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1 de mayo de 2009

LECCIONES DE ESTADÍSTICA PARA ANTIDARWINISTAS



"Azar" es una palabra que pone de los nervios a muchos, y suena a música celestial a no pocos, entre los que me cuento (¿tal porque tengamos el gen de la ludopatía?; no creo: los ludópatas NO suelen creer en el azar, sino, muy al contrario, tienden a ver tendencias, patrones y mensajes donde sólo hay azar). El reciente caso de la profesora que explica la telepatía a los niños de un colegio de Cádiz es un ejemplo de cómo muchas mentes (tal vez todas, y sólo puede eliminarse mediante duro trabajo intelectual) están cogidas por la ceguera al azar, o al menos por la alergia al azar.
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En el caso de la oposición al darwinismo, es, sin duda, el principal "argumento" que se ofrece para presentar  la evolución por selección naturla de órganos complejos como algo con esa cualidad epistémica que, por introducir un neologismo técnico, podríamos llamar "nidecoñáceo" (o sea, "los órganos complejos ¡no pueden! haber evolucionado ni de coña por mutación aleatoria y selección natural"). El "argumento" se basa en la falacia de tomar alguna medida de la complejidad del producto final (X), alguna medida del conjunto de POSIBLES estados finales que tienen ese nivel de complejidad (NHG: abreviatura de "un número la hostia de grande"), y hacer el SUPUESTO (aquí está la falacia) de que la PROBABILIDAD de que "surja" precisamente X entre un conjunto de posibilidades de tamaño NHG es 1/NHG ( o sea, un NHP, un "número la hostia de pequeño").
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Esto es una falacia porque, como indicaba la semana pasada mi amigo José Luis Ferreira en una conversación sobre la "paradoja de la Bella Durmiente", para calcular CORRECTAMENTE una probabilidad debemos partir de un MODELO del proceso que genera los resultados. La falacia nidecoñácea yerra en que el modelo de generación de datos que presupone es el de "el mono ante la máquina de escribir", es decir, una mera función de distribución de probabilidad uniforme, en la que todos los resultados posibles son a priori igual de probables. Pero esto consiste, precisamente, en ignorar (o sea, hacer como si no hubiera sido propuesto, ni siquiera inventado) el MECANISMO de la selección natural. Ese mecanismo es un proceso TOTALMENTE DISTINTO al de una moneda arrojada al aire o un bombo sacando bolas: consiste en un proceso en el que ocurren varias RONDAS; la probabilidad de que en la primera ronda sucedan ciertos resultados es minúscula (NHP), pero ANTES de la segunda ronda, un NHG de resultados 'fallidos' (o sea, los que tienen menor capacidad de replicación) son eliminados, y en la SEGUNDA ronda la muestra que queda está 'sesgada': quedan muchos más resultados 'de los que tienen mayor capacidad de reproducirse' que los que salieron en la primera ronda.
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O sea, según vamos avanzando rondas, aquellos resultados que tienen una mayor capacidad de replicarse ('fitness')  aparecen con más frecuencia, y las variaciones que suceden en las rondas sucesivas son, en general, variaciones de resultados que tenían bastante fitness en las rondas anteriores. Lo que quiere decir que, de todos los resultados posibles, no todos son igual de probables:  aquellos resultados que no pueden derivarse mediante  mutaciones a partir de una serie de antepasados todos los cuales tuvieran una fitness relativamente elevada, son muchísimo menos probables (dado este mecanismo de generación deresultados) que los resultados que sí pueden ser derivados de esa forma.
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Esto puede hacer que en un número ASOMBROSAMENTE PEQUEÑO (NAP) de rondas, hayan quedado SÓLO resultados que tienen una elevadísima complejidad (y una pequeñísima probabilidad "a priori", es decir, probabilidad SIN tener en cuenta el mecanismo de selección natural), siempre que ESA CONFIGURACIÓN COMPLEJA en particular proceda de una serie de mutaciones que garanticen en cada ronda una fitness mayor que los resultados alternativos. Es lo que Dawkins llama "escalar el monte Improbable".
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Los antidarwinistas llegan (o su alergia al azar les permite llegar) hasta la idea de que "hay varias rondas" (como si se sacaran números del bombo muchas veces, volviendo a introducir las bolas que se han sacado antes), pero siguen estimando las probabilidades del producto final SIN TENER EN CUENTA CÓMO AFECTA LA CRIBA DE LA SELECCIÓN NATURAL a esas probabilidades.
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Hoy, en Scientific Blogging, podéis encontrar la referencia a un viejo experimento en el que se pone a prueba de qué forma la conjunción de replicación y selección puede generar entidades muy complejas en pocas "rondas". También podéis verlo en Ciencia Kanija.
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16 de febrero de 2009

POR QUÉ ES TAN IMPORTANTE DARWIN (ARTÍCULO DE RICHARD DAWKINS)

Transcribo (o, como dirían los de Enchufados, anarosifico) el artículo de Richard Dawkins que ha sacado la revista Sin Permiso (y aprovecho el título de la revista, de paso):

Segundo centenario: por qué es tan importante Darwin
Richard Dawkins · · · · ·
 
15/02/09
 

Charles Darwin tuvo una idea grandiosa, posiblemente la más potente de todos los tiempos. Y como todas las grandes ideas es seductoramente simple. Tan asombrosamente simple, tan deslumbrantemente obvia, que aun si otros que le precedieron merodearon en su torno, ninguno dio en buscarla en el lugar adecuado.

Darwin tuvo muchas otras ideas (por ejemplo, su ingeniosa y en gran parte correcta teoría de la formación de los arrecifes de coral), pero es su gran idea de la selección natural, publicada en Sobre el origen de las especies, la que dio a la biología su principio-guía, una ley rectora que contribuye a dar sentido a todo lo demás. Entender su fría y maravillosa lógica es imprescindible.

El poder explicativo de la selección natural no se limita solamente a la vida sobre este planeta; es la única teoría propuesta hasta la fecha que podría, incluso en principio, explicar la vida sobre cualquier planeta. Si hubiera vida en cualquier otra parte del universo –y mi apuesta provisional es que la hay—, es casi seguro que la base de su existencia vendría dada por alguna versión de la evolución por selección natural. La teoría de Darwin funcionaría igualmente bien por extraña, alienígena y estrambótica que la vida extraterrestre pudiera ser, y mi conjetura a día de hoy es que puede llegar a ser más estrafalaria de lo que podemos llegar a imaginar.

La razón explicativa

Pero ¿qué hace de la selección natural una fuerza tan especial? Una idea potente consigue explicar mucho partiendo de pocos supuestos. Ofrece muchas explicaciones "de peso" gastando poco en supuestos o postulados. Te da un montón de dividendos cognitivos por unidad explicativa. Su razón explicativa –es decir, lo que explica, dividido por lo que necesita suponer para explicarlo—, es grande.

Si algún lector sabe de una idea que disponga de una razón explicativa mayor que la de Darwin, que nos lo haga saber. La gran idea de Darwin explica toda la vida y sus consecuencias, y esto incluye a cualquier cosa que posea un mínimo grado de complejidad. Este es el numerador del quebrado, y es enorme.

Sin embargo, el denominador de la razón explicativa es espectacularmente pequeño y simple: selección natural, la supervivencia no azarosa de los genes en acervos genéticos (para decirlo en términos neodarwinianos, más que en los del propio Darwin).

Se puede condensar la grandiosa idea de Darwin en un sencillo aserto (formulable también en términos actuales, que no son exactamente los de Darwin): "con tiempo suficiente, la supervivencia no azarosa de las entidades hereditarias (que producen copias ocasionalmente defectuosas) generará complejidad, diversidad, belleza y una ilusión de diseño tan convincente, que resultará casi imposible de distinguir de un diseño inteligente intencionado". He puesto entre paréntesis "que producen copias ocasionalmente defectuosas" porque los errores son inevitables en cualquier proceso de copia. No precisamos, pues, incluir las mutaciones entre nuestros supuestos. La "entrada" de mutantes le sale gratis a la teoría. La locución "con tiempo suficiente" tampoco representa el menor problema, salvo para una mente humana que ha de lidiar con la formidable magnitud del tiempo geológico.

Un cierto tipo de mentes

Es precisamente su capacidad para simular la ilusión de diseño lo que parece convertir a la gran idea de Darwin en una amenaza para cierto tipo de mentes. Y es esa misma capacidad la que presenta el mayor obstáculo para su comprensión. La gente es incrédula por la naturaleza ante la idea de que algo tan sencillo pueda explicar tanto. La idea que se le impone a cualquier observador ingenuo de la maravillosa complejidad de la vida es que tiene que haber sido diseñada de manera inteligente.

Pero la idea de un diseño inteligente (DI) se halla en el extremo opuesto de lo que debe ser una teoría potente: su razón explicativa es patética. El numerador es el mismo que el de Darwin: todo lo que sabemos sobre la vida y su prodigiosa complejidad. Pero el denominador, lejos de la prístina y minimalista simplicidad de Darwin, es al menos tan grande como el propio numerador: una misteriosa e inexplicada inteligencia, lo suficientemente grande como para poder diseñar toda la complejidad que, de partida, se trataba de explicar.

Puede que aquí radique la respuesta a un enigma que sigue importunando en la historia de las ideas. Luego de la brillante síntesis de la física a que procedió Newton, ¿por qué se tardó cerca de 200 años hasta la entrada en escena de un Darwin? Porque lo cierto es que el logro científico de Newton parece mucho más arduo. Tal vez la respuesta sea que la solución que acabó dando Darwin al misterio de la vida es aparentemente demasiado fácil.

Otros reivindicaron la prioridad de la idea. Patrick Matthew, por ejemplo, en el apéndice a su obra On Naval Timber, según fue puntillosamente reconocido por el propio Darwin en ulteriores ediciones del Origen.  Sin embargo, aunque Matthew comprendió el principio de la selección natural, no está nada claro que entendiera su fuerza modeladora de la vida. A diferencia de Darwin y de Alfred Russell Wallace, quien dio en la selección natural por su cuenta, lo que estimuló a Darwin a publicar su teoría, Matthew parece haber entendido la selección como una fuerza puramente negativa, eliminatoria, y no como la fuerza propulsora de toda vida. En realidad, la selección natural le resultaba algo tan obvio, que ni siquiera necesitaba ser descubierto.

Versiones confusas 

Aunque es verdad que la teoría de Darwin admite aplicaciones mucho más allá de los confines de la evolución de la vida orgánica, quiero prevenir contra un tipo particular de "darwinismo universal", a saber: contra la acrítica inyección de alguna que otra confusa versión de la selección natural en cualquier ámbito concebible de las ciencias humanas, venga o no venga a cuento.

No es imposible que las empresas "más aptas" sobrevivan en el mercado comercial, ni que las teorías "más aptas" sobrevivan en el mercado científico, pero deberíamos andarnos con mucha cautela antes de dejarnos llevar por este tipo de discursos. Y además, huelga decirlo, hubo el llamado "darwinismo social", que culminó en la obscenidad del hitlerismo.

Menos  nocivo, pero no menos infértil intelectualmente, es el modo tan laxo como acrítico con que algunos biólogos aficionados aplican inapropiadamente la selección a determinados niveles de la jerarquía de la vida. "Supervivencia de las especies más aptas, extinción de las especies peor adaptadas" suena, superficialmente, a selección natural, pero las apariencias engañan aquí de todo punto. Como el propio Darwin puso particular empeño en destacar, la selección natural versa sobre los diferenciales de supervivencia en el seno de las especies, no entre ellas.  

Termino con una reflexión sobre una parte más sutil del legado de Darwin. Darwin eleva nuestra consciencia al nivel de la vigorosa capacidad de la ciencia para explicar las cosas grades y complejas a partir de las pequeñas y simples. En biología, anduvimos a ciegas durante siglos, enterquecidos en pensar que la extravagante complejidad de la naturaleza precisa de una explicación extravagantemente complicada. Darwin triunfó de esa engañosa ilusión, y la deshizo.

Quedan pendientes, en física y en cosmología, interrogantes de muy hondo calado que aguardan a su Darwin. ¿Por qué son como son las leyes de la física? ¿Y por qué hay leyes? ¿Por qué hay universo? También aquí es tentador el señuelo del "diseño". Pero contamos con el antecedente de la cautela metodológica de Darwin. Ya hemos pasado por esto. Gracias a Darwin, y por difícil que resulte, nos avilantamos a buscar auténticas explicaciones: explicaciones que expliquen más que sus supuestos de partida.


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13 de febrero de 2009

ECOS DE LA EDAD MEDIA


Anoche, leyendo el libro de Roberto Casati, El descubrimiento de la sombra, tuve la asombrosa experiencia de sentir que la Edad Media había acabado, como quien dice, ayer. Algo así como si, al volver de la calle, te enterases de que la persona con la que habías coincidido en el ascensor era el Cardenal Cisneros en persona.
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Tiene todo esto que ver con un refrán que, sistemáticamente, mi suegra recita todos los meses de diciembre, y que seguramente muchos habréis oído, en una versión u otra:
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"Para Santa Lucía, se acortan las noches y se alargan los días".
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Cada vez que la escuchaba, hasta ahora, me lo tomaba como un ejemplo de cultura popular poco preocupada por la exactitud científica (en este caso, astronómica), pues Santa Lucía es el 13 de diciembre, ocho días antes que el verdadero solsticio, el 21. Al fin y al cabo, con los medios de una sociedad rural como la que vivió mi suegra en su infancia y juventud, ni era fácil medir con precisión la duración de los días y las noches, ni la diferencia debida al error era tan importante como para vencer a las exigencias poéticas de la rima. Varias veces había intentado convencer a mi suegra de que, en realidad, las noches se empezaban a acortar el 21 de diciembre, pero la fuerza de la tradición era mucho más potente que mis argumentos, y, hasta la fecha, ella sigue convencida de que lo que dice "su" refrán es verdad.
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Lo que me extrañaba era que no fuera más popular algún refrán que asociara el fenómeno astronómico del solsticio con la Nochebuena , una fiesta más importante y bastante más cercana a la fecha "correcta" (sólo 3 días de diferencia). Una explicación psicológica me parecía más verosímil para esto último: adelantar mentalmente la fecha del solsticio podría responder nada más que a las comprensibles ganas de la gente de que hubiera más luz.
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Pero el libro de Casati me hizo ver que la explicación era otra muy distinta: lo que pasa realmente es que el refrán era correcto. Insisto en lo de "era": antes de la reforma gregoriana del calendario, los solsticios y equinocios REALES se adelantaba progresivamente con respecto a la fecha oficial, hasta llegar a una diferencia de 10 días en el siglo XVI, de modo que el solsticio de invierno cayó alrededor del 13 de diciembre a finales de la Edad Media (hacia los siglos XIII-XIV, sobre todo). El dicho en cuestión, por lo tanto, sería originario de esa época.
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Por lo tanto, el refrán que escucho en mi casa todos los meses de diciembre es un "meme" que lleva repitiéndose (con ligeras variaciones) al menos setecientos u ochocientos años, es "una larga conversación".
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11 de febrero de 2009

DAWKINS EN EL MUNDO

Muy recomendables textos y vídeo el otro día en El Mundo sobre Richard Dawkins:  y un comentario en el blog de Arcadi Espada, incluyendo la famosa "carta a su hija" del famoso divulgador.

9 de febrero de 2009

SOBRE DARWIN, CENSURAS, CRISTIANISMOS Y ESPOSAS

"Por más hermosa que sea la moralidad del Nuevo Testamento, apenas puede negarse que su perfección depende en parte de la interpretación que hacemos ahora de sus metáforas y alegorías."

Preciosa y justísima frase de las que la esposa de Darwin censuró en la Autobiografía de su marido (según El País de ayer). Parece sacada del mismo God delusion de Dawkins y su insistencia sobre el zeitgeist.

5 de febrero de 2009

CÁTEDRA PEDRO JOTA DE TEOLOGÍA

Sobre el artículo "Dios probablemente existe", de Juan Antonio Herrero Brasas.


De un Jota Pedro a un Pedro Jota: parece que el diario El Mundo ha tomado partido en la polémica levantada por la campaña del bus ateo. De momento, ha sacado una "Tribuna" en el número de ayer, publicitando algunos de los argumentos más simplones y populistas en defensa de una "creación inteligente" del universo y de la vida. Los argumentos sorprenden viniendo de un autor con pedigrí de progre, como Juan Antonio Herrero Brasas (profesor de ética en Northridge, California), lo que, por otro lado, demuestra que el ser de izquierdas no inmuniza, ni mucho menos, contra el virus de la religión. No sé de las creencias del autor en su juventud, pero el hecho de que el artículo comience hablando sobre la "conversión" a la fe del anciano y otrora gran ateo Anthony Flew sea un reconocimiento inconsciente del hecho biológico de que la proximidad al final de la vida hace más atrayente la oscuridad lumínica e intelectual de las capillas y mausoleos..
El artículo en cuestión, de todos modos, tiene poca chicha argumentativa, en parte por la estrategia demagógica (muy evangélica, por cierto) de ponerse en el lugar del que "no es un intelectual de élite" (Dios nos guarde de los intelectuales "de élite", dicho entre nosotros; a mí lo que me gustaría es que cada cual se esforzara por ser un poco más "intelectual"). La cuestión es si este movimiento de monseñor Pedro Jota quedará ahí, o habrá posibilidad de contestar para el otro bando autobusero, o si más bien el director de El Mundo habrá pensado en esa profunda máxima filosófica de que, "para ser conductor de primera, acelera, acelera" (o, "al enemigo, ni agua"). Veremos.
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Y ahora, varios comentarios sobre el artículo de Juan A. Herrero Brasas:
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- La religión PRETENDE tratar sobre “verdades últimas”, o dicho de otra manera, platea PREGUNTAS para las que, si hubiera una respuesta, ésta sería una “verdad última”; pero no hay ABSOLUTAMENTE ninguna razón para pensar que las RESPUESTAS que da la religión a esa cuestión sean ni siquiera aproximadas a las verdaderas respuestas (si es que las hay… no todas las preguntas tienen respuesta -p.ej., ¿cuál es el mayor número primo?). Lo más que podemos decir es, por tanto, que las religiones han INVENTADO algunas respuestas a esas “preguntas últimas”. Pero, tras cincuenta mil años de religiones, aún estamos esperando que nos proporcionen algún método para ESTIMAR si esas respuestas tienen algo que ver con la verdad sobre el tema, o si andan tan desencaminadas con respecto a la auténtica verdad como la cosmología babilónica lo estaba con respecto a la astronomía actual.
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- Los mejores teólogos (p.ej., Agustín de Hipona, Tomás de Aquino) ya mostraron que la cuestión de si el universo tiene una CAUSA es diferente de la cuestión de si tiene un COMIENZO en el tiempo. Por lo tanto, que el universo haya empezado a existir en un momento determinado (cosa que tampoco sabemos EN ABSOLUTO: lo que sabemos es que hace 13.500 millones de años todo estaba mucho más junto que ahora; no tenemos NI IDEA de qué pasaba antes, ni de si hubo un "antes") es IRRELEVANTE para la cuestión de si el mundo ha sido creado o no: puede que el mundo sea eterno y haya sido creado, que tenga un comienzo y haya sido creado, que tenga un comienzo y no haya sido creado, y que sea eterno y no haya sido creado. Cuando Bertrand Russell (ese "mal ejemplo de filosofía" donde los haya -¿?-) se preguntaba que quién o qué ha creado al creador del universo, no necesitaba preguntarse CUÁNDO, sino cuál es la causa de que el creador exista; si el creador no necesita tal causa, ¿por qué el universo la va a necesitar?
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- En mi opinión, el problema que subyace a todo esto es que no tenemos NI IDEA de qué queremos decir con "causa": afirmamos que X es causa de Y cuando vemos que Y se sigue regularmente de X; los filósofos empiristas de la Ilustración ya aclararon suficientemente que no podemos aplicar "con fundamento" (que diría Arguiñano) el concepto de causa en situaciones en las que no tenemos constancia empírica de X, de Y, y del hecho de que van unidos por una conexión regular. Así que, cuando preguntamos por la "causa" del universo, no sabemos QUÉ estamos preguntando, pues lo único que podemos averiguar son las LEYES (o "regularidades") que obedecen las entidades del universo; no hay ningún SENTIDO en el que podamos averiguar (ni siquiera saber qué es lo que estamos intentando averiguar) al preguntar "¿por qué las leyes del universo son las que son?" . Las únicas respuestas posibles consisten en DEDUCIR MATEMÁTICAMENTE esas leyes a partir de otras -que tengamos razones empíricas independientes para pensar que son correctas-; pero entonces, por definición, no podemos preguntar con sentido: "si ya hubiéramos descubierto TODAS las leyes físicas del universo, ¿cómo buscaríamos OTRA LEY que las explicara?". Otra forma de expresar lo vano de este propósito es darse cuenta de que sólo podemos saber CÓMO son las cosas, no POR QUÉ: una aparente respuesta a un "por qué" no es más que la descripción de un cómo. La ingenua pregunta "por qué" es aplicable sólo al mundo de la vida cotidiana, no al conocimiento de la naturaleza. Esa es la auténtica razón por la que la existencia del universo y de sus leyes "siempre será un misterio": es un misterio porque es una pregunta SIN respuesta, no porque la respuesta sea "misteriosa", y además, accesible a través de una conexión espiritual con el más allá, o algo así.
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- Quien afirma la “imposibilidad” de entender el origen del universo sin postular un creador, está hablando tal vez de su propia “incapacidad”, de su falta de imaginación, pero es algo que muchas personas pueden “entender” sin el más mínimo problema. Es como si decimos que tiene que haber un número primo que sea el más alto, y damos como argumento nuestra “imposibilidad” de pensar un conjunto infinito. De hecho, postular que el universo ha sido creado como resultado de la INTENCIÓN de un ser, supone olvidar que, POR LO QUE SABEMOS, “intenciones” es algo que sólo pueden tener determinada clase de seres vivos: una estalactita o una bacteria no tienen intenciones, ni un abeto, ni posiblemente un mejillón… hace falta, como mínimo, un cerebro que produzca DESEOS. Los deseos son un FENÓMENO BIOLÓGICO, tan biológico como la digestión o como la fotosíntesis, y es absurdo atribuir a un ser “trasdencente al universo”, y que, por lo tanto, ni siquiera es material, las características de un ANIMAL. Decir que el universo es resultado final de un DESEO es tan ridículo como decir que es el resultado final de una DIGESTIÓN.
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- La misma FALACIA se observa en la sorprendente afirmación de que "si no hay Dios, nos encontramos con que el Universo -en última instancia una roca inmensa- ha decidido existir y ha dado lugar a su propia existencia" (cursivas mías). Me temo que Juan Herrero está preso aún en la trampa animista de considerar que las "causas últimas" deben tener la naturaleza de... ¡¡¡nada más y nada menos que una DECISIÓN!!! Hace falta ser, al menos, un BICHO para poder tomar decisiones: porque, como he dicho, hace falta tener deseos, además de alguna capacidad de razonamiento, y sólo un cerebro muy desarrollado puede hacer eso. Además, lo de que el universo es un pedrusco enorme es un hallazgo metafórico fundamental. No sé qué tendrá el autor del artículo contra las piedras, que al fin y al cabo están constituídas por elementos interesantísimos, como los quarks, electrones, etc., que si no son algo, es "pasivos", sino más bien "espontáneos": ¡hasta tienen la capacidad de aparecer y desaparecer aleatoriamente! (según una determinada ley de probabilidades).
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- No hay ABSOLUTAMENTE ningún motivo para pensar que la relación entre cerebro y pensamiento sea una de esas “cuestiones últimas”. De hecho, cada vez se conocen más DETALLES sobre la forma en que las conexiones neuronales (o su falta o mal funcionamiento) afectan a los procesos psicológicos. Esta es, sencillamente, una cuestión científica PARTICULARMENTE DIFÍCIL, pero tampoco se pensaba hace doscientos años que la ciencia podría enviar un hombre al espacio. Por otro lado, puestos a explicarle las cosas al que no es un "intelectual de élite", la afirmación de que "si dios existe, la relación entre cerebro y alma/pensamiento representaría el internet final" no deja de ser la típica metáfora biensonante que, en el fondo, todos ignoramos lo que significa ni a cuento de qué viene.
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- Por último, se agradecería que el autor del artículo hubiera ejemplificado las “afirmaciones disparatadas” del libro de Dawkins. Yo me lo he leído y no he encontrado ninguna. Al menos, ninguna tan disparatada como muchas de las que leo en lo que escriben los defensores de las religiones.
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Más sobre ateísmo y el bus ateo:

.Seguramente, no hay vida después de la muerte.

.Dignidad de la fe, dignidad del ateísmo.

.Llega el autobús ateo, cargado de odio.

. La cruzada de las librerías.

. Algo tiene que haber (¿o no?). Comentario de El espejismo de Dios.

.¿Es Dawkins creacionista?

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25 de enero de 2009

¿ES DAWKINS CREACIONISTA? (2)

Tras el comprensible enfado del administrador del blog "Evolución, la miseria del darwinismo", en parte por mi acaparamiento de la discusión sobre una de sus entradas, y en parte porque los argumentos que yo estaba dando parecían causar picazón, me retiro de esa discusión en aquel blog, y la traspaso a esta nueva entrada del Otto Neurath.
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Puede verse en los comentarios.
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17 de enero de 2009

¿ES DAWKINS CREACIONISTA?


Así lo parece, si hacemos caso al fragmento de un documental que aparece en el blog "Evolución: la miseria del darwinismo". Pero no os asustéis (ni os entusiasméis): se trata de una burda manipulación, en la que se corta el documental sólo con el fragmento donde Dawkins discute la hipótesis de que la vida en la tierra haya podido ser "implantada" por una civilización alienígena.
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Lo que dice Dawkins aquí es que la vida EN LA TIERRA (la forma de vida basada en el ADN) puede haber sido creada por algunos seres inteligentes venidos de otras partes del universo; es decir, que PUEDE ser el resultado de una "ingeniería genética".
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TAL VEZ otra civilización descubrió las propiedades del ADN, diseñó unas bacterias, y las lanzó a la Tierra hace 3.500 millones de años para ver si (y cómo) evolucionaban. Nada en la teoría de Dawkins (quiero decir, nada de la ciencia tal como la conocemos) impide que haya sido así: la prueba es que, en principio, también lo podríamos hacer NOSOTROS en el futuro, si nuestra biotecnología se desarrolla lo suficiente en la creación de "vida artificial".
Ahora bien, es importante darse cuenta de que, en contra de lo que sugiere la voz en off del documental, esto no refuta EN ABSOLUTO el ateísmo de Dawkins. Por dos razones. En primer lugar, porque esos seres inteligentes TIENEN que haber evolucionado mediante un proceso biológico (bueno: pueden proceder de otros que hubieran hecho lo mismo en su planeta que ellos en el nuestro, pero, dado el tiempo finito del universo, alguna forma de vida tiene que haber evolucionado "sola" , mediante el proceso darwiniano, para haber puesto en marcha la cadena). Y segundo, porque en ningún caso se afirma que esos posibles "diseñadores inteligentes" sean algo más (en particular, algo más trascendente o espiritual) que seres biológicos como nosotros, no se está refiriendo a ningún "dios", sino a otra civilización.
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Moraleja: lo artificial es sólo un producto biológico de ciertos seres naturales (nosotros, p.ej.); tal vez la vida en la tierra sea artificial, pero entonces será el producto (directo o indirecto) de algunos otros seres NATURALES. La vida EN EL UNIVERSO (por oposición a la vida EN LA TIERRA) no ha podido surgir sino por un proceso "darwiniano" (naturalmente, cuyos detalles no conocemos aún en su totalidad... pero conocemos más de ese proceso que lo que podríamos llegar a conocer nunca sobre un supuesto proceso de creación de la vida por un "diseñador inteligente DIVINO").
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(Seguir aquí los comentarios a la entrada original).
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Otras entradas sobre el tema:
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6 de febrero de 2008

LA CRUZADA DE LAS LIBRERÍAS


He colgado en mi página de la UNED el artículo que he escrito para la revista Cuadernos del Ateneo. Se titula "La cruzada de las librerías", y en él se discuten el libro de Richard Dawkins, El espejismo de Dios, el de Hans Küng, El principio de todas las cosas, y el de Karen Armstrong, La gran transformación.
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Podéis descargarlo en pdf en mi página web.

21 de noviembre de 2007

LA RELIGIÓN COMO HOMEOPATÍA

Podéis descargar aquí la presentación de la charla que di el lunes en el Ateneo de La Laguna sobre "La religión como fuente de violencia: a propósito de El espejismo de Dios, de Richard Dawkins". Le he cambiado el título por el de "La religión como homeopatía contra la violencia", a raíz de una reflexión que hice en la discusión que seguí a la charla, y que, más que a partir del libro de Dawkins, se deriva de la lectura que estoy haciendo de La gran transformación, de Karen Armstrong: los grandes fundadores religiosos del primer milenio AC identificaron bien el problema (el círculo vicioso de violencia en el que vivía el ser humano), pero fallaron estrepitosamente con la solución propuesta (un "pacto de espiritualidad"). Lo único que ha sido realmente eficiente en la reducción de la violencia ha sido el establecimiento de un sistema de libertades civiles y de bienestar económico. La religión, en cambio, simplemente ha "coloreado" de espiritualidad tanto el rechazo de la violencia como la violencia misma.

1 de octubre de 2007

¡ALGO TIENE QUE HABER! (¿O NO?)


"Por lo que puedo distinguir, están peleándose por cuál es la religión más pacífica"

Comentario sobre el libro de Richard Dawkins, El Espejismo de Dios, Madrid, Espasa, 2006.

Bien conocido por sus obras de divulgación científica en el campo de la biología, y más especialmente en la teoría de la evolución (El gen egoísta, Destejiendo el arco iris...), el catedrático de “Comprensión Pública de la Ciencia” en la Universidad de Oxford, Richard Dawkins, ha tomado una decisión arriesgada al escribir su última obra. El espejismo de Dios no es un libro ciencia, aunque el conocimiento científico desempeña un papel importante en buena parte de sus argumentos, y por supuesto en la visión general sobre la realidad que subyace en toda la obra. En cierta medida, este menor protagonismo de la ciencia hace que el libro sea más accesible para el lector medio que otros títulos de Dawkins (quien, por otro lado, es un maestro consumado de la comunicación científica, tal vez, tras la muerte de Stephen Gould, el mayor divulgador vivo de la biología), pero también ha tenido la consecuencia no tan favorable de que su virtuosismo argumental “marca de la casa” se echa bastantes veces de menos en el nuevo libro. Ocurre un poco como cuando un gran intérprete de un instrumento musical se mete a director de orquesta: el resultado puede ser agradable, pero resulta un tanto desigual, pues el artista acusa la faltan familiaridad con algunos matices y dominio de ciertas técnicas. Con todo (y con algunos otros problemillas de los que hablaré pronto), El espejismo de Dios es simplemente una de esas obras que se necesitaban, cuyo éxito editorial es tan comprensible como deseable, y cuya recepción enfurecida por parte de los medios creyentes y tradicionalistas no deja de ser síntoma de su vigor intelectual. Lástima, dicho sea de paso, que la traducción encargada por Espasa-Calpe haya hecho tan poca justicia a la prosa fluida del autor, hasta hacerle decir en algunos puntos lo contrario de lo que dice.

Pero vayamos al contenido de la obra. Richard Dawkins no ha escrito un libro para los profesionales de la argumentación religiosa (teólogos y filósofos), sino para el gran público, para esa masa de personas que, en muchos casos, profesan una religión por el mero hecho de haber sido educados así, y porque nunca han considerado la idea de que podía ser factible (e incluso saludable) el rechazar esas creencias. Es, sobre todo, un libro para quienes el argumento teólogico fundamental ha sido siempre el campechano “¡Algo tiene que haber!” que estamos tan acostumbrados a oir cuando nos ponemos metafísicos en una charla de café. Por supuesto, las multinacionales religiosas (sobre todo las de Occidente, con sus sofisticados departamentos de investigación, también llamados “facultades de teología”, y sus múltiples concesionarios –con ce, no efe–), han ensamblado argumentos dialécticos enormemente sofisticados para demostrar que es razonable creer en Dios, en la resurrección, y en la perversidad moral de la masturbación; pero, puesto que la mayoría de los mortales no creen en estas cosas porque hayan sido convencidos mediante tales argumentos de teólogo profesional, sino más bien por razonamientos o intuiciones de amateur, un libro dirigido al gran público tiene que concentrarse en debates mucho más a ras de tierra.

A este nivel, la primera y fundamental cuestión es la de si Dios existe. La estrategia de Dawkins es la de mostrar que no se trata de una cuestión ante la que sólo quepan tres posturas: la del creyente, la del ateo y la del agnóstico, sino que, como con cualquier otra afirmación sobre la existencia de cierta entidad o fenómeno, lo que tenemos es un amplio abanico de posibilidades: uno puede estar totalmente convencido de que Dios existe, o de que Dios no existe, pero entre ambas convicciones extremas caben muchos matices. Por ejemplo, uno puede decir, “yo no sé si Dios existe, pero creo que es más probale que exista que lo contrario”, y por supuesto también puede dudar de su existencia con la misma intensidad. En realidad, si uno lo hace pensar un poco a sus compañeros de charla de café, ¿por qué van a ser exactamente igual de probables ambas posibilidades? Al fin y al cabo, yo no sé si algún barco del Antiguo Egipto navegó alguna vez hasta América del Sur, pero pienso que probablemente no; en cambio, pienso que es más probable que alguno viajase hasta España, aunque tampoco lo sé. Esta precisión le sirve a Dawkins para sugerir que ser ateo no equivale a “negar” a secas la existencia de Dios, sino sólo a pensar que es bastante improbable. Dawkins dedica un capítulo a ridiculizar la mayoría de los argumentos teístas habituales (no todos “filosóficos”), mostrando que no garantizan en ningún caso una alta probabilidad a la existencia de Dios, lo que no es muy nuevo, por otra parte.

En cambio, el capítulo central de la obra ofrece un argumento más original, aunque el mismo Dawkins reconoce que consiste ni más ni menos que en tomarse en serio la eterna pregunta infantil de “¿quién creó a Dios?”. Muchos teólogos (sin ir más lejos, el bueno de Hans Küng en su muy reciente El principio de todas las cosas) afirman que la hipótesis de Dios es la mejor explicación “científica” de la existencia del mundo y de su sorprendente orden. Dawkins muestra, en cambio, que esta hipótesis no explica nada, si por “explicar” entendemos lo que hacen las teorías científicas cuando explican correctamente ciertos fenómenos (hurgaré en los detalles en otra ocasión, si me dejan), y lo que es más importante, que esta hipótesis requiere un Creador al menos tan complejo como el mundo que ha creado. Pensemos en el viejo argumento del reloj encontrado en una playa desierta, el cual nos lleva lógicamente a la conclusión de que alguien lo fabricó; imaginemos que lo que hallamos es un hacha prehistórica, mucho más simple que un reloj. La conclusión a la que llegaremos es que la sociedad que ha construido el reloj es más sofisticada que la que ha fabricado el hacha (pues necesita una división social del trabajo mucho más extensa); y si lo que encontramos es un ordenador, pensaremos correctamente que ha sido creado por una sociedad aún más compleja. Pues bien: si el universo hubiera sido creado por alguien, ese “alguien” debería ser muchísimo más complejo que quien ha creado el hacha, el reloj, o el ordenador. Hasta aquí, no hay problema; de hecho, muchos teólogos de café, como usted y como yo, tendrán la intuición de que Dios es un ser bastante complicado, y no el intelecto simplísimo que postulan algunos teólogos, tan simple que no necesita de nada que lo haya creado. Pero fijémonos en que queríamos un Dios porque el mundo nos parecía tan complejo que necesitaba un creador. Por tanto, la misma razón que nos llevó a pensar que debía existir un creador del mundo, nos llevará también a exigir que este creador haya sido creado... por otro creador aún más complejo, y así sucesivamente. Y esta cadena de creadores cada vez más complejos es todo menos simple, que es la virtud que deben tener las buenas explicaciones científicas.

Tras los capítulos de teología de café, Dawkins dedica más de la mitad del libro a defender una tesis que es la que sin duda ha suscitado la intensa animadversión a la que nos referíamos. La tesis de que la religión es básicamente perjudicial. Es justo indicar que la mayoría de los creyentes no son como los terroristas islámicos del 11-M o los “talibanes cristianos” de la América profunda. Dawkins lo reconoce, pero insiste en que el fundamentalismo es la consecuencia natural de la propia esencia de la fe religiosa, pues al fin y al cabo la fe consiste en la voluntad de creer cosas irracionales sencillamente por la autoridad de quien nos las enseña. Cuando la fe no ha desembocado en el fundamentalismo, ha sido porque otras convicciones individuales y otras fuerzas legales se lo han impedido. Entre los muchos ejemplos que pone Dawkins, destaca el de la fuerza moral de las Escrituras: cualquiera que lea hoy la Biblia con la sensibilidad ética de nuestros días, sentirá repugnancia por la crueldad que Yahvé y sus muestran en la mayor parte del Antiguo Testamento, y no menos por el capricho divino de someter a su propio Hijo a una tortura terrible en el prime time del Nuevo. La Biblia misma no puede ser tomada, por tanto, como una guía moral en sentido primario, pues empleamos nuestra moral para decidir qué interpretación ética tenemos que dar de los mensajes que la Biblia contiene. Por tanto, es nuestra moral (nuestra moral laica, diríamos) la que forma el dique de contención que impide que las creencias religiosas “respetables” se desborden hacia un fundamentalismo “criminal”, como harían si sólo obedecieran sus propias fuerzas.

Hay muchas otras tesis igual de interesantes y provocadoras en El espejismo de Dios, esperando a la curiosidad de los lectores. No puedo comentarlas todas, pero no me resisto a mencionar las dos que pueden tener una mayor repercusión política, y que ojalá propicien un debate social sosegado pero intenso. La primera es la de que las creencias religiosas no deberían merecer más respeto que cualesquiera otras opiniones. Se trata, en el fondo, de que una persona religiosa no debe tener más derechos que una no religiosa (por ejemplo, el derecho a que no se discuta la verdad de sus creencias, el derecho a aducirlas como justificación de sus actos, por muy poco razonables que estos sean, etc.). La segunda tesis es la de que los niños tienen derecho a no ser adoctrinados, ni siquiera por sus familias, y por lo tanto no deberían sufrir una educación religiosa tendenciosa, al menos hasta alcanzar el debido uso de razón gracias a una enseñanza basada en el fomento de la capacidad crítica y en la valoración del conocimiento racional. ¿Alguien se atreve a llevar estas propuestas al debate político español?