
Con este título tan largo, casi no hace falta que escriba nada. Pero por aclarar: dado nuestro ordenamiento jurídico, yo creo que es aceptable el derecho a objetar en educación; los dos argumentos principales son:
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1) Cuantos más derechos tengamos, mejor; hay que dar argumentos muy fuertes para restringir un derecho, así que el derecho a la objeción de conciencia se tiene por defecto. En este caso, creo que los argumentos en contra no son lo bastante fuertes: no se produce un daño gravísimo por el ejercicio de ese derecho. (Aunque más, abajo).
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2) La constitución dice que los padres tienen derecho a elegir la educación para sus hijos; la idea de un currículo cerrado, impuesto por el parlamento, va totalmente en contra de ese derecho.
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Asín que, en mi opinión, lo que tendrían que aprobar el Supremo, el Constitucional, el Tribunal de Estrasburgo, etc., etc., es el derecho a objetar sobre la imposición de un currículo por el Estado (o las Comunidades Autónomas, claro). A mí hay muchísimas cosas del sistema educativo "estandarizado" que me parecen una aberración, y quiero que se me reconozca el derecho a objetar a esas cosas: que se den clases de inglés en las que no se aprende inglés, que los niños que quieren aprender (o sus padres quieren que aprendan) tengan que compartir aula y centro con niños que se burlan de que uno saque sobresalientes, que los pedagogos tengan tanta influencia, etc., etc., etc. YO QUIERO PODER OBJETAR (y objetar) DE TODO ESO.
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(Bueno, en la práctica ya objeté, pues tuve la suerte de poder sacar a mi hija del sistema educativo español).
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Ahora bien, la gran pregunta que este debate jurídico deja sin responder es: ¿cómo proteger a los niños de la estupidez, la ignorancia, o el dogmatismo de los padres? ¿Tienen los hijos de los opusinos derecho a SABER que existen argumentos que justifican, según otras personas, los matrimonios homosexuales o el aborto? ¿O tienen los opusinos derecho a OCULTAR esta información a sus hijos? Lo malo de la Ley Orgánica de Educación es que plantea como objetivo, no sólo el que los niños CONOZCAN estas cosas, sino que las APRUEBEN (o, con un término serpentino, las "valoren"). Sin el buenrrollismo zapateril, vena dogmática, la redacción de la ley habría sido mucho más aceptable para todo el mundo.
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Pero, por terminar, lo que más ganas me da de objetar al sistema educativo español es que todo el revuelo se esté levantando por una cuestión tan nimia, cuando el sistema padece tantos problemas y es tan maquiavélico por otras razones. Lo que teníamos que envidiar los padres razonables a los opusinos que han llevado al ministerio a los tribunales es su capacidad y su decisión para hacer precisamente eso.
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