29 de diciembre de 2007
TRES RATONES (BASTANTE) CIEGOS
26 de diciembre de 2007
¡UN NOBEL ESPAÑOL, YA!

Eufemiano Fuentes, siempre con permiso de otros más altos el doctor Mengele del deporte español (y de ciertas sucursales), ha dicho que a lo mejor en 20 años lo que le dan es el premio Nobel. ¡Fantástico! Por fin vamos a tener un premio Nobel patanegra, después del de Ramón&Cajal (¿será éste el premio I3?). Por fin se va a reconocer la gran contribución española a la ciencia mundial: cómo subir el Angliru en bici, cantando Asturias patria querida y escanciando sidrina mientras tanto, y celebrar una orgía en la cumbre nada más llegar, si me apuras.
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Lo que no queda claro es si será el premio Nobel de medicina (y fisiología, no olvidemos), el de química, el de física, el de economía (que de todo tiene el gran descubrimiento de Eufemiano), o, más probablemente, el de la paz, por eso de que el deporte contribuye al hermanamiento de los pueblos y a la mezcla de sangres..
Por todo ello, ¡gracias, Eufemiano!
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25 de diciembre de 2007
¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!
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Si Mahoma tiene su edén lleno de huríes...
...los profetas del materialismo proponen un paraíso de partirse el pecho (aunque joint ventures con Mahoma no se descartarán a priori, con todas las bendiciones de Santa Teresa Fernández de la Vega para cumplir las cuotas de paridad y todo eso).
21 de diciembre de 2007
COMO EL SOL CUANDO AMANECE - LA ILUSIÓN DEL LIBRE ALBEDRÍO (4)
AUTONOMÍA Y CAUSALIDAD (aperitivo)
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Muchos de los comentarios en las entradas anteriores tienen que ver con la causalidad, insisten en la cuestión de cómo influye sobre nuestra libertad el hecho de que nuestro organismo sea un sistema sometido a las leyes físicas. Otros comentarios se refieren más bien al concepto de autonomía, el hecho de que las decisiones sean fruto de nuestra racionalidad. Naturalmente, ambos conceptos están relacionados; un sistema filosófico como el de Kant se levantó (con gran éxito de público, aunque paradójimanete no tanto de "crítica") para intentar hacer compatibles ambos ámbitos de "racionalidad": el mundo objetivo, empírico, sujeto a leyes físicas que la investigación racional puede
descubrir, y el mundo subjetivo, mental, sujeto a otro tipo de leyes, el de los principios de la razón, a los que nuestra razón se sujeta inevitablemente. El problema filosófico de la libertad, o del libre albedrío, viene precisamente de la aparente incompatibilidad de estos dos ámbitos, aunque ambos sean requisitos irrenunciables de nuestra racionalidad.
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Nosotros experimentamos la gran diferencia entre nuestro comportamiento y el de los objetos materiales: éstos obedecen las leyes físicas "ciegamente", pasivamente. La piedra cae, las cargas eléctricas se atraen, el agua se evapora... todo esto son cosas que "les pasan" a la piedra, a las cargas eléctricas, y al agua; no son cosas que ellos hagan. Los seres humanos, en cambio, aunque también vemos que hay cosas que "nos pasan" (se nos cae el pelo, nos salen granos, nos hacemos papilla si caemos desde un décimo piso...), también vemos que hay hechos que ocurren porque son el resultado de nuestra voluntad. Son acciones, y por eso nosotros somos agentes, sujetos activos, y no meros objetos pasivos. Esta actividad es el primer elemento de nuestra autonomía.
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Si comparamos a los seres humanos, no con los objetos, sino con los animales, las diferencias ya no son tan grandes: ellos también hacen cosas porque les da la gana (preciosa expresión, que muestra que quien actúa en la decisión voluntaria no eres tú, sino la gana: la gana es quien "te" da, no eres tú el que "le da" a tu gana). Por otro lado, también podríamos decir que el resto de los seres vivos (plantas, bacterias, etc.) tampoco son totalmente pasivos como los objetos, pues "hacen" cosas, aunque no voluntariamente (florecen, se reproducen, crecen, etc.). Esta última diferencia no está tan clara, de todas formas, porque, al fin y al cabo, podemos decir que esas "acciones" de las plantas y bacterias no son más que reacciones químicas muy complicadas, y tienen la misma espontaneidad que otras muchas reacciones químicas inorgánicas. (Hay un gran mito entre los negadores del materialismo, que afirma que la materia es "inerte"; nada más lejos de la realidad: la materia es fundamentalmente activa, los electrones no paran de moverse y de interactuar con otras partículas, los fotones no digamos, las estrellas generan enormes explosiones termonuclearess, los elementos dan lugar a compuestos y reacciones químicas, etc.; toda la realidad física es "pura actividad").
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Claro, que siguiendo por este camino, podemos también decir que los animales no son, a fin de cuentas, otra cosa que reacciones químicas muy complicadas. O, dicho de modo más preciso: es cierto que los animales (algunos) tienen voluntad, pero esta voluntad es un tipo peculiar de reacción química (la que constituye las redes neuronales). Con respecto a esta voluntad, cabe decir lo mismo que decíamos en la entrada anterior: hay que distinguir con toda claridad entre lo que la voluntad es (esas reacciones químicas en mi cerebro) y lo que yo experimento al experimentar la voluntad (digamos, las ganas), y el parecido entre ambas cosas no tiene por qué llegar a que su contenido fenomenológico sea idéntico.
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Hasta aquí no hemos visto nada, por tanto, que suponga un verdadero desafío para el materialismo y el determinismo. Pero la diferencia entre los seres humanos y los otros seres vivos, la diferencia que le preocupaba a Kant, va más allá del come-come de las ganas. La diferencia principal que hace que nosotros consideremos nuestras acciones como acciones, y no como "meros" resultados de reacciones físico-químicas, tiene que ver con el hecho de que nuestras acciones (y nuestros pensamientos también) las experimentamos como resultado de una deliberación, es decir, las acciones (y en parte nuestros pensamientos) no sólo proceden de "causas", sino de "razones".
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En estas deliberaciones, las "ganas" desempeñan un papel importante, por supuesto (son una cierta clase de "razones", muy potentes a veces), pero no son lo único, y no actúan de modo mecánico, como las fuerzas que empujan un cuerpo en varias direcciones y se combinan de acuerdo con la ley del paralelogramo. Las "razones" son nuestras en un sentido en que no lo son las fuerzas que nos empujan, por mucho que se combinen en nuestro cuerpo para formar una sola. Y es este actuar "por razones" en lo que consiste básicamente la autonomía.
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El problema para el materialismo es, por tanto: ¿cómo puede un sistema físico "actuar por razones"? No es un problema insoluble necesariamente, pero hay que reconocer que es difícil. En el fondo, los materialistas confiamos en el argumento de que, de hecho, el ser humano es un objeto físico (¿qué otra cosa si no? ¿y cómo, si no, iba a afectar nuestra deliberación al dedo que aprieta la tecla?), así que sabemos que alguna solución debe haber, y si no la encontramos, es más probable que ello se deba a que el cerebro es sumamente complicado (a lo mejor lo es tanto que no puede comprenderse a sí mismo), que a que haya algo "además" del cerebro que sea el "lugar inmaterial" de nuestra voluntad racional.
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En fin, dejemos la pregunta en el viento, tal vez hasta después de Navidad (que hay que ir a comprar el turrón).
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Muchos de los comentarios en las entradas anteriores tienen que ver con la causalidad, insisten en la cuestión de cómo influye sobre nuestra libertad el hecho de que nuestro organismo sea un sistema sometido a las leyes físicas. Otros comentarios se refieren más bien al concepto de autonomía, el hecho de que las decisiones sean fruto de nuestra racionalidad. Naturalmente, ambos conceptos están relacionados; un sistema filosófico como el de Kant se levantó (con gran éxito de público, aunque paradójimanete no tanto de "crítica") para intentar hacer compatibles ambos ámbitos de "racionalidad": el mundo objetivo, empírico, sujeto a leyes físicas que la investigación racional puede
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Nosotros experimentamos la gran diferencia entre nuestro comportamiento y el de los objetos materiales: éstos obedecen las leyes físicas "ciegamente", pasivamente. La piedra cae, las cargas eléctricas se atraen, el agua se evapora... todo esto son cosas que "les pasan" a la piedra, a las cargas eléctricas, y al agua; no son cosas que ellos hagan. Los seres humanos, en cambio, aunque también vemos que hay cosas que "nos pasan" (se nos cae el pelo, nos salen granos, nos hacemos papilla si caemos desde un décimo piso...), también vemos que hay hechos que ocurren porque son el resultado de nuestra voluntad. Son acciones, y por eso nosotros somos agentes, sujetos activos, y no meros objetos pasivos. Esta actividad es el primer elemento de nuestra autonomía.
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Si comparamos a los seres humanos, no con los objetos, sino con los animales, las diferencias ya no son tan grandes: ellos también hacen cosas porque les da la gana (preciosa expresión, que muestra que quien actúa en la decisión voluntaria no eres tú, sino la gana: la gana es quien "te" da, no eres tú el que "le da" a tu gana). Por otro lado, también podríamos decir que el resto de los seres vivos (plantas, bacterias, etc.) tampoco son totalmente pasivos como los objetos, pues "hacen" cosas, aunque no voluntariamente (florecen, se reproducen, crecen, etc.). Esta última diferencia no está tan clara, de todas formas, porque, al fin y al cabo, podemos decir que esas "acciones" de las plantas y bacterias no son más que reacciones químicas muy complicadas, y tienen la misma espontaneidad que otras muchas reacciones químicas inorgánicas. (Hay un gran mito entre los negadores del materialismo, que afirma que la materia es "inerte"; nada más lejos de la realidad: la materia es fundamentalmente activa, los electrones no paran de moverse y de interactuar con otras partículas, los fotones no digamos, las estrellas generan enormes explosiones termonuclearess, los elementos dan lugar a compuestos y reacciones químicas, etc.; toda la realidad física es "pura actividad").
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Claro, que siguiendo por este camino, podemos también decir que los animales no son, a fin de cuentas, otra cosa que reacciones químicas muy complicadas. O, dicho de modo más preciso: es cierto que los animales (algunos) tienen voluntad, pero esta voluntad es un tipo peculiar de reacción química (la que constituye las redes neuronales). Con respecto a esta voluntad, cabe decir lo mismo que decíamos en la entrada anterior: hay que distinguir con toda claridad entre lo que la voluntad es (esas reacciones químicas en mi cerebro) y lo que yo experimento al experimentar la voluntad (digamos, las ganas), y el parecido entre ambas cosas no tiene por qué llegar a que su contenido fenomenológico sea idéntico.
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Hasta aquí no hemos visto nada, por tanto, que suponga un verdadero desafío para el materialismo y el determinismo. Pero la diferencia entre los seres humanos y los otros seres vivos, la diferencia que le preocupaba a Kant, va más allá del come-come de las ganas. La diferencia principal que hace que nosotros consideremos nuestras acciones como acciones, y no como "meros" resultados de reacciones físico-químicas, tiene que ver con el hecho de que nuestras acciones (y nuestros pensamientos también) las experimentamos como resultado de una deliberación, es decir, las acciones (y en parte nuestros pensamientos) no sólo proceden de "causas", sino de "razones"..
En estas deliberaciones, las "ganas" desempeñan un papel importante, por supuesto (son una cierta clase de "razones", muy potentes a veces), pero no son lo único, y no actúan de modo mecánico, como las fuerzas que empujan un cuerpo en varias direcciones y se combinan de acuerdo con la ley del paralelogramo. Las "razones" son nuestras en un sentido en que no lo son las fuerzas que nos empujan, por mucho que se combinen en nuestro cuerpo para formar una sola. Y es este actuar "por razones" en lo que consiste básicamente la autonomía.
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El problema para el materialismo es, por tanto: ¿cómo puede un sistema físico "actuar por razones"? No es un problema insoluble necesariamente, pero hay que reconocer que es difícil. En el fondo, los materialistas confiamos en el argumento de que, de hecho, el ser humano es un objeto físico (¿qué otra cosa si no? ¿y cómo, si no, iba a afectar nuestra deliberación al dedo que aprieta la tecla?), así que sabemos que alguna solución debe haber, y si no la encontramos, es más probable que ello se deba a que el cerebro es sumamente complicado (a lo mejor lo es tanto que no puede comprenderse a sí mismo), que a que haya algo "además" del cerebro que sea el "lugar inmaterial" de nuestra voluntad racional.
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En fin, dejemos la pregunta en el viento, tal vez hasta después de Navidad (que hay que ir a comprar el turrón).
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20 de diciembre de 2007
17 de diciembre de 2007
15 de diciembre de 2007
COMO EL SOL CUANDO AMANECE - LA ILUSIÓN DEL LIBRE ALBEDRÍO (3)
ES TARDE YA. ES HORA DE TOMAR UN VASO DE LECHE BIEN CALIENTE.
El argumento (en mi modesta opinión) más importante que existe contra el libre albedío está resumido al final de la entrada anterior de esta serie; la serie continúa, porque aún existen más razones, pero quiero insistir un poco más en el argumento; veámoslo con un poco más de detalle:
- primera premisa: todos los procesos de la naturaleza son, o bien deterministas (obedecen unas leyes en las que el estado del sistema en un momento dado determina el estado en el instante siguiente), o bien aleatorias (el estado "siguiente" sólo está determinado con una cierta probabilidad);
-segunda premisa: las decisiones humanas son procesos que tienen lugar en la naturaleza;
- por tanto, las decisiones humanas son, o bien procesos deterministas, o bien procesos aleatorios;
- ahora bien: si nuestras decisiones son procesos deterministas, entonces, dado el estado del mundo (incluido nuestro cerebro) en un momento anterior a la decisión, ésta sólo podrá ser aquella que se sigue de las leyes naturales que obedecen esos procesos, y no hay libre albedrío (no existe la posibilidad FÍSICA de que yo haya tomado otra decisión);
- igualmente, si nuestras decisiones son procesos aleatorios, entonces el hecho de que yo tome una decisión en vez de otra alternativa, es fruto del azar, no del libre albedrío.
- CONCLUSIÓN: no existe el libre albedrío.
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Este argumento es clásico; básicamente lo que implica es que el proceso de "tomar libremente una decisión", la sensación fenomenológica de nuestra "autonomía" (otra forma habitual de llamar al libre albedrío), es, cuando se lo intenta pensar hasta sus últimas consecuencias, incompatible con el hecho de que "la decisión" es sencillamente una determinada acción de un ser vivo, y por lo mismo, un cierto proceso físico-químico. La "autonomía" sólo tiene sentido como un concepto que nos resulta útil para describir el proceso de toma de decisiones desde la perspectiva "macroscópica" con la que nuestro cerebro construye nuestra experiencia cotidiana.
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Para entender lo que esto significa, es apropiado compararlo con otro caso más fácil de captar, y menos sujeto a nuestros prejuicios: la sensación de calor. Percibimos muy claramente en qué consiste esa sensación, la distinguimos sin problemas de la sensación de frío, y no digamos de la del sonido del violín; esta sensación nos resulta útil para manejarnos po rla vida, distinguiendo ciertas propiedades físicas de los objetos que nos rodean, pero no podemos pretender ingenuamente que el calor real (tal como es en sí mismo, su naturaleza física) tenga que ser idéntico a nuestra sensación de calor: un vaso de leche nos parece caliente porque sus moléculas vibran más rápidamente que las de nuestra piel, pero a nivel atómico, obviamente las moléculas de la leche no poseen como cualidad propia el contenido fenomenológico de nuestra sensación de calor.
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Dicho de otro modo, la sensación de calor es un "invento" (muy inteligente, por cierto) de nuestro cerebro para representar el mundo externo de un modo que pueda incorporarse fácilmente y con provecho en el resto de nuestra actividad mental. Lo único importante desde el punto de vista biológico es que haya una conexión sistemática entre, por un lado, la realidad que la sensación representa (a saber, el calor como propiedad objetiva de los sistemas físicos), y por otro lado, la ocurrencia de dicha sensación en nuestra experiencia; es decir, lo importante es que la sensación de calor la tengamos en general cuando tocamos cuerpos calientes, y sólo en esos casos. Lo que no es importante en absoluto, en cambio, es que haya algún parecido "ontológico" entre el calor y la sensación de calor. De hecho, la "sensación de calor" puede muy fácilmente ser distinta en especies biológicas distintas, sobre todo si están muy separadas evolutivamente, porque tal vez se generen mediante mecanismos neurales totalmente distintos.
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Para más abundamiento: si las sensaciones de calor y de frío se cambiaran una por otra de forma totalmente sistemática, eso sería tan insignificante para nosotros como si al calor lo llamáramos siempre "frío" y viceversa; en cambio, ¡ah!, si todas las cosas calientes se volvieran realmente frías, y al revés, entonces sí que iríamos de culo. Tal vez incluso la propia vida sería imposible, tal como la conocemos.
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Hay sensaciones, en cambio, que no representan nada: el orgasmo, por ejemplo. El cerebro de ciertas clases de animales genera esa sensación, no para representar mediante ella un objeto determinado, sino sólo para que la sensación funcione como un estímulo que lleve a los animales a realizar con la mayor frecuencia posible una determinada actividad. O, dicho de otro modo: cuando un macho tiene la sensación visual de ver a una hembra (o viceversa), interesa en el juego de la replicación de los genes que la hembra esté realmente ahí (y no sea meramente imaginaria); en cambio, cuando el animal experimenta un orgasmo, no percibe con ello nada (ojo: claro que hay reacciones químicas que producen la sensción del orgasmo, pero esta sensación no es una representación de aquellas reacciones), ni falta que hace. Para ser más precisos: podemos estipular que la sensación del orgasmo constituye la "representación perceptiva" de aquellos cambios físico-químicos, pero en todo caso queda claro que la semejanza ontológica entre la primera y los segundos es nula. Podemos decir que el orgasmo es "imaginario", o "alucinante", en el sentido (literal) de que es una percepción sin objeto, aunque con una clara función biológica.
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Hay, además, sensaciones que no son sólo "alucinantes" sino claramente inapropiadas para el sujeto: las alucinaciones, p.ej., o los mareos. Una especie que por una cierta mutación fuera extremadamente proclive a sufrir alucinaciones, sería rápidamente eliminada en la lucha por la reproducción (a no ser que las sensaciones alucinantes se correspondieran sistemáticamente con algo interesante desde el punto de vista biológico, en cuyo caso dejarían de ser alucinaciones, para ser percepciones).
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La cuestión, obviamente, es qué pasa con la sensación del libre albedrío: ¿es como la del calor, como la del orgasmo, o como las alucinaciones?. Esta reflexión nos sugiere una nueva tesis:
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E) Cuando hablamos del libre albedrío o autonomía, hemos de distinguir nuestra sensación de ser autónomos, por un lado, y la posible realidad objetiva que dicha sensación eventualmente pueda representar.
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No hay ninguna razón para presuponer que las cualidades fenomenológicas de nuestra sensación de autonomía deban identificarse con las cualidades objetivas de aquello que pasa realmente en nuestro cerebro cuando tomamos las decisiones que nos hacen sentirnos autónomos. Que haya algún tipo de correspondencia sistemática entre ambas cosas (es más, que exista algo además del sofisticado baile de neurotransmisores en nuestro cerebro, a lo que podamos llamar "sujeto autónomo", y que tenga de modo objetivo propiedades análogas a las que nos parece tener cuando tomamos una decisión) es algo que en todo caso habrá que demostrar, y los fracasos en el intento de demostrarlo contarán como razones para no aceptar que haya tal correspondencia (por el principio de economía: si no se puede demostrar que algo existe, y no obtenemos ninguna ganancia explicativa suponiendo que existe, lo más razonable es vivir como si no existiera).
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[CODA: En esta entrada tenía previsto hablar de la causalidad y su relación con el libre albedrío, a raíz de los muchos comentarios de la entrada anterior, pero creo que es mejor no alarga esto mucho, así que dejaré el tema para la próxima ocasión].
El argumento (en mi modesta opinión) más importante que existe contra el libre albedío está resumido al final de la entrada anterior de esta serie; la serie continúa, porque aún existen más razones, pero quiero insistir un poco más en el argumento; veámoslo con un poco más de detalle:
- primera premisa: todos los procesos de la naturaleza son, o bien deterministas (obedecen unas leyes en las que el estado del sistema en un momento dado determina el estado en el instante siguiente), o bien aleatorias (el estado "siguiente" sólo está determinado con una cierta probabilidad);
-segunda premisa: las decisiones humanas son procesos que tienen lugar en la naturaleza;
- por tanto, las decisiones humanas son, o bien procesos deterministas, o bien procesos aleatorios;
- ahora bien: si nuestras decisiones son procesos deterministas, entonces, dado el estado del mundo (incluido nuestro cerebro) en un momento anterior a la decisión, ésta sólo podrá ser aquella que se sigue de las leyes naturales que obedecen esos procesos, y no hay libre albedrío (no existe la posibilidad FÍSICA de que yo haya tomado otra decisión);
- igualmente, si nuestras decisiones son procesos aleatorios, entonces el hecho de que yo tome una decisión en vez de otra alternativa, es fruto del azar, no del libre albedrío.
- CONCLUSIÓN: no existe el libre albedrío.
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Este argumento es clásico; básicamente lo que implica es que el proceso de "tomar libremente una decisión", la sensación fenomenológica de nuestra "autonomía" (otra forma habitual de llamar al libre albedrío), es, cuando se lo intenta pensar hasta sus últimas consecuencias, incompatible con el hecho de que "la decisión" es sencillamente una determinada acción de un ser vivo, y por lo mismo, un cierto proceso físico-químico. La "autonomía" sólo tiene sentido como un concepto que nos resulta útil para describir el proceso de toma de decisiones desde la perspectiva "macroscópica" con la que nuestro cerebro construye nuestra experiencia cotidiana.
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Para entender lo que esto significa, es apropiado compararlo con otro caso más fácil de captar, y menos sujeto a nuestros prejuicios: la sensación de calor. Percibimos muy claramente en qué consiste esa sensación, la distinguimos sin problemas de la sensación de frío, y no digamos de la del sonido del violín; esta sensación nos resulta útil para manejarnos po rla vida, distinguiendo ciertas propiedades físicas de los objetos que nos rodean, pero no podemos pretender ingenuamente que el calor real (tal como es en sí mismo, su naturaleza física) tenga que ser idéntico a nuestra sensación de calor: un vaso de leche nos parece caliente porque sus moléculas vibran más rápidamente que las de nuestra piel, pero a nivel atómico, obviamente las moléculas de la leche no poseen como cualidad propia el contenido fenomenológico de nuestra sensación de calor.
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Dicho de otro modo, la sensación de calor es un "invento" (muy inteligente, por cierto) de nuestro cerebro para representar el mundo externo de un modo que pueda incorporarse fácilmente y con provecho en el resto de nuestra actividad mental. Lo único importante desde el punto de vista biológico es que haya una conexión sistemática entre, por un lado, la realidad que la sensación representa (a saber, el calor como propiedad objetiva de los sistemas físicos), y por otro lado, la ocurrencia de dicha sensación en nuestra experiencia; es decir, lo importante es que la sensación de calor la tengamos en general cuando tocamos cuerpos calientes, y sólo en esos casos. Lo que no es importante en absoluto, en cambio, es que haya algún parecido "ontológico" entre el calor y la sensación de calor. De hecho, la "sensación de calor" puede muy fácilmente ser distinta en especies biológicas distintas, sobre todo si están muy separadas evolutivamente, porque tal vez se generen mediante mecanismos neurales totalmente distintos.
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Para más abundamiento: si las sensaciones de calor y de frío se cambiaran una por otra de forma totalmente sistemática, eso sería tan insignificante para nosotros como si al calor lo llamáramos siempre "frío" y viceversa; en cambio, ¡ah!, si todas las cosas calientes se volvieran realmente frías, y al revés, entonces sí que iríamos de culo. Tal vez incluso la propia vida sería imposible, tal como la conocemos.
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Hay sensaciones, en cambio, que no representan nada: el orgasmo, por ejemplo. El cerebro de ciertas clases de animales genera esa sensación, no para representar mediante ella un objeto determinado, sino sólo para que la sensación funcione como un estímulo que lleve a los animales a realizar con la mayor frecuencia posible una determinada actividad. O, dicho de otro modo: cuando un macho tiene la sensación visual de ver a una hembra (o viceversa), interesa en el juego de la replicación de los genes que la hembra esté realmente ahí (y no sea meramente imaginaria); en cambio, cuando el animal experimenta un orgasmo, no percibe con ello nada (ojo: claro que hay reacciones químicas que producen la sensción del orgasmo, pero esta sensación no es una representación de aquellas reacciones), ni falta que hace. Para ser más precisos: podemos estipular que la sensación del orgasmo constituye la "representación perceptiva" de aquellos cambios físico-químicos, pero en todo caso queda claro que la semejanza ontológica entre la primera y los segundos es nula. Podemos decir que el orgasmo es "imaginario", o "alucinante", en el sentido (literal) de que es una percepción sin objeto, aunque con una clara función biológica.
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Hay, además, sensaciones que no son sólo "alucinantes" sino claramente inapropiadas para el sujeto: las alucinaciones, p.ej., o los mareos. Una especie que por una cierta mutación fuera extremadamente proclive a sufrir alucinaciones, sería rápidamente eliminada en la lucha por la reproducción (a no ser que las sensaciones alucinantes se correspondieran sistemáticamente con algo interesante desde el punto de vista biológico, en cuyo caso dejarían de ser alucinaciones, para ser percepciones).
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La cuestión, obviamente, es qué pasa con la sensación del libre albedrío: ¿es como la del calor, como la del orgasmo, o como las alucinaciones?. Esta reflexión nos sugiere una nueva tesis:
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E) Cuando hablamos del libre albedrío o autonomía, hemos de distinguir nuestra sensación de ser autónomos, por un lado, y la posible realidad objetiva que dicha sensación eventualmente pueda representar.
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No hay ninguna razón para presuponer que las cualidades fenomenológicas de nuestra sensación de autonomía deban identificarse con las cualidades objetivas de aquello que pasa realmente en nuestro cerebro cuando tomamos las decisiones que nos hacen sentirnos autónomos. Que haya algún tipo de correspondencia sistemática entre ambas cosas (es más, que exista algo además del sofisticado baile de neurotransmisores en nuestro cerebro, a lo que podamos llamar "sujeto autónomo", y que tenga de modo objetivo propiedades análogas a las que nos parece tener cuando tomamos una decisión) es algo que en todo caso habrá que demostrar, y los fracasos en el intento de demostrarlo contarán como razones para no aceptar que haya tal correspondencia (por el principio de economía: si no se puede demostrar que algo existe, y no obtenemos ninguna ganancia explicativa suponiendo que existe, lo más razonable es vivir como si no existiera).
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[CODA: En esta entrada tenía previsto hablar de la causalidad y su relación con el libre albedrío, a raíz de los muchos comentarios de la entrada anterior, pero creo que es mejor no alarga esto mucho, así que dejaré el tema para la próxima ocasión].
14 de diciembre de 2007
HAY QUE PROHIBIR LA LECTURA

"Para fomentar la lectura lo ideal sería prohibirla, desterrarla de los planes de estudio o, por lo menos, perseguirla todo lo posible. Hay que disuadir a los escolares, recomendarles que no lean, advertirles de los peligros de los libros. Quizá así los chavales se pondrían a leer como se hacen pajas: por iniciativa propia y sin poder evitarlo, con imaginación y ganas, a escondidas de sus padres y maestros, ensimismados y felices, un día sí y otro también."
Del blog de Rafael Reig en Público.
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13 de diciembre de 2007
ALEX CAMPEÓN
Estamos de enhorabuena en el Otto Neurath. Uno de los contramaestres de nuestro curso de Periodismo y Comunicación Científica de la UNED, colaborador, y amigo a pesar de todo,
Alex Fernández Muerza (y bilbaino de pro, además) acaba de ganar el premio periodístico Ecovidrio.
¡¡Felicidades, y que corra el champán a bordo!!
(Alex es el del jersey clarito)
Alex Fernández Muerza (y bilbaino de pro, además) acaba de ganar el premio periodístico Ecovidrio.¡¡Felicidades, y que corra el champán a bordo!!
(Alex es el del jersey clarito)
11 de diciembre de 2007
COMO EL SOL CUANDO AMANECE - LA ILUSIÓN DEL LIBRE ALBEDRÍO (2)
Los comentarios de unos cuantos lectores me obligan a ser más preciso en la definición de "libre albedrío", pues en la entrada anterior hablé más de la libertad. Allí decía básicamente que la libertad que es relevante desde el punto de vista moral es la que nos podemos quitar unos a otros, a saber, impidiendo a la gente hacer lo que quiere (p.ej., metiendo a alguien en la cárcel). Las personas podemos tener más o menos libertad, y luchar por ella, y por lo tanto, el "libre albedrío", como una supuesta capacidad que todos los seres racionales poseeríamos, sólo por el hecho de ser racionales, no puede ser la misma capacidad que esa por la que luchamos cuando pedimos más libertad.
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.Algunos afirman, de todos modos, que el libre albedrío es una prerrequisito, una "condición de posibilidad" de la libertad, es decir, que si no tenemos libre albedrío, la libertad es una ilusión; lo que yo quiero defender es que la libertad es real, y es el libre albedrío el que es una ilusión.
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Pero esto obliga, como veíamos, a definir con más precisión el libre albedrío. Podemos dar una definición más filosófica, y una más de andar por casa. La de andar por casa sería "la capacidad de tomar decisiones", o de "elegir" (no tanto la de llevar a cabo lo que uno ha elegido, que eso sería la libertad). Esa capacidad tampoco la niego. La definión más filosófica diría que el libre albedrío consiste en el hecho de que, cuando un ser racional toma una decisión, podría haber tomado otra, incluso aunque todas las circunstancias externas al sujeto hubieran sido las mismas.
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Por ejemplo, si yo estoy decidiendo qué canal de la tele ver por la noche, puedo decidir pulsar un botón del mando a distancia u otro; definitivamente pulso el 9, p.ej.; la pregunta es, ¿habría podido pulsar el 7, en vez del 9? Lo que quiero mostrar es que la respuesta a esta pregunta es "no".
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Esto no quiere decir que yo no haya decidido pulsar el 9 (claro que lo he hecho; la decisión no es una ilusión), y tampoco niega que haya sido yo quien lo haya decidido (claro que lo he sido, es decir, yo soy un agente real -aunque esto último podríamos discutirlo más). Tampoco niega que, si las circunstancias hubieran sido diferentes (p.ej., si hubieran puesto unos programas distintos en cada canal, o si la cena me hubiera sentado mejor o peor, o si tuviera más o menos sueño, o si me hubieran afectado más o menos los jaleos que tuve en el trabajo durante el día, etc., etc.), entonces yo habría pulsado el botón 9 "de todas maneras".
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Lo único que niega mi proposición es que, en el proceso de tomar una decisión, las opciones no elegidas hayan sido posibilidades reales. Sé que suena raro, pero para eso voy a dedicar unos cuantos camarotes del barco a explicar el porqué.
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Hechas estas precisiones (que no sé si habrán aclarado algo; espero que no), seguiremos con las tesis. Si en la entrada de ayer contraponíamos el libre albedrío con la libertad, en la de hoy quiero contraponerlo al azar y a la impredecibilidad. Admito que en el mundo puede haber, y hay, fenómenos aleatorios: los gobernados por la mecánica cuántica, al menos (la desintegración de una partícula subatómica, p.ej.). También admito que hay fenómenos deterministas aunque impredecibles (esto siempre hay que relativizarlo: p.ej., que haya un ciclón mañana en el Caribe se puede predecir fácilmente, que lo haya dentro de exactamente cien años, no). Pues bien, mis tesis segunda y tercera son las siguientes:
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B) SI UNA DECISIÓN ES FRUTO DEL AZAR, NO ES PRODUCTO DEL LIBRE ALBEDRÍO.
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C) QUE LA CONDUCTA DE UN INDIVIDUO SEA IMPREDECIBLE NO IMPLICA QUE SEA RESULTADO DEL LIBRE ALBEDRÍO.
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.Prueba: A menudo identificamos el libre albedrío con el hecho de que los humanos toman decisiones que no podríamos haber predicho (ni siquiera quien toma la decisión), y es cierto que la conducta de las personas individuales es con mucha frecuencia tan imposible de predecir en la práctica como la de una partícula cuántica, si no más. Tal vez suceda incluso que el concepto de libre albedrío haya sido sugerido por esta experiencia de los humanos como no sujetos a las mismas regularidades mecánicas que el resto de los seres de la naturaleza (o que muchos de ellos); y al revés, los humanos hemos tendido a interpretar los fenómenos naturales impredecibles (tormentas, terremotos) como resultado de las libres decisiones de agentes divinos. Pero esto es un error: el significado del "libre albedrío" se refiere, no al hecho de que las decisiones sean aleatorias o impredecibles, sino al hecho de que es el propio sujeto racional quien las causa. Si hubiera una máquina conectada a mi mano, que me forzara a levantarla según una moneda saliera cara o cruz, los movimientos de mi mano no serían libres, por más que fueran aleatorios. Y si la máquina está conectada, no a mi mano, sino a la parte de mi cerebro donde surgen las decisiones, y me obligase a decidir mover la mano de una manera u otra según el resultado de la moneda, tampoco sería libre mi decisión, porque no sería racional (no quiero decir con esto que sea una decisión "buena" u "óptima", sino simplemente que es el fruto de la determinación de la voluntad de un agente racional).
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Lo mismo sucede si mi decisión es el resultado de un proceso totalmente determinista (si mi cerebro estuviera sometido a leyes deterministas de la física clásica, p.ej.) pero caótico, es decir, impredecible. Que no seamos capaces de calcular el estado de un sistema clásico a partir de las posiciones iniciales (conocidas con un grado de incertidumbre positivo, aunque minúsculo), no significa que la evolución del sistema no esté totalmente determinada en sí misma. Esta evolución sólo tiene un estado posible en cada instante del tiempo, y por lo tanto, aunque no sepamos ahora en qué estado estará dentro de unos minutos, eso no quiere decir que pueda estar en varios estados: sólo puede físicamente estar en el estado en que estará (eso es lo que quiere decir que el sistema sea determinista), y cuando decimos que "puede" estar en varios estados, este "puede", este concepto de "posibilidad", sólo se refiere a nuestra ignorancia, no a una indeterminación real en las cosas mismas.
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En conclusión: tanto si mis decisiones son fruto de factores aleatorios (no me refiero a los factores que constituyen "las circunstancias externas", sino a los procesos reales que tienen lugar en mi cerebro), como si son fruto de un proceso determinista pero caótico, entonces en ninguno de estos casos podemos decir que estas decisiones sean resultado del "libre albedrío".
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Las dos tesis anteriores son consideradas por muchos filósofos suficientes para desmontar la creencia en el libre albedrío; tendríamos, así, la tesis cuarta:
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D) NO EXISTE EL LIBRE ALBEDRÍO.
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Prueba: Todos los fenómenos de la naturaleza son deterministas (ya sean predecibles o caóticos) o indeterministas (es decir, con elementos aleatorios). El proceso de toma de decisiones es un fenómeno natural, que ocurre en el interior de nuestro cerebro. Por lo tanto, por las tesis B y C, ese proceso no puede ser resultado de un supuesto "libre albedrío", pues, si es determinista, sólo tiene un resultado posible, y si es aleatorio, no es resultado de una determinación racional.
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Pero aquí no queda la cosa.
Como el sol cuando amanece (1) * Como el sol cuando amanece (3)
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.Algunos afirman, de todos modos, que el libre albedrío es una prerrequisito, una "condición de posibilidad" de la libertad, es decir, que si no tenemos libre albedrío, la libertad es una ilusión; lo que yo quiero defender es que la libertad es real, y es el libre albedrío el que es una ilusión.
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Pero esto obliga, como veíamos, a definir con más precisión el libre albedrío. Podemos dar una definición más filosófica, y una más de andar por casa. La de andar por casa sería "la capacidad de tomar decisiones", o de "elegir" (no tanto la de llevar a cabo lo que uno ha elegido, que eso sería la libertad). Esa capacidad tampoco la niego. La definión más filosófica diría que el libre albedrío consiste en el hecho de que, cuando un ser racional toma una decisión, podría haber tomado otra, incluso aunque todas las circunstancias externas al sujeto hubieran sido las mismas.
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Por ejemplo, si yo estoy decidiendo qué canal de la tele ver por la noche, puedo decidir pulsar un botón del mando a distancia u otro; definitivamente pulso el 9, p.ej.; la pregunta es, ¿habría podido pulsar el 7, en vez del 9? Lo que quiero mostrar es que la respuesta a esta pregunta es "no".
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Esto no quiere decir que yo no haya decidido pulsar el 9 (claro que lo he hecho; la decisión no es una ilusión), y tampoco niega que haya sido yo quien lo haya decidido (claro que lo he sido, es decir, yo soy un agente real -aunque esto último podríamos discutirlo más). Tampoco niega que, si las circunstancias hubieran sido diferentes (p.ej., si hubieran puesto unos programas distintos en cada canal, o si la cena me hubiera sentado mejor o peor, o si tuviera más o menos sueño, o si me hubieran afectado más o menos los jaleos que tuve en el trabajo durante el día, etc., etc.), entonces yo habría pulsado el botón 9 "de todas maneras".
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Lo único que niega mi proposición es que, en el proceso de tomar una decisión, las opciones no elegidas hayan sido posibilidades reales. Sé que suena raro, pero para eso voy a dedicar unos cuantos camarotes del barco a explicar el porqué.
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Hechas estas precisiones (que no sé si habrán aclarado algo; espero que no), seguiremos con las tesis. Si en la entrada de ayer contraponíamos el libre albedrío con la libertad, en la de hoy quiero contraponerlo al azar y a la impredecibilidad. Admito que en el mundo puede haber, y hay, fenómenos aleatorios: los gobernados por la mecánica cuántica, al menos (la desintegración de una partícula subatómica, p.ej.). También admito que hay fenómenos deterministas aunque impredecibles (esto siempre hay que relativizarlo: p.ej., que haya un ciclón mañana en el Caribe se puede predecir fácilmente, que lo haya dentro de exactamente cien años, no). Pues bien, mis tesis segunda y tercera son las siguientes:
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B) SI UNA DECISIÓN ES FRUTO DEL AZAR, NO ES PRODUCTO DEL LIBRE ALBEDRÍO.
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C) QUE LA CONDUCTA DE UN INDIVIDUO SEA IMPREDECIBLE NO IMPLICA QUE SEA RESULTADO DEL LIBRE ALBEDRÍO.
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.Prueba: A menudo identificamos el libre albedrío con el hecho de que los humanos toman decisiones que no podríamos haber predicho (ni siquiera quien toma la decisión), y es cierto que la conducta de las personas individuales es con mucha frecuencia tan imposible de predecir en la práctica como la de una partícula cuántica, si no más. Tal vez suceda incluso que el concepto de libre albedrío haya sido sugerido por esta experiencia de los humanos como no sujetos a las mismas regularidades mecánicas que el resto de los seres de la naturaleza (o que muchos de ellos); y al revés, los humanos hemos tendido a interpretar los fenómenos naturales impredecibles (tormentas, terremotos) como resultado de las libres decisiones de agentes divinos. Pero esto es un error: el significado del "libre albedrío" se refiere, no al hecho de que las decisiones sean aleatorias o impredecibles, sino al hecho de que es el propio sujeto racional quien las causa. Si hubiera una máquina conectada a mi mano, que me forzara a levantarla según una moneda saliera cara o cruz, los movimientos de mi mano no serían libres, por más que fueran aleatorios. Y si la máquina está conectada, no a mi mano, sino a la parte de mi cerebro donde surgen las decisiones, y me obligase a decidir mover la mano de una manera u otra según el resultado de la moneda, tampoco sería libre mi decisión, porque no sería racional (no quiero decir con esto que sea una decisión "buena" u "óptima", sino simplemente que es el fruto de la determinación de la voluntad de un agente racional).
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Lo mismo sucede si mi decisión es el resultado de un proceso totalmente determinista (si mi cerebro estuviera sometido a leyes deterministas de la física clásica, p.ej.) pero caótico, es decir, impredecible. Que no seamos capaces de calcular el estado de un sistema clásico a partir de las posiciones iniciales (conocidas con un grado de incertidumbre positivo, aunque minúsculo), no significa que la evolución del sistema no esté totalmente determinada en sí misma. Esta evolución sólo tiene un estado posible en cada instante del tiempo, y por lo tanto, aunque no sepamos ahora en qué estado estará dentro de unos minutos, eso no quiere decir que pueda estar en varios estados: sólo puede físicamente estar en el estado en que estará (eso es lo que quiere decir que el sistema sea determinista), y cuando decimos que "puede" estar en varios estados, este "puede", este concepto de "posibilidad", sólo se refiere a nuestra ignorancia, no a una indeterminación real en las cosas mismas.
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En conclusión: tanto si mis decisiones son fruto de factores aleatorios (no me refiero a los factores que constituyen "las circunstancias externas", sino a los procesos reales que tienen lugar en mi cerebro), como si son fruto de un proceso determinista pero caótico, entonces en ninguno de estos casos podemos decir que estas decisiones sean resultado del "libre albedrío".
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Las dos tesis anteriores son consideradas por muchos filósofos suficientes para desmontar la creencia en el libre albedrío; tendríamos, así, la tesis cuarta:
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D) NO EXISTE EL LIBRE ALBEDRÍO.
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Prueba: Todos los fenómenos de la naturaleza son deterministas (ya sean predecibles o caóticos) o indeterministas (es decir, con elementos aleatorios). El proceso de toma de decisiones es un fenómeno natural, que ocurre en el interior de nuestro cerebro. Por lo tanto, por las tesis B y C, ese proceso no puede ser resultado de un supuesto "libre albedrío", pues, si es determinista, sólo tiene un resultado posible, y si es aleatorio, no es resultado de una determinación racional.
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Pero aquí no queda la cosa.
Como el sol cuando amanece (1) * Como el sol cuando amanece (3)
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