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18 de febrero de 2014

"Mentiras a medias", gratis en pdf

Esta mañana he pasado por fin a pdf mi libro Mentiras a medias, por recomendación de mi amigo David Teira. Es el libro que (sustancialmente modificado en su segunda parte -los dos últimos capítulos) procede de mi primera tesis doctoral, sobre la cuestión de la verosimilitud (o aproximación a la verdad) de las teorías científicas. Podéis descargarlo libremente en este enlace.
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Los seis primeros capítulos ofrecen un panorama del problema, de los principales enfoques con que se intentó resolver, y de las dificultades no superadas por ellos. Los dos últimos ofrecen mi propuesta, e indican cómo con ella se resuelven dichas dificultades.
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Mentiras a medias fue el primer libro que publiqué, allá por 1996 (la tesis la había defendido en 1993), aunque, en honor a la verdad, sigo teniendo más o menos la misma cantidad de pelo que entonces (vaaale, sólo un poquito menos), y me sigue valiendo la misma ropa, aunque las canas predominan ahora mucho más y la piel se me nota más arrugada. Lo peor de todo es que no me da la impresión de que haya pasado tanto tiempo...
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En fin; el archivo es muy grande (33 megas), porque son fotocopias. Si alguien quiere el libro en papel, tengo todavía varias docenas en el despacho y se lo puedo enviar por correo.

23 de octubre de 2013

Salto generacional

A partir de una entrada en el siempre jugoso blog Patrulla de Salvación, llevo unos días dándole vueltas a la cuestión de las generaciones (como recordaréis quienes visteis la entrada sobre la Generación Malasombra). Según la jefa de la Patrulla, la sargento Margaret,

"Los que hoy tienen entre 35 y 40 vivieron sus primeros 7 años de vida (los más importantes para forjar el caracter y la personalidad) en la década que va del 75 al 85 (número arriba numero abajo). [Sigo hablando en general, ¿eh?] Los padres de esos chicos, entonces, tenían entre 25 y 30 años. Habían salido de una dictadura en la que habían vivido una juventud bastante jodida y, con los nuevos aires de libertad, democracia y modernidad, compraron la idea de que conceptos como disciplina, respeto y autoridad (tres principios básicos para una buena educación) eran propios de la dictadura, autoritarios y retrógrados. Esos padres educaron a sus hijos “en libertad”, como se decía antes. Y así han salido las cosas."

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Hoy me acabo de acordar de una anécdota que viene muy al caso. Sería hacia el año 78, cuando yo tendría unos 14 o 15 años, y estaba jugando en la calle con mis amigos, cuando unos chicos unos cinco o seis años más pequeños se dirigieron a nosotros, no recuerdo bien para qué, pero en un tono que a mis amigos y a mí nos sorprendió. Nos dimos cuenta de que nosotros, y casi todos los niños que conocíamos de nuestra edad, no nos habríamos atrevido a hablar así a chavales más mayores; simplemente no se nos habría pasado por la cabeza no pedirles las cosas por favor, e incluso con cierto miedo. Pero los chicos que venían detrás de nosotros en la fila generacional habían perdido completamente ese quasi-instinto de respeto.
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Con los años, e imbuídos en los aires de modernidad, mis amigos, y en general la gente de mi "generación", tendimos a darle una interpretación positiva a aquel cambio: los jóvenes eran ahora "más libres". Pero no logro despejar la sospecha de que tal vez no todo en ese cambio haya sido para mejor.

7 de febrero de 2013

El efecto Eco, o por qué mi biblioteca es tan mala

Tengo un montón de libros en casa (para la media nacional, se entiende), más muchos otros de los que me he ido desprendiendo de una manera u otra a lo largo de los años. Una de las cosas que he agradecido del e-reader, que tengo desde hace unos tres años, es que eso me ha permitido mantener mis estantes por debajo de su límite de tolerancia al peso (no quería pasar por tener los libros apilados en el suelo), gracias a que han disminuido notablemente mis compras de libros en papel.
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Pero, a pesar de la no desdeñable magnitud de mi biblioteca, siempre he estado bastante insatisfecho con su contenido. No está del todo mal una cierta colección de obras clásicas de filosofía (de los presocráticos a Wittgenstein), que fui juntando desde mis tiempos de estudiante a los de profesor de secundaria. Pero echando un vistazo a la mayor parte de los títulos que se acumulan en mis estanterías, por lo general no puedo evitar arrepentirme de haber comprado la mayoría de esas obras. Una de las principales razones es el hecho de que los mejores libros que he solido leer de cada autor, los leí porque alguien me los prestó, o porque lo saqué de una biblioteca, y, encantado con la experiencia, después compré algunas obras más de esos autores... sólo para descubrir que esas otras obras eran mucho peores que la primera que había leído. Yo lo llamo el efecto Eco, pero me ha pasado con muchos más escritores. En algunos casos (como el de El nombre de la rosa, o El señor de los anillos, o La historia interminable), acabé comprando esos primeros libros que tanto me habían gustado, y poniéndolos al lado de sus magras secuelas que, en cambio, me gustaron bastante menos, cuando no me aburrieron. La mayor parte de las veces, sólo las compré  por el placer de poseerlas, pues creo que no volví a leer casi ninguna de ellas.
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Muchos otros libros uno los compra un poco compulsivamente, sin reflexionar, como puedes entrar al cine a ver una película sin saber muy bien de qué va, sólo porque la cartelera te llama la atención. Tal vez incluso el libro me haya gustado en su momento, como puede pasar con la películas, pero el caso es que al cabo de los años no sabes muy bien qué haces con ese libro en tu casa; es una especie de ser extraño que ha permanecido agazapado, viendo pasar el tiempo, y sumergiéndose en un mar de olvido e irrelevancia. Como mucho, el libro se limita a recordarme qué pésimo gusto y criterio tenía yo hace la tira de años.
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La mística del libro en papel como elemento de una especie de culto laico, o al menos como una forma de construcción de la propia imagen, creo cada vez con más intensidad que es algo excesivamente sobrevalorado. La idea del libro en papel como una especie de tesoro que legar, como parte de nosotros mismos, a nuestros herederos, se me desmonta cada vez que pienso en los montones y montones de libros viejos, pésimas ediciones y en general títulos infumables, que acaban irremediable y justamente en la basura un día tras otro, quebradizos, descuajaringados y amarillentos. Bienvenido sea el libro electrónico por, al menos, liberarnos un poco de este tipo de angustias.
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Por cierto, ¿qué autores son los que os han hecho lamentar más a vosotros el "efecto Eco"?

4 de enero de 2012

COSAS QUE NO HABÍA EN MI CASA CUANDO YO NACÍ


...(o sea, en 1963), pero que sí que las había el año que nació mi hermano (1970).
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Bañera.
Ducha.
Bidet.
Frigorífico.
Lavadora.
Televisión.
Coche.
Teléfono.
Cocina de gas.
Fregona.
Vacaciones en la playa.
Tocadiscos.
El Espasa abreviado.
Cámara fotográfica.
Magnetofón.
Una biblia.
Unos cuantos libros más.
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Y supongo que más cosas que no recuerdo.
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17 de junio de 2011

LOS RESTOS DE FRANCO... UNA DE TERROR

Hacía la pila de años, décadas más bien, que no me acordaba de una anécdota de mi infancia. Al escuchar las noticias sobre el posible traslado del cadáver de Franco a algún sitio en donde no se le note tanto su deseo de salvar a media España matando a la otra mitad, me ha venido otra vez a la memoria. Es algo como para dejar marcado a cualquiera.
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Estábamos en mi casa, como casi todo el mundo, enganchados a la televisión y a los periódicos los días aquellos de noviembre del 75, cuando un telediario dio la noticia de que se había procedido al embalsamamiento del cadáver del dictador, y sacaron la imagen del director del equipo que había realizado tan eximia tarea.
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-Anda, si es el doctor Piga -exclamó mi padre.
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En efecto, el doctor Bonifacio Piga era el jefe de los embalsamadores. Y pensaréis, con buena razón, ¿y qué?
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Pues que el tal doctor Piga... ¡¡¡había sido hasta hacía pocos años mi pediatra!!!
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No me digáis que haber sido atendido en tu más tierna infancia (y con la mayor profesionalidad, debo decir) por el embalsamador de Franco no es algo como para marcarle a uno el resto de su vida.
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Tal vez algunos os empecéis a explicar ahora algunas cosas (glup)...
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7 de marzo de 2011

LO MÁS NATURAL


Me acordaba el otro día, a propósito de un comentario de Juan Antonio en la entrada sobre el progreso moral, de uno de los primeros chistes de Ibáñez, que leía en casa de unos vecinos, en un tomo con muchos ejemplares encuadernados del DDT de los años cincuenta (entonces a mí me parecían muy viejos -serían finales de los setenta-, pero ha pasado bastante más tiempo desde que yo los leí hasta ahora, que desde que se publicaron hasta que los leí). La viñeta de la imagen debe de ser más o menos de la misma época.
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Se trataba de una historieta de una serie sobre personajes históricos. Ésta iba sobre algún rey de la edad media (o eso creo), y terminaba diciendo algo así como que el fulano "murió de muerte natural, después de que le clavaran cincuenta lanzas"; y seguía, "por que cuando a uno le clavan cincuenta lanzas, lo natural es morirse". La reflexión sobre esta frase genial fue, seguramente, una de mis primeras experiencias en esto de la filosofía (aunque no la más antigua que recuerdo).
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El chiste venía a cuento por la habitual tentación de identificar lo "moralmente correcto" con lo "natural", de una u otra manera. Juan Antonio me replicaba que tenemos que suponer que las cosas tienen una naturaleza, lo que yo no niego, y ello dio pie para que formulase mi visión de en qué consiste la naturaleza de una cosa. Es sencillo, y creo que muy evidente: consideremos cualquier entidad (X; puede ser un caballo, una botella de cocacola, una batalla naval, un ciclo bioquímico, o lo que sea). Pues bien, la naturaleza de X consiste en el conjunto de todas aquellas proposiciones condicionales del tipo "dadas las circunstancias A, a X le ocurrirá B" que son implicadas por las leyes de la naturaleza.
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16 de agosto de 2010

MÚSICA PARA LUNES: VINO GRIEGO (Y VOLVIÓ FRANCÉS)

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¡Toma nostalgia setentera!
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¿Queréis más? (Es lo que trajo el tener en el instituto profesoras de francés sesentayochistas).

29 de abril de 2009

¿CRISOL ECHA EL CIERRE?


Reconozco que la noticia me ha afectado más que la gripe del cerdo. Sólo la conozco por el portal Soitu, pero, en caso de ser verdad, me acongoja bastante. Crisol era uno de los pocos sitios donde resultaba agradable ver y buscar libros. Incluso me había hecho la tarjeta de cliente hace un mes (con unos veinte años de retraso, y muchos libros comprados allí entre medias).
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Es triste también el motivo que, según Expansión, se alega para el cierre (el negocio tiene  "una dimensión reducida que no presenta posibilidades viables de crecimiento"). En fin, el grupo Prisa siempre en defensa de la cultura.
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22 de abril de 2009

¿EN CASA DEL HERRERO, CUCHILLO METAFÍSICO?


Ángel Gabilondo fue mi profesor de Metafísica en cuarto de filosofía, allá por el curso 1984-85. Recuerdo pegarme buenas panzadas a descifrar las especulaciones del Cratilo, y también le dimos lo suyo a la Crítica de la Razón Pura, entre otras lecturas. En realidad, casi no recuerdo nada del contenido del curso, digamos, en la forma de 'memoria declarativa' (y eso que me puso un sobresaliente, aunque sospecho que a lo mejor fue por 'sobresalir', más que por la calidad intrínseca de mis exámenes), pero creo que sí que me ha quedado bastante poso en la forma de savoir fair (aunque tal vez no el que él hubiera pretendido; o sí).
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El curso coincidió con mi deriva definitiva hacia la tradición analítica: trataba sobre la visión del lenguaje en la historia de la filosofía, a la vez que empezaba a conocer la filosofía del lenguaje de la tradición de Frege y Russel, la cual me pareció mucho mejor heredera de la parte interesante que hay en cosas tales como el Cratilo o el libro cuarto de la Métafísica. Pero sí me animó a considerar las obras filosóficas como (pese a lo que Platón le hace decir a Sócrates en el Fedro) juguetes interactivos con los que dialogar (digamos, como blogs avant la lettre), más que como tochos que deben ser deletreados, interpretados y regurgitados.
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En fin, que no creo que podáis echarle toda la culpa de que ahora exista un barco pirata llamado Otto Neurath, intentando lanzar torpedos a la metafísica. Pero, en fin, la familia es lo primero, y ante todo siento por el nuevo ministro de Educación una (¿malsana?) solidaridad gremial como filósofo. Lo cual aprovecho para manifestar mi deseo (no me atrevo a decir esperanza) de que Gabilondo deshaga la debacle en que sus dos antecesoras han sumido a la "materia" de Filosofía en la enseñanza secundaria.
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¡Por favor, Sr. Ministro, llévese usted al mundo de las ideas -de donde nunca debió salir- el engendro de la "Filosofía y Ciudadanía"! (título que tiene lo peor que puede tener el nombre de una asignatura: su pasaporte a la obsolescencia, o, como diría mi compañera de facultad, Teresa Oñate -gran maestra del kairós-, su "epocalidad"). ¡Invierta de una vez la tendencia aniquilatoria que se ha impuesto desde la LOGSE a la reflexión filosófica en los horarios y programaciones de la ESO y el Bachillerato! ¡Dignifique por una vez el título de su gremio, y atrévase a cumplir eso por lo que sus colegas clamamos!
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El pensamiento y la racionalidad se lo agradecerán por generaciones.
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Aunque, ¿le dejarán hacerlo?.
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Más:
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27 de febrero de 2009

POESÍAS DE JUVENTUD: DOS SONETOS "SOLEMNES"



Estos dos sonetos los compuse (si no recuerdo mal), cuando hacía segundo de Filosofía en la UAM, con dieciocho o diecinueve años, en una época en la que aún pensaba que podía llegar a ser un escritor importante. Por algún lado debo tener un montoncillo de hojas con otras poesías, pero éstas son las únicas que recuerdo de memoria (y es curioso, cómo he vuelto a recordarlas el otro día después de muchos años sin volver a pensar en ellas). Era un tiempo en el que mi vocación literaria me llevó a integrarme en la redacción de Solemne, el gordo (la revista literaria que hacían los alumnos de la UAM), un puesto que dejé tras ser copada esa redacción por miembros del grupo Juventud Idente, que compruebo en internet con cierta nostalgia que aún existe (un grupo, digámoslo también para dejar constancia de mi perspicacia, con el que me relacioné durante un año o así, aunque tardé unos tres meses en enterarme de que eran una organización religiosa)..
En fin, a la vista de estos sonetos, supongo que se confirmará el optimismo cosmológico leibniziano, por la armonía preestablecida que me hizo abandonar aquella vocación (o que la vocación me abandonase a mí).
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Ahí quedan:
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SIN TÍTULO

Entenderé los trinos del jilguero
sólo al desentenderme en su poesía,
y cuando la esbeltez de su armonía
se cierre en mi habitáculo postrero.
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Saborearé las hojas del romero
únicamente cuando al alma mía
expulse tras la etérea celosía
que me limite al fin, fugaz y entero.
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Sermonearán mis ojos apagados
la plática infantil de la incongruencia,
para parecer doctos de alejados;
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Y no tendrá mi anhelo más vivencia
que el hoyo inmóvil de los fieles prados
en los que anatemice mi existencia.
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BEETHOVEN
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Paciendo las esperas deshonradas
por el sin fin mugir de la cadencia
de una cítara virgen, de una ausencia
musical y profunda. Están trabadas
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(o, tal se oyen, tal vez desesperadas)
en una juvenil melancolía:
hay ya sólo desdicha sobre el día
que soporta sus horas acabadas.
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Vendré una vez rompiendo todo esto
para imponer en dios mi sexo enhiesto,
y entonces será solamente oído
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el silencio fatal de mi palabra,
Getsemaní de música y de ruido:
po-po-po-pom. ¿Quién va? ¡Beethoven; abra!
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13 de febrero de 2009

ECOS DE LA EDAD MEDIA


Anoche, leyendo el libro de Roberto Casati, El descubrimiento de la sombra, tuve la asombrosa experiencia de sentir que la Edad Media había acabado, como quien dice, ayer. Algo así como si, al volver de la calle, te enterases de que la persona con la que habías coincidido en el ascensor era el Cardenal Cisneros en persona.
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Tiene todo esto que ver con un refrán que, sistemáticamente, mi suegra recita todos los meses de diciembre, y que seguramente muchos habréis oído, en una versión u otra:
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"Para Santa Lucía, se acortan las noches y se alargan los días".
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Cada vez que la escuchaba, hasta ahora, me lo tomaba como un ejemplo de cultura popular poco preocupada por la exactitud científica (en este caso, astronómica), pues Santa Lucía es el 13 de diciembre, ocho días antes que el verdadero solsticio, el 21. Al fin y al cabo, con los medios de una sociedad rural como la que vivió mi suegra en su infancia y juventud, ni era fácil medir con precisión la duración de los días y las noches, ni la diferencia debida al error era tan importante como para vencer a las exigencias poéticas de la rima. Varias veces había intentado convencer a mi suegra de que, en realidad, las noches se empezaban a acortar el 21 de diciembre, pero la fuerza de la tradición era mucho más potente que mis argumentos, y, hasta la fecha, ella sigue convencida de que lo que dice "su" refrán es verdad.
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Lo que me extrañaba era que no fuera más popular algún refrán que asociara el fenómeno astronómico del solsticio con la Nochebuena , una fiesta más importante y bastante más cercana a la fecha "correcta" (sólo 3 días de diferencia). Una explicación psicológica me parecía más verosímil para esto último: adelantar mentalmente la fecha del solsticio podría responder nada más que a las comprensibles ganas de la gente de que hubiera más luz.
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Pero el libro de Casati me hizo ver que la explicación era otra muy distinta: lo que pasa realmente es que el refrán era correcto. Insisto en lo de "era": antes de la reforma gregoriana del calendario, los solsticios y equinocios REALES se adelantaba progresivamente con respecto a la fecha oficial, hasta llegar a una diferencia de 10 días en el siglo XVI, de modo que el solsticio de invierno cayó alrededor del 13 de diciembre a finales de la Edad Media (hacia los siglos XIII-XIV, sobre todo). El dicho en cuestión, por lo tanto, sería originario de esa época.
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Por lo tanto, el refrán que escucho en mi casa todos los meses de diciembre es un "meme" que lleva repitiéndose (con ligeras variaciones) al menos setecientos u ochocientos años, es "una larga conversación".
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Otras entradas:
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3 de diciembre de 2008

MARICAS EN MADRID: ¿POR QUÉ ABUNDAN TANTO?

Serían principios de los ochenta cuando, mientras yo estudiaba en mi cuarto, mi madre, asomada a la calle desde mi ventana, lanzó una alegre exclamación de sorpresa que me dejó aturdido:
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-¡Anda! ¡Si hay maricas en Madrid!
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Intentando imaginar, o tal vez no, lo que mi madre habría visto por la ventana (que daba a un sucio callejón casi siempre desierto, entre la valla del patio de mi casa y la de un colegio vecino, y que sólo acostumbraba a tener como ocupantes a drogadictos, borrachos, o pandillas de adolescentes soñando con un sitio prohibido), no me atreví a asomarme yo también inmediatamente
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-¿Y ahora te enteras, mamá? -fue toda mi respuesta.
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-Pues yo no lo había visto nunca.
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La verdad es que, en aquella época, recién salidos de la mogigata dictadura, la homosexualidad era todavía un tema tabú, y sobre todo, muy oculto. Algo como el Día del Orgullo Gay era inimaginable. Así que tuve que reconocer que yo, verlo, tampoco lo había visto, y que sabía de la existencia de homosexuales en Madrid como casi todo el mundo: de oídas.
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Pero, cuando al final dejé mis libros y fui hacia la ventana, mi sorpresa fue mayúscula. Mi madre contemplaba un ejemplar del córvido cuyo nombre científico es pica pica (sí, sí, como los polvos), y que generalmente es conocido como "urraca", aunque el DRAE recoge claramente como primera acepción del término "marica" la de consistir en un sinónimo de "urraca". "Maricas" es como se habían llamado estos pájaros en el pueblo de mi madre (y supono que en tantos otros) toda la vida, y como yo mismo las había llamado hasta aprender el otro en un lugar como Madrid, donde no las había.
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Me he acordado mucho en los últimos meses de esta anécdota, al contemplar el increíble número de urracas que ahora viven en las calles, tejados y parques de nuestra capital, cuando hace veinte o treinta años era rarísimo el verlas. En cambio, las palomas y, sobre todo, los gorriones (que en mi niñez eran los grandes pobladores de la urbe), casi han desaparecido. Teniendo en cuenta la inteligencia demostrada por las urracas, se diría que han desplazado a las otras especies a fuerza de ser más listas que ellas, pero este es, sin duda, un razonamiento falaz, porque hace doscientos, o treinta años, la proporción entre las inteligencias sería justo la misma que la de hoy.
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Me gustaría, pues, lanzar una pregunta para biólogos: ¿por qué son se han hecho tan abundantes las urracas en Madrid en los últimos años?
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