo del teléfono, satisfacer los royalties empleados, etcétera, etcétera; de la misma manera, antes de poner un producto en el mercado a disposición de los clientes, la empresa que lo produce ha tenido que comprar materias primas, pagar salarios, instalar fábricas, transportar bienes de un lado para otro, pagar impuestos, y mil cosas así. Pero la diferencia esencial entre lo que hace una empresa con los bienes y servicios que ha producido gracias a todos esos recursos, y lo que hace un “agente científico” con lo que ha producido con los suyos, es que la empresa pone en el mercado su producción, es decir, el producto final, un bien o un servicio, está destinado a ser vendido, mientras que el “productor científico” suele regalar sus productos finales: no los vende, sino que los publica –en general sin recibir ninguna compensación monetaria a cambio– en alguna revista especializada, o en un congreso, para que otros “productores” lo conozcan y lo puedan utilizar libremente.
Ya veo delante de mí las numerosas manos que empiezan a protestar, burlándose en muchos casos de la supuesta ingenuidad que transpira el párrafo anterior. “¡Pero si la ciencia de hoy en día está dirigida básicamente a conseguir resultados comercializables, o sea, a conseguir patentes!”, se me dirá, y soy del todo consciente de que ello es así. Cualquiera que haya echado un vistazo a la biografía de la recién nombrada ministra de Ciencia e Innovación, Cristina Garmedia, tendrá esto en la cabeza a estas alturas. Pero no hay que olvidar que, por cada patente que se solicita (unos dos millones al año en todo el mundo) hay muchos más artículos que se publican gratis et amore. Además, en la mayoría de las disciplinas científicas, es rarísimo el que se produzcan resultados patentables, lo que no quiere decir que algunos productos de esas disciplinas no se puedan comercializar con provecho, aunque no el “producto científico final” propiamente dicho, es decir, el artículo (“paper”) y las ideas y datos nuevos que contiene. Otras manos insistirán en que también los artículos, o las revistas que los incluyen, o (no digamos) los libros, son mercancías que se compran y venden, y este mercado editorial es, con toda seguridad, un auténtico mercado. Pero el producto como tal de la investigación científica no es tanto la revista o el libro (estos son más bien “envoltorios”), sino la información que hay en ellos: en el caso de una patente, hay que pagar por utilizar la información revelada por la patente, no por acceder a ella (o no necesariamente), mientras que en el caso de una revista, una vez que uno (o su biblioteca) ha pagado la suscripción, no hay límites para el uso que puedas hacer del “contenido epistémico” de sus artículos.
No es inimaginable un futuro en el que toda la nueva información científico-tecnológica que se p
rodujera fuese “de pago”, es decir, patentables: lo único que haría falta sería un sistema de control lo bastante efectivo como para averiguar quién ha empleado cada “descubrimiento” en su propia actividad investigadora o industrial. De hecho, a mí me han caído buenas broncas por imaginarme (¡que no proponer!) un sistema así (en mi libro Ciencia pública – ciencia privada). Pero el caso es que la ciencia actual, y no digamos la del pasado, aún está dominada cuantitativamente por la práctica de los descubrimientos regalados, si bien es cierto que la financiación de la investigación científica procede, en cada vez mayor medida, de los ingresos que las propias instituciones investigadoras (públicas o privadas) obtienen gracias a las patentes de aquellos descubrimientos que no regalan.
Pero, dicho esto (que la ciencia no es un mercado, aunque está relacionada intensa e intrínseca mente con muchos de ellos), hay que decir también que, por supuesto, la ciencia sí que es un mercado. La paradoja es posible porque, como todo economista sabe bien, la verdad es que el propio mercado tampoco es un mercado. Me explico: el conjunto de realidades sociales a las que nos referimos con la expresión “el mercado” están muy lejos de formar un conjunto homogéneo, pues los procesos de intercambio concretos son muy diferentes unos de otros. Además, lo que tenemos en la cabeza (nuestro “concepto” de mercado) son realmente diferentes modelos específicos de mercado (el mercado de competencia perfecta, el monopolio, y todos aquellos modelos abstractos que los economistas se dedican a desarrollar), ninguno de los cuales suele encajar exactamente con ninguno de los merca
dos “reales”. Es decir, para entender los mercados (reales) como mercados (modelos abstractos), es necesario “forzar” en cierta medida los primeros para que encajen en las categorías que definen a los segundos. O sea, que la interpretación de una realidad social como “un mercado” es siempre hastsa cierto punto metafórica. Entender la ciencia como un mercado no implica tal vez, por lo tanto, nada más que extender el alcance de la metáfora un poquito más: “vamos a ver qué cosas interesantes podemos decir sobre la investigación científica si la intentamos entender como si fuera un mercado”. Para ello, lo que tendremos que hacer es lo que hacemos con el resto de los mercados (desde el mercado de letras del tesoro, al mercado negro de armamentos, pasando por el mercado de abastos de mi barrio): ajustar nuestras categorías mentales para que encajen con los hechos que deseamos analizar.
Este análisis nos permitirá hacer fundamentalmente dos cosas: por una parte, arrojará alguna luz (o barro) sobre las interacciones en las que en el fondo consiste la actividad social que llamamos “investigación científica” (sección 2), y por otra parte, nos ayudará a enfrentarnos con armas conceptuales más poderosas a la creciente realidad social de la “mercantilización” de la ciencia (sección 3).
.19 de abril de 2008
18 de abril de 2008
FRIKICIENCIA
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Pues de todas estas cosas, y más, podréis satisfacer vuestra tan morbosa como voraz curiosidad visitando la lista de los diez artículos científicos más frikis del 2007 (es una información un poco pasá, pero bueno, es graciosa).
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La verdad es que la página de donde he sacado la noticia (Oddee.com) no tiene desperdicio.
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(Y, ¡oh, Dios mío!, se nos ha colado Bush aquí. ¿Qué diablos estará haciendo?).
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16 de abril de 2008
15 de abril de 2008
ULTRALIBERALISMO KEYNESIANO
Muy bueno el artículo de Ulrich Beck hoy en El País. En España se podría aplicar, más que a las sociedades financieras (que de momento no andan tan pedigüeñas como en otros lados), a las empresas constructoras. ¡Si hasta nuestra ultraliberal Esperanza está aplicando el intervencionismo del BOCM para salir al rescate de los "señores del ladrillo"! (esos sí que son señores por estas lides, por encima de los señores del aire que dice mi amigo Javier Echeverría).
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El mensaje del artículo de Beck es que los máximos prelados de la Iglesia del Liberalismo De Los Últimos Días Y Que Nos Quiten Lo Bailao parecen haberse retractado de su fe ciega en el mercado, o más bien, parecen haber caído en la cuenta de que la intervención del Estado en la economía, tanto estableciendo legislaciones intervencionistas, como inyectando dinero a cascoporro, puede no ser un pecado nefando, sino
un auténtico bálsamo curalotodo, al menos cuando las heridas a curar son las de ellos..
Las constructoras ibéricas, hasta anteayer más tirando al cerdo por su carácter de mina de oro, y hoy más tirando al lince por su lamentada proximidad a la extinción, piden ahora también socorro al gobierno ("señor, no soy digno de que mires mi declaración de la renta, pero una subvención tuya bastará para sanarme"). Lo que yo le recomendaría hacer en estos casos al tío Solbes, o a sus compis de otros países con este tipo de pordioseros pidiendo en las puertas, es ceder:
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-Hermanos míos, así dice el Señor: he contemplado vuestro sufrimiento, y los números rojos han ablandado mi corazón. Aquí tengo este cheque de nosecuantos ceros, sacado del sudor de vuestros esclavos, digo conciudadanos, y vamos a emplearlo en levantaros de la postración en la que habéis caído por culpa de vuestra prodigalidad. Y lo que haremos con estos dineros será comprar y comprar acciones y más acciones de vuestras empresas, acciones nuevas que vosotros deberéis emitir, para que paguen por vu
estras pecaminosas deudas y resplandezcan de nuevo vuestros balances de liquidez. Y una vez que nosotros poseamos dichas acciones, ejerceremos el poder que nos corresponde en vuestros consejos de administración, para que vuestras estrategias tengan en cuenta los intereses de los ciudadanos, y para que de vuestros dividendos se nos dé una parte proporcional a lo que en vosotras hemos invertido (además, claro está, de lo que todos tengamos que pagar como impuestos, para que podamos otras veces ayudar a otros como ahora os estamos ayudando a vosotros).
A POR ELLOS, OÉ (QUE ESTÁN DESORIENTADOS)

Bueno, al final la competencia en universidades ha pasado al nuevo ministerio de Ciencia e Innovación (¿lo he dicho bien?). Confieso que la medida me ilusiona. El intento de Aznar de promover la investigación con un ministerio de ciencia y tecnología fracasó, en buena parte, precisamente porque el Sacro Imperio de las Taifas Rectorales quedó fuera de las manos de Anna Birulés y Juan Costa (a la sazón más metidos en economía y en política que en investigación propiamente dicha... otra de las posibles razones de que aquello no prosperase). Ahora, en cambio, Cristina Garmendia tiene bajo su mando al cuerpo que constituye las tres cuartas partes, o más, del personal investigador de nuestro país: los profesores universitarios, a los que ya nos ha dicho (¡qué bien
suena!) que hay que investigar más y dar menos clases..
La pregunta es, ¿podrá Garmendia con el lobby de la CRUE? (¿y pondrán Zapatero y Solbes, ahora que vienen mal dadas en lo económico, la pasta que haría falta para poner patas arriba la universidad española?) Convendría que la nueva ministra actuase pronto, ahora que parece que los rectores están desprevenidos. La universidad española, dentro de la que hay buenísimos profesores e investigadores y excelentes estudiantes, ha generado en las últimas décadas una gigantesca excrecencia de centros mal dotados en todos los aspectos, que funcionan poco más que como academias de cursillos que dan lustre a alguna que otra consejería de educación. Todo el sistema educativo español padece una deprimente mediocridad (con honrosas excepciones) que se pone de manifiesto en la universidad más claramente que otros ámbitos. Pero, como cualquier institución, su misma existencia genera una serie de intereses creados cuyos beneficiarios se ponen a defender como gato panza arriba en cuanto temen que pueden perder algo. Ríete tú de la guerra del agua y de los agricultores derramando la leche en la plaza de Atocha. Los rectores sí que tienen peligro. Y, o mucho me equivoco, dentro de poco pondrán su mira en la cabeza de Garmendia, si es que la ministra intenta hacer en serio lo que parece que quiere hacer. Algún ruido de tambores de guerra ya se empieza a oir...
http://cybereuskadi.com/blog/2008/04/14/las-implicaciones-del-nombramiento-de-cristina-garmendia/
http://www.elpais.com/articulo/espana/Ciencia/absorbe/universidades/elpepunac/20080413elpepinac_6/Tes
http://www.elmundo.es/elmundo/2008/04/15/ciencia/1208251884.html
P.D. En fin, hablé demasiado pronto; ya están propuestos los Secretarios de Estado, y parece que son muy "establishment". Veremos.
14 de abril de 2008
13 de abril de 2008
¿Y SI LA REPÚBLICA HUBIERA GANADO LA GUERRA?

Curioso documental de la Sexta, en el que se especula (otras veces ya se ha hecho) sobre cómo habría sido la historia de España si el bando republicano hubiera ganado la Guerra Civil. Por encima de las cuestiones de historia ficción (que reconozco que me privan, aunque más como ficción que como historia), me ha chocado el uso de las figuras de Aznar y Zapatero, como presidente de la República Española y jefe de gabinete, respectivamente.
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Lamento tener que arrojar un cubo de agua fría sobre tales ficcionalismos: si la república hubiera ganado la guerra, nadie nacido después de 1939 existiría ahora. Tengamos en cuenta que cada fecundación de un óvulo es una lotería con cientos de millones de papeletas (los espermatozoides); un simple cambio de postura en una arremetida hará que el espermatozoide que llegue al óvulo será otro, y no digamos si los cambios históricos hacen que la
gente copule en momentos diferentes, o incluso con personas diferentes. Así que dudo que Aznar y Zapatero hubieran existido..
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Y, desde luego, no estaría yo aquí para escribirlo, ni la mayoría de vosotros para leerlo, ni tendríamos homenajes a la bandera republicana por parte de Agatha.
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Simple, cuestión de sexo (como casi todo).
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11 de abril de 2008
CRISTINA GARMENDIA, MINISTRA DE CIENCIA E INNOVACIÓN

De confirmarse la noticia que sacan esta tarde los medios, la apuesta de Zapatero en materia de política científica para esta nueva legislatura es fuerte, y en la buena dirección. Cristina Garmendia, catedrática, empresaria, científica, mujer y vasca, es uno de los ejemplos que deberían tomar nuestros niños y niñas (además de los futbolistas del Getafe) para construir un mundo mejor, por su pasión por el valor social del conocimiento.
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Es, sobre todo, una científica del tipo de las que admiro en mi libro Ciencia Pública - Ciencia Privada (por el cual, por cierto, no he cobrado un duro todavía -¿alguien de FCE a la escucha?-), científicos que, cuando ven lo caros que son los ratones modificados genéticamente, no se lamentan amargamente y piden subvenciones al ministerio, sino que ven una oportunidad para desarrollar ratones de esos y venderlos.
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Un brindis por ella.
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(Aunque, como buen homo academicus, aún me corre el escalofrío por el cuerpo de no saber cómo quedarán las relaciones de la universidad con la investigación y la educación.
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De hecho, esta es la principal novedad del ministerio, pues es la primera vez que universidades se separa de educación. Y a lo mejor esto no es tan malo, en definitiva).
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